Fe ministerial (3)
Fe ministerial
Cabo San Lucas, domingo de angustia, 19:00 horas.
El licenciado Carlos Urrutia, agente del Ministerio Público del fuero común, entró a la casa blanca con la resignación de quien ya sabe que la noche será larga y el olor a sangre no se irá nunca de la ropa. Apenas cruzó el umbral, la escena lo golpeó como un viento caliente: la sala-comedor en completo desorden, como si alguien hubiera querido borrar a golpes la vida que allí había. Sobre los cojines, dos cintos —uno café, otro negro— parecían serpientes dormidas. En el asiento principal, un florero volcado y, fuera de él, una rosa roja que ya no era símbolo de nada. Una tele pequeña, dos mesas de juegos infantiles —futbolito y billar miniatura—, seis sillas en hilera y, en la última, una solitaria zapatilla de niña que parecía esperar a alguien que nunca volvería.
A la derecha, la cocineta y el refrigerador. Al fondo, el pasillo angosto que llevaba a las tres recámaras. La del lado derecho era un campo de batalla: ropa de cama tirada, una colcha hecha nudo, una toalla infantil con capucha —de esas que tienen carita de osito— empapada en sangre. La cama, el piso, las paredes: todo salpicado, como si alguien hubiera querido pintar con rojo la desesperación. Las ventanas enrejadas estaban tapadas con papel aluminio roto a jirones; la poca luz que entraba parecía sucia, culpable.
El baño era el infierno mismo. La taza del váter hecha añicos. Dentro, agua roja y una toalla Magitel flotando como bandera de rendición. Dos toallas sanitarias aún empaquetadas, una colilla de Marlboro, un rastrillo sin hoja. La tapa del inodoro manchada, las paredes de la regadera como si las hubieran barnizado de sangre. Y en el piso, boca abajo, el cuerpo.
Semidesnuda, solo una blusa azul con rayas mostaza. Las manos atadas a la espalda con cable eléctrico. Una pantimedia blanca la ahorcaba desde la llave de la regadera, sosteniendo apenas el peso muerto. A un lado, la plancha todavía tibia. Dos ganchos de ropa chorreando sangre. Un vestido empapado. Una pantiblusa blanca talla M que parecía haber intentado protegerla y no pudo.
Edith Agúndez Márquez. Piel blanca, cabello negro azabache, frente amplia, cejas apenas dibujadas. La marca acanalada del lazo en el cuello. En la frente, tres cortes profundos y hundimientos. Los párpados abiertos para siempre con una herida cada uno. Cuatro puñaladas en el seno izquierdo como firma de odio. Moretones en el cóccix. Una cortada en la rodilla derecha. Y a un metro, detrás del sanitario, el cuchillo de mesa, plateado, todavía con ganas de hablar.
En el garaje, la Blazer azul marino parecía un animal cansado. Placas 948-PLG-4. Sobre el tablero, un vaso de cristal y una taza de payasos que sonreían con burla. Entre los asientos, un bote de cerveza Modelo vacío. En el del copiloto, una tanga verde tirada como evidencia de algo que ya no importaba. Una bolsa negra vacía, pañales, tres cocos rodando, zapatos de niño desperdigados. En la guantera, llaves plateadas que ya no abrirían ninguna puerta segura. Y en el piso, atrás del asiento del conductor, dos cervezas llenas, intactas, como si alguien hubiera planeado brindar después.
Urrutia escribió con letra firme, aunque le temblara el pulso por dentro:
«Con lo anterior, el suscrito acuerda iniciar averiguación previa… gírese oficio al médico legista… a servicios periciales… al juez del registro civil… hasta el debido esclarecimiento».
Y enumeró, sin querer, las joyas que Edith llevaba puestas cuando murió: dos cadenas de oro, una gargantilla italiana, esclava con piedras lila, arracada, argolla matrimonial, anillo en forma de víbora. El robo quedaba descartado. El odio, en cambio, sobraba.
Casi a medianoche llegó don Antonio Agúndez Ochoa, 58 años, jornalero, rostro quemado por el sol y por el dolor. Miró el cuerpo de su hija y solo pudo decir, con voz quebrada:
—Es ella. Es mi Edith.
Madre soltera. Dos niños: Othoniel, de nueve, hijo del Pepino; Luis Antonio, de dos, hijo de Sebastián Romo. Secretaria en una bloquera. No fumaba, no se drogaba. La segunda de cuatro hermanos. Y ahora, la primera muerta.
Se querelló ahí mismo, de pie, contra quien resultara responsable.
Ya de madrugada apareció Teresa, la hermana. Había recibido la llamada de Guadalupe de la Peña Riecke a las cinco y media: «Estoy preocupada por Edith». Fue a la casa y la encontró. Lloró en silencio mientras firmaba su declaración.
El Ministerio Público citó entonces a los tres nombres que flotaban en el aire como fantasmas: José Luis Sandoval, el Pepino. Sebastián Romo. Guadalupe de la Peña Riecke.
La casa blanca quedó cerrada con cinta amarilla. La rosa roja seguía en el suelo, ya marchita. Y en algún lugar de Cabo San Lucas, dos niños preguntaban por su mamá sin saber que ya nunca volvería a cantarles para dormir.
El licenciado Urrutia guardó la pluma, apagó la luz del escritorio y salió a la calle caliente. Sabía que la justicia llegaría tarde, como siempre. Pero esta vez, al menos, llegaría con nombre y apellido.

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