Políticos ególatras (2)

CAPÍTULO 1: El Mesías del Megáfono (O el arte de gobernar mirando al espejo) He pasado los últimos días observando a esa extraña criatura que llamáis «el candidato indiscutible» o «el líder supremo del pueblo». En mi querida Atenas, cuando un hombre empezaba a hablar de sí mismo en tercera persona y a gesticular como si el viento soplara a su favor por decreto divino, lo invitábamos amablemente a tomar un barco sin boleto de vuelta. Aquí, sin embargo, le dais un presupuesto multimillonario, un séquito de jóvenes con tabletas electrónicas y un micrófono con eco. A este espécimen lo he bautizado como El Mesías del Megáfono. Su rasgo principal es una patología fascinante: padece de ceguera democrática selectiva. Cree firmemente que el voto popular no es un mandato temporal para administrar los baños públicos y las carreteras, sino un óleo sagrado que lo convierte en la encarnación misma de la Patria. La Liturgia del Aplauso Obligatorio El Mesías del Megáfono no asiste a reuniones de trabajo; asiste a asambleas de confirmación de su existencia. He intentado colarme en sus mítines con mis perros, pero sus guardias vestiditos de traje oscuro —que tienen cara de no haber sonreído desde el siglo pasado— me bloquean el paso. Desde lejos observo su ritual: • El Baño de Masas Controlado: El dios desciende de su carruaje blindado para tocar las cabezas de los mortales. Sus asesores de imagen —los sumos sacerdotes del píxel— capturan el ángulo exacto para que parezca que una luz celestial emana de su frente calva. • El Monólogo Colectivo: Sube al estrado. Habla durante tres horas. No propone nada medible, porque los dioses no entregan hojas de cálculo, entregan visiones. Si la economía va mal, nos explica que el Producto Interno Bruto es un invento de los infieles para sabotear su felicidad. Anatomía de su Infalibilidad Lo que más me divierte de este personaje es su relación con el error. Veréis, los perros con los que comparto el barril se equivocan a veces: muerden el hueso equivocado o le ladran a la sombra que no es. Piden disculpas moviendo la cola y la vida sigue. El Mesías del Megáfono, no. Él habita en el dogma de la Inmaculada Concepción de sus Decisiones. 1. Si aprueba una ley que duplica el precio del pan, no es un error de cálculo; es una estrategia incomprendida por las mentes inferiores del vulgo. 2. Si el puente que inauguró con fuegos artificiales se cae a la semana siguiente, la culpa no es de los materiales baratos que compró su primo; es de la Ley de la Gravedad, que claramente se ha vendido a los intereses de la oposición. El Ladrido de Diógenes Ayer logré acercarme a uno de estos Mesías mientras salía de un restaurante donde una sola botella de vino costaba más de lo que yo necesito para vivir tres años en mi barril. Me puse frente a él con mi linterna encendida y lo miré fijamente a los ojos maquillados para la televisión. —¿Qué buscas, anciano harapiento? —me preguntó, con esa condescendencia ensayada de quien cree que está hablando con un votante potencial. —Busco a un gobernante —le dije—. Pero solo encuentro a un actor secundario que se ha robado el vestuario del rey. Se puso pálido, miró a sus asesores buscando un libreto para responder a un viejo cínico y, al no encontrarlo, ordenó que me quitaran de su camino. Me empujaron, por supuesto. Pero mientras se subía a su camioneta con los cristales ahumados, no pude evitar reírme. Qué existencia tan miserable la de estos dioses de plástico: necesitan que un país entero los aplauda de pie para convencerse, durante apenas cinco minutos, de que no son invisibles. Geografía Sagrada: El Despacho Presidencial (O cómo aislarse del planeta con cargo al erario) He logrado colarme en el sanctasanctórum del Mesías del Megáfono. No fue difícil: me disfracé de «consultor internacional de estrategia cuántica» y los guardias me abrieron la puerta haciendo una reverencia. El despacho de un político ególatra no es un lugar de trabajo; es un templo dedicado a la autoflagelación visual de los visitantes. Si alguna vez entráis a la oficina de uno de estos seres, notaréis que la decoración sigue un patrón neurótico que busca asfixiar la humildad: • La Muralla de los Espejos Invisibles: El escritorio está colocado estratégicamente frente a un ventanal, pero el vidrio tiene un reflejo sutil. El líder no mira la ciudad que gobierna; se mira a sí mismo gobernando la ciudad. El ciudadano de a pie allá abajo es solo un píxel decorativo. • La Iconografía Egipcia: Las paredes están cubiertas de retratos del propio líder saludando a niños, estrechando la mano de líderes extranjeros (que probablemente ya ni se acuerdan de él) o posando con la mirada perdida en el infinito, como si estuviera calculando la masa del universo. Hay más fotos de él en su oficina que en la casa de su propia madre. • La Biblioteca Impoluta: Hay estantes repletos de libros encuadernados en cuero con letras doradas. Al acercarme a olerlos —el cuero viejo suele ser un buen nido de pulgas— descubrí el gran secreto: las páginas están pegadas. Nadie los ha leído. Están ahí para que las visitas asuman que el dios extrae su sabiduría de los clásicos, cuando en realidad sus fuentes intelectuales son los resúmenes de tres líneas que sus asesores le escriben en pósits. • El Altar de las Medallas de Chocolate: Hay una vitrina llena de placas, trofeos y doctorados honoris causa otorgados por universidades de dudosa reputación o municipios que buscaban un aumento de presupuesto. El ególatra colecciona estos metales como los niños coleccionan cromos, convenciéndose de que cada pedazo de latón es una prueba irrefutable de su genialidad. Notas al margen de Diógenes «Me senté en su silla presidencial mientras él estaba en el baño retocándose el maquillaje. Es un sillón ortopédico, altísimo, diseñado para que el líder quede siempre diez centímetros por encima de cualquiera que se siente enfrente. Probé el asiento y, sinceramente, es incómodo. Prefiero la textura rugosa de mi barril de madera; al menos mi barril no me miente diciéndome que soy el dueño del mundo mientras dependo de que el fontanero venga a arreglarme el retrete».

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