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También a periodistas (6)

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También a Periodistas En las polvorientas calles de Sudcalifornia, donde el sol caía como una sentencia inapelable sobre los techos de lámina y los corazones marchitos, las vejaciones del pueblo se pudrían en silencio. No eran crónicas de tinta valiente las que llenaban las planas de los periódicos, sino migajas doradas que caían de las manos de los Carrola y de Aristóteles Brutus Lemus. Los comunicadores sociales, con el alma vendida a bajo precio, se agachaban a recogerlas como perros famélicos. Los menos, los que aún conservaban un resto de dignidad, callaban porque el cañón de una pistola les susurraba al oído que la verdad tenía precio de sangre. Fue en aquel edificio de la Asociación de Prensa y Radio —la APYR—, bajo la mirada cansada del profesor Enrique Nava Moreno, donde Alberto González, periodista de El Sudcaliforniano, se atrevió a tender la trampa. Invitó a Miguel Ángel, comandante de la Policía Judicial Federal, a una entrevista que prometía ser un duelo de preguntas af...

Con todo (5)

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En las sombras ardientes de La Paz, donde el sol del Pacífico lamía las costas como lengua de serpiente, se desató una crónica de hierro y codicia. Era la época en que la justicia federal vestía de negro y olía a pólvora y tequila barato, cuando los hombres del orden se convertían en verdugos con placa. Con Todo Con la información que les fue arrancada a los diferentes detenidos —confesiones arrancadas con el filo del miedo y el peso de las culatas—, Egidio Torre Gómez y los hermanos Carrola se fueron con todo. Avanzaron como una tormenta de desierto, devorando nombres, fortunas y reputaciones. Entre más detenían, más sabían; entre más sabían, más hambre les crecía en las entrañas. —Voy a detener al pinche presidentito municipal Jesús Ramón Colón Osborne —le dijo Miguel Ángel Carrola al visitador de la PGR, mientras este bebía tequila Hornitos recostado en una silla de lona, junto a la piscina azul turquesa del hotel Palmira. El cielo era un espejo indiferente. —Ese güey es el protegi...

Toque de queda (4)

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Toque de Queda La noche caía sobre La Paz como un sudario de plomo. Las luces de las farolas titilaban débiles, asustadas, y en los cafés de la plaza, donde antes resonaban las risas y el tintineo de las copas, ahora solo quedaba el murmullo bajo, el susurro envenenado de quienes ya no se atrevían a alzar la voz. Poco a poco, como una marea negra que sube sin hacer ruido, la población empezó a preguntarse el porqué el gobernador permitía los atropellos de los federales al mando del comandante Miguel Ángel Carrola Gutiérrez. —Pos a lo mejor porque Gaxiola está dentro del narco —decían en los cafés, y las palabras caían como gotas de ácido sobre el mármol de las mesas. Blanca Fisher, con los ojos aún encendidos por la rabia antigua, apoyaba con su presencia la parada política de Juan Pablo López Yee. Su voz, firme como el viento que azota el desierto, cortó el aire: —A poco no se acuerdan que a los hermanos de Juan Diego los detuvo la DEA. Jacinto Romero, entre los pocos valientes que a...

Asalto a Tembabichi (3)

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Asalto a Tembabichi En la penumbra del Golfo de California, donde el mar besa la tierra con labios de sal y olvido, yace el pequeño poblado de Tembabichi, un puñado de doce casas de madera y palma, enclavado a cuarenta kilómetros de la Isla del Carmen, en Baja California Sur. Apenas sesenta y siete almas habitaban aquel rincón del mundo, pescadores de manos callosas y miradas que sabían leer el horizonte como quien lee un antiguo poema de olas y vientos. Allí, en la madrugada del 6 de mayo de 1989, el cielo se rompió con el rugido metálico de un helicóptero. Su sombra negra descendió como un ave de presa sobre las techumbres humildes, despertando a los dormidos con el latido del miedo ancestral. Los habitantes, asustados, huyeron hacia el monte, buscando refugio entre las espinas y las sombras; pero el monte ya estaba habitado por la muerte. Treinta hombres vestidos de negro, como demonios escapados de algún averno burocrático, los esperaban. Llevaban cuernos de chivo relucientes, us...

Un pitazo a la federal (2)

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Un Pitazo a la Federal Cartagena de Indias, Colombia. Primeros días de julio de 1989. El sol caía como plomo derretido sobre los muelles y los avisos clasificados de un periódico local parecían salmos de salvación para hombres que cargaban el hambre en los bolsillos. En esa ciudad de murallas y suspiros, donde el trabajo bien remunerado era un espejismo, los desesperados compraban el diario como quien compra un boleto de lotería divina. Allí, entre líneas borrosas de tinta barata, brillaba el anuncio: se solicitaban marineros, cocinero y oficiales para la compañía Proflet S.A., con oficinas en el edificio América Latina. Antonio Hinestrosa, recién salido de un hospital tras treinta días de convalecencia por un accidente en la base naval, fue rechazado en su antiguo empleo. Con el alma todavía oliendo a yodo y vendas, leyó el aviso y caminó hacia el edificio como quien camina hacia un destino incierto. Allí lo recibió Félix Quiñones, quien lo enroló como simple marinero. Francisco Manu...

Novela de Los Carrola's

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Prólogo En el corazón turbio de la contienda por la gubernatura de Baja California Sur, donde las balas y los votos se confunden en la misma danza macabra, el equipo de Francisco Ismael Cotoño Berdejo, bajo el mando férreo de Fidencio Díaz Zapata, adquirió hasta el último ejemplar de la primera edición de Los Carrola. No eran libros: eran munición. Un número limitado de volúmenes que sirvieron para “amarrar” lo que había que amarrar, para engrasar engranajes invisibles y tejer una red de influencias que descendía desde los dirigentes sindicales, caciques de colonias, líderes de organizaciones sociales, clubes, logias, sectas y colegios, hasta llegar al último de los “yerbas”, como se llama con desprecio popular a quienes forman la carne de cañón de los rebaños electorales. Según el testimonio del representante del Gobierno de Baja California Sur en la Ciudad de México, Wenceslao Conrado, y de algunos soldados que aún orbitaban en torno al guerrillero Osvaldo Díaz Zapata —hermano de Fi...

Evidencia final (21)

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En las sombras polvorientas de Los Cabos, donde el sol del Pacífico besa con indiferencia las arenas que ocultan secretos, se tejió una crónica de sangre y traición que aún susurra entre los muros de la justicia olvidada. Era el año 1995, y el fraccionamiento Arco Iris —un nombre que evoca arcoíris de esperanza— se convirtió en el escenario de un infierno privado. Allí, Edith Agúndez Márquez, una mujer cuya vida se apagó entre forcejeos y navajazos, encontró la muerte no como un accidente del destino, sino como el clímax de una sinfonía perversa orquestada en las alcobas del poder. Jacinto Romero, con la pluma afilada como la navaja 007 de cacha de madera que segó diecisiete veces la carne de la víctima, tituló su denuncia en la revista Cárcel Propia con ironía constitucional: “Fuero Constitucional Para Un Asesino”. Subtítulos que rasgan como puñales: “Agravios al tribunal de alzada”, “Secreto de subprocurador” y esa interrogante que flota como un espectro: “¿Crimen perfecto?”. La con...