El asesino de la plaza Juárez (18)
El Asesino de la Plaza Juárez
Otro suceso que marcó como un hierro al rojo la persecución criminal contra Jacinto Romero fue el que se publicó en las páginas amarillentas del periódico El Madrugador, tras desentrañar los hechos de aquella noche fatídica del 16 de julio de 1988 en la cancha Juárez de Cabo San Lucas. Allí, bajo el resplandor mortecino de las luces mercuriales, Gaudencio Álvarez Martínez yacía recostado contra la puerta de su carro, sumido en un sueño ebrio, cargado de alcohol como un barco a la deriva. Un balazo certero, disparado a apenas 17 centímetros, le atravesó el corazón, extinguiendo su vida en un instante eterno.
A su lado, Roberto Ramírez García dormía profundamente, ajeno al drama que se cernía. Eran las 00:17 horas cuando un sonido seco, un ¡ploff! ahogado en la noche, irrumpió desde las profundidades de su sueño y lo despertó en un sobresalto. Al abrir los ojos, vislumbró un vehículo oscuro que se alejaba veloz, engullido por la penumbra, rumbo a las oficinas de la Policía Judicial del Estado, a escasos 70 metros del lugar.
Volteó hacia su amigo y, con voz temblorosa, murmuró: «Vámonos, compa», tocándole el hombro izquierdo. El haz plateado de la luz mercurial reveló la camiseta empapada en sangre, un rojo oscuro que se extendía como una mancha de tinta indeleble. Como impulsado por un resorte, Roberto se incorporó de un salto y corrió hacia el interior de la cancha en busca de los hermanos de Gaudencio, a quienes había visto minutos antes entre las sombras.
Al no hallarlos, salió presuroso hacia los baños, donde encontró a Antonio, uno de los hermanos del fallecido. «Tómalo con calma —le dijo, conteniendo el aliento—, a Guad le dieron una puñalada».
«¡Qué! ¿Dónde está?», exclamó Antonio, el rostro demudado por el pánico.
«Ahí, en su carro», respondió Roberto, encaminándose ya hacia la calle.
El impacto fue devastador. Antonio se abalanzó sobre el cuerpo inerte: «¡¡No!! ¡Hermano!... ¡No te mueras!», gritaba, sacudiéndolo con desesperación, como si pudiera arrancarlo de las garras de la muerte.
«Vamos —insistió Roberto—, levántate, vamos a avisar a la policía». Apenas intentaron moverse, cuando una patrulla municipal irrumpió en la escena. «¡Ey! ¡Ey! —gritó Roberto—. ¡Por aquí, por favor!».
«¿Qué sucedió?», indagó el chofer de la unidad oficial, bajando con prisa.
«Le dieron de puñaladas a un amigo», respondió Roberto, aún bajo el shock.
«Parece un balazo», terció Antonio, la voz entrecortada.
«¿Dónde está?», quiso saber el policía.
«Por aquí —señaló Antonio—, pegado a ese carro en la esquina, después de la barda».
Al llegar, los uniformados contemplaron el cadáver con la camiseta teñida de carmesí. «Retírense, por favor, retírense —ordenaban con autoridad, acordonando el área para preservar la escena del crimen—. Llama a la judicial —le indicó uno a su compañero—. Este amigo ya pasó a mejor vida».
Minutos después, dos agentes de la Policía Judicial del Estado hicieron acto de presencia. Uno de ellos recogió con sigilo el casquillo de una bala calibre 9 milímetros y lo guardó en el bolsillo de su pantalón.
«¿Qué es?», preguntó un policía municipal, curioso.
«Una moneda de veinte pesos», mintió el agente, desviando la mirada. Luego, cambiando el tono: «¡Mira! Parece que se movió. Yo creo que está vivo. Vamos a llevarlo al hospital de San José del Cabo. Ayúdame a subirlo a la patrulla», le dijo a su pareja. El municipal, atónito, palpó el cuerpo frío, sin rastro de pulso. Aun así, permitió que se lo llevaran, como si la muerte pudiera ser un error reversible.
Roberto, sintiendo que su presencia ya no era esencial, decidió retirarse a su domicilio. Su esposa lo recibió con enojo, pero poco a poco se dejó atrapar por el relato. «Enseguida vengo —le dijo él—. Voy con los familiares de Guad para avisarles. Su hermano Antonio se fue con los judiciales a San José. Adiós». La madrugada de julio se sentía gélida, un viento cortante que calaba los huesos a pesar del calor estacional. En vez de dirigirse a casa de los Álvarez, Roberto se encaminó a la carpintería donde había bebido todo el día. Más que compartir el incidente, lo impulsaba la cruda inminente, esa amenaza de deliriums tremens que acechaba como un espectro. En el cerebro de los hombres y mujeres atrapados en el abuso del alcohol o las drogas, se genera una humedad insidiosa, un velo que obliga a los neurotransmisores a adentrarse en regiones subliminales: visiones de enanos verdes danzando en las sombras, elefantes rosas flotando en el aire, siluetas perfectas de mujeres u hombres que invitan a la fantasía prohibida; y, en los casos más deteriorados, tarántulas trepando por la piel o pelos enredados que convierten al afligido en un orate sin rumbo, un náufrago de la cordura.
