Algarabía política (21)

Algarabía Política El primero de febrero de 1996, la bruma matutina aún envolvía las costas de Baja California Sur cuando los sudcalifornianos despertaron con la noticia que retumbaba en radios y periódicos como un trueno lejano: el comandante de la Policía Judicial del Estado, acantonado en la idílica Todos Santos, Pedro Leyva, había sido detenido. Tras una comparecencia maratónica de más de tres horas ante la juez de distrito, el hombre rindió su declaración preparatoria, un torrente de palabras destinadas a desmoronar las acusaciones de José Luis Esparza López y Ricardo Geraldo en el proceso penal 05/96. "Inocente", insistió una vez más, con la voz ronca de quien se aferra a un salvavidas en medio de la tormenta. La proximidad de las elecciones municipales y del Congreso local avivaba la euforia del Partido Acción Nacional. En su algarabía triunfal, veían en este golpe al "narco-gobierno priista" un viento favorable que impulsaría a sus candidatos, aquellos que en 1993 habían sido aplastados por la maquinaria oficial, solo para resucitar gracias a un turbio arreglo de alto nivel que mantuvo al tricolor en el poder. Con esas "evidencias" como estandarte, no anticiparon que el narcotráfico, ese pulpo de tentáculos invisibles, extendería sus redes con la voracidad de una marea alta. Recién lo había hecho en Tabasco, Chiapas, San Luis Potosí, Guerrero; y más allá de las fronteras, en Panamá, Colombia y un etcétera que se perdía en el horizonte de la impunidad. Los candidatos del PRI, astutos como zorros en la noche, se arrimaron al Capo Choyero, replicando el guion tabasqueño: de 100 a 500 pesos por credencial de elector. Así, los narco-políticos reconquistaron el terreno, comprando lealtades con billetes manchados de polvo y promesas rotas. El 3 de febrero, víspera de los comicios, José Luis Esparza se enfrentó cara a cara con Pedro Leyva en el juzgado de distrito. El aire estaba cargado de tensión, como el silencio antes de un disparo. Cada uno sostuvo su verdad con la ferocidad de un animal acorralado: Esparza lo señalaba como cómplice en el operativo; Leyva replicaba que solo había prestado auxilio a los heridos, por órdenes superiores, con las manos temblorosas pero la mirada firme. La comparecencia de Ricardo Geraldo, el maquinista que había sepultado el avión en la tierra árida como quien entierra un secreto maldito, derrumbó el castillo de naipes de Pedro. "¡Sí, tú!", lo apuntó con el dedo índice, un gesto afilado como una daga. "Junto con uno que dijiste que era el comandante Rafael Stanley, me amagaron con una pistola para que les hiciera el trabajo". "¡Mientes, compadre! ¡Yo no saqué ninguna pistola!", espetó Leyva sin pensarlo, el rostro enrojecido por la ira contenida. Tres verdades chocando como olas contra acantilados. La juez, en un error administrativo que olía a negligencia o a algo peor, no ejecutó la orden de aprehensión contra José Luis Esparza López. Salió de aquellas oficinas federales tan campante como había entrado, amparado en la impunidad que le regalaba su protector, el subdelegado sustantivo del INCD, José Luis Esperanza Ricart. Sabía que las sombras lo cubrían. Tres días después de los comicios, los medios difundieron el careo constitucional, pero se cuidaron de explicar por qué Esparza seguía libre. El resultado electoral quedó relegado a un segundo plano, eclipsado por el escándalo, lo que allanó el camino al fraude en las zonas rurales. Casos sonados: Palo Bola, en Comondú, y Palo Escopeta, al sur de la península. "Les dieron palo", bromearían algunos periodistas comprados, con una risa cínica que resonaba en las redacciones. En ambos sitios hubo "taco": urnas repletas de boletas marcadas para el PRI, aunque los electores fueran menos que las papeletas fantasmales. Sin consecuencias. Los hampones electorales