Naufragio en 1951
NAUFRAGIO EN ISLA DE CEDROS
El 16 de junio de 1951, a las 7:30 de la tarde, ocurrió el naufragio más trágico en la historia de Isla de Cedros. El barco Cinco, con 38 personas a bordo, se volcó. De ellas, 24 perdieron la vida y 14 lograron salvarse: ocho en una pequeña panga, algunos a bordo y otros a remolque, mientras que los seis restantes llegamos a la orilla nadando. Esta es la historia de lo que ocurrió.El contexto
Estábamos acampados en las islas San Benito, un grupo de ocho equipos de buceo dedicados a la pesca del abulón. Cada equipo estaba formado por cuatro personas: el buzo, el cabo de vida, el bombero y el matador. En total, éramos 32 buzos, más cocineros y otros ayudantes en tierra. Cada equipo ocupaba una carpa de 12 x 12 pies. Cada año, entre octubre y noviembre, nos trasladábamos a Punta Eugenia, aprovechando los vientos del norte que calmaban el mar en la orilla, facilitando nuestro trabajo. Esta rotación permitía que la zona de San Benito descansara más de cuatro meses, incluyendo los dos meses de veda del abulón.Con el objetivo de ampliar nuestra área de trabajo, solicitamos a la cooperativa que acondicionara el barco Elvida como pontón para los ocho equipos. Los dirigentes consultaron con don Luis Ojeda Melson, gerente de la pesquera, quien aceptó con entusiasmo, pues esto incrementaría la producción. La pesquera proporcionaba todo lo necesario: equipos de buceo, barcos para transportar el abulón, agua y luz para el pueblo, sin costo alguno. Todo se reflejaba en el precio del abulón, que la compañía compraba a la Nacionales de Abulón, dueña de los permisos de pesca que abarcaban Cedros, San Benito y la costa hasta Punta Abreojos. En 1957 o 1958, las zonas se dividieron con los socios del sur, quedando la Nacionales con Cedros y San Benito.Los carpinteros comenzaron a trabajar en el Elvida, construyendo camarotes, despensas, un comedor, una cocina y una mesa para 20 personas. Cuando supimos que los camarotes estaban listos, pedimos al barco Cinco, que transportaba el abulón, que nos recogiera temprano para ir a Cedros y elegir nuestros lugares. Ese fue nuestro primer error: no esperar. El Elvida estaría listo en dos o tres días, pero la impaciencia nos llevó a partir antes.El fatídico viaje
Ese día, buceamos hasta las 10:00 de la mañana. El Cinco llegó con unas dos toneladas de abulón. Empacamos nuestras pertenencias, pues planeábamos regresar en el Elvida a recoger los equipos y desmontar las carpas. El barco llegó tarde, y salimos alrededor de las 3:30 de la tarde. Mientras navegábamos y platicábamos, el viento del oeste comenzó a soplar con fuerza, y el mar se encrespó. Las olas parecían a punto de engullirnos. El barco avanzaba con la mar en popa, pero una ola poderosa lo golpeó de lado, haciendo que dos barriles vacíos y una barrica con agua potable cayeran al mar.Antonio Muciente, uno de los buzos, corrió al timón y pidió al capitán tomar el control. Dirigió el barco hacia San Agustín, donde el mar parecía calmarse por la protección del cerro. Allí, el capitán detuvo la embarcación y puso reversa para limpiar el sargazo de la hélice. Aprovechamos para comer arroz con leche que habían preparado en San Benito, pero que no pudimos disfrutar antes por el mal tiempo. Mientras tanto, Manuel Martínez (“El Bucito”), Melo Martínez y Martín Murillo (“El Mariachi”) amarraron dos tibores encuatados como balsa de emergencia, por si el barco se volcaba.En San Agustín, Antonio devolvió el timón al capitán, quien, según notamos, venía algo ebrio y acompañado por cuatro personas en la cabina de mando. Seguimos navegando, pero el mar se volvió más violento. Catarino Martínez, Carlos Martínez y yo, José García Garay, íbamos acostados boca abajo en la caseta, cantando contentos porque pensábamos que ya estábamos cerca de llegar.La tragedia
De pronto, una ola enorme nos alcanzó. El barco la corrió sin control, posiblemente porque alguien interfirió con el capitán o porque este soltó el timón. La embarcación se inclinó peligrosamente y se volcó sobre su costado de estribor. Flotó unos siete minutos, con la máquina funcionando y la hélice girando, lanzando agua mientras la gente nadaba para esquivarla. Cuatro de nosotros estábamos parados en la quilla. Escuché ruidos en la ventanilla de la cabina y, al acercarme, vi que había personas atrapadas. Con el tacón de mi zapato rompí el vidrio y logré sacar a Manuel Castro. Otros escaparon también, pero una ola me derribó. Me aferré a la obra muerta del barco, pero solo Pascual Rosas y yo quedábamos en la quilla. Pascual no sabía nadar, y yo, aunque sabía, nunca lo había hecho en agua salada. Creía que el barco no se hundiría, pues había sido reparado en San Diego y, según los ingenieros, su estructura de madera lo mantendría a flote. Ese fue mi error: me quedé hasta que el agua comenzó a llenarlo.El barco se enderezó brevemente, solo para hundirse lentamente. Pascual trepó por las jarcias, mientras yo me lancé a nadar. Escuchaba gritos de auxilio a mi alrededor. Encontré a Manuel Martínez (“Bucito”), quien buscaba a Catarino y a Carlos (“Chale”). Le dije que no mirara atrás, que no había nadie. Luego vi a José Rosas Geraldo, que buscaba a Pascual. Le insistí que nadara hacia la orilla, pero nadie me hizo caso. Seguí nadando hasta alcanzar a Cruz Domínguez y a Catarino Martínez. Me uní a ellos, nadando despacio porque el cansancio me vencía. La luna llena iluminaba como si fuera de día, pero nubes negras y el fuerte viento del oeste oscurecían el paisaje. Las mareas altas y la resaca nos dificultaban avanzar, con la corriente en contra y las olas rompiendo constantemente, impidiéndonos respirar.La lucha por llegar a tierra
