En contra de Lupita (13)

Capítulo III: La embestida feroz contra Lupita En las sombras de la justicia torcida, los medios de comunicación comenzaron a tejer una red de distorsiones, manipulando la verdad como marionetistas en un teatro de marionetas macabro. Incitaban a la población a revelar cualquier rumor, cualquier sombra de lo que pudieran haber visto o sabido sobre el brutal asesinato de aquella madre de familia, Edith. Al mismo tiempo, filtraban supuestos "avances" de la investigación: insinuaban que Guadalupe de la Peña —Lupita— sabía más de lo que había confesado, y hasta sembraban la semilla venenosa de que tenía inclinaciones lésbicas, como si eso bastara para manchar su nombre y convertirla en el chivo expiatorio perfecto. Fue entonces cuando Blanca González Rodríguez se presentó ante el fiscal investigador, convocada por la policía judicial. Alegó que su testimonio era vital para esclarecer el caso. Con voz medida, declaró que el viernes 28 de julio, alrededor de las seis y media de la tarde, Lupita había llegado a la guardería a recoger al niño, mientras Edith aguardaba en la Blazer. Del sábado no recordaba si Lupita había pasado por allí, pues ella misma se había marchado al rancho. Luego, vacilante, mencionó que —quizá el sábado o el domingo, hacia las nueve y media de la mañana— vio a Edith conduciendo su auto con Lupita como pasajera por la calle Comondú. No supo hacia dónde se dirigían, pues ella giró a la izquierda rumbo a la gasolinera para inflar las llantas. Es evidente que esta mujer declaraba bajo instrucción, un escudo tejido para proteger a los autores intelectuales del crimen. El lunes, en casa de su abuela, rodeada de personas cuyos nombres no recordaba, soltó: “Se me hace que la vi el domingo por la mañana; Lupita volteaba hacia el asiento trasero, como si hubiera alguien más en el auto... no sé si era el niño”. Era obvio que mentía, hilvanando coartadas con hilos frágiles. Agregó que, en ocasiones, el "Bito" —Sebastián— recogía al niño en la guardería. Y con eso cerró su declaración. Aquí se revelaba el afán de notoriedad de la testigo, y sobre todo, su intento de defender al delegado municipal. ¿Por qué se permitía el desfile de extraños en el expediente? ¿Acaso no hallaban forma de incriminar directamente a Lupita? Se intuía el plan: acumular suposiciones para declararla culpable, ganar tiempo, dejar que el caso se enfriara, como murmuran los judiciales cuando un asunto incómodo amenaza a algún poderoso o a su "patrón". En otra comparecencia, María Teresa Ceseña Taylor se presentó como declarante voluntaria, pero sus palabras destilaban un resentimiento palpable contra Lupita. Influida por la prensa sensacionalista y por la policía judicial, profirió ofensas que empañaban el honor de la sospechosa. Contó que Edith le había confiado en varias ocasiones que, cuando Lupita se quedaba en su departamento cuidando al pequeño Luis Antonio, le desaparecía dinero. Que le molestaba la posesividad de Lupita en su amistad. Que a Lupita no le gustaba que Edith visitara su departamento. Que era "fantasiosa", inventando historias como que Sebastián hacía el amor con Lorena Ruvalcaba al pie de las escaleras de la discoteca Luka's. Para la testigo, Lupita era "muy puta... o lesbiana", pues le conocía dos amigas íntimas. Y con eso concluyó. Quedaba claro: la procuraduría buscaba dañar irreparablemente a la mujer, fabricando un perfil de villana. Sin embargo, la propia madre de María Teresa arrojó dudas sobre su hija al declarar que el rencor provenía de un pleito por un préstamo que Lupita supuestamente le había hecho. En contraste, la recepcionista del hotel Pueblo Bonito, Laura Cota Martínez, aportó un testimonio que iluminaba la buena fe de Lupita. Recordaba que el domingo 30 de julio, Guadalupe la llamó dos veces. La primera, entre seis y siete de la tarde; no notó nada extraño en su voz. Media hora después, la segunda llamada la sorprendió: “¿Ya supiste?”. “No, ¿qué?”, respondió Laura. “Mataron a la Edy”, dijo Lupita. “¿Cómo? ¡Ni al caso! ¿Cómo puede ser posible?”