Detienen a Tirso Molina (23)

Detienen a Tirso Molina El 18 de febrero de 1998, Tirso Molina, ahora erigido en coordinador de seguridad pública, recibió una invitación para un desayuno al día siguiente, en honor al Glorioso Ejército Mexicano en su día. El aire de la oficina olía a café rancio y a papeles amarillentos, mientras el sol de Baja California Sur se filtraba por las persianas polvorientas. —Ponte abusado —le murmuró el jefe a su amigo Armando Real, con voz ronca y ojos entrecerrados por la suspicacia—. Ya sabes cómo se las gastan estos cabrones. Si no regreso, acomoda las cosas que tengas que acomodar. —No te preocupes, jefe —respondió Armando, infundiendo una falsa calma en su tono—. Es un evento que todos los años festejan, como un ritual vacío. Apenas minutos después de entregada la invitación, un comando militar, fuertemente armado, irrumpió en las oficinas de Allende y Melitón Albañez como una tormenta de acero y botas. Arrastraron consigo al exjefe de la Policía Judicial del Estado, acusado de inmiscuirse en el cargamento de droga que cruzó los Llanos de Baturi el 5 de noviembre de 1995, un fantasma polvoso que resurgía de las arenas olvidadas. Barry McCaffey, jefe de la DEA estadounidense, había negociado esta detención con el gobierno mexicano, un trueque cínico para que el Senado de la Unión Americana le otorgara al presidente Ernesto Zedillo el certificado de “buen muchacho que combate el narcotráfico”. El compromiso original era la captura de los hermanos Arellano Félix, un trofeo que pendía como una espada de Damocles. Pero entre iguales, se negocia cualquier cosa; en esta ocasión, Tirso Molina emergió como el blanco perfecto, un chivo expiatorio para que el grupo en el poder siguiera lamiendo las botas de los hijos del Tío Sam. —Te vino a buscar un señor —le dijo su mamá a Jacinto Romero al llegar a casa, con la voz temblorosa como hoja en viento otoñal. —¿No te dijo quién era? —preguntó él, forzando una broma para disimular el nudo en la garganta—. A lo mejor me vienen a matar. Así al menos sabrás quién lo hace. —Ni digas eso —replicó la madre, afligida, los ojos humedecidos—. ¡Mira, ahí viene! —señaló por la ventana al hombre que se acercaba: traje gris impecable, corbata roja como sangre fresca, camisa azul cielo. —Es el comandante Rodríguez de la PGR —murmuró Jacinto al reconocerlo, el corazón latiéndole como tambor de guerra—. ¿Qué chingados querrá? —se preguntó entre dientes. Salió a recibirlo bajo la sombra generosa de un frondoso tamarindo, cuyas hojas susurraban secretos al viento cálido. —¡Capitán! —gritó para atraerlo—. ¿Y ese milagro? ¿A quién anda buscando? —Sí sabes que detuvimos a Tirso Molina, ¿verdad? —respondió Rodríguez, cortante como navaja. —Sí, le pregunté a Fidencio Lamont, jefe de prensa del gobierno del estado, y me dijo que sería muy lamentable que tal cosa hubiera ocurrido. —Bien, el teniente coronel Carvarín y yo queremos que nos eches la mano para clavar a Tirso. —Pero... ¿y yo por qué? —Pues tú le conoces sus mañosadas, sus rincones oscuros. —¿Dónde está Carvarín? —Me dijo que te espera hoy en la tarde en las afueras del mercado Madero —respondió—. Antes de ir con el encargado de las investigaciones, quiere platicar contigo —añadió, dejando que las palabras flotaran como cebo en aguas turbias. El 14 de marzo de 1998, al cambiar el lugar de la cita, Jacinto Romero se hizo acompañar del periodista Elías Herrera al restaurante Perla, un oasis de manteles blancos y aromas a mariscos fritos en el calor sofocante. Los esperaban el fiscal especial para el caso Tirso Molina, un capitán de inteligencia militar de mirada glacial, el comandante de la PGR, el encargado del INCD y dos agentes federales, atendidos por meseros de sonrisa forzada. —¿Qué van a tomar? —preguntó el fiscal especial Ulises Castro a los recién llegados, con voz pastosa por el alcohol que ya corría. —Una limonada, por favor —pidió Jacinto, midiendo cada palabra. —Yo quiero un vaso de agua —añadió Elías, cauto. —A mí me traes lo mismo —ordenó el fiscal al mesero—. Ron con agua, para que no se te olvide —le restregó, sarcástico—. Cerveza para él —señaló a su ayudante—. Agua para mi capitán —al de inteligencia militar—. Y un tequila para su ayudante. ¿Usted, comandante? —al jefe de la PGR en BCS. —Yo quiero un tequila. —A mí me traes una cerveza —terció el teniente coronel Carvarín, con autoridad militar. El fiscal, para romper el hielo como quien quiebra una costra, narró la detención del jefe del cártel del Golfo, Juan García Ábrego: —Fui comisionado con quince agentes para detener a don Juan —recordó con deferencia fingida—. El pitazo nos lo dio una licenciada que se acogió al programa de testigo protegido —agregó—. Por el pitazo le dieron un millón de dólares. Al oír esa cifra, Jacinto elucubró en silencio, pero dejó que Ulises continuara, sorbiendo un trago como si bebiera veneno lento. —Cuando llegamos a la residencia del don, llevábamos los güevos hasta el culo —confesó ufano—. No sabíamos si nos esperaban, aunque mis muchachos estaban bien entrenados, del grupo especial de asalto. Saltamos la barda, entramos... y ahí estaba don Juan, sentado en un sillón, esperándonos: “No es nada personal, don Juan”, le dije, “pero fui comisionado para llevarlo