En San José del Cabo, el galeno Uriel Orozco levantó la camisa que cubría el torso de Gaudencio. «Este amigo tiene rato que murió —declaró tras palpar el cadáver frío—. Pásenlo para acá. ¿Viene el MP con ustedes?».
«No —respondió presuroso Antolín Balín—. Está botado el güey; anoche lo dejamos bien pedo en su camper».
«Bien, le dicen que en la mañana abriré el cuerpo —añadió el doctor—. Tengo un pendientito con una enfermera».
Los agentes abandonaron el nosocomio con la intención de despertar al licenciado Adolfo Cárdenas para que diera fe de los hechos e iniciara la averiguación previa. «A ver si no se enoja el cabrón», murmuró Jorge Lere.
A las 02:45 horas, llegaron al camper que servía de dormitorio al Agente del Ministerio Público del Fuero Común, instalado en los terrenos del jefe de seguridad del hotel Melía, Elodio Yepiz. «No está este cabrón», dijo Antolín tras golpear insistentemente.
«¿Y ahora qué hacemos?», preguntó su pareja.
«Vamos por el güey que estaba con el muertito; a él le echamos la culpa».
«Ni pedo, vamos por él».
Al llegar al domicilio de Roberto, su esposa les informó: «Estuvo aquí un rato; me dijo que habían apuñalado al Gaud. Este desgraciado anduvo pisteando todo el día; aquí nos dejó sin gas...». Notando el enojo de la mujer, los judiciales dieron las gracias y partieron.
En la colonia 3 de marzo, hallaron fácilmente la carpintería. «Toc, toc», golpeó Antolín Balín.
«¿Quién?», respondieron los dueños desde dentro.
«La judicial —se apresuró Antolín—. Sabemos que tienen a Roberto aquí». La puerta se abrió, revelando sombras de hombres con gorras y sombreros, envueltos en el humo de cigarrillos y el olor a madera fresca.
«Sí, aquí está, pero ¿qué pasa?», replicó el carpintero, recortando el umbral.
En ese instante, Roberto se acercó. «¡Quedas detenido por la muerte de Gaudencio Álvarez Martínez!», decretó Antolín, agarrándolo del brazo izquierdo.
«Pero qué hijos de la chingada, si ustedes se lo llevaron pa' San José».
«No te hagas pendejo —terció la pareja de Antolín—. Viniste aquí para esconder la pistola».
«Pérense, compa —intervino el dueño de la carpintería—. Aquí no vengan a apantallar; aquí sí se lo va a cargar la chingada. Es más, suelte al compa Roberto. Él no fue; no pudo ser, porque no tiene pistola. Además, él creyó que le habían dado de puñaladas; estaban dormidos los dos».
«Usted no puede asegurar nada. ¿Estaba ahí? —amenazó enérgico el judicial—. No se meta en problemas. Él dice que le dieron con navaja para ocultar la verdad. ¡Vámonos!», dijo jalando al detenido. Lo esposaron ante el asombro de los amigos, que quedaron desconcertados por la arbitrariedad de los judiciales.
A media mañana, los judiciales al mando del comandante Job Higuera Blanco ya tenían en las celdas a Roberto, al exsuegro del difunto y a un taxista que supuestamente lo había acompañado por la ciudad mientras bebían un par de botellas de licor. Informado de los hechos, el Ministerio Público ordenó: «Que les hagan la prueba de la parafina».
El resultado pericial dio falso positivo en la mano izquierda de Roberto; en la derecha, negativo. Para el exsuegro y el taxista, fue negativo. El representante social dispuso liberarlos con reservas de ley.
«No salgan de la ciudad; si lo hacen, vamos a ir por ustedes donde se encuentren», los amenazó el comandante Job Higuera Blanco.
Sin aclarar los hechos, sin pruebas de laboratorio concluyentes, sin testigos fiables, sin hallar el arma homicida, sin un móvil aparente, un año después Roberto Ramírez García fue sentenciado a 15 años de prisión y a la reparación del daño moral. El lugar designado para purgar la pena fue la cárcel de La Paz, donde conoció al periodista Jacinto Romero por sugerencia del director César Romero Meza, quien, desde su ingreso al penal, creyó firmemente en su inocencia.

Comentarios
Publicar un comentario