. Laura le reprochó que no bromeara con algo tan grave, pero Lupita insistió: la habían intentado ahorcar, la apuñalaron... y luego guardó silencio. Este testimonio, con fe ministerial, ocurrido apenas seis días después del homicidio, revelaba cómo los medios, al repetir noticias alteradas, seducían a las mentes vulnerables con mensajes subliminales, torciendo percepciones y alimentando el caos. El desfile de chismosas —parafraseando al jefe panista Diego Fernández— convertía las oficinas de la representación social en un carnaval de rumores. Paula Ceseña de Mancera se presentó voluntariamente: a las seis de la tarde, Lupita llegó a casa de su madre y le susurró que Edy se había suicidado. Fueron a tocar la puerta de Roberto Sandoval; oyó a Lupita repetir la versión del suicidio. Luego, narró casi íntegra la crónica publicada en el diario Tribuna de los Cabos. Terminó diciendo que Tere había llamado a Lupita por teléfono con la misma noticia del suicidio. Llegó Lupita entre cinco y media y seis... Ni siquiera sabía lo que decía, enredada en su propia telaraña. De declaración en declaración, el fiscal parecía orquestar una sinfonía para influir en el juez penal una vez integrada la averiguación previa. La representación social también se prestó a validar la coartada de los políticos, citando al capitán del yate El Gato Negro, Ricardo Cebreros, quien confirmó la salida a pescar desde las ocho de la mañana hasta las cuatro de la tarde. Pero la fiscalía no profundizó: ¿realmente pescaron, o solo durmieron la mona lejos de miradas indiscretas? El expediente guarda silencio al respecto. Siguiendo órdenes superiores para rellenar el expediente con credibilidad, el fiscal citó al albañil Marcelo Lozano: Sebastián Romo llegó a la fábrica a las siete de la mañana, revisaron avances, recibió una llamada en el celular y se marchó. No lo vio más ese domingo. Ni una pregunta sobre su ropa, ni detalles que pudieran romper la fachada. Hilda Ceseña, una de las últimas en ver viva a Edith, declaró que el sábado a las ocho y media le llevó al niño pequeño —aunque se intuye que andaban juntas, y algo la impulsó a mentir desde el inicio—. Iba a pasar el día con Lupita. Antes de las diez de la noche, Sebastián pasó a preguntar por el niño; lo vio y se retiró satisfecho. Hilda se quedó dormida. Entre tres y tres y cuarto de la madrugada, Edith recogió a Luisito. No le notó nada raro: ni tomada, ni aliento alcohólico. Lupita y Paula le avisaron de la muerte a las siete y media de la tarde. De la amistad entre Edith y Lupita, nada anormal. Con Sebastián, buena; se preocupaba por su hijo. Entonces, ¿por qué Sebastián no preguntó por su hijo al enterarse de la muerte de la madre? Del padre de Othoniel, solo sabía que le regaló un juego de sala. La rabia, los celos, la traición al descubrir al amado en brazos de otra pudieron despejarle la borrachera. Pero la autopsia reveló alto nivel de alcohol. ¿La forzaron a beber? ¿Le inyectaron alcohol post mortem? ¿Por qué el doctor Acosta mencionó dos vasos en la barra, como si hubieran compartido una copa? ¿Formaba parte del montaje? Si Edith llegó sola tras recoger al niño, ¿por qué bebería? ¿Con quién se encontró después? ¿Despertaron celos en Sebastián el regalo del padre de Othoniel, o las flores del albañil? ¿Aprovechó la oportunidad, con ayuda de Acosta y Araos, para asustarla y vengarse de los celos? Era obvio. La fiesta de escándalos sumaba invitados: Antonio Ortiz Pino, presunto enamorado de Hilda, confirmó lo del sábado 29, pero perjudicó a Lupita con detalles del domingo. Eso buscaba la procuraduría: un culpable para proteger a Sebastián, aunque este testigo lo expuso como celoso posesivo. Estuvieron en la playa desde las 14:30 hasta las 19:30. Una ola causó raspones visibles en Lupita. Un vecino regaló cocos. Edith llamó a Sebastián por celular para buscarlo; le dijo que iría a una fiesta. Edith le pidió a Pino que, si Sebastián preguntaba, dijera que andaba con "un amigo". Inventaba amantes fantasmas para herirlo. Cultivaba celos en Sebastián, que lo llevaron a la conspiración... pero solo para golpearla, no matarla. Al día siguiente, vio un vehículo café con Lupita y Paula: “Algo pasó con Edith, se suicidó... yo creo que por Sebastián”. En el velorio, Sebastián insistió en el "amigo". Pino le rogó olvidarlo; no existía. Hilda dijo lo mismo. La obsesión era tal que no callaba, expresándola sin tacto. Por eso aceptó torturar a la madre de su hijo. No había otro móvil. Y así continuaba el desfile: confusiones en recepcionistas, taxistas inducidos por la prensa, fijaciones absurdas en un bolso inexistente... Todo un expediente plagado de errores intencionales, diseñado para condenar a la inocente y blindar a los poderosos en un velo de impunidad que aún hoy cubre el caso como una niebla eterna en Los Cabos.

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