La coartada se desmorona (8)
La coartada se desmorona
En las oficinas del fiscal, bajo la luz cruda de un foco que parpadeaba como un mal presagio, citaron a Paloma Anahí Araos, la menor de edad cuya voz, apenas un susurro de diecisiete años, iba a derrumbar todo el castillo de naipes. Le recordaron con solemnidad que mentir ante la autoridad acarrea penas severas. Ella, con la serenidad de quien ya no tiene nada que perder, habló sin titubear.
Contó que conocía a Sebastián Romo desde hacía cuatro años; que dos años atrás se lo habían presentado formalmente; que hablaron de sus planes de estudiar inglés en la Unión Americana y que, al volver él, se lo topó en las oficinas de gobierno. En agosto del 94 se hicieron novios, sabiendo ambos que él ya tenía un hijo con Edith. Paloma lo aceptó sin drama; incluso una vez, en San José del Cabo, ayudó a cuidar al pequeño. Nunca tuvo broncas con Edith. Ni siquiera aquella noche en la fiesta del Club de Leones, cuando ella bailaba con Sebastián y Edith lo hacía con otros, como si el mundo aún cupiera en un salón de luces tenues y música de banda.
El sábado 29 de julio, a las nueve de la noche, sonó el teléfono. Era Sebastián: “Pásame por ti en cuarenta minutos, vamos a una quinceañera”. Llegó a las diez, puntual a su manera. Lo acompañaban Ericka Ibarra y Garric, el hermano de Paloma. Entraron al salón, se sentaron con Raúl Romo; Sebastián subió a la mesa de honor como si fuera el dueño del mundo.
A las dos de la madrugada salieron. Caminaron hacia el pick-up entre risas que ya se apagaban. En el empedrado, Paloma vio pasar a Edith en su coche con alguien más. Nadie más pareció notarlo; ni Sebastián ni Ericka dijeron nada.
Ya dentro del pick-up, frente al Señor Sushi, Sebastián señaló con la barbilla: “Mira, ahí va Edith”.
“Ya es la segunda vez que pasa”, respondió Paloma, “hace rato me pasó por las narices y ni cuenta te diste”.
En el tope, el coche de Edith chocó suavemente la defensa trasera del pick-up. Encendió las altas. Paloma preguntó qué le pasaba. “A lo mejor viene borracha”, dijo él, y aceleró. Pero adelante iba lento el coche del doctor Acosta, así que dobló a la izquierda, hacia el cárcamo, metiéndose por callecitas angostas hasta la mueblería Puerto de Vigo. Edith los seguía, cegándolos con las luces.
Se detuvieron frente a los mariscos El Pescador. Los coches estacionados los tenían atrapados. Edith se emparejó, a un metro apenas. Bajó Sebastián el vidrio.
Edith, fuera de sí, lo apuntó con el dedo como si fuera un arma:
“¡Sebastián, pinche estúpido! ¿Para esto me haces tantos tangos? ¿Para andar con esta mocosa de mierda?”
Silencio. Él no contestó.
“¡La estás usando nada más para reírte de ella, los dos lo sabemos! ¡A mí no me engañas, cabrón! ¡Ve´la a dejar, ve´la a dejar, ve´la a dejar!”
Tres veces lo repitió, como un conjuro.
“Mañana hablamos”, dijo él por fin, casi en susurro.
Edith dio otro golpecito al pick-up y arrancó. Una grúa que arrastraba un coche le cerró el paso; ella se coló por la izquierda, quemando el rojo del semáforo. Sebastián masculló que era una irresponsable, que tenía un hijo, que así un día le iba a pasar algo.
Llegaron a casa de Paloma poco antes de las tres. Sebastián revisó la calle: no había coche de Edith. Metió el pick-up a la cochera como quien esconde un secreto. Esperaron a Garric, que llegó con el doctor Acosta. El doctor se bajó, dejó al hermano y se fue sin cruzar palabra con Sebastián.
Adentro, a solas, hablaron media hora.
“Desde que nos vio en el Club de Leones sabía que me iba a armar algo así”, dijo él.
“Pues nada más le faltó llorar”, contestó ella, medio en broma.
“Sí me va a llorar”, respondió Sebastián, y su voz sonó rara, como si ya viera el llanto.
Paloma pensó, con esa inocencia que aún le quedaba, que hablaba de lágrimas de despecho.
Se despidieron a las tres y media. Él dijo que daría una vuelta por su casa, que si Edith estaba ahí seguiría rodando hasta que se largara. Le pidió que le marcara al veinte para las siete.
Veinte minutos después, Paloma llamó al celular: apagado.
Llamó a la casa: ocupado.
A las siete en punto marcó otra vez.
—¿Cómo dormiste?
—Mal. Estuve intranquilo toda la noche.
Le deseó suerte en la pesca. Colgaron.
Lo volvió a ver a las cuatro y media de la tarde en el Shrimp Bucket. Ericka los acompañó. Durante la comida, Sebastián dijo, mirando su plato como si ahí estuviera escrito el futuro:
—Menos mal que pasó esto ahorita… y no después.
Paloma le reprochó que no contestara el celular la madrugada anterior.
—¡Ah, no te he platicado! Edith fue a mi casa, estuvo tocando como quince minutos y no le abrí.
No dijo a qué hora. Pero sí dijo quiénes vivían ahí: su mamá Ana Elbia, Raúl, un ingeniero del que no recordaba el nombre y, cuando estaba de vacaciones, Eduardo. Nada más.
El fiscal cerró la declaración. No hubo más preguntas.
Y con eso bastó.
Porque Paloma, sin que nadie la hubiera aleccionado, derrumbó la coartada piedra por piedra.
Sebastián dijo que había estado con el doctor Acosta de ocho a nueve de la noche. Imposible: a las nueve estaba hablando por teléfono con Paloma y a las diez la recogió.
Dijo que al ver a Edith la había saludado y ella no contestó. Mentira: según Paloma, él solo señaló “ahí va Edith” y nada más.
El doctor Acosta juró que al dejar a Garric, Sebastián se le acercó y le contó que Edith lo había agredido. Falso: Paloma fue tajante: “El doctor se fue y no tuvo oportunidad de hablar con él”.
Quedaba claro: los hombres mentían. Y mentían mal.
Y quedaban preguntas que flotaban en el aire como humo de cigarro barato:
¿Por qué Sebastián estaba tan seguro de que Edith “le iba a llorar”?
¿Qué quiso decir con eso de “menos mal que pasó ahorita y no después”, como si ya supiera que después ella no podría reclamar nunca más?
¿Quién hablaba realmente por teléfono cuando la casa sonaba ocupado a las tres cincuenta de la mañana?
¿Y quién era esa “persona de absoluta confianza” que, según la escena del crimen, acechaba en la oscuridad mientras Edith moría?
La coartada no se cayó.
Se hizo añicos.

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