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Sepultan la realidad (16)

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Entierran la verdad Lejos de magnificar la declaración de Liliana García, esposa del doctor Acosta —principal sospechoso por el severo método de las inferencias—, la Procuraduría prefirió enderezar el rumbo del expediente hacia el blanco más cómodo: Guadalupe de la Peña. Aquella tarde, en los fríos separos de la Policía Judicial, la fiscalía la sometió a más de seis horas de interrogatorio, como quien mete a una mujer en un horno lento con la esperanza de que se quiebre. El fiscal, con la paciencia de un verdugo metódico, le disparó ciento veintisiete preguntas. La mayoría no nacían de la investigación, sino del pantano de los mitotes, de los rumores pagados, de las inserciones venenosas que los medios reproducían como verdades evangélicas. El propósito era claro y antiguo: enfurecerla, hacerla hervir hasta que reventara y se declarara culpable, tal como había logrado antes con Azucena Mendía, a quien el mismo fiscal había señalado como asesina del gringo Stanley Clayton en una re...

Evidencia real (15)

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Evidencia real El 11 de agosto de 1995, bajo la luz enferma de los fluorescentes de la Procuraduría, Liliana García Robles fue puesta ante el agente del Ministerio Público como quien presenta una pieza de ajedrez ya movida. Le advirtieron, con voz mecánica, que dijera la verdad y nada más que la verdad, y le recordaron las penas que caen sobre quien miente ante la autoridad. Ese día, en algún lugar de la ciudad, Ricardo Araos, Jorge García y su esposa comenzaron a desconfiar, en silencio, de sus propios cómplices. Liliana habló con la seguridad de quien ha ensayado su papel frente al espejo. Mexicana, nacida en Monterrey, Nuevo León, treinta y dos años, casada con el doctor Alberto Acosta, directora de un jardín de niños. Domicilio: calle Abasolo número 54, conjunto habitacional Banamex, teléfono 30175. Una vida que parecía dibujada con regla y compás. Dijo que el sábado 29 de julio habían ido a una quinceañera en Plaza las Glorias: su esposo, sus hijos y Samantha, la hija de él que n...

Periodista incómodo (14)

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Capítulo IV El periodista incómodo La Procuraduría de Justicia del Estado se pavoneaba como gallo en corral ajeno. «Un rotundo triunfo», proclamó con voz engolada el titular Fidencio Céspedes ante los micrófonos y las luces frías de la rueda de prensa. Las cámaras devoraban sus palabras mientras, en las sombras, otro relato se tejía con hilos más oscuros. Fue entonces cuando irrumpió, como un fantasma borracho que huía de la jauría perruna de funcionarios públicos, el bohemio Jacinto Romero. Aquel hombre desgarbado, de mirada turbia y lengua afilada, sembró la semilla de la duda en la responsabilidad que con tanto celo querían colgarle a Guadalupe de la Peña Riecke. Porque la vida, en su caprichosa crueldad, teje coincidencias que parecen burlas del destino. Aquella madrugada del sábado 29 de julio de 1995, mientras Edith y Lupita conversaban en las afueras del legendario Squid Roe —ese templo de neón y desenfreno donde la noche de Cabo San Lucas latía con pulso de mar y vicio—, Jacin...

En contra de Lupita (13)

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Capítulo III: La embestida feroz contra Lupita En las sombras de la justicia torcida, los medios de comunicación comenzaron a tejer una red de distorsiones, manipulando la verdad como marionetistas en un teatro de marionetas macabro. Incitaban a la población a revelar cualquier rumor, cualquier sombra de lo que pudieran haber visto o sabido sobre el brutal asesinato de aquella madre de familia, Edith. Al mismo tiempo, filtraban supuestos "avances" de la investigación: insinuaban que Guadalupe de la Peña —Lupita— sabía más de lo que había confesado, y hasta sembraban la semilla venenosa de que tenía inclinaciones lésbicas, como si eso bastara para manchar su nombre y convertirla en el chivo expiatorio perfecto. Fue entonces cuando Blanca González Rodríguez se presentó ante el fiscal investigador, convocada por la policía judicial. Alegó que su testimonio era vital para esclarecer el caso. Con voz medida, declaró que el viernes 28 de julio, alrededor de las seis y media de la ...

Enderezan el móvil (12)

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Enderezan el móvil En las oficinas de la Procuraduría, bajo la presión de un interrogatorio que olía a prejuicios y titulares sensacionalistas, Silvia Manríquez de la Mora rindió su declaración. Originaria de La Paz, Baja California Sur, con treinta años y residencia en Cabo San Lucas, en el fraccionamiento Acuarios, manzana 31, lote 17, habló con voz entrecortada sobre su amistad de dieciocho años con Edith, a quien había apadrinado en el bautizo de su primera hija. El domingo 29 de julio —o quizá el 30, los días se confunden en la memoria del dolor— amaneció con una inquietud que no presagiaba nada bueno. A las diez de la mañana, Imelda tocó a su puerta, ansiosa, preguntando por Edith. “La llamo y llamo al celular, y nada. Me voy a la Ciudad de México, pero quería despedirme”. Charlaron un rato de nimiedades; Imelda se fue cerca de las once. Silvia se duchó, preparó desayuno para sus hijas, separó ropa para la costurera, visitó a su madre alrededor de las dos de la tarde. Media hora...

Manoseo del expediente (11)

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Manoseo del expediente En las sombras de la justicia, donde las inferencias tejen una red implacable a partir de las declaraciones de los testigos, la interpretación meticulosa de la escena del crimen, el perfil psicológico del asesino y las evidencias irrefutables, se llega a una conclusión que hiere como un cuchillo oxidado: el doctor Acosta, Sebastián Romo y Ricardo Araos fueron los artífices de una conspiración siniestra para torturar a Edith Agúndez. Pero al ejecutor se le escapó el control, la mano se pasó, y lo que era un tormento calculado devino en muerte inevitable. Entonces, la Dirección de la Policía Judicial del Estado, con la frialdad de quien obedece órdenes superiores, comisionó al comandante Inocencio Deivid para que sembrara evidencias falsas, un velo protector sobre el Delegado municipal de Los Cabos, Sebastián Romo, y el presidente municipal suplente, Ricardo Araos. Todo ello, sin duda alguna, por indicaciones directas del gobernador de Baja California Sur, Dante...

Confirma la caída de la coartada (10)

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Confirman la caída de la coartada (Declaración ministerial de Samantha Acosta Ruiz, hija del doctor Acosta, 3 de agosto) La coartada del trío se derrumbó también por la boca de una menor: Samantha Acosta Ruiz, diecisiete años recién cumplidos, toluqueña de nacimiento pero ya con sabor a sal de Los Cabos. Vive en la casa número 54 de la calle Abasolo, conjunto Banamex, aunque la muchacha, por un resto de pudor o de soberbia heredada, se negó a pronunciar el nombre real de la colonia: Matamoros. Contó que a Sebastián Romo lo conoce «desde chiquita». A Edith también la conoció; a ratos la cuidaba, como quien dice que la quería sin quererla del todo. Era amiga de su mamá (esa «persona de confianza» que aparece en el perfil criminalístico y que ahora suena a burla cruel). Con Sebastián, sin embargo, la amistad es más honda: es amigo de su papá, comparten al «Bito», conviven. Sabe que Sebastián anduvo con Edith, que desde Año Nuevo anda con Paloma, que Paloma nunca le confió sus tormento...