El narco tocó al PRD (4)
Parábola del Falso Líder
En los días en que Isaías, el vidente de Judá, caminaba entre tronos y cenizas, la nación parecía un cedro robusto bajo el sol: sus ramas cargadas de oro, sus frutos relucientes. Mas el profeta, con ojos que atravesaban la púrpura y el incienso, vio la podredumbre en el corazón de la viña. Los poderosos exprimían el mosto de los pobres, los hombres se embriagaban de vino y de mentiras, las mujeres adornaban sus cuellos mientras el hambre rondaba las puertas del vecino. Invocaban el Nombre de Dios con labios pulidos, pero sus corazones eran sepulcros blanqueados.
Isaías no fue siervo de reyes. Sobrevivió a cuatro monarcas, manteniéndose sobrio en medio de la ebriedad colectiva, hasta que sus palabras se volvieron fuego en la boca de Manasés, el rey manchado de sangre inocente. Entonces lo sujetaron entre dos tablones y lo aserraron vivo, como se parte un tronco rebelde. Así muere quien se atreve a nombrar la vileza donde todos celebran la abundancia.
En tierra de Baja California Sur, bajo cielos de igual ardor, un hombre —topógrafo de caminos polvorientos— contempló también la viña prometida. Vio el hambre mordiendo los surcos de la sierra, las promesas políticas convertidas en espejismo. Y abandonó el cómodo refugio de la pluma silenciosa para fundar Cárcel Propia, trinchera de tinta y coraje.
Bajo Víctor Liceaga comenzó su clamor. Después, con Leonel Cota, llegó la hora de la confrontación definitiva. En 2004 lo señaló con dedo de profeta: asesino y hampón electoral. Acusó al que se vestía de redentor mientras tejía su telaraña de fraudes y sangre. Desde entonces, ya no hubo reconciliación posible. El falso viñador había sido desenmascarado.
Escuchad la parábola antigua, ahora viva:
Tenía mi Amado una viña en una ladera fértil.
La cercó, la despedregó, plantó en ella vides escogidas.
Edificó torre de vigilancia y cavó lagar.
Esperaba racimos dulces, jugo de justicia.
Y ella dio uvas silvestres, agrias, venenosas.
¿Qué más podía hacerse por la viña que no se hubiera hecho?
Y sin embargo, dio fruto de podredumbre.
Por eso el Amado declara:
Quitaré su cerca, la entregaré al bosque y a la bestia.
No será podada ni cavada. Crecerán cardos y espinas.
Mandaré que las nubes no lluevan sobre ella.
Esperaba juicio, y he aquí vileza; justicia, y he aquí clamor.
Así ocurrió con aquel director. Creó la revista para que el PRD llegara al gobierno, como quien planta vides escogidas. Escribió cuatro libros con la sangre de su propia vida: Avionazo en Baturi, Conspiración para matar a Edith, Periodista maldito, y la novela Los Carrola. Sacrificó el porvenir de sus hijos, el descanso de sus noches, la salud de su padre. Expuso su carne a las balas y su nombre al escarnio, creyendo que servía a una causa noble.
Mas cuando el PRD alcanzó el poder, la viña mostró su verdadera naturaleza. Los que él levantó le dieron la espalda. Primero lo usaron para “levantar” a Leonel; luego, para sostener la farsa. Le prometieron equipo, vehículo, crédito, cirugía para el padre agonizante, trabajo digno. Todo quedó en palabras huecas. Su padre murió desangrándose por dentro, mientras los nuevos príncipes contaban sus votos y sus prebendas.
Aún así, escribió la novela que ayudó a mantener el poder. En pago, recibieron amenazas cobardes: dañarían donde más le dolía, en sus hijos. Denunció, y fue obligado a retirar la querella para no “dañar al líder nacional”. Así premian los falsos viñadores a quien regó su tierra con sudor y lágrimas.
Sudcalifornianos, juzgad ahora entre el autor y sus obras.
Él esperaba racimos de gratitud y recibió cardos de ingratitud.
Esperaba justicia y halló vileza.
Esperaba lealtad y encontró la espalda vuelta.
Junto al Consejo Editorial reconstruyó los tres libros para que no sea el poder quien los juzgue, sino el pueblo de México. Para que las generaciones venideras sepan que existió un hombre que, como Isaías, prefirió ser aserrado por la verdad antes que callar ante la mentira.
Porque la viña falsa puede engañar por un tiempo, pero llega el día en que el Amado quita la cerca y deja que las bestias del olvido y la historia hagan su trabajo.
Y las uvas silvestres se pudrirán al sol, para vergüenza eterna de quien las plantó.

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