Crímen con tintes políticos (5)
Crimen con tintes políticos
El crimen olía a marisma podrida y a poder recién estrenado. En Cabo San Lucas, donde el desierto besa al Pacífico con lengua de fuego, una mujer había muerto de manera tan brutal que hasta los escorpiones parecían retroceder. Porque la víctima no era cualquiera: Edith mantenía una relación íntima con el delegado municipal, Sebastián Romo Carrillo —el Bito para los amigos, el amo para muchos—, y eso convertía un homicidio cualquiera en un terremoto político. El gobernador no dudó: ordenó al procurador que enviara desde La Paz a sus dos mejores sabuesos periciales. Que no quedara duda de quién mandaba.
A las once de la noche del domingo 30 de julio de 1995, cuando la mayoría dormía la mona de fin de semana, llegaron al domicilio los licenciados de la capital: Raymundo Flores Aguilar, jefe de criminalística, y el doctor Salvador Gamboa Villegas, titular de servicios periciales. Entraron con esa solemnidad que da saber que uno escribe la historia que otros leerán con miedo. El aire dentro de la casa era espeso, caliente, cargado de un olor dulzón que ya no era perfume sino promesa de cadáver.
En la sala los recibieron tres sillones destripados, como si alguien hubiera buscado algo con furia o simplemente hubiera querido borrar huellas de una discusión. Sobre uno de ellos, un florero volcado parecía llorar pétalos secos. El pasillo principal era un reguero de gotas oscuras que conducían, inexorables, hacia la recámara: sangre y cabellos pegados al piso, un rastro que cualquier niño habría seguido con el dedo.
En el dormitorio, la cama king size parecía un campo de batalla después del saqueo. La sábana blanca estaba tatuada de manchas rojizas y, en el centro, la impresión perfecta de una suela lisa: alguien había pisado la sangre aún fresca. Los peritos de Cabo San Lucas no la habían visto; o habían preferido no verla. Entre los pliegues de la tela había cabellos largos y, más íntimos, vellos púbicos que hablaban de violencia sexual o de simulacro de ella.
Al fondo, un baño poligonal de seis metros cuadrados, paredes de mosaico que alguna vez fueron blancas. Allí yacía Edith, semidesnuda, con la cabeza apoyada contra la cortina como quien busca apoyo en la muerte. Ya no tenía el cable de la plancha enrollado al cuello; alguien, con torpeza o con prisa, se lo había quitado antes de que llegaran los de La Paz. La blusa naranja con rayas azules estaba subida hasta los senos; una falda azul cubría apenas las nalgas. Sobre el excusado, absurda, una caja de cartón guardaba un cuchillo de mesa limpio, como si el asesino hubiera querido dejar una firma irónica. En la pared, un escurrimiento de sangre de un metro de largo parecía la firma verdadera.
Los especialistas trabajaron en silencio. Recogieron huellas, levantaron una pisada en tela, tomaron muestras. Concluyeron lo que los primeros peritos habían negado con terquedad provinciana: hubo lucha, forcejeo. El primer golpe fue en el pasillo; la víctima caminaba hacia su dormitorio cuando la atacaron. La herida mortal —una sola entre tantas— fue penetrante, de izquierda a derecha, de adelante hacia atrás y de abajo hacia arriba. El victimario era más alto que ella, diestro, conocía el cuerpo humano y, sobre todo, sabía cómo hacer sufrir. Después de matarla la ató de manos y cuello con el cable de la plancha: un intento grotesco de simular suicidio. El ladrón astuto que finge ser suicida torpe.
Los peritos de La Paz escribieron la verdad; los de Cabo habían escrito otra cosa. Unos decían que la puñalada mortal venía de arriba abajo; los otros, de abajo arriba. La misma herida, dos historias. Así empezó a manosearse el expediente.
Los agentes de la policía judicial —Rómulo Rodríguez y los hermanos Willars— llegaron antes que nadie, o eso juraron quince días después, cuando por fin redactaron su informe. Encontraron la puerta forzada, cojines en el piso, dos flores rojas sobre los cinturones como ofrenda macabra. En el baño, el cuerpo bajo la regadera aún chorreaba agua: alguien había intentado lavar la escena o lavar su conciencia. Debajo del cadáver, un vestido de noche empapado en sangre; encima, una pantaleta negra con bolitas blancas que no era de Edith. El asesino había tenido tiempo, mucho tiempo. Tiempo de cambiar ropa, de borrar huellas, de confiar en que la víctima jamás cerraría la puerta a quien conocía tan bien.
El móvil no era robo ni pasión desbocada. Era algo más oscuro: castigo, advertencia, silencio impuesto.
Y entonces apareció el testimonio que lo cambió todo.
Guadalupe de la Peña Riecke —Lupita— declaró con voz temblorosa pero precisa, como quien descarga un peso que lleva horas oprimiéndole el pecho. Contó la tarde del sábado 29: la playa, los cocos, el niño, las risas. Contó la noche: los vestidos elegidos con ilusión, el coñac a medio terminar, la llamada telefónica donde Edith discutía con Sebastián porque él andaba con Paloma Araos Ibarra. Contó la persecución enloquecida por el bulevar Marina: la Blazer de Edith chocando una y otra vez la pick-up del delegado mientras ella gritaba por la ventanilla: “¡Me las vas a pagar, hijo de la chingada!”.
Y contó la despedida en condominios Coromuel. Edith llorando, el celular recargándose, la promesa de verse al día siguiente para desayunar chicharrones. “No te preocupes, nos vemos mañana”, dijo Edith. Y se fue a su casa. Para no volver jamás.
Al día siguiente Lupita buscó a su amiga por todo Cabo San Lucas. Tocó puertas, miró por ventanas tapadas con papel aluminio, vio al niño solo y balbuceante señalando hacia el baño. Pensó, con ese optimismo estúpido que nos salva de la verdad, que quizá Sebastián y Edith se habían reconciliado entre las sábanas. Hasta que la noticia cayó como plomo: Edith estaba muerta.
Cuando el agente del Ministerio Público preguntó a Lupita qué tanta confianza le tenía la víctima, ella respondió sin dudar: “Todo. Me contaba hasta el perfume barato con que un albañil la pretendía”. Y añadió algo que heló la sala: Edith le había dicho días antes que Sebastián le recomendara cuidarse mucho, a ella y al niño, “porque alguien nos puede hacer daño”.
El círculo se cerró. El principal sospechoso tenía nombre, cargo y una coartada que olía a mar abierto y a mentiras recién pescadas.
Pero en Baja California Sur, en 1995, señalar al delegado municipal era como señalar al sol: te quemaba los dedos. El expediente empezó a engordar con omisiones, con informes tardíos, con órdenes que venían de arriba disfrazadas de prudencia jurídica. La verdad quedó atrapada entre actas mal redactadas y silencios comprados.
Y en la casa de la manzana 14, lote 20, la sangre ya se había secado formando un mapa que nadie quiso leer hasta el final.

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