La amiga (2)
La amiga
En la mañana soleada de aquel domingo 30 de julio de 1995, Lupita de la Peña Riecke, con la diligencia que la caracterizaba como hija de Miraflorense, frotaba con ahínco los rincones de su departamento 301 en el edificio B2 de los Condominios Coromuel. Aquel complejo, enclavado al extremo opuesto de la colonia Arco Iris —donde horas antes se había consumado un homicidio que aún nadie sospechaba—, se erigía como un oasis de concreto en el camino hacia la zona exclusiva de hoteles y campos de golf, rumbo a San José del Cabo.
La hacendosa mujer aguardaba con impaciencia a Edith, su amiga de confidencias y risas compartidas, para deleitarse con un desayuno humeante de chicharrones en salsa verde, aroma que ya impregnaba el aire con promesas de picante y calidez. Pero cuando el reloj marcó las 13:00 horas y la invitada no aparecía, una sombra de inquietud se coló en el pecho de Lupita. Bajó presurosa al hotel Villa la Paloma, donde solicitó en renta el teléfono a la recepcionista Maritza Nájera Simental. Marcó el 04411486201, y solo obtuvo el eco frío de una grabación: “El usuario no contesta o está fuera de servicio”. Maritza colgó con gentileza, entablando una plática ligera con Lupita, quien luego pidió el directorio telefónico. Intentó con Hilda Ceseña, la prima de Edith; tampoco respuesta. En eso, una recamarista del hotel Westin Regina se unió a la conversación, tejiendo anécdotas del día. Finalmente, Maritza llamó a un taxi.
Cinco minutos después, irrumpió Humberto Hernández Rodríguez al volante de un vehículo de alquiler marcado con el número 12. Lupita se despidió de las mujeres con un gesto apresurado y subió al auto. “¿Me lleva por favor a Infonavit Viejo?”, pidió con voz suave. El ruletero, percibiendo la simpatía innata de su pasajera, no tardó en sacar plática. Confesó que laboraba en La Paz, en el sitio Guaycura, pero que probaba fortuna en Los Cabos, donde el turismo prometía mejores dividendos.
Entraron al acceso privado de Infonavit Viejo por la calle Rosario Morales, antes de Abasolo. Al no ver ni el carro de Edith ni el de Hilda —quien andaba en la playa—, Lupita solicitó desviarse al fraccionamiento Arco Iris de la colonia Auroras. Un viento fresco y salobre se coló por las ventanillas abiertas mientras cruzaban Matamoros, rozaban las oficinas gubernamentales, pasaban por Ciudad Deportiva y serpenteaban colonias como Obrera, 4 de Marzo, Ampliación y el fraccionamiento Bugambilias, hasta detenerse en la manzana 14, lote 20: el domicilio de Edith.
Allí estaba la Blazer de su amiga, estacionada como un centinela silencioso. “¿Cuánto le debo?”, indagó Lupita. “Veinte pesos”, respondió el chofer, cuya faz curtida por el sol parecía cargar más años de los reales. Guadalupe sacó de su bolso un billete arrugado y se lo tendió al zacatecano. “¡Gracias!”, exclamó. No hubo réplica. Subió la escalinata de nueve peldaños que ascendía a la puerta principal, tocó con insistencia. Silencio. Volteó hacia la calle, donde Humberto aún aguardaba. “¡Gracias! Me voy a quedar”, repitió, agitando la mano para despedirlo. El taxi se alejó con un ronroneo distante.
La dama rodeó la casa, el corazón latiéndole con un presentimiento vago, hasta la ventana del baño. “¡Amiga, soy Lupita, ábreme!”, gritó. El mutismo la erizó la piel como un escalofrío repentino. Segundos después, un lamento infantil, débil y quejumbroso, perforó el aire. Se acercó a la ventana de la recámara; por una rendija en el papel aluminio —improvisado escudo contra el sol abrasador para potenciar el aire acondicionado—, vislumbró al niño. “¡Háblale a tu mamá, mijo!”, le instó. El pequeño apuntó hacia el baño con dedito tembloroso. Lupita notó el desorden: el sanitario parecía quebrado, la penumbra de la habitación velaba detalles. Imaginó a Edith con el padre del niño, en un momento íntimo. Decidió esperar en las escaleras, el sol de mediodía quemándole la nuca.
Pasados unos minutos, tocó de nuevo. Nada. Una aflicción punzante la impulsó de regreso a la ventana. El infante había rasgado el aluminio; ahora, con claridad escalofriante, Lupita vio sangre: charcos viscosos en el baño, salpicaduras en las paredes. El cuadro se reveló en toda su gravedad: algo atroz había acontecido. El miedo la atenazó —la policía podría implicarla, arrastrarla a interrogatorios interminables—. Decidió huir.
