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Fernando Jordan (9)

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Capítulo II Fernando Jordán de la Toba Los federales al mando de los Carrola, después de golpear a Martín Atondo Navarro salieron a tomar aire a la banqueta. Por las tardes, un viento agradable proveniente del norte se dejaba sentir en la ciudad de La Paz -- Es el coromuelito -- decían los lugareños. El aire venía con dirección de la playa conocida como el Coromuel, muy concurrida por los vecinos y los turistas. Sus blancas arenas y aguas cristalinas así como lo tranquilo de las olas, hacían de esas playas un lugar seguro para los bañistas. Al caer la tarde decenas de personas que se dedican a la caminata, a mantener en forma su cuerpo o simplemente a la aventura suben, frente a esa playa, a un cerro conocido como la Calavera desde donde observan la puesta del sol sobre la serranía que culmina con la Punta el Mechudo. Lo caprichoso de sus formas invita a sus escaladores a la meditación. El día 2 de diciembre de 1989, el profesor Ricardo Osuna Amador se preparó para sali...

Las casonas de Carrola (7)

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Las casonas de Carrola En las sombras alargadas de La Paz, donde el viento del Golfo susurraba secretos entre las buganvillas y las rejas oxidadas, se alzaban las casonas de Carrola como mausoleos vivos de la codicia. Eran fortalezas de estuco y silencio, casas de seguridad que el narcotraficante Pioquinto López Rodríguez iba tejiendo con hilos de notaría y miedo. Los informantes, compadres y madrinas de los Carrola empezaron a olfatear el movimiento: mañosos de la localidad entraban y salían de la Notaría Pública Número 1, como fantasmas en traje de lino, buscando escrituras que lavaran el origen turbio de sus propiedades. Aquel despacho pertenecía a Armando Aguilar Gaxiola, expresidente magistrado del Tribunal Superior de Justicia y, además, primo del gobernador Juan Diego Gaxiola Jaques. La sangre política y el dinero del narco se mezclaban allí como tinta y sangre en un mismo pergamino. Miguel Ángel y su hermano Jesús Ignacio, comandantes de la PJF, olfatearon el peligro. Decidie...

También a periodistas (6)

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También a Periodistas En las polvorientas calles de Sudcalifornia, donde el sol caía como una sentencia inapelable sobre los techos de lámina y los corazones marchitos, las vejaciones del pueblo se pudrían en silencio. No eran crónicas de tinta valiente las que llenaban las planas de los periódicos, sino migajas doradas que caían de las manos de los Carrola y de Aristóteles Brutus Lemus. Los comunicadores sociales, con el alma vendida a bajo precio, se agachaban a recogerlas como perros famélicos. Los menos, los que aún conservaban un resto de dignidad, callaban porque el cañón de una pistola les susurraba al oído que la verdad tenía precio de sangre. Fue en aquel edificio de la Asociación de Prensa y Radio —la APYR—, bajo la mirada cansada del profesor Enrique Nava Moreno, donde Alberto González, periodista de El Sudcaliforniano, se atrevió a tender la trampa. Invitó a Miguel Ángel, comandante de la Policía Judicial Federal, a una entrevista que prometía ser un duelo de preguntas af...

Con todo (5)

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En las sombras ardientes de La Paz, donde el sol del Pacífico lamía las costas como lengua de serpiente, se desató una crónica de hierro y codicia. Era la época en que la justicia federal vestía de negro y olía a pólvora y tequila barato, cuando los hombres del orden se convertían en verdugos con placa. Con Todo Con la información que les fue arrancada a los diferentes detenidos —confesiones arrancadas con el filo del miedo y el peso de las culatas—, Egidio Torre Gómez y los hermanos Carrola se fueron con todo. Avanzaron como una tormenta de desierto, devorando nombres, fortunas y reputaciones. Entre más detenían, más sabían; entre más sabían, más hambre les crecía en las entrañas. —Voy a detener al pinche presidentito municipal Jesús Ramón Colón Osborne —le dijo Miguel Ángel Carrola al visitador de la PGR, mientras este bebía tequila Hornitos recostado en una silla de lona, junto a la piscina azul turquesa del hotel Palmira. El cielo era un espejo indiferente. —Ese güey es el protegi...

Toque de queda (4)

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Toque de Queda La noche caía sobre La Paz como un sudario de plomo. Las luces de las farolas titilaban débiles, asustadas, y en los cafés de la plaza, donde antes resonaban las risas y el tintineo de las copas, ahora solo quedaba el murmullo bajo, el susurro envenenado de quienes ya no se atrevían a alzar la voz. Poco a poco, como una marea negra que sube sin hacer ruido, la población empezó a preguntarse el porqué el gobernador permitía los atropellos de los federales al mando del comandante Miguel Ángel Carrola Gutiérrez. —Pos a lo mejor porque Gaxiola está dentro del narco —decían en los cafés, y las palabras caían como gotas de ácido sobre el mármol de las mesas. Blanca Fisher, con los ojos aún encendidos por la rabia antigua, apoyaba con su presencia la parada política de Juan Pablo López Yee. Su voz, firme como el viento que azota el desierto, cortó el aire: —A poco no se acuerdan que a los hermanos de Juan Diego los detuvo la DEA. Jacinto Romero, entre los pocos valientes que a...

Asalto a Tembabichi (3)

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Asalto a Tembabichi En la penumbra del Golfo de California, donde el mar besa la tierra con labios de sal y olvido, yace el pequeño poblado de Tembabichi, un puñado de doce casas de madera y palma, enclavado a cuarenta kilómetros de la Isla del Carmen, en Baja California Sur. Apenas sesenta y siete almas habitaban aquel rincón del mundo, pescadores de manos callosas y miradas que sabían leer el horizonte como quien lee un antiguo poema de olas y vientos. Allí, en la madrugada del 6 de mayo de 1989, el cielo se rompió con el rugido metálico de un helicóptero. Su sombra negra descendió como un ave de presa sobre las techumbres humildes, despertando a los dormidos con el latido del miedo ancestral. Los habitantes, asustados, huyeron hacia el monte, buscando refugio entre las espinas y las sombras; pero el monte ya estaba habitado por la muerte. Treinta hombres vestidos de negro, como demonios escapados de algún averno burocrático, los esperaban. Llevaban cuernos de chivo relucientes, us...

Un pitazo a la federal (2)

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Un Pitazo a la Federal Cartagena de Indias, Colombia. Primeros días de julio de 1989. El sol caía como plomo derretido sobre los muelles y los avisos clasificados de un periódico local parecían salmos de salvación para hombres que cargaban el hambre en los bolsillos. En esa ciudad de murallas y suspiros, donde el trabajo bien remunerado era un espejismo, los desesperados compraban el diario como quien compra un boleto de lotería divina. Allí, entre líneas borrosas de tinta barata, brillaba el anuncio: se solicitaban marineros, cocinero y oficiales para la compañía Proflet S.A., con oficinas en el edificio América Latina. Antonio Hinestrosa, recién salido de un hospital tras treinta días de convalecencia por un accidente en la base naval, fue rechazado en su antiguo empleo. Con el alma todavía oliendo a yodo y vendas, leyó el aviso y caminó hacia el edificio como quien camina hacia un destino incierto. Allí lo recibió Félix Quiñones, quien lo enroló como simple marinero. Francisco Manu...