Principal sospechoso (6)

Principal sospechoso La sala de declaraciones olía a café rancio y a sudor nervioso. Sebastián Romo Carrillo, delegado municipal en funciones de Cabo San Lucas, se sentó con la espalda recta, como quien todavía cree que la autoridad es algo que se ejerce, no algo que se sufre. Tenía treinta y tres años, la piel curtida por el sol del trópico y una voz que pretendía serenidad pero que se quebraba apenas en las consonantes. —Originario de La Paz —dijo—, pero aquí en Cabo vivo en la esquina de Cabo y Niños Héroes. El ministerio público, con la rutina de quien ha leído demasiadas tragedias, le informó sus derechos. Sebastián escuchaba como quien oye llover sobre lámina: sabía que caía, pero no lo mojaba todavía. No tenía abogado. Le asignaron a Antonio Díaz Pérez, defensor de oficio, un hombre flaco y de mirada cansada que aceptó el cargo con la resignación de quien ya no espera cambiar nada. Y entonces habló. La conoció hace más de cinco años. Primero fueron amigos; después, amantes. De esa unión nació Luis Antonio, un niño que el 1 de septiembre de 1993 llegó al mundo chillando como si ya supiera que la vida en Cabo no perdona. Sebastián quiso casarse cuando Edith quedó embarazada. Ella dijo que no. “No es conveniente”, fue todo. Tuvieron altas y bajas, como todas las parejas que se quieren a medias. Él la llevó al hospital el día del parto. Después ella se fue con sus papás. Luego, por el calor insoportable, la mudó a Villa la Paloma. Finalmente terminaron en el lote 20, manzana 14 del fraccionamiento Arco Iris, una casa que olía a pintura fresca y a promesas rotas. —Siempre hablamos todos los días —dijo Sebastián, y su voz se volvió más baja, casi íntima—. Aunque ya no estuviéramos juntos, seguíamos siendo padres. La última vez que la vio con vida fue la madrugada del domingo 30 de julio de 1995. Sebastián retrocedió en el relato como quien rebobina una cinta vieja para encontrar el momento exacto en que todo se torció. Estaba en la quinceañera de una ahijada en el hotel Plaza las Glorias. Padrino de honor, camisa planchada, sonrisa oficial. Salió a las dos de la mañana con Paloma Araos y otros amigos. Cuando subían al coche, estacionado frente al Kentucky, vio pasar la Blazer de Edith. Dio reversa, tomó el bulevar Marina. A la altura del Señor Sushi la volvió a ver: venía en sentido contrario, como si hubiera dado la vuelta nada más para encontrarlo. La saludó. Ella no respondió. Estaba pálida, los ojos muy abiertos, la cara tensa de rabia o de miedo, o de ambas cosas. Edith dio una vuelta en U. Él la siguió sin querer seguirla. En los topes frente al bar LF Caliente ella lo alcanzó. Emparejó los vehículos. Lupita de la Peña iba de copiloto, muda de asombro. Y entonces Edith estalló. Gritó insultos, improperios, cosas que no tenían pies ni cabeza. Sobre todo contra Paloma. Sebastián subió el vidrio. Le hizo señas para que siguiera. Ella seguía gritando. Él avanzó. Ella lo persiguió, se pasó un alto en rojo, giró hacia San José del Cabo como si huyera de sí misma. Sebastián dio la vuelta en U al final del bulevar, dejó a sus amigos en casa de los Araos, platicaron un rato en la puerta. Veinticinco minutos. Después tomó por Hidalgo, Lázaro Cárdenas, Cabo. Había un velorio, así que dio rodeo por 5 de Mayo. Entró en contra por Hidalgo hasta Niños Héroes y finalmente llegó a su casa. Estaba sacando las llaves cuando oyó el claxon. Era ella otra vez. Tocó la puerta como si quisiera derribarla. Sebastián entró rápido, cerró con doble seguro. Escuchó los golpes, los gritos, el motor que se alejaba. Miró el reloj: 2:55 a.m. Descolgó el teléfono para que no sonara más. A las 3:30 entró Roberto, el técnico agrícola que vivía con él, oliendo a cerveza y a fiesta del Sauzal. Sebastián le pidió que no contestara llamadas. Por la mañana todo parecía normal. El doctor Acosta lo llamó para ir a pescar. Se vistió de short, camiseta y tenis. Pasó por la fábrica, habló con Marcelo Lozano y los trabajadores. A las 7:30 volvió a sonar el celular: Acosta insistía. Lo esperaban en la marina. Subió al yate de 45 pies con el doctor, con Ricardo Araos y su hijo, con Samantha, con el pequeño Roberto Altamirano, con el capitán Ricardo y el marinero Javier. Salieron mar adentro. Regresaron a las cuatro de la tarde. Comieron todos juntos, menos la tripulación. A las seis, cuando llevaba a las niñas Araos a su casa, sonó el teléfono. Era Blanca, la secretaria del arquitecto Felipe Ortiz. —Mataron a la mamá de tu hijo. El mundo se detuvo. Llamó al doctor Acosta. Se encontraron en Coromuel. Juntos fueron a la casa de Edith. La escena era dantesca: sangre en las paredes, en la taza del baño, el cuerpo bocabajo, las manos atadas con el cable de una plancha, una media anudada al cuello y a la llave de la regadera. Sebastián apenas pudo mirar. Acosta lo sacó casi a rastras. En la declaración insistió una y otra vez: los últimos seis meses habían sido buenos. Se respetaban. Él cuidaba al niño. No tenía llaves de la casa de ella. Nunca hubo violencia seria. Solo discusiones de padres. Pero las preguntas quedaron flotando como humo de cigarro en la sala: ¿Por qué dijo que habían comprado la casa juntos si Edith juraba que fue sola? ¿Por qué aseguraba que cada quien vivía su vida sentimental por separado si la celaba hasta con sombras? ¿Por qué no la llamó el domingo por la mañana, si según él los pleitos se arreglaban “luego luego”? ¿Por qué el doctor Acosta insistió tanto en sacarlo a pescar ese día? ¿Por qué, al enterarse de la muerte, llamó primero a Acosta y no fue directo por su hijo? Y sobre todo: ¿qué pasó entre las 2:55, cuando Edith se fue furiosa de su casa, y las horas siguientes en que alguien entró al domicilio del Arco Iris y la mató con saña? La declaración terminó. El defensor de oficio se apegó a ella. Pidió copias. Recordó la coartada del yate. Pero en los expedientes, en los corrillos de Cabo, en las miradas de quienes conocían a la pareja, quedó una sospecha que olía a marisma y a sangre: que Sebastián, acorralado por una mujer que ya no se dejaba, habló esa madrugada con alguien. Que alguien decidió “ayudarlo”. Que el doctor Acosta, sin consultar, movió piezas. Que un matón entró a la casa equivocada y apretó demasiado la media. Días después detuvieron al dentista José Luis Sandoval Rochín, el Pepino, padre del hijo mayor de Edith. Lo sacaron de su casa a las tres de la mañana. Declaró tranquilo, con la serenidad de quien ya ha tocado fondo y ha salido. Contó su historia antigua, sus regalos, su culpa de Alcohólicos Anónimos. Su domingo fue un rosario de testigos: pacientes, amigos, restaurantes. Los judiciales corroboraron cada paso. Lo dejaron ir. La niebla siguió cubriendo Cabo San Lucas. El delegado seguía siendo el principal sospechoso. Y en alguna parte, un niño de apenas dos años preguntaba por su mamá sin saber que ya nunca volvería.

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