Otro mentiroso

Otro mentiroso El salón de la procuraduría olía a cloro barato y a sudor viejo. Las lámparas fluorescentes zumbaban como insectos atrapados. Allí, bajo esa luz enferma, compareció Ricardo Araos Gamiño, cuarenta y cuatro años, comerciante, nacido en el Distrito Federal, domicilio conocido en la esquina de Hidalgo y Lázaro Cárdenas. Habló con la voz lenta y bien aceitada de quien está acostumbrado a que le crean. Dijo que a Edith la conocía “como a cualquier persona del pueblo”. La frase quedó colgando en el aire, redonda, desdeñosa, casi una bofetada. Con ese solo latigazo se reveló entero: un hombre que se siente por encima del polvo que pisan los demás. El domingo, aseguró, había ido a pescar con el ingeniero Sebastián Romo. No recordaba si la invitación fue viernes o sábado por la mañana. La memoria, cuando miente, siempre se hace la distraída. El sábado en la noche, según él, andaba ansioso por ver a Sebastián para concretar la salida pesquera. Extraño afán para alguien que al día siguiente iba a levantarse antes de las seis. Pero los borrachos y los conspiradores comparten la misma urgencia: necesitan verse, tocarse, mirarse a los ojos para asegurarse de que la mentira les calza igual a todos. A las ocho de la noche, dijo, Sebastián tocó a su puerta. Venía a pedir permiso para llevar a Paloma, a Ericka y al pequeño Garric a una quinceañera. Quince años de una sobrina del doctor Acosta. Allí, en el zaguán, supuestamente, quedaron en verse al día siguiente en el Shrimp Bucket. Y después él, Ricardo Araos, padre ejemplar, se puso a leer hasta que sus hijos regresaron. Mentira. A las cuatro y media de la madrugada, Paloma subió tambaleante, oliendo a alcohol y a miedo. Le contó la fiesta, el escándalo, la locura. Él, con la voz pastosa del sueño fingido, le ordenó: “Acuéstate, mañana vamos a pescar”. ¿Quién se desvela hasta el alba para ir a pescar? Sólo quien necesita desesperadamente que amanezca lejos del pueblo. A las seis en punto sonó el teléfono. Lo dejó repicar tres veces. “Seguro es Acosta”, pensó, y mandó a Garric que contestara. A última hora querían saber qué llevar. Los pescadores de verdad no improvisan las tortas. A las siete y cuarto llegaron al muelle AB. Saludaron al doctor García, al doctor Arciga. Entraron al minisúper: crema bronceadora, rollo fotográfico. Había que dejar constancia. Una lancha sin fotos no es coartada, es sólo una lancha. En alta mar pescaron un dorado y un marlin. O eso juraron. Luego, entre las diez y las doce, durmieron la mona: Acosta, Sebastián, Garric y el hijo del otro doctor. Durmieron como ángeles con resaca. El mar los mecía y la mentira los arrullaba. Al volver, comieron otra vez en el Shrimp Bucket. A las seis de la tarde Ricardo se despidió: tenía que ir por sus empleados al aeropuerto. Regresó a las siete y media. Lo esperaban su esposa, Paloma y la señora Conchita. Tres mujeres pálidas, tres voces que hablaron al unísono: “Tenemos malas noticias… se suicidó la mamá del niño de Sebastián”. La palabra “suicidio” salió de sus labios como una orden cumplida. Y ahí, en ese preciso instante, la coartada empezó a hacer agua por todas partes. Porque Sebastián Romo había declarado que a las ocho de la noche del sábado estaba en casa de Edith, luego en casa de Hilda, después con su papá. Porque el doctor Acosta juró que a esa misma hora Sebastián le marcó a Ricardo desde la quinceañera para recordar la pesca. Porque Ricardo insistió en que se vieron en su zaguán. Tres versiones, tres relojes que no coinciden, tres hombres que se traicionan con la hora exacta en que supuestamente no se vieron. Y sin embargo se vieron. Tienen que haberse visto. En algún lugar oscuro, lejos de los teléfonos y de los testigos, afilaron el plan: un susto, nada más que un susto. Palabras gruesas, un par de golpes, que la muchacha aprenda a no abrir la boca. Pero alguien cargó la mano. Alguien golpeó demasiado fuerte. Alguien colgó el cuerpo de Edith como quien cuelga un cartel: “Esto les pasa a las que hablan”. Y cuando Ricardo Araos regresó del aeropuerto y escuchó la palabra “suicidio” en boca de su propia hija, no preguntó cómo, ni cuándo, ni por qué. Sólo bajó la mirada, como quien contempla el charco de sangre que ya no puede limpiar. En el silencio de esa casa, entre el olor a mariscos y a miedo, quedó flotando la verdad que nadie se atrevía a decir en voz alta: habían matado a Edith, y ahora mataban la verdad con cada palabra.

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