Entradas

Novela de Los Carrola's

Imagen
Prólogo En el corazón turbio de la contienda por la gubernatura de Baja California Sur, donde las balas y los votos se confunden en la misma danza macabra, el equipo de Francisco Ismael Cotoño Berdejo, bajo el mando férreo de Fidencio Díaz Zapata, adquirió hasta el último ejemplar de la primera edición de Los Carrola. No eran libros: eran munición. Un número limitado de volúmenes que sirvieron para “amarrar” lo que había que amarrar, para engrasar engranajes invisibles y tejer una red de influencias que descendía desde los dirigentes sindicales, caciques de colonias, líderes de organizaciones sociales, clubes, logias, sectas y colegios, hasta llegar al último de los “yerbas”, como se llama con desprecio popular a quienes forman la carne de cañón de los rebaños electorales. Según el testimonio del representante del Gobierno de Baja California Sur en la Ciudad de México, Wenceslao Conrado, y de algunos soldados que aún orbitaban en torno al guerrillero Osvaldo Díaz Zapata —hermano de Fi...

Evidencia final (21)

Imagen
En las sombras polvorientas de Los Cabos, donde el sol del Pacífico besa con indiferencia las arenas que ocultan secretos, se tejió una crónica de sangre y traición que aún susurra entre los muros de la justicia olvidada. Era el año 1995, y el fraccionamiento Arco Iris —un nombre que evoca arcoíris de esperanza— se convirtió en el escenario de un infierno privado. Allí, Edith Agúndez Márquez, una mujer cuya vida se apagó entre forcejeos y navajazos, encontró la muerte no como un accidente del destino, sino como el clímax de una sinfonía perversa orquestada en las alcobas del poder. Jacinto Romero, con la pluma afilada como la navaja 007 de cacha de madera que segó diecisiete veces la carne de la víctima, tituló su denuncia en la revista Cárcel Propia con ironía constitucional: “Fuero Constitucional Para Un Asesino”. Subtítulos que rasgan como puñales: “Agravios al tribunal de alzada”, “Secreto de subprocurador” y esa interrogante que flota como un espectro: “¿Crimen perfecto?”. La con...

Entrevista audaz (20)

Imagen
Entrevista audaz Leonel Castro Cadena se inclinó hacia Jacinto Romero como quien entrega un puñal envuelto en terciopelo. En voz baja, casi jubiloso, le confió que había descubierto la falsificación de firmas en el expediente de Edith Agúndez. Estaba seguro —dijo— de que aquellas rúbricas torcidas habían nacido en el despacho de Salvador Vidaurri, con el beneplácito silencioso de la procuradora Blanca Larriñaga. En el legajo se veían declaraciones amañosas, cosidas con hilo negro, como heridas mal suturadas. —¡Investígalo! —le pidió, con los ojos brillantes de quien huele sangre fresca—. Tengo entendido que Salvador Vidaurri te tiene cierta consideración. —Voy a tratar —respondió Jacinto, seco, como quien cierra una puerta para no hablar de lo que ya sabe que quema. Con el pretexto de un pleito entre el yardero Ramón Rodríguez Figueroa y Manuel Salvador Cosío Amador, el reportero se presentó en el despacho. Salvador Vidaurri lo recibió con esa cortesía aceitosa de los abogados que han...

Confidencias (19)

Imagen
Confidencias Un mes antes de que la sentencia cayera como un hacha sobre el cuello de los días, el juez penal de Cabo, Rubén Darío Ramírez Audevez, se inclinó hacia Jacinto Romero y le confió, con voz baja de quien ya sabe que la verdad es un animal herido: —Tengo otra óptica de este enredado caso Edith. Cuando yo dicte sentencia, muchas dudas se despejarán… o se volverán más oscuras. Y así lo hizo. Con mesiánica solemnidad, el juez sentenció a más de veinte años de prisión a tres almas: Jorge Manuel Mogíca Martínez, el matón designado; Guadalupe de la Peña Márquez, la mujer que sostenía en sus brazos a Luis Antonio como quien sostiene un destino; y Candelario Ríos Martínez, el que esperaba afuera, echando aguas en la noche, vigilante de sombras. Mientras tanto, Sebastián Romo Carrillo, con la alegre despreocupación del dinero bien colocado, compró un escaño en la lista de diputados de representación proporcional. El fuero constitucional le cayó encima como un manto de seda y acero: s...

Manoseador profesional (18)

Imagen
Capítulo V Manoseador profesional Salvador Vidaurri irrumpió como un espectro bien vestido en las oficinas de la Policía Judicial de Cabo San Lucas. Llegó sin anunciarse, con la solemnidad de quien ofrece un favor que en realidad es una trampa envuelta en celofán. Decía defender gratuitamente, por pura solidaridad con su paisano Jorge Manuel. Pero todo el mundo sabía que aquel hombre no movía un dedo sin que tintinearan en su bolsillo no menos de veinte mil pesos. Su generosidad era tan falsa como las lágrimas de un cocodrilo en traje italiano. Nolberto Ritchie, con la paciencia de un sabueso viejo, había desenterrado la verdad como quien saca una raíz podrida: Enrique Sarmientos, pese a su rotunda negación, había volado en el mismo avión que su compadre Jorge Manuel. Lo habían contratado para que “asustara” a una muchacha que molestaba demasiado al Delegado municipal. Diez mil pesos por un susto. Nada más. Jorge Manuel, recién llegado de Acapulco, traía en las manos el olor de la tor...

Informe del cateo (17)

Imagen
Informe del cateo Aquel día en que irrumpieron en la casa de Lupita como lobos en redil ajeno, los peritos recogieron, con manos enguantadas de burocracia, objetos y prendas de la dama para someterlos al frío escrutinio del laboratorio. De todo aquel botín doméstico, sólo una manchita diminuta de sangre —apenas un suspiro carmesí, como el pinchazo de una aguja de coser en la yema de un dedo distraído— apareció en el mapeador blanco de mango de acero. El trapeador permaneció mudo, el cinto de piel café no delató nada, los zapatos crema guardaron silencio, los huaraches de corcho con correas café tampoco hablaron, ni las cinco toallas de papel, ni el bote blanco de plástico, ni la toalla azul que colgaba como bandera rendida. Tantos objetos analizados, tanto afán de encontrar una gota que condenara, y tan poca sangre hallada. Se evidenciaba, en esa escasez casi insultante, que la fiscalía pretendía darle con todo el peso del Estado a la indefensa mujer, como quien azota un yunque con...

Sepultan la realidad (16)

Imagen
Entierran la verdad Lejos de magnificar la declaración de Liliana García, esposa del doctor Acosta —principal sospechoso por el severo método de las inferencias—, la Procuraduría prefirió enderezar el rumbo del expediente hacia el blanco más cómodo: Guadalupe de la Peña. Aquella tarde, en los fríos separos de la Policía Judicial, la fiscalía la sometió a más de seis horas de interrogatorio, como quien mete a una mujer en un horno lento con la esperanza de que se quiebre. El fiscal, con la paciencia de un verdugo metódico, le disparó ciento veintisiete preguntas. La mayoría no nacían de la investigación, sino del pantano de los mitotes, de los rumores pagados, de las inserciones venenosas que los medios reproducían como verdades evangélicas. El propósito era claro y antiguo: enfurecerla, hacerla hervir hasta que reventara y se declarara culpable, tal como había logrado antes con Azucena Mendía, a quien el mismo fiscal había señalado como asesina del gringo Stanley Clayton en una re...