El Narco tocó al PRD (3)

La Balada del Güero Hambriento En los días de polvo y miseria galopante, cuando el hambre era un lobo que le mordía las entrañas, Leonel Cota Montaño aprendió el arte primero de los sobrevivientes: convertir la necesidad en moneda. Mientras Rosadelia, junto al amante de su propia hermana, “vendía” terrenos como quien reparte naipes marcados, el joven Leonel cobraba su comisión humilde, suficiente apenas para que el motor de su pangón siguiera tosiendo. Cada mañana, ante el buen César Aviléz, llegaban las bujías negras de aceite y el humo denso que brotaba como alma en pena. “¡Ahí viene el carro fumigador!”, reían los amigos con esa risa franca de quien todavía no ha sido traicionado. Era el tiempo en que el PRI paría sus hijos con la generosidad de los poderosos, y Antonio Benjamín Manríquez Guluarte lo rescató de las redes maoístas que amenazaban con matarlo de hambre y de utopía. Pero el lobo, una vez saciado, olvida el olor de la mano que le dio el primer hueso. Leonel creció, y con él creció la sombra. Junto al abogado “el Gordo” Fenech y la misma Rosadelia, urdieron la cárcel de cuatro años para Ramón “el Moncho” Flores, porque la verdad, como un cadáver insepulto, amenazaba con salir a la luz: dobles ventas, ventas fantasmas, ventas a precio de limosna a los colonos mientras el Gobierno y el Ayuntamiento se llenaban los bolsillos. Cuando Víctor Liceaga lo nombró Secretario General del Ayuntamiento, bajo la presidencia de Antonio Wilson, el Güero sacó de sus alforjas todo lo aprendido. Vendió calles enteras de la Colonia Juárez —La Posada, la llamaban con cariño popular— y callejones de acceso al Mercado de Abasto. Allí hizo compadre al “señor” Cervantes, aquel que repartía cuotas a los comandantes de la PGR cada vez que un transporte de polvo blanco llegaba al puerto. Francisco Javier Márquez Guluarte vio demasiado. Una noche oscura, en los alrededores del Teatro de la Ciudad, treinta millones de pesos cambiaron de manos como un secreto que pesa más que el plomo. El silencio se compró. El “Profe”, hijo del “Pela Vacas”, recibió su casa en San Pedro, sus permisos para cervezas, bares, gasolineras y ampliaciones. A cambio, el periódico Tensión Sudcaliforniana dejó de tensar la cuerda y se apagó como vela en el viento. En el Congreso del “H”, los diputados lanzaban edictos y boletines como agua bendita sobre la podredumbre. Banquetas, áreas verdes, hasta el aire se permutaba. “Todo se toleraba”, diría después el propio Leonel con la sonrisa cansada del que ya no necesita fingir. Carros robados en el extranjero, nombres inventados, préstamos “a la palabra” de PRONASOL —nueve millones seiscientos mil pesos— que bajaban como maná corrupto de las manos del malogrado Colosio. El tesorero Roberto Núñez Formentí, hombre de honor en tierra de lobos, no aguantó más. Renunció. Su renuncia fue el último gesto limpio en un Ayuntamiento que se pudría desde dentro. Del compadrazgo con los Cervantes nació la ambición mayor: crear su propio cartel, no de capos con cuernos de chivo, sino de políticos con corbata. Una organización que llevara en la sangre el viejo veneno de los Cota, Montaño, Agúndez y González Rubio: juego, gallos, cantinas, celos que terminaban en sangre (como la del señor Olvera en Miraflores). Desde la casa del profesor Montaño, frente al SOBARSO, Leonel había respirado el humo rojo de la revolución: maoístas, PRT, EPR, Liga 23 de Septiembre. Jóvenes hambreados que soñaban con cambiar el mundo y terminaron cambiando de bando. El 20 de marzo de 1998, con Alberto Ceseña como fiel patiño, legalizaron la venta fraudulenta del polígono del Cerro de la Calavera. Ernesto López Cinco lavó los dineros en la cuenta de nómina. Un regidor vendió su vieja carnicería. Allí se reunían el “Raca”, el “Telechea” y otros mañosos. Hoy, irónicamente, ese mismo caserón alberga el Registro Civil, como si el destino tuviera un sentido del humor negro. Formaron tribus, coparon conciencias, penetraron el PRD con la unción del propio Leonel. El Subcomandante Marcos y Cuauhtémoc Cárdenas olfatearon la