Levantón del Mayo y asesinato de Cuen
Desde el primer instante, mi intuición señaló un nombre en el centro de la tormenta: Andrés Manuel. Lo proclamé sin titubear: él tenía un papel clave en el levantón, secuestro y entrega de Ismael "El Mayo" Zambada a los gringos. No fue un capricho ni una conjetura al azar; fue el método de inferencias, esa brújula de lógica implacable que me ha guiado una y otra vez hacia la verdad oculta tras las cortinas del poder. Y, como en otras ocasiones, la realidad terminó por darme la razón.Pronto, las piezas del rompecabezas comenzarán a encajar con mayor claridad. José Luis Montenegro y Ricardo Ravelo, dos plumas incisivas, están a punto de publicar un libro que promete arrojar luz sobre la entrega de Zambada. En sus páginas, aseguran, se revelarán grabaciones explosivas, videos que capturan el instante en que los Chapitos, desde su búnker en las sombras, ordenan al gobernador Rocha estar presente en una reunión crucial con El Mayo y Héctor Cuén Ojeda.—Es necesario —responde Rocha, con la cautela de quien sabe que pisa terreno minado.
—Pues ahí como la veas, compa —le replican desde el otro lado de la línea, con ese tono desenfadado que oculta una amenaza velada—. Valúalo, y si crees que hay que darle, ¡ánimo!Rocha, astuto, decide cubrir sus pasos. Simula un viaje a Estados Unidos, una coartada meticulosamente diseñada para justificar el levantón de Zambada. Pero el plan, como un castillo de naipes, se tambalea por un error garrafal: la muerte de Héctor Cuén Ojeda. La escena en la gasolinera fue una farsa mal ensayada, un sainete grotesco donde se habló de un supuesto intento de robo de camioneta, de disparos entre "amigos" y de un chofer que, en pánico, huye despavorido. Una puesta en escena tan burda que, en lugar de engañar, encendió las alarmas.Esa torpeza fue mi primera pista. La muerte de Cuén no fue un accidente ni un daño colateral; fue el hilo suelto que desenredó la madeja. Luego llegó la carta de El Mayo, un grito desde el encierro que acusaba directamente: en esa reunión, Héctor Cuén fue asesinado. Ese documento, como una pieza final del rompecabezas, iluminó la verdad que mi método de inferencias ya había vislumbrado: Andrés Manuel estaba en el centro de la jugada.El trasfondo es tan oscuro como revelador. Los gringos, con su maquinaria implacable, habían puesto un ultimátum: o entregaban a los capos del cártel de Sinaloa, o irían por la cabeza de Andrés Manuel y sus hijos. La amenaza era un jaque mate. Para salvar su pellejo, el presidente dio luz verde al levantón, al secuestro, a la entrega de Zambada. Todo orquestado desde las altas esferas, con la complicidad de quienes juraron servir al pueblo.El libro de Montenegro y Ravelo, según se anticipa, expondrá estas maniobras con pruebas irrefutables. Y yo, con una mezcla de satisfacción y amargura, podré decir una vez más: no me equivoqué. El método de inferencias, esa danza lógica entre los indicios y la verdad, no falla.Hace apenas unos días, el procurador de Baja California Sur, en una rueda de prensa, reconoció que han comenzado a emplear el método de inferencias en sus investigaciones. La escena del crimen y los testimonios, aunque vitales, han dejado de ser las reinas absolutas de la prueba. En el caso de Cuén, la gasolinera fue un escenario que gritaba mentira, y las declaraciones de la fiscal no hicieron más que confirmar la farsa urdida desde palacio nacional. Cada detalle, cada contradicción, apuntaba a una verdad que el poder quiso sepultar.Pero no todo es tan sencillo. Las protestas contra la gentrificación, que resuenan en las calles, no son más que cortinas de humo, distracciones para los "épsilon" —esas masas manipuladas que, sin saberlo, son peones en un tablero mayor. El descabezamiento de los cárteles está cerca, y el neuromarketing político, con sus arquetipos de Carl Jung, los principios de Edward Bernays y las enseñanzas de Goebbels, se despliega con maestría. Todo encaja en el guion de un Mundo Feliz de Huxley, donde el control mental del programa MK Ultra opera en las sombras, revictimizando a Andrés Manuel y a Claudia para mantenerlos intocables ante los ojos del pueblo.Son astutos, sin duda. Pero la lógica, la neurociencia real que subyace en mi método de deducción, es más poderosa. Ojalá Jumentino, y todos los que dudan, comprendan que la verdad no se esconde para siempre. No cuando alguien, armado con inferencias y valentía, decide buscarla.
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