El primero fue el último (19)

El primero fue el último En las entrañas del penal, donde el aire olía a sudor rancio y humo de cigarrillos baratos, Jacinto Romero se enfrentó al gringo Jack Kimball en el área de gobierno. El periodista, con su libreta gastada como escudo, lanzó la pregunta como un dardo: —¿No conoces a Roberto Ramírez García? Jack, un yanqui desgarbado con acento de frontera, encendió su enésimo Delicado, el humo serpenteando como un fantasma entre las rejas. —Está conmigo en la celda —respondió, exhalando una nube gris. —¿Qué te dice? ¿Crees que sea inocente? —insistió Jacinto, los ojos fijos en el rostro curtido del gringo. —Todos decir que ser inocentes, ja ja... crogf, crogf —tosió entre risas roncas, escupiendo al suelo como si expulsara un demonio. —Pero tú, ¿qué dices? Según tu punto de vista —presionó el periodista, inclinándose hacia adelante. —No saber. Es bueno, me enseña a defender de otros. Me dice que yo decir "hijodetuputamadre", yo clavar con punta, luego ya no molestar reos cabrones —replicó Jack, encogiéndose de hombros, evasivo como un gato callejero. —¿Valdrá la pena que lo defienda? —Jacinto no cedía. —Tú saber, es bueno —murmuró el gringo, apagando el cigarro contra la mesa. —Bien, dile por favor que mañana quiero platicar con él. Que lo hago porque me lo recomendaron los directores del penal. —Bien, bai. Saluda a tu papá Tochi, dile que venir. —Adiós —se despidieron con un apretón de manos áspero, como si sellaran un pacto en el infierno. Al día siguiente, Jacinto regresó al laberinto de concreto y acero. Entrevistó al inculpado, Roberto Ramírez García, cuyas palabras —un torrente de detalles crudos y convincentes— calaron hondo en el alma del reportero. Ya había investigado: el 16 de julio de 1988, Roberto había salido de su humilde domicilio en compañía de Guadencio, con la simple misión de conseguir una llave para desmontar el tanque de gas. El sol abrasador, un verdugo de más de 38 grados, los llevó a la colonia 3 de Marzo, donde sus amigos carpinteros bebían cervezas heladas como néctar prohibido. El calor era un monstruo invisible que devoraba voluntades, y el demonio del alcohol, ese tirano compulsivo que habita en las venas de los adictos, los arrastró al festín. Olvidaron el tanque, la esposa esperando en casa, el hogar que clamaba por fuego. Al caer la tarde, un chispazo de lucidez atravesó la niebla etílica de Roberto. —Gaud —recordó a su compadre—, vamos a la casa, güey, para quitar el tanque del gas. —Se volvió a uno de los carpinteros, riendo con estruendo—: Préstame una llave perra, necesito comprar el gas. Mi vieja debe estar echando espuma por la boca, ja ja ja. Guadencio lo llevó en el carro, pero en el trayecto se detuvieron por una cerveza ballena, fría como el olvido. Al llegar, desmontaron el tanque. —Ya vienen borrachos —recriminó la esposa de Roberto, los ojos llameantes. —No la hagas de pedo —gruñó él, desafiante. Se fueron por el gas, compraron otra ballena y la sorbieron como si fuera agua bendita. Regresaron, dejando a la ama de casa con una sonrisa forzada. Con el pretexto de devolver la llave, Roberto y Guadencio volvieron al nido de los carpinteros, donde el estéreo rugía y las voces se elevaban en un caos eufórico. Minutos después, llegó una pareja que los invitó al baile en la cancha Juárez, festejo por el santoral de Carmen Lorenzana. Aceptaron. —A ver qué le digo a la vieja —murmuró Roberto. —¿A poco eres mandilón, compadre? —bromeó el novio de Carmen. —Nel, en mi casa yo mando —replicó Roberto, con la bravuconería de quien ignora las cadenas invisibles de la naturaleza humana. Por la noche, llegó a casa tambaleante. Encontró a su mujer enojada, un volcán a punto de erupcionar. Cogió ropa sin planchar, se metió al baño y se dio un regaderazo rápido, como si el agua pudiera lavar sus demonios. Salió rumbo al baile sin despedirse, sintiéndose muy macho, un rey en su propio delirio. En el baile, vio a Guadencio en una mesa con sus hermanos y damas. Su mente ebria le susurró que no interrumpiera; en cambio, lo empujó a la barra, santuario del alcohólico donde la bebida fluía como río de olvido. Libó por una hora hasta que Guadencio se acercó. —¿Quiubas, compadre? ¿Gustas una? —invitó Roberto. —Por eso me acerqué —respondió Guadencio—. En la mesa con mis hermanos no estoy a gusto. ¿No traes un toque de mota? Necesito bajarme un poco la peda. —Vamos pa' fuera —dijo Roberto, que al llegar había comprado marihuana de Hawai con el puchador sanluqueño, el Bigotes. Nadie les prestó atención. —Mira, ahí está mi carro. Le voy a abrir las puertas para hacer como si estuviéramos orinando —explicó Guadencio—. Para que no se acerquen los gorrones, tú sabes, ¿no? Quemaron