podredumbre, pero no tuvieron pruebas suficientes para señalar al narcopolítico romántico, hijo bastardo del Che Guevara y del doble discurso. Luego vinieron las traiciones entre hermanos: Manuel Salgado, Benito Murillo, Carlos Montaño, Rodimiro Amaya, Alfredo Porras… todos devorados por la misma bestia que habían ayudado a criar. Los hijos y sobrinos mostraron la verdadera cara de la herencia: ejecuciones, riñas callejeras, testículos arrancados, desapariciones. La sangre de los jóvenes regó las calles mientras los “intelectualoides” del perredismo sudcaliforniano lloraban por las víctimas y se beneficiaban de la desestabilización. Cuando Leonel llegó a la presidencia municipal de La Paz, ya no repartía. Cobraba. Del Cerro de la Calavera, patrimonio histórico del pueblo, se embolsó la diferencia entre lo declarado (cuatro millones) y lo que valía realmente (más de veintiséis). Nadie objetó. Ni Guillermo Mercado Romero, ni los regidores comprados con vales de gasolina, boletos de avión, becas y predios que luego se volvieron granjas de camarón y avestruces. Hoy, aquellos regidores son funcionarios con futuro promisorio. El proyecto turístico nunca llegó. El INAH guardó silencio. Y Leonel Cota Montaño, el Güero que un día llegó con el pangón humeante, se quedó con la lista nacional de bienes susceptibles de ser vendidos, transferidos, negociados o traicionados. Diecisiete días después de ceñirse la banda de quinto Gobernador Constitucional de Baja California Sur, como un lobo que aún lame la sangre de la victoria, Leonel Cota Montaño cruzó la frontera invisible hasta Tijuana. Allí, el 24 de febrero de 1999, ante el corredor público José Guadalupe Gutiérrez Ramírez, nació la criatura: Comercializadora World Trade S.A. de C.V.. Firmaron Eugenio Collins Sánchez, hermano de quien sería subsecretaria de finanzas, y Jaime Collins Cota, primo de ambos. La empresa era un vientre sin fondo, una boca abierta al universo entero: podía comprar desde un avión hasta el último grano de arroz, alimentos, maderas nobles, licores que ardían como promesas, textiles suaves como traiciones, vehículos terrestres y acuáticos, motocicletas que rugirían por desiertos y mares. Nada quedó fuera de su lista. Por esa arteria oscura, dicen las sombras, corrieron miles de millones de pesos lavados, blanqueados bajo el sol implacable del Pacífico. Cuando el Presidente Zedillo enterró el proyecto salinero del kilómetro 40 en los salitrales de San Ignacio, envió 47 millones de pesos como bálsamo para las heridas del pueblo. Se creó FONDESA. Pero el bálsamo se volvió veneno. Los dineros destinados a la Costa Pacífico Norte se evaporaron en niebla de favores y nombres fantasmas. Con la venta del avión oficial —pretexto de campaña— se armó otro fondo de 30 millones para pequeñas empresas. Todo se disolvió en “créditos a la palabra”, aquellos nueve millones seiscientos mil pesos que Leonel manejó como un tahúr en la oscuridad. Un puñado de fieles del Güero Cota se saciaron; el resto, nunca pagó. El pueblo quedó con la palabra y el vacío. En los primeros días de su reinado, compró al Ejido Cabo San Lucas cien hectáreas en Mesa Colorada a treinta pesos el metro cuadrado. La tierra, sedienta de ambición, le correspondió. Meses después adquirió otras cien a ochenta pesos, para “venderlas” luego a Homex en sesenta centavos de dólar, cuando ya valían doce. Movió tres dígitos como Salinas movió la moneda, y embolsó un millón doscientos mil dólares con apenas veinte hectáreas transferidas. Las ochenta restantes fueron el cimiento de su molino invisible. El 15 de diciembre de 1999, el embajador Jeffrey Davidow le envió una carta de fuego diplomático. Cuatro contenedores con equipo médico —sala de operaciones, cuidados intensivos, emergencias— donados por ciudadanos estadounidenses, habían sido desviados. Las Hermanas Carmelitas solo recibirían migajas. Leonel, con ironía de salitre, le respondió ofreciéndole separar Baja California Sur del pacto federal y agregar una estrella más a la bandera norteamericana. Davidow descendió por la península en caravana, fingiendo