Edith y Romo (1)

Capítulo I Edith y Romo Edith Agúndez Márquez lo supo en cuanto cruzó la mirada con aquel hombre: era un animal suelto, un perro de presa con la orden ya dada. Intentó correr hacia la recámara donde dormía su hijo; el corazón le latía en la garganta como un pájaro atrapado. El tipo la alcanzó en dos zancadas y le estrelló el puño cerrado justo en el centro de la frente. El mundo se volvió negro por un segundo; cuando regresó, Edith estaba sentada en el sillón de la sala, medio aturdida, con un zumbido de campanas dentro del cráneo. —Esto es pa’ que te quede claro que con la señorita Paloma no te metes —le escupió él, la voz pastosa de alcohol y cocaína. Edith soltó un gemido gutural. Intentó ponerse de pie, tambaleante, y cruzó el pasillo como pudo. El segundo golpe llegó seco, preciso: crac. Sintió los huesos de la nariz hacerse trizas, la sangre caliente le bajó en dos chorros gruesos que le empaparon el pecho y salpicaron la pared como si alguien hubiera lanzado un balde de pintura roja. —Pinche puta… y también vas a dejar en paz al señor Romo, ¿me oíste? —¡Déjame pasar, cabrón! ¡Mi niño! El hombre la tomó del pelo con tanta fuerza que le arrancó un mechón entero. En la cocineta brillaban unas tijeras de cocina sobre la barra. Las agarró sin pensarlo y se las hundió media pulgada en el cuello, justo debajo de la mandíbula. —Pa’ que no se te olvide —susurró, y volvió a picarla, ahora en el hombro izquierdo. La punta rasgó la piel como papel. Edith gritó, pero algo dentro de ella se rompió en ese instante y dejó de suplicar. Los ojos se le inyectaron de una rabia antigua, de esas que solo nacen cuando ya no queda nada que perder. —Dile al puto del Bito que lo voy a matar… a él y a esa mocosa de mierda… El golpeador la zarandeó como a un muñeco de trapo. Le llovieron puños en la cara, en las costillas, en los pechos. Con las tijeras le abrió el pezón izquierdo de un tajo limpio. Edith se dejó caer de rodillas, no de sumisión, sino porque las piernas ya no la sostenían. Él la levantó otra vez por el pelo y siguió golpeando. La sangre volaba en gotas gruesas que dibujaban constelaciones rojas en las paredes blancas del pasillo. —¡Dale, puto! —le gritó ella entre dientes, escupiendo sangre—. ¡Pégame más duro, pinche maricón! El hombre, borracho y drogado, empezó a desesperarse. Aquella mujer chaparra no caía. Era más dura que el propio miedo. Volvió a agarrar las tijeras y la arrastró hacia la recámara mientras le daba piquetazos en los brazos, en el cuello, en la espalda. El niño despertó y se puso a llorar con ese llanto desgarrado que solo tienen los niños cuando entienden que el mundo se acabó. —¡No lo toques, hijo de la chingada, o te mato aquí mismo! Forcejeaban encima de la cama. Él vio la plancha sobre la cómoda, la tomó, enrolló el cable alrededor de las muñecas de Edith y cortó el exceso con las tijeras. Luego le clavó la punta debajo del sobaco izquierdo hasta el fondo. Edith soltó un quejido largo, como si todo el aire del cuerpo se le escapara por ahí. La levantó a rastras hasta el baño, la tomó por detrás del pelo y le estrelló la frente contra la taza del váter. Una, dos, tres veces. El depósito de cerámica se quebró con un crujido seco; la sangre le corría por la cara como una máscara trágica. Le arrancó el sostén, le bajó la pantaleta hasta los tobillos. —¿Qué chingados vas a hacer? —preguntó la mujer que lo acompañaba, asomándose con el niño en brazos, pálida de pronto. Habían acordado sacar al pequeño antes de empezar lo fuerte, pero ya no hubo tiempo. —¡Nada! —bramó él, fuera de sí—. ¡Lárgate, te dije que te quedaras afuera! La empujó y cerró la puerta de un patada. Tomó un gancho de ropa, se lo pasó al cuello a Edith y apretó. Luego hundió otra vez la hoja de las tijeras, esta vez demasiado hondo. Sintió que el cuerpo se aflojaba de golpe, como si alguien hubiera cortado los hilos de una marioneta. —¡Ven, güera! —gritó—. ¡Se me pasó la mano, cabrón! La mujer entró corriendo. Abrieron la regadera, metieron el cuerpo debajo del agua fría. No se movía. —En la madre… está muerta —susurró la güera, y la palabra «muerta» se le quedó colgando en la garganta como una soga. El matón pensó rápido. Era profesional, o al menos se creía. Metió la cabeza de Edith dentro de la taza rota, le pasó una pantimedia por el cuello y ató el otro extremo a la llave de la regadera. Dejó que el agua corriera. Puso un cuchillo en el piso, escondió las tijeras, acomodó unos cinturones y unas flores sobre una silla para que pareciera drama pasional, borró huellas con la playera. Cosas de manual. Bajaron las escaleras en silencio. La mujer llevaba al niño dormido otra vez, abrazado contra su pecho como si fuera suyo. En el bolso, el celular de Edith, que había vibrado varias veces durante la carnicería. Afuera los esperaba el tercer cómplice en un Tsuru gris. Subieron. El asesino limpió las llaves con la camiseta y las lanzó entre el monte. La güera sacó el celular. —Espera, traigo esto. Él lo tomó, lo limpió también, lo aventó con fuerza contra las rocas. Las baterías saltaron como dientes. Se fueron. El carro se perdió entre las calles vacías de la colonia. En Cabo San Lucas amaneció otro domingo de sol rabioso y mar quieto. Los vecinos durmieron hasta tarde, como siempre. Nadie oyó nada. Nadie vio nada. El agua del tinaco se acabó a las siete de la mañana; el cuerpo siguió colgando, balanceándose apenas bajo el chorro que ya no salía. La vida, esa gran indiferente, continuó su curso lento y caliente sobre la arena.

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