Enderezan el móvil (12)
Enderezan el móvil
En las oficinas de la Procuraduría, bajo la presión de un interrogatorio que olía a prejuicios y titulares sensacionalistas, Silvia Manríquez de la Mora rindió su declaración. Originaria de La Paz, Baja California Sur, con treinta años y residencia en Cabo San Lucas, en el fraccionamiento Acuarios, manzana 31, lote 17, habló con voz entrecortada sobre su amistad de dieciocho años con Edith, a quien había apadrinado en el bautizo de su primera hija.
El domingo 29 de julio —o quizá el 30, los días se confunden en la memoria del dolor— amaneció con una inquietud que no presagiaba nada bueno. A las diez de la mañana, Imelda tocó a su puerta, ansiosa, preguntando por Edith. “La llamo y llamo al celular, y nada. Me voy a la Ciudad de México, pero quería despedirme”. Charlaron un rato de nimiedades; Imelda se fue cerca de las once. Silvia se duchó, preparó desayuno para sus hijas, separó ropa para la costurera, visitó a su madre alrededor de las dos de la tarde. Media hora después, repostó gasolina, pasó por la casa de la madre de Edith —sin ver su carro, no se detuvo—, compró nieves y las llevó a la suegra de su novio, en los condominios Coromuel.
Allí, al tocar la puerta, vio a Lupita bajar del edificio de enfrente. “¡¿Y María?!”, gritó —así le decía a Edith, con ese cariño íntimo que solo usan los cercanos. Lupita respondió: “¡No sé, ven!”, haciendo señas urgentes. Silvia dejó las nieves derretirse en el calor y esperó. Cuando Lupita se acercó, sentada en una jardinera, su rostro era un mapa de nervios: inquieta, alterada. Contó que había quedado con Edith para desayunar, pero algo terrible había sucedido. Relató la noche anterior: la discusión telefónica entre Edith y el Bito (Sebastián), la cena en casa de Mario Araujo, la salida al Squid Roe, el encuentro casual con Sebastián y su novia, sonrientes. Las siguieron; Edith embistió el pick-up con su carro, gritó insultos. Luego la dejó en casa, diciendo que iría a buscarlo.
Al día siguiente, al no aparecer para el desayuno, Lupita tomó un taxi, tocó insistentemente la puerta. El bebé vagaba solo; el bolso de Edith estaba en el carro. “Se me hace raro que no abra”. Planeaban ir juntas a casa de Edith en media hora. Las hijas de Silvia salieron de la alberca en ese momento.
Media hora después, Silvia mandó a su hija mayor a avisar. La niña regresó: “Lupita dice que ya no va”. De pronto, apareció: “Pasó algo”. Había llamado a casa de Tere; Scarlett, la niña, contestó llorando. “¿Qué te dijo?”, insistió Silvia. “Nada, solo lloraba”. Silvia se derrumbó en lágrimas. “Pero es la madrina de Blanca”, sollozó. Salieron; dejó a las niñas con su madre. En el camino, Lupita pidió pasar por el Seguro Social. “Regrésate, no hay carros conocidos”. Llegaron a casa de la madre de Silvia; contaron lo poco que sabían. El hermano Abraham las acompañó.
En casa de Edith, Tere y su esposo ya estaban. El bebé iba en su carro. Contaron la verdad cruda: Edith estaba muerta. Abraham y Lupita entraron; él regresó destrozado, llorando: “Entra a verla, es la última vez”. Silvia se negó: “Así no la quiero ver”.
Abraham vio el cadáver; Lupita no entró. A Silvia le pareció extraño: Lupita no se alteró, no lloró. Como si la noticia no la sorprendiera. Atrevida, se asomó al carro: una bolsa, todo en desorden.
Influenciada por los ecos de la prensa amarillista, Silvia recordó un comentario de su prima Lupita Montaño —Lupe la güera—: que Lupita de la Peña tenía inclinaciones hacia las mujeres; que a veces la recogía del trabajo para dormir juntas, desnudas, cuerpos unidos en la cama, en un abrazo que rozaba lo prohibido.
En otro hilo, declaró que Edith una vez tuvo problemas con la esposa del ingeniero Carlos Jiménez: Chuyita irrumpió en las oficinas, insultándola, agrediéndola, convencida de una aventura con su marido. Pero en realidad, era Lupita quien andaba con él.
Al final, siempre bajo el influjo de los periódicos, afirmó no saber de problemas graves entre Edith y Sebastián; incluso, Edith le había pedido terminar lo romántico, quedarse solo como padres, y él lo respetó.
Con declaraciones teñidas por la prensa —como se ordenó desde arriba—, la investigación giró bruscamente, torciéndose hacia Lupita. Silvia la contradijo: fue ella quien vio bajar a Lupita y la llamó; dijo que el bebé “andaba por ahí”, cuando Lupita solo vio la cabeza. Según Silvia, Lupita encontró raro que no abriera porque el bolso estaba en el carro —detalle que, de ser cierto, desmentiría la manipulación policial: Teresa no habría visto el bote de cerveza si el bolso, vaciado, apareció después.
Silvia enredó más con la llamada a Scarlett: “No dijo nada, solo lloraba”. Lupita se defendió: no quiso alarmarla, evitar un accidente o asustar a las niñas. Sonó coherente.
En la casa de Edith, Lupita no lloró, no se alteró; como si la muerte de su amiga no la sorprendiera. Eso dio pie a que los judiciales explotaran rumores: el chisme de la prima sobre noches desnudas, cuerpos pegados.
Pero Silvia aportó algo crucial, ignorado en la indagatoria: Imelda llegó a las diez confesando llamadas sin respuesta al celular de Edith. Si no contestaba, el teléfono ya estaba en el monte —evidencia que derrumba el peritaje forense de José Manuel Castro Castro y Andrés Flores Gómez, quienes a las 19:00 estimaron muerte entre 12:00 y 13:00, seis o siete horas antes.
La humedad, el agua, el clima brutal de Baja California Sur alteran la rigidez cadaverica. Como en la presa de San Blas, cerca de La Paz: un profesor de educación física enterrado en arena húmeda, junto a un riachuelo, parecía muerto hace una semana cuando en realidad llevaba meses. Periodistas, judiciales y peritos lo vieron intacto. Esas condiciones —físicas, químicas— aún las ignoran los legistas de la Procuraduría General de Justicia del Estado.
Así, con prejuicios y omisiones, enderezaron el móvil hacia el lado equivocado.

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