Evidencias (Para el caso Edith -4-)

Evidencias En la penumbra de aquel 30 de julio de 1995, cuando el reloj marcaba las 19:00 horas, los médicos legistas José Manuel Castro Castro y Andrés Flores Gómez cruzaron el umbral del domicilio de Edith Agúndez Márquez. Allí, en el suelo frío y desnudo, yacía el cuerpo en posición decúbito ventral, como un sacrificio olvidado. Sus manos, atadas cruelmente hacia atrás con el cable de una plancha —ese humilde artefacto doméstico convertido en instrumento de tormento—, se elevaban en un arco siniestro que ascendía por la espalda hasta anudarse alrededor del cuello, estrangulando no solo la vida, sino la dignidad misma. Los peritos, con la frialdad de su oficio, añadieron que una segunda atadura ceñía el cuello: una media femenina de nylon, delicada en su origen, ahora sustentada en la llave de la regadera, un detalle grotesco que evocaba la intimidad violada de un baño cotidiano. La vestimenta del cadáver se reducía a una camiseta rayada, empapada en humedad y salpicada de manchas de sangre, como un lienzo manchado por la furia de un pintor enloquecido. Sin proponérselo, tal vez, los médicos erraron en su estimación del tiempo de muerte. Ignoraron la humedad ambiental, ese velo traicionero que distorsiona el cronotanatodiagnóstico, y asentaron que el cuerpo exhibía flacidez y palidez marcada en piel y tegumentos. Con ello, calcularon que Edith había exhalar su último aliento aproximadamente seis o siete horas antes, situando el homicidio entre las doce y la una de la tarde. El agente del Ministerio Público, en su apresurada inspección, contribuyó al desorden: no advirtió que el cable de la plancha serpenteaba por la espalda hasta formar un nudo letal en el cuello, alterando el cuadro de una escena ya teñida de horror. A las 02:50 de la madrugada, bajo las luces crudas del anfiteatro forense, los peritos iniciaron la autopsia de ley. El bisturí reveló un mapa de violencia en el rostro: lesiones externas en la región frontal media; en el lado izquierdo, una herida de 3.5 centímetros en la región supraciliar, sin fractura ósea; dos cortes más en el párpado superior. Todo el rostro era un mosaico de hematomas y golpes contusos en ambos pómulos; la nariz, quebrada como un puente colapsado bajo el peso de la brutalidad. En el cuello, una marca equimótica trazaba un surco de ahorcadura, con fractura del cricoides, eco de la asfixia que selló su destino. El hemotórax izquierdo guardaba secretos más profundos: una herida cortante infraclavicular, otra en el hombro; una horizontal al eje del cuerpo, a 10 centímetros de la línea media. Pero la letal fue la penetrante de 4.5 centímetros, a 4 centímetros de la línea media, en el sexto espacio intercostal: un tajo de 15 centímetros de profundidad que perforó el pulmón y los vasos pulmonares, provocando un neumohemotórax masivo. Su trayectoria —de arriba hacia abajo, de afuera hacia adentro— se localizaba a 1.14 metros del plano de sustentación, como una flecha certera disparada por la mano invisible del asesino. Tres heridas más en el lado izquierdo completaban el catálogo de agonía. En la rodilla derecha, una cortante; en el dedo pulgar del pie izquierdo, una escara dermoepidérmica, huella de una lucha desesperada. Al abrir el cráneo, no hallaron fracturas: ningún tubo, bate o leño había machacado su cabeza, descartando una furia ciega por objetos contundentes. Finalmente, la disección abdominal —una laparotomía por la línea media— expuso órganos íntegros, sin sangrado en la cavidad. Pero al examinar el útero, un detalle íntimo emergió: un dispositivo intrauterino, testigo silencioso de una vida que, en medio del caos, aún guardaba rastros de planificación y humanidad.

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