Confirma la caída de la coartada (10)

Confirman la caída de la coartada (Declaración ministerial de Samantha Acosta Ruiz, hija del doctor Acosta, 3 de agosto) La coartada del trío se derrumbó también por la boca de una menor: Samantha Acosta Ruiz, diecisiete años recién cumplidos, toluqueña de nacimiento pero ya con sabor a sal de Los Cabos. Vive en la casa número 54 de la calle Abasolo, conjunto Banamex, aunque la muchacha, por un resto de pudor o de soberbia heredada, se negó a pronunciar el nombre real de la colonia: Matamoros. Contó que a Sebastián Romo lo conoce «desde chiquita». A Edith también la conoció; a ratos la cuidaba, como quien dice que la quería sin quererla del todo. Era amiga de su mamá (esa «persona de confianza» que aparece en el perfil criminalístico y que ahora suena a burla cruel). Con Sebastián, sin embargo, la amistad es más honda: es amigo de su papá, comparten al «Bito», conviven. Sabe que Sebastián anduvo con Edith, que desde Año Nuevo anda con Paloma, que Paloma nunca le confió sus tormentos. El sábado hubo fiesta de quince años (una sobrina de la esposa de su padre). Samantha llegó cerca de las nueve o las diez. Primero se sentó con dos amigos; después apareció su papá (nadie supo, ni ella, dónde había estado entre las ocho y las nueve). Se acomodó en la mesa. Luego llegó Sebastián, saludó, se sentó con ellos un rato y después pasó a la mesa de honor. El doctor Acosta, por su parte, terminó en la mesa del Curro (hermano de Sebastián, nombre que la muchacha fingió no recordar). Ahí, sin querer queriendo, las dos menores coincidieron en el mismo dibujo de la noche. Hacia las once, once y media, Samantha se escapó al Squid Roe. No la dejaron entrar por menor. Regresó a la quinceañera, se lo contó a su papá. El doctor llamó a Bili (portero, amigo, cómplice de siempre) y le ordenó: «Déjenla pasar». Le dijo a la hija que volviera, que ya estaba arreglado. A las dos de la mañana el propio padre entró al antro para avisarle que ya se iban. Subieron al carro: papá, Samantha, Garric, Sebastián y Paloma. Dejaron a Garric en su casa. Fue entonces cuando Samantha vio, de reojo, a Sebastián de espaldas, hablando quedito con Paloma. Ni ella ni su padre cruzaron palabra con él. Con esa frase sencilla («ni ella ni su papá platicaron con Sebastián») la muchacha, sin darse cuenta, hundió la mentira que el doctor y Romo habían vendido al ministerio público: que esa madrugada habían estado juntos, charlando tranquilamente, como si nada. El domingo salieron a pescar ocho personas. Recorrieron medio mar. Su hermano Alberto sacó un dorado; ella, orgullosa, levantó un marlin azul. Pero el trío de caballeros (Acosta, Romo y Araos) no pescó nada. Estuvieron en el yate, sí, pero no para pescar: para estar bien lejos cuando alguien, en tierra, le rompía la vida a Edith. Regresaron a las cuatro de la tarde. Cenaron camarones en el Shrimp Bucket. Allí aparecieron Paloma y una amiga; después la mamá de Paloma con otra amiga y las dos niñas. A las seis salieron. El doctor llevó a las amigas de Samantha a Brisas del Pacífico. Cuando pasaban frente a Villa La Paloma sonó el teléfono. Era Sebastián. El doctor frenó en seco, estacionó en el bordo, escuchó y palideció. Samantha preguntó qué pasaba. —Encontraron muerta a Edith. El padre se bajó y corrió hacia el carro de Sebastián. Samantha se pasó al volante, intentó seguirlos por el bordo, pero iban demasiado rápido. Los perdió de vista entre el polvo. Dijo que no conoce a ninguna Lupita, que no sabe nada más, que eso es todo cuanto desea declarar. Y con eso bastó. La hija, sin odio y sin intención, acababa de firmar la sentencia de la coartada paterna. El marlin seguía coleando en su memoria, pero la verdad ya había mordido el anzuelo.

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