asomaron la cabeza: Emmanuel Castillo Iglesias, dirigente priista municipal, y Clemente Cementerio, de la FNOC, acarreando votantes como ganado para inflar las urnas en favor de Fidencio Díaz Zapata, el candidato a presidente municipal. Los miembros del comité de enlace con el narcotráfico, comandados por el Ringo Verdad, festejaron el triunfo "arrollador" con copas en mano y sonrisas de lobo. Quedaron en paz con Ernesto Zedillo, quien ocupaba la silla presidencial gracias al artero asesinato de Luis Donaldo Colosio Murrieta, obra de un complot armado con la precisión de un reloj suizo, como solo ellos sabían hacerlo. Mientras los partidos regateaban regidores y diputados como mercaderes en un bazar, José Luis Esparza compró un boleto de avión junto a su tocayo y protector, José Luis Esperanza Ricart, rumbo a la Ciudad de México. Allí se integraría al departamento antidrogas, un giro irónico del destino. Pero Tirso Molina Amador, jefe de seguridad de Aerocostachica, olió la fuga. Instruyó tomar fotos al "pone dedos" antes de abordar. Un reportero infiltrado convirtió la imagen en una sensacional noticia que estalló como una bomba. La PGR, acorralada, ordenó la detención del balcón. Trasladado a La Paz y recluido en la cárcel pública bajo el juzgado de distrito, ratificó su dicho anterior y añadió: faltaban los pesados. Si no lo liberaban, balconearía a los políticos del operativo. Lo presionaron; lo amenazaron con matar a uno de sus hijos. Ante la contundencia de las sombras, guardó silencio, como un hombre que traga veneno para sobrevivir. Días después, el excoordinador de custodios, Job Higuera Blanco, y sus socios —entre ellos Procopio Real— sembraron un kilo de marihuana en la celda del balcón, como quien planta una semilla de traición. La PGR tomó conocimiento; la averiguación previa culminó en sentencia condenatoria contra José Luis Esparza López. "Ya tenemos controlado a ese güey", dijo el secretario general de gobierno, con una sonrisa que no llegaba a los ojos. "Hay que soltar más dinero a la prensa para que siga escribiendo solo lo que nosotros les digamos", agregó el Ringo. "Quiero que amarren bien las navajas contra Jacinto Romero, para que le baje de huevos por lo que anda investigando". Al día siguiente, un enviado del Ringo avisó al reportero, sin que este supiera el origen: su director periodístico estaba arreglado con Tirso Molina. "Estaba platicando con el Alacrán Hueso cuando llegó Felipe Méndez por un dinero que le dieron en la secretaría general de gobierno", detalló. "Ponte abusado, te quieren exhibir en el periódico de este cabrón por tener que ver en la muerte de José Agustín". "¡Pinche madre, no puede ser!", exclamó Jacinto, incrédulo, el pulso acelerado. "Es más", continuó el enviado, "en diciembre se reunió con Tirso Molina en el restaurante Samalú, donde le dijo que tú estabas haciendo una novela del avionazo y que tenías fotos del secuestro de un mañoso de Sinaloa". "¿Y tú cómo sabes esto?", preguntó Jacinto, advirtiendo la precisión del soplo. "El Alacrán es mi amigo y me platicó lo que te estoy diciendo". "Puta madre", murmuró desconcertado. Recordó: ya le había dicho Félix Crespo Cruz que un sobrino de ese cabrón estaba metido en el secuestro del Güero Sol. "Ese cabrón del Felipe, por una feria es capaz de vender hasta a su madre", asentó el enviado, clavando el clavo. "No lo creo, pero lo voy a investigar", dijo Jacinto, agradeciendo el soplo. "Nos vemos, voy a preguntarle a los amigos de Felipe para saber qué pedos". La duda quedó sembrada, como una semilla venenosa en tierra fértil. La cruza de soplos dio el fruto esperado por el Ringo. Jacinto dejó de trabajar en el periódico, silenciado por el eco de traiciones que resonaba en las sombras de la algarabía política.

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