Al filo de la muerte

He vivido al filo de la muerte Ser periodista en Baja California Sur ha sido caminar sobre brasas, con el aliento de la muerte rozándome el cuello. He sentido el temor que paraliza, el miedo que despierta en la noche, y el terror que te hace dudar de cada sombra en la esquina. Todo porque he decidido alzar la voz en un lugar donde el silencio es moneda de cambio. Los gobernadores, con sus ejércitos de poder, han querido tumbarme. Lo han intentado. Han querido callarme. Y, en su furia, han segado la vida de algunos de mis informantes, aquellos valientes que confiaron en mí para contar la verdad. En 1993, la pesadilla comenzó con mi primer ordenamiento de levantón. Las manos que me sujetaron en 1986, cuando me confirmaron con documentos sobre el ordenamiento, esa noche sin luna no eran solo de matones; llevaban el sello de un sistema que no tolera la disidencia. En 1999, lo intentaron de nuevo, pero mi pluma siguió escribiendo. Para 2005, el juego cambió: en una semana de enero, bajo el sol abrasador de la plaza frente a la catedral, dos amigos con una semana de diferencia se acercaron con ofertas que pesaban como plomo. Uno, un hermano de logia, me habló de 50 mil dólares; el otro, con el corazón en la mano, de 500 mil pesos. Ambos, mensajeros de un mismo titiritero, me pedían lo mismo: silencio. No cedí. No lo haré. Mi verdad ha sido atacada desde todos los frentes. Mi computadora, ese refugio de palabras y pruebas, ha sido violada 29 veces por hackers. Desde las oficinas de un político de Comondú, cerca del McDonald’s de La Paz BCS, hasta redes en Tijuana BC que se conectaban con una central en la Ciudad de México, todos querían desentrañar mis secretos. Incluso cuando investigué la ejecución del jefe de seguridad de Peña Nieto o los nexos de la China Calderón con el crimen, el ojo del gobierno federal me rastreó con Pegasus, esa arma invisible que desnuda tu vida. Más de una docena de sombras me han seguido. Agentes del Cisen, de la dirección de gobierno, de la secretaría general, de la policía municipal. Cada uno con órdenes de un superior con apodo pintoresco: el Chiqueado, el Chorizo, el Coreano. Todos, al final, sirviendo al mismo amo: el poder que teme a la verdad. Cuando publiqué la ejecución de José Luis Esperanza Ricart, subdelegado del INCD, los pasos detrás de mí se volvieron más pesados. Pero no me detuve. Aún estoy aquí, con el corazón latiendo, con la pluma en la mano, porque el periodismo no es solo mi oficio: es mi resistencia. Cada palabra que escribo es un desafío a quienes creen que el miedo puede apagar la verdad. Y aunque el precio ha sido alto, lo pagaría mil veces más. Además de los ataques directos, el poder político ha buscado quebrarme psicológicamente, utilizando su maquinaria mediática y judicial como armas. A través de medios vendidos al poder, han orquestado campañas de desprestigio para dañar mi reputación. Asimismo, el sistema judicial ha sido un campo de batalla: múltiples denuncias penales han intentado silenciarme. Primero, golpearon mi entorno social y familiar. La muerte de un colega periodista, un suceso que aún pesa en mi alma, fue utilizada para desacreditarme. Para ello, reclutaron a otros periodistas que, bajo presión o por conveniencia, declararon en mi contra. Más tarde, dos reporteros y un director de gobierno presentaron denuncias penales en mi contra, un intento descarado de criminalizar mi trabajo. En 2022, la policía al servicio del entonces gobernador Víctor Castro allanó mi domicilio, rompiendo cadenas y candados en un acto de intimidación que aún resuena en mi memoria. Han sido 30 años de sufrimiento constante, un vía crucis que pocos podrían soportar. Sin embargo, no todo ha sido oscuridad. El dolor más profundo llegó con el accidente de mi hijo. En el silencio forzado de la pandemia, cuando el mundo parecía contener el aliento, encontré refugio en el estudio. Me sumergí en las aguas profundas del estoicismo, donde aprendí a abrazar lo que no puedo controlar; en los evangelios secretos, que susurraban verdades olvidadas; en la neurociencia, que desentrañó los misterios de mi mente; en la física cuántica, que me enseñó que incluso lo invisible tiene peso; y en la biología del comportamiento, que me reveló la danza instintiva de la humanidad. Fue este conocimiento, esta armadura de ideas, lo que me permitió apagar el eco del dolor, incluso tras el accidente de mi hijo, una herida que aún sangra en silencio. Hoy, en 2025, el poder sigue tejiendo su red. Un nuevo funcionario, movido por hilos invisibles, intenta mancillar mi nombre con denuncias penales y campañas de desprestigio en las redes sociales, acusándome de herir su supuesta "calidad moral". Lo llaman "el patas verdes", un apodo que resuena en los murmullos de la calle, y su estrategia no es nueva: paga a periodistas y trolls digitales para que sus palabras me persigan como sombras. Pero sus golpes ya no me alcanzan. Treinta años de embates — intentos de levantones, traiciones, hackeos— han forjado en mí una fortaleza que no se quiebra. Soy roca labrada por la tormenta. Y no todo es penumbra. En TikTok, donde mis palabras han encontrado eco, 180 mil "me gusta" iluminan el camino, un testimonio de que la verdad aún resuena en los corazones. A cambio, he recibido poco más de 70 comentarios hirientes, agujas en un océano de apoyo. Pero incluso esos dardos han jugado a mi favor: las ventas de mis libros han crecido, como si cada intento de silenciarme solo amplificara mi voz. Que Dios los bendiga, porque yo sigo de pie, con la pluma en la mano y el alma intacta.

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