El narco tocó al PRD (5)

Sombras que delatan Cualquier alma que se adentra en los senderos torcidos —hombre, mujer, niño o anciano— comienza a exudar un olor invisible. No es culpa del viento ni del destino: es la carne misma la que traiciona. El rostro se vuelve máscara agrietada, las palabras tropiezan como quien carga un secreto demasiado pesado, las manos tiemblan con la memoria de lo que tocaron. Cree el culpable que camina invisible, pero su sombra ya ha gritado su nombre. Así ocurrió con aquel amigo que, al encontrarse con el otro, quiso fundirse con la tierra. —Hola, ¿qué tal? — ¿Cuál guitarra? —respondió, y en esa sola frase quedó desnudo. En enero de 1976, el Chicle Aviléz bajó del Mustang con la muerte todavía fresca en los faros. Había arrollado a un policía en bicicleta. Al saludarme, su mano transmitió un frío eléctrico, una descarga de culpa que se me clavó en los huesos. Días después, José Rodríguez, el judicial, confirmó con voz baja lo que ya sabían mis nervios: el Chicle traía sangre ajena en el alma. Veinte y dos años más tarde, en las oficinas del Siete Días, Maricarmen Rodríguez Nava extendió su diestra. Al tocarla, el mismo relámpago me atravesó. Meses después, el nombre de Agustín Reyes, el periodista asesinado, flotaba como un espectro entre su sonrisa y la mía. Arturo Orantes, una semana antes de navajear a su mujer, caminaba con la furia contenida de quien ya ha elegido el acero. Sus ojos eran dos pozos donde se ahogaba la piedad. Casi mata a la dama que compartía con él lecho y sueños. Y Leonel Cota, en la noche de toma de posesión de Ulises Omar Ceseña, al verme quebró su andar noventa grados, como rata sorprendida por el gato. Esa misma velada, sus matones se sobresaltaron al descubrirme entre las luces de la fiesta. La traición ya tenía dueño. Fue así, por esas señales que nadie puede borrar del aire, como comencé a seguir el rastro de Juan Antonio Flores Ojeda tras el “arrollador” triunfo perredista de 2003. Un triunfo que olía a falsedad desde el primer aliento. Luego llegaron a mis manos las revistas de Pancho Sánchez, el viejo lobo de la nota roja, y todo se volvió diáfano como agua envenenada. Flores Ojeda empezó a moverse en camioneta blanca de vidrios polarizados, chofer incluido, lentes oscuros como escudo inútil. Se acomodaba en el asiento delantero con la arrogancia de los cinco matones que, la víspera del asesinato de Colosio, merodeaban un Marquis guinda. Ya olía a poder prestado y a dólares oscuros. Y entonces apareció Francisco Antonio Alcántar López, oriundo de Guaymas, tallado en la misma piedra. Lo nombraron jefe de prensa y el aire se cargó de presagios. Su designación fue un relámpago en cielo despejado: “Ahora entiendo”. Alcántar ordenó silencio sobre la detención de El Tigrillo Arellano Félix en aguas sudcalifornianas. Mandó bajar cortinas de humo, esconder al temido jefe de prensa como antaño intentaron esconder al comandante René Gaume tras el Avionazo de Baturi. De nada sirvió. La verdad, terca, siempre encuentra grieta. Porque la deducción lógica —método de policías científicos y de cronistas que no se dejan cegar— revela la cadena: Leonel Cota ordena, Flores obedece, Alcántar tapa. Y Adán Ruffo Velarde distrae, habla de soberanía, sueña con repatriaciones que nunca llegarían. El ardid fracasó. Los Arellano hablaron. El dinero ensangrentado de Tijuana había regado las campañas del PRD como lluvia negra. Hoy Antonio Alcántar camina con alforjas repletas. Rancho con chivas españolas, residencia en Fidepaz que se eleva un segundo piso de más de un millón de pesos, chofer que los fines de semana reparte sobres en un vochito a sus “flores” secretas. Traicionó a Adán Ruffo en el 93, traicionó a los choricistas, pagó banquete de boda con dinero de Macklis Fisher, luna de miel con otro, alumbramiento con el secretario de Gobierno. Siempre el mismo patrón: hambre voraz, lealtad de alquiler, traición de cosecha propia. En sus archivos guarda las pruebas de sus propias vilezas como quien colecciona medallas negras. Y mientras, la jauría espera. Perros salvajes, hienas, zopilotes. Los leonelistas ya probaron su primer revés con la victoria de Calderón. El derrumbe se acerca, inevitable como el ocaso en el desierto. Porque quien vive de sombras, tarde o temprano se convierte en una más. Y Antonio Alcántar, el hombre que sabe de más, el guardián de la imagen ajena y de sus propios pecados, camina ya con la marca en el rostro: esa sonrisa demasiado ancha, esa mano que al saludar sigue enviando descargas, ese andar que, en cualquier esquina, podría quebrarse noventa grados ante la mirada del destino. La crónica no miente. Solo los hombres creen que pueden ocultarla.

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