Políticos ególatras (3)
INTERMEDIO FILOSÓFICO: La fábrica de feligreses (Por qué los mortales adoran estatuas de barro)
He hecho una pausa en mi caminata. Apagué mi linterna, me senté en la acera junto a mis perros y me puse a observar a la multitud que corría de un lado a otro, pegada a sus pantallas, persiguiendo los discursos del Político o los tuits del Gurú.
Cualquiera pensaría que el único culpable de la egolatría es el loco que se sube al pedestal. Pero os voy a contar un secreto que aprendí en Atenas y que sigue siendo dolorosamente cierto hoy: un dios de pacotilla no nace solo; lo fabrica la pereza de los hombres. El ególatra es una criatura patética, pero el feligrés que se arrodilla ante él es el verdadero motor del absurdo.
¿Por qué los seres humanos modernos, que presumen de haber llegado a la Luna y de descifrar el genoma, siguen buscando amos a los que adorar?
1. El pánico a la intemperie (La comodidad del dogma)
Pensar es un trabajo pesado. Analizar los grises de la realidad, dudar de las propias certezas y aceptar que el mundo es un lugar caótico y violento provoca un vértigo insoportable. Al humano común le aterra la libertad intelectual.
Por eso, prefiere subcontratar su cerebro. Es más cómodo comprar el paquete completo de verdades que te vende un Gurú o un Político:
• El dios terrenal os ofrece un mapa simple: los buenos están de este lado (vuestro lado) y los malos están del otro.
• Ya no tenéis que evaluar cada situación: el dios os dice por quién votar, qué odiar, qué aplaudir y qué libro comprar.
• Adoráis al ególatra porque os ahorra el dolor de cabeza de tener una opinión propia.
2. La vanidad por procuración (El ego del feligrés)
Este es el truco psicológico más sucio del Olimpo moderno. Cuando un mortal se une a la feligresía de un ególatra, no lo hace por humildad; lo hace por vanidad disfrazada.
Al aplaudir al «Mesías» o al defender al «Líder de Opinión» en internet, el feligrés siente que una pizca de esa divinidad se le pega en la ropa. Al decir «mi líder es un genio inalcanzable», el seguidor en realidad está diciendo: «y yo soy muy inteligente por haber sido capaz de reconocer su genialidad». El ego del fanático se alimenta del tamaño de la estatua de su amo. Es un pacto de soberbia compartida: el dios pone la cara en el billete y los feligreses ponen el coro de aleluyas.
3. El horror al vacío (La necesidad del culpable)
Si el puente se cae porque los materiales eran viejos o si la economía va mal porque el mercado es complejo, el ciudadano se siente desamparado ante el azar. El ser humano prefiere mil veces creer en una maldad inteligente que en una incompetencia caótica.
Los dioses ególatras son expertos en saciar esta necesidad. Al inventar conspiraciones, enemigos invisibles y complots cósmicos, le dan una narrativa al sufrimiento del feligrés. Ya no sufres porque el mundo es injusto o azaroso; sufres porque "los malos" están saboteando el proyecto del dios. Y la promesa del dios es que, si le entregas tu lealtad (y tu dinero), él te guiará a la victoria final.
Notas al margen de Diógenes
«Un joven se detuvo frente a mí mientras yo escribía estas notas con un trozo de carbón en la pared de un banco. Iba vestido con una camiseta que llevaba impresa la cara del Político del Capítulo 1, y en sus orejas llevaba unos auriculares donde escuchaba el podcast del Gurú del Capítulo 2.
—¿Por qué pierdes el tiempo criticando a los grandes hombres de nuestra época, anciano? —me preguntó con altanería—. Ellos están cambiando la historia. Deberías unirte a la causa.
—Dime, muchacho —le respondí, señalando su camiseta—. ¿Ese hombre que llevas en el pecho sabe cómo te llamas? ¿Ha venido alguna vez a preguntarte si tienes frío o si tu madre está enferma?
—No tiene tiempo para eso, está salvando a la nación —contestó el joven, ofendido.
—Entonces eres un esclavo que celebra el peso de sus cadenas —le dije, volviendo a mi carbón—. Los hombres libres no necesitan intermediarios para hablar con la realidad. Quítate de ahí, que me estás tapando la luz del sol, y vete a rezarle a tu estatua de barro antes de que la lluvia de la verdad la disuelva por completo».
El Ritual del Besamanos (O cómo digerir langosta manteniendo la pose de mártir)
Para observar al Dios Terrenal en su máximo esplendor biológico, uno no debe ir a las oficinas de gobierno ni a los mítines de campaña; debe colarse en su Cena de Gala. Este es el ritual definitivo de la egolatría, una puesta en escena donde los mortales con billeteras abultadas pagan el equivalente al salario anual de un obrero solo por el privilegio de respirar el mismo aire aromatizado que el líder.
Logré entrar al salón del hotel de gran lujo escondido bajo el abrigo de piel de una socialité despistada. Nadie me notó porque los asistentes estaban demasiado ocupados mirándose los unos a los otros para comprobar quién llevaba el reloj más caro o la sonrisa más ensayada.
El banquete de un ególatra sigue una liturgia estricta que convierte el acto de cenar en una ceremonia de sumisión cortesana:
• La Geografía de las Mesas (La distancia de la deidad): El salón está organizado en círculos concéntricos de proximidad divina. La «Mesa Cero» es el Olimpo: ahí se sienta el líder, rodeado exclusivamente por aquellos que han financiado su última estatua o que poseen cadenas de televisión. Si te sientas en la mesa 50, estás prácticamente en el exilio; tus aplausos tardan tres segundos más en llegar al estrado debido a la velocidad del sonido.
• El Menú Metafórico: La comida en estas cenas nunca es simplemente comida. No te sirven carne con patatas; te sirven «Deconstrucción de ave silvestre sobre lecho de lágrimas de la oposición con emulsión de esperanza patriótica». Son porciones minúsculas con nombres pomposos, diseñadas para que los comensales sientan que están consumiendo arte refinado mientras sus estómagos rugen de hambre.
• La Subasta del Elogio: El momento cumbre de la noche llega cuando el Mesías del Megáfono sube al atril a dar su discurso. Aquí se produce un fenómeno fascinante: el «aplausómetro competitivo». Los invitados no aplauden por alegría; aplauden para que el líder los vea aplaudir. Si el empresario de la mesa 2 se pone de pie, el de la mesa 3 tiene que subirse a la silla para demostrar que su lealtad es un veinte por ciento más intensa.
Notas al margen de Diógenes
«Harto de tanta hipocresía y de ver cómo masticaban espárragos con el dedo meñique levantado, saqué de mi bolsa un pedazo de arenque seco que llevaba guardado tres días y empecé a morderlo con ruido en medio del discurso del líder sobre la "austeridad y el destino histórico de la nación". El crujido de mi pescado interrumpió su metáfora sobre el futuro.
Cuando los guardias me arrastraron hacia la salida trasera, alcancé a gritarles a los comensales: "¡Disfrutad de vuestro champán, idiotas! Mañana por la mañana, vuestro dios de barro y yo visitaremos un lugar muy parecido, y os aseguro que lo que dejaremos ahí olerá exactamente igual"».
Con la cena de gala concluida, hemos cerrado el ciclo completo del Político Ególatra (su perfil, sus leyes, su oficina y sus banquetes).

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