con el jefe”. Hasta eso, don Juan es una fina persona; no opuso resistencia, se dejó conducir con caballerosidad. Interrumpió para pedir otro trago: —Tómese algo —insistió a Jacinto con esa vocecita defeña, melosa y falsa. —Gracias, sólo quiero otra limonada. —Por la detención me dieron nueve mil pesos, y a los muchachos tres mil —se llevó el vaso a los labios, dando tiempo a la interrupción. —¿Pero cómo? ¡Es una madre nueve mil pesos, y tres mil para los agentes! —estalló Jacinto, aplicando inferencias afiladas—. Eso quiere decir que había un convenio para que Juan García Ábrego se dejara atrapar. No hay otra explicación. —Nosotros no lo sabíamos —repitió el fiscal—. Traíamos los güevos hasta el culo. Cuando brincamos la barda, se nos hizo raro que ni un pinche perro nos ladrara. Una vecina nos había dicho que tenía una cría de perros muy finos. Recompuso la garganta, cambiando de rumbo: —Bien, queremos que nos ayudes. Yo fui comisionado con el capitán de inteligencia militar para investigar todo lo relacionado con Tirso. Sabemos que él es el iceberg de toda esta mierda. —¿Entonces no quieren llegar hasta Clodomiro Verdad Legaspy? —preguntó ingenuamente el reportero. —¡No! —alzó la voz el fiscal, haciendo voltear a los comensales como hojas en vendaval—. Sólo queremos tronarle el culo a Tirso Molina. —No, no, no. Así no. Si ustedes sólo buscan venganza porque les golpeó a uno de los suyos, no cuenten conmigo. —Piénsalo bien; a mí y a ninguno de los que estamos aquí nos gustaría que nuestros hijos se convirtieran en drogadictos por culpa de ese cabrón —repitió, hurgando en el amor propio—. Me he dado cuenta de que los sudcalifornianos son unos verdaderos cobardes que no se atreven a denunciar a los narcos de aquí. —Pues qué chingados —interrumpió Jacinto, fuego en los ojos—. Ustedes se hacen pendejos con el supuesto combate a las drogas. Antes de la detención de Tirso, el ejército tenía ubicados a los hermanos Arellano Félix en Tijuana, y los dejaron ir. Dicen que les dan un millón de dólares mensuales. Más calmado, añadió: —Tengo un amigo militar comisionado para campanear a los Arellano en el norte. Cuando ya los tenían para detenerlos, les ordenaron abortar el operativo —el capitán de inteligencia no perdía detalle—. Negociaron la detención de Tirso para que los gringos les otorgaran la certificación. De pronto, cambió el tono para acalambrar a los presentes: —¡Es más! —señalando al capitán—. Yo a ti te conozco, aunque de momento no recuerdo de dónde. —No... no creo... a lo mejor me confundes —balbuceó el otro, frases entrecortadas como pasos en arena movediza. —¡Sí! Me parece que te vi por ahí —remató Jacinto. —Bien, dejemos eso —intercedió el fiscal, oliendo la emboscada—. Te ofrecemos protección a ti y a tu familia, como el programa de testigos de Estados Unidos. —No creo que puedan proteger a toda mi familia: mis papás, mis hermanos. —No, a ellos no; sólo a tu esposa e hijos. —No, compa —imitó la voz ranchera, ronca y terca—. Y luego no quieren clavar al Ringo. Si me aseguras que con la detención de Tirso se acabará el narcomenudeo, entonces sí le entro. —No, eso no se puede, pero poco a poco. —Nosotros tenemos confianza en que poco a poco acabaremos con esta plaga que envenena a nuestros hijos —interrumpió el comandante de la PGR, sin argumentos sólidos. —Yo te juro que le voy a reventar el culo a Tirso y a su abogado Vidaurri; es más, también a la juez de distrito, porque ya nos dimos cuenta de que está con ellos —terció el teniente coronel. —Nosotros queremos sólo a Tirso, porque es la punta del iceberg en esta mierda —retomó el fiscal, palabras pastosas por la borrachera que lo traicionaba—. Piénsalo bien; te aseguramos protección en otro estado de la República. —Si fuera verdad lo que dicen sobre el combate a las drogas —intervino el reportero—, ¿no creen que el presidente ya hubiera ordenado la detención de los Arellano Félix? El año pasado, con Oscar Malherbe, el presidente sabía dónde estaba. Él sabe todo. Supo que con Malherbe los gringos le darían la certificación, porque Oscar se quedó al frente del cártel del Golfo. —El pinche presidente es un indeciso, un pinche débil —escupió el fiscal, dificultad en la lengua. —Si ese cabrón fuera militar, otro gallo nos cantara —añadió el teniente coronel—. Si fuera un poquito güevudo, ya hubiéramos acabado con esta madre. Jacinto sintió el impulso de romperle la boca, puño cerrado bajo la mesa, pero la prudencia —o el miedo, ese viejo compañero— le susurró terminar: —Está bueno, lo consulto con mi familia. —Piénsalo bien —repitió el comandante—. Te vamos a dar protección. Presuroso, Jacinto se despidió con un apretón de manos seco, sin más palabras. Otro día, a las 9 de la mañana, Jacinto pasó por el edificio del gobierno del Estado y vio a Elías Herrera platicando con el Ringo y el abogado Vidaurri en la rampa al garage privado del gobernador. Le quedó claro: su acompañante en la mesa de negociación era un informante de la clase en el poder, un traidor envuelto en sonrisas. —Quiero que chinguen a ese cabrón —ordenó el secretario general de gobierno al sentarse en su sillón confortable, voz como látigo—. ¡Qué estúpido es! Quererse poner en mi contra.

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