La única arma que tengo: la palabra
El periodismo que incomoda: Una lucha contra la corrupción y el poder
Por Jacinto Romero
En un país donde el 99.3% de los delitos quedan impunes y solo el 0.03% terminan en reparación del daño, la pregunta no es retórica, sino una herida abierta: ¿por qué México sigue atrapado en este pantano de injusticia? La respuesta es tan cruda como evidente: el sistema político está podrido por la corrupción. No es una acusación vacía, es un diagnóstico respaldado por datos, por la realidad que asfixia a millones y por el cinismo de quienes, desde el poder, perpetúan esta tragedia.
No me cansaré de decirlo: siempre he estado en contra del abuso del poder, de la corrupción y de los políticos que, con una mezcla de psicopatía y codicia, roban, mienten y asesinan, amparados por un Estado que les sirve de escudo. México, según índices internacionales como el de Transparencia Internacional, se mantiene entre los países más corruptos del mundo. Y no es casualidad. Los mismos rostros que creíamos sepultados en el cementerio político han sido desenterrados por Morena, por sus aliados, por sus herederos. Las ratas, como las llamó el vulgo, no solo siguen aquí: están más empoderadas que nunca.
Cuando los periodistas, esos que no se arrodillan ante el poder, alzamos la voz, no lo hacemos por intereses personales ni por ambiciones de grupo. Lo hacemos por coraje, por indignación, por un sentido de justicia que se niega a ser silenciado. Pero el poder no tolera la crítica. La toma como un agravio personal y despliega todo su aparato para aplastarnos. Lo he vivido en carne propia en Baja California Sur, donde gobernadores como Víctor Castro, y antes que él, Liceaga, Mercado, Leonel, Narciso, Marcos Covarrubias y Carlos Mendoza, han intentado sofocar mi trabajo periodístico. ¿Por qué? Porque mi periodismo, que busca el interés público, incomoda.
Si alguien duda de que mi labor es por el bien común, que me señale un solo caso donde haya traicionado ese principio. Que lo demuestre con pruebas, y prometo colgar mi pluma para siempre. Pero no lo harán, porque no pueden. Mi trabajo no busca halagos ni migajas; busca verdad.
Y entonces, ¿por qué los gremios de periodistas y escritores me rechazan? La respuesta es tan sencilla como dolorosa: porque muchos de ellos se han acostumbrado a vivir de las sobras que el gobierno les arroja. Han cambiado su dignidad por prebendas, denigrando el plumaje de quienes, como yo, hemos cruzado el pantano sin rendirnos. Mientras los periodistas señalamos la corrupción, ellos, los falsos periodistas, los pegatextos que buscan la foto con los corruptos, prefieren el silencio cómplice, el cheque discreto, el favor político.
Este no es un lamento, es un grito de resistencia. A quienes lean estas líneas, les pido: no se dejen engañar por el discurso que tilda de “chayoteros” a quienes criticamos al poder. Los verdaderos vendidos son aquellos que callan, que negocian su voz, que convierten la pluma en un arma de sumisión. El periodismo de interés público no se doblega, no se negocia, no se rinde. Y mientras haya una verdad que contar, aquí seguiré, enfrentando al poder, al sistema y a sus cómplices, con la única arma que tengo: la palabra.

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