placer turístico, mientras dos meses antes había confesado ya haber disfrutado esas mismas vacaciones. ¿Qué habría ocurrido si aquel cómplice llamado Andrés Manuel hubiera llegado al trono junto a él? La imaginación tiembla: México entero entregado, como ofrenda, en bandeja de plata. Aprendió bien el arte de sus antecesores. Del Fonden brotaron casas del INVI, láminas, bloques, varillas, cemento, solo para militantes de su partido. Después, el antiguo Molino Harinero ardió. Primero culpó a los mercadistas. Luego habló de libros viejos del INEA. Las cenizas guardan silencio. Vendió al Grupo Soriana, por veintiún millones ciento un mil pesos, treinta y un mil metros cuadrados en la ex base aérea. A Cinépolis, treinta y tres mil doscientos cincuenta metros en veinte millones. Terrenos tasados en mucho más. El “H” Congreso avaló con decreto. En la penumbra, se dice, cayó la comisión. A su socio Javier Arámburo —cercano a quien la federal dejó escapar con cocaína en el aeropuerto— entregó ciento cincuenta millones para caminos rurales. Los caminos quedaron en promesas; los ranchos en las zonas más caras de la entidad engordaron bajo su nombre. Bajo el testaferro Luis Raymundo Cano Hernández, adquirió trescientas cuarenta y nueve hectáreas en El Mogote. Nació el sueño de Paraíso del Mar: marinas, condominios, hoteles, golf, desaladoras. El contrato decía doce meses o nada. Violó la cláusula y se quedó con todo. Los ambientalistas gritaron que El Mogote y Balandra eran patrimonio de la humanidad. La ambición de Cota fue más fuerte. En La Purísima, trescientas sesenta parcelas de una hectárea con cien metros de playa fueron arrebatadas por cien mil pesos cada una. El presidente municipal Obregón repartió cartas de residencia como antaño se repartían los préstamos de Pronasol: de la manga. A Luis el Güero Sosa “le compró” seiscientas hectáreas cerca de El Conejo por veinte millones. A cambio, recibió en Sinaloa un rancho con cuarenta caballos pura sangre valorados en ochenta millones. El rancho La Misión, de su familia, se convirtió en hacienda próspera. Igual que La Reina del procurador González Rubio. Mientras, el “abogado del pueblo” navegaba en dólares y aviones cargados. Rudy Villalobos apareció muerto. La banda de La Puerta Negra fue desmembrada. El guardaespaldas, íntimo amigo, cargó con culpas de menor de edad. El nepotismo fue su corona más visible: más de trescientos familiares de las cuatro grandes casas ocuparon senadurías, diputaciones, ministerios, juzgados, policías. Cuñados, concuños, compadres, sobrinos, ahijados, queridas y esposos de queridas. Toda ética fue sacrificada en el altar de la ambición. Vendió el edificio California Connection por dos millones y medio. La Pasión pasó a Rosadelia para un velatorio que nunca nació. El Mercado de Pescadores, valorado en dos millones de dólares, se fue por dos millones de pesos. Seis hectáreas en El Conchalito, reservas del INAH, también desaparecieron. La Conasupo federal pasó misteriosamente a manos familiares. Los terrenos de Fidepaz, herencia del rancho La Selva de Agustín Olachea, fueron servidos en bandeja. Así, entre decretos y cenizas, entre aviones caídos y silencios comprados, entre narco-gobiernos y hampones electorales, se tejió la saga. El autor sudcaliforniano la noveló en NarcoGobiernos y hampones electorales de B.C.S., hilo conductor de Avionazo en Baturi, Conspiración para matar a Edith y Los Carrola. Ahí están los fraudes, los golpes a bandas, los hijos de funcionarios en el narcomenudeo, los carteles Arellano Félix, del Golfo, de Mazatlán y de Cali. Si el PRD hubiera coronado su sueño presidencial, la noche sobre México habría sido más espesa. Hoy, desde las dunas y los salitrales, desde los mogotes y los conchalitos que ya no son del pueblo, se levanta el clamor: saquemos de Baja California Sur a esa estirpe que envenena la juventud con droga y codicia. Que la cordura, al fin, sea más fuerte que la ambición desmedida. Que la tierra, cansada de ser vendida, recupere su dignidad de sal y viento.

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