El narco tocó al PRD

Prólogo Este libro es un compendio periodístico ilustrado, entresacado de los artículos que el autor consideró más representativos y urgentes de la revista Cárcel Propia, al cumplir sus primeros quince años de existencia. Quince años de ejercicio incómodo, intransigente, dedicado a denunciar sin tregua a los malos políticos, funcionarios públicos y delincuentes de cuello blanco que han convertido el poder en botín personal. En sus primeros días, cuando la revista aún olía a tinta fresca y coraje, “voces amigas” vaticinaron su pronta desaparición. Los más crueles apostaban incluso a que el director aparecería cualquier mañana con la panza verde flotando en algún canal o tirado en un baldío. Tal era el tenor de las publicaciones. Tal era el riesgo. La revista irrumpió con reportajes como “Marihuana en barbacoa” y “Cárcel para un inimputable”, piezas que desnudaron la crueldad sistemática de los agentes de la entonces PGR, la indolencia de los defensores de oficio y la podredumbre institucional de ministerios públicos, jueces y magistrados. No eran meras notas: eran actas de defunción de la justicia. En su segunda época, Cárcel Propia reapareció con mayor fuerza y precisión quirúrgica. Crónicas como “Beneficiario del narcotráfico”, “Personalidad delincuencial del secretario general de Gobierno” y “La otra cara de un madrina” provocaron que los colaboradores fueran investigados durante tres meses por autoridades que, al final, tuvieron que reconocer que aquellos periodistas no militaban en partido ni grupo político alguno. Solo servían a la verdad. De aquellos primeros trabajos surgió el libro Periodista Maldito, concebido como un instrumento de apoyo al nuevo gobierno que entonces se gestaba. Sin embargo, el “Leonelato” —como acabó llamándose a ese entramado de poder— lo convirtió en herramienta de conveniencia política, utilizándolo para satisfacer aviesas intenciones jurídicas y sociales. Traicionó, una vez más, a un pueblo ávido de justicia. Fue en la tercera época cuando se rompió definitivamente con ese proyecto. La máscara cayó. Detrás de los discursos progresistas se descubrió un festín de homicidio, secuestro, protección al narcotráfico, venta ilegal de terrenos públicos, fraudes electorales y una maquinaria de mentiras tan sofisticada que mantenía —y aún mantiene— al ciudadano común en un permanente estado de engaño. Estos políticos operan con una mecánica refinada, heredada de viejas técnicas de manipulación que algunos atribuyen a manuales de inteligencia como los de la CIA: fabrican enemistades aparentes para dividir al electorado y conservar el control. Para ejemplificar este engaño, basta una parábola futbolera: Cuando llega la hora de contender, se insultan, se jalan la camiseta, se meten zancadillas, golpean al árbitro y escupen al abanderado. Los ánimos en las gradas se encienden. Los seguidores, vestidos unos de amarillo y otros de azul, se agarran a golpes en las tribunas, continúan la bronca en la calle y, cada vez que se cruzan, reviven el odio. Mientras tanto, en los vestidores, los supuestos rivales se reparten el botín y se ríen del espectáculo que han montado. Llegado Leonel Cota a la presidencia nacional del PRD, sus desmanes en el territorio sureño de Baja California alcanzaron niveles grotescos. Colocó a toda su familia en los puestos de primer nivel. Estos, a su vez, acomodaron a amantes, compadres, cuñados y socios en los segundos y terceros círculos. Y estos últimos contrataron a malandrines dispuestos a hacer el trabajo sucio que exigía la desmedida descomposición psíquica del clan. Este libro no es solo una recopilación. Es el testimonio de una revista que se negó a callar. Es la memoria escrita de una resistencia periodística en tierra de nadie. Y es, sobre todo, una advertencia: mientras existan plumas que no se venden ni se doblan, los poderosos seguirán sintiendo el frío de la cárcel propia que ellos mismos construyen con sus actos. El autor

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