Cerca de Punta Prieta, Cruz nos advirtió que nadáramos separados. El cansancio y los calambres por el agua fría nos agotaban, y temía que, en la desesperación, alguien arrastrara a los demás al fondo. Seguimos su consejo. Al llegar a la orilla, la espuma de la resaca, de unas 10 pulgadas de alto, nos cubría. Apartábamos la espuma y esperábamos el momento preciso para varar. Cruz logró llegar primero, impulsado por una ola que lo dejó en lo alto de Punta Prieta, cerca de las cruces. Intenté varar con otra ola, pero esta rompió antes, me envolvió y me arrastró al fondo. Por suerte, toqué una piedra con los pies, me impulsé y emergí casi sin aire, tragando agua. Esa misma ola alcanzó a Cruz, que estaba varado, y lo arrastró de espaldas, causándole cortes con las rocas.Seguimos nadando hasta el rinconcito de Punta Prieta. Cruz varó primero y trepó al cantil, donde las olas no llegaban. Luego varé yo, con la pierna y la mano izquierda entumidas. Catarino, que venía atrás, no podía subir a la roca. Me tiré de panza, le di mi mano derecha, y con la fuerza de una ola lo jalé hasta que logró subir. Juntos, descalzos y con los pies heridos por las piedras puntiagudas, caminamos hacia el pueblo.El reencuentro
En el primer arroyo encontramos a Chano Méndez, de unos 50 años, exprimiendo su ropa: tres pantalones mieleros y tres sudaderas gruesas. Nos sorprendió su resistencia, pues nosotros, con solo ropa interior, apenas podíamos con el cansancio. Lo dejamos allí y seguimos. En el campo de Punta Prieta buscamos zapatos o botas, pero no encontramos nada. Cruz halló unos zapatos duros y se los puso para ir adelante y avisar de la tragedia. Catarino y yo encontramos una cuilta podrida, intentamos envolvernos los pies, pero se deshizo. Seguimos descalzos. A dos kilómetros del pueblo, unos soldados nos encontraron y nos prestaron sus chaquetas para cubrirnos. Llegamos al pueblo a las 4:00 de la mañana, con los pies sangrando y un dolor intenso en el pecho que se extendía a la espalda.La noticia ya había corrido: los que se salvaron en la panga habían dado la alarma. Barcos, pangas, buzos y gente en la orilla salieron en busca de sobrevivientes, pero fue inútil. Los buzos encontraron el Cinco, lo amarraron y lo jalaron con los barcos Sauzal I y Turista, pero se partió y lo abandonaron. Quince días después, un barquito pesquero reportó un cadáver flotando a 10 millas de San Agustín. El barco Cedros lo recuperó, y por su ropa y una cadena identificaron a Jesús Castro. En estado de descomposición, lo enterraron en la playa frente al campo deportivo del Morro. Fue el único cuerpo encontrado de los 24 desaparecidos.Un legado para no olvidar
Esta es la historia del naufragio del Cinco, una tragedia que aún recuerdan muchos, aunque pocos conocen los detalles. Propongo que se coloque una placa con los nombres de los fallecidos y una capilla en Punta Prieta, donde el viento no apague las veladoras, para honrar su memoria y que las nuevas generaciones conozcan esta historia. En ese naufragio murieron socios fundadores de la Nacionales de Abulón, abuelos y padres de muchos que hoy viven.La cooperativa vendió el Elvida por 21,000 dólares para indemnizar a las familias con 12,500 pesos por cada fallecido, según las normas de la época.FallecidosFélix Domínguez (“Chito”)
Félix Domínguez Jr. (“Mámano”)
Gilberto Domínguez (“Venadero”)
[Nombre desconocido] (“Cochivira”)
Manuel Martínez (“Busito”)
Carlos Martínez (“Chale”)
Manuel Martínez (“Melo”)
Luis López (“Rastrillo”)
Abelardo Ramos
Manuel Castro
Jesús Castro
Rafael Félix (“Catrín”)
Oscar Salgado (“Serrucho”)
Eduardo Salgado (“Nano”)
José Rosas Geraldo
Pascual Rosas Geraldo
Martín Murillo (“Mariachi”)
Tomás Ojeda Martínez
Manuel Jordán Talamantes
Francisco Espinoza (“Chico”)
Juan Richi
Francisco Manríquez (“Cachetes”)
[Nombre desconocido] (“Marinero”)
[Nombre desconocido] (“Guluartes”)
SobrevivientesEn la panga: Carlos Ceseña, Dimas Quezada, Antonio Muciente, Ramón Aguilar, Jesús Martínez Méndez, Luis Camacho, Ramón Villalobos.
Nadando: Chano Méndez, Elías Bareño, Jesús Molina, Cruz Domínguez, Catarino Martínez, José García Garay.
En memoria
A los compañeros fallecidos, con respeto a sus familias, que su recuerdo nos inspire a seguir adelante. A los sobrevivientes, recordemos que todo lo que sucede a quienes aman a Dios contribuye a un propósito mayor. Que esta historia nos haga reflexionar sobre el propósito de nuestra vida.José García Garay
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