Cuatro casas adelante, un vehículo se emparejó. “¿Dónde vas?”, preguntó el conductor. Lupita reconoció la voz ronca de Héctor Mendívil Peña, el ojiverde de ojos penetrantes. “A mi casa”, respondió. “Vámonos”, insistió él, y agregó: “¿Qué andas haciendo por aquí?”. “Vine a visitar a una amiga, pero no me abre”. “Si quieres, le tocamos de nuevo”, sugirió el trabajador del bar LF Caliente, frenando. “No, no, no”, balbuceó angustiada la curvilínea pelirroja, corrigiendo apresurada: “Ya le toqué mucho; a lo mejor está ocupada”. Héctor interpretó la indirecta con una sonrisa cómplice, imaginando un encuentro amoroso.
En el trayecto a Condominios Coromuel, charlaron de playas vírgenes, la invasión de extranjeros y la pesca deportiva que atraía fortunas. Diez minutos después, Héctor dio vuelta en U sobre el bulevar Marina, antes del semáforo que inicia la carretera a San José del Cabo, Todos Santos y el hotel Pueblo Bonito, donde Lupita laboraba. Enfundada en pantalón Levi’s azul, blusa rosa y chaleco a juego, descendió. “¡Gracias! Me saludas a Lucy”, dijo al despedirse. “Okey”, respondió el esposo de Lucy Chong, siguiéndola con la mirada hasta que se perdió entre los departamentos. No prestó atención al comentario susurrado por la ensabanada mujer: la noche anterior, el delegado municipal de Cabo San Lucas había peleado con Edith.
Angustiada, la alta inquilina del 301-B2 entró a su departamento, dejó el bolso y sacó monedas para insistir. Bajó de nuevo al Villa la Paloma. Marcó el celular de Edith: nada. Luego, a Teresa Agúndez, hermana de la ausente; un niño contestó que su mamá estaba en el baño. Desandó pasos, pero cerca de la piscina vio a las hijas de Silvia Manríquez chapoteando. Buscó a su amiga; un grito la alertó: “¡No se metan a lo hondo!”. Era Silvia, desde la segunda planta, haciendo señas. Bajó presurosa.
“¡Hola! ¿Cómo estás?”, preguntó inquieta la treintaitresañera. “¡Bien!”, replicó la vecina de Acuarios, manzana 31 lote 7. “Vine con mis hijas para que se divirtieran”. Lupita descargó su angustia: el altercado de Edith con Sebastián Romo Carrillo la noche previa, amenazas de muerte, llamadas fallidas, la visita infructuosa, el llanto del niño. “No te preocupes”, animó la paceña. “Dentro de media hora vamos de nuevo a su casa”. “Okey”, aceptó Lupita. “Mientras, regreso a mi departamento a terminar arreglos”. Se despidió con un beso en la mejilla, subió y se tomó un refresco de cola, pero los nervios regresaron como olas furiosas.
Bajó, buscó a Silvia: ausente. Volvió al hotel, encontró otra recepcionista. Marcó a Teresa. “¿Bueno?”. “¡Oye! Soy Lupita de la Peña”, dijo la ex de Aerocalifornia. “¿No has visto a Edith?”. “¡No! Acabo de llegar de casa de mamá; creíamos que andaba contigo o Hilda”. Lupita relató todo, acomodando la versión con la discusión fatal. Teresa se puso nerviosa: “Al rato voy. Hasta luego”. “Bai”, balbuceó Lupita.
Un cuarto de hora después, Teresa Agúndez llegó con su hijo Ángel. Estacionó atrás de la Blazer, tocó: silencio. Asomó por ventanas; nada. En la recámara, por el aluminio roto, vio sangre abundante, muebles sanitarios destrozados. Quitó el mosquitero de la cocina, introdujo a Ángel. El niño vio a su primo Luis Antonio, le doblaba la edad. Preguntó por la tía; asomaron al baño. Ángel llamó: no respuesta. Vio la desnudez ensangrentada, retrocedió. Gritó: “¡Mamá, tía está dormida en el baño, llena de sangre!”.
“¡Abre la puerta de la calle!”, ordenó histérica Teresa. Imposible: pasador puesto. Pidió auxilio a un joven en pick-up rojo. Él entró, vio el horror, salió: “Ya no se puede hacer nada; la doña está muerta, los niños bien”. Huyó, temiendo a la judicial, que encarcela al primero en el camino. No erraba.
Teresa pidió teléfono a vecinos: explicó, hermana muerta. Llamó a su esposo; él a cuñada y concuño. Este llegó, recibió sollozos: “¡Tumba la puerta!”. De una patada, botó la chapa. Entraron: desorden, sangre en pasillo. En el baño, la impresión fue un mazazo: Edith boca abajo, moreteada, ensangrentada, desnuda, atada con cable por la espalda, pantimedia colgada de la regadera. Salieron, avisaron a la policía. Vecinos fisgoneaban, el rumor crecía como niebla en el desierto.

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