el cigarrillo de marihuana, sentados recostados en la puerta del carro. Las fuerzas les fallaban, un sopor dulce los invadía. —Puta madre —suspiró Guadencio, satisfecho—. Qué buena está la mota. —Recordó, somnoliento—: De esta conseguí cuando descubrí que la Mirna andaba culiando con mis abonados. Le hice un desmadre a ella y al papá hasta que llegó la policía. Pasé toda la noche en el bote hasta que se me bajó el avión. Le di doscientos pesos al Antolín Balín para que me dejara salir... —La droga mermaba los aminoácidos, activadores de neurotransmisores; la falta de oxígeno en el cerebro lo obligó a desvanecerse. —Si quieres, recuéstate —propuso Roberto—. Yo te despierto al rato. Guadencio cabeceó dormido. El cambio a melodías románticas estridentes adormeció también a Roberto, víctima de la Cannabis Índica. No vio el vehículo negro, manejado por un judicial, que pasaba sigiloso. —¡Mira! —dijo el compañero—. Ahí está el culero que se chingó a la Mirna. Date la vuelta, le voy a dar un balazo. Está botado el güey. —Pa' qué la juegas, compa —intentó disuadirlo el otro—. Si nos ven, no nos la acabamos. —Tú dale. El lugar está oscuro y el ruido de la música apagará el fierrazo. Dieron vuelta por el bulevar Marina y regresaron. El judicial sacó una pistola 9 milímetros, cubrió la mano con una toalla. Alargó el brazo desde la unidad oficial. Disparó al pecho, a solo 20 centímetros. ¡Ploff! Siguieron rumbo a las oficinas. En el expediente que Jacinto escudriñó, la prueba de Walker revelaba 17 centímetros de distancia, con cono de deflagración por pólvora, desmontando la farsa del ministerio público: los judiciales alegaban que Roberto se ladeó para disparar a quemarropa. El arma asesina nunca apareció. La prueba de rodizonato de sodio dio falso positivo: Roberto había tocado gasolina (con plomo), regulador de gas (antimonio) y cerillos (carbonizaciones similares a pólvora). El juez ignoró todo, protegiendo a Antolín Balín, ahijado del procurador Ariel Cortéz Arvallo. Sentenció a Roberto a 15 años y pago por daño moral. Jacinto publicó en noviembre de 1991 en El Madrugador, solo errores jurídicos y pruebas de laboratorio. Días después, un niño dejó un sobre aéreo en el escritorio de la secretaria Reyna Andrea. Firmaba "Felipe Reyes": llamaba al reportaje "llamarada de petate", afirmando que el culpable estaba en la cárcel y San Lucas ya lo había sentenciado. El sobre fue al director Tirso Molina Amador. Servicios periciales: "No hay huellas". Jacinto vio las dactilares a simple vista. Años después, el perito jubilado Santiago Osorio confesó: pertenecían a una dama amiga de Balín, de Tránsito Municipal. Jacinto infirió: Balín era el asesino, protegido por el procurador. Con evidencias de corrupción en periódicos locales, Jacinto concluyó por inferencias que Adalberto Higuera Gaxiola influyó en "el Ringo" para que el gobernador Dante Navarro Prieto ordenara una vil publicación que destrozó la vida familiar del reportero. En marzo de 1994, Roberto solicitó indulto al gobernador, que sabía de la injusticia. Jacinto lo difundió en 7 Días, de Juanjo Obregón. A fines de año, Roberto salió libre. Pasó Navidad 1994 con hijos, esposa y madre, que creyeron en su inocencia. —Pinche madre —traicionó su conciencia—. No le agradecí al periodista. Que se vaya a la chingada. Ese es su trabajo —se dijo, evadiendo humildad. En víspera de Navidad, entre nubes de marihuana y copas, recordó: en cárcel, Jacinto influyó para vacaciones penitenciarias por buena conducta, bajo Ley de Normas Mínimas. En 1992, salió. Pidió vehículo prestado para Cabo San Lucas. Compró golosinas para hijos, peluche para esposa, café para mamá. Llenó tanque. Chispazo: cervezas. Seis, cigarros, chiclets. En zona de tolerancia, pensó en una puta. Al Ranchito, bebió tres horas. —Me lo merezco —se dijo—. Otra y me voy. Se despidió del Palillo Romero. Subió borracho, arrancó. En carretera, abrió cervezas. En San Pedro, más hielo y seis. Fumó marihuana. Al rancho San Martín: —Voy a guardar la bacha pa' más al rato, ja ja ja. —Vio letrero "Periodistas"—: ¡Chingue a su madre! Ese güey quiere culiarse a mi vieja. Que se vaya a la chingada. En Todos Santos, abrió cerveza. Caravana con luces altas lo deslumbró. Perdió control, chocó Suburban, luego frontal con camioneta de Procurador Procopio Heminway y Tirso Molina. Dio tumbos, ileso. —No hay pedo, yo pago todo. —¡Espósenlo! —ordenó Tirso—. Anda borracho. Pero si es preliberado. Fin de vacaciones. Todo recordó Roberto, malagradecido, beneficiado por la ayuda desinteresada de Jacinto, el reportero que luchó contra sombras de corrupción, mientras el ingrato se perdía en su propio abismo.

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