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Conspirador principal (7)

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Capítulo II El conspirador principal Cuando el nombre del doctor Alberto Acosta Ruiz apareció por primera vez en la declaración de Sebastián Romo Romo Carrillo, el fiscal no dudó. Invocó de un solo tirón los artículos 21 de la Constitución, 74 y 75 del Código de Procedimientos Penales y las fracciones precisas de la Ley Orgánica del Ministerio Público de Baja California Sur. Era 2 de agosto de 1995. La cédula de citación urgente salió esa misma mañana. Acosta se presentó sin abogado, con la tranquilidad de quien cree que aún controla la historia. Declaró ser médico cirujano, nacido en el Distrito Federal, avecindado en Cabo San Lucas, Abasolo 54, conjunto Banamex, colonia Matamoros. Conoció a Edith como paciente; después, por la relación sentimental que ella sostenía con su “gran amigo” Sebastián. Dijo que Edith era agradable, moderada en el beber, una mujer sin excesos. Y entonces, con la naturalidad de quien repite un guion ensayado, reconstruyó el domingo 30 de julio como si fu...

Principal sospechoso (6)

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Principal sospechoso La sala de declaraciones olía a café rancio y a sudor nervioso. Sebastián Romo Carrillo, delegado municipal en funciones de Cabo San Lucas, se sentó con la espalda recta, como quien todavía cree que la autoridad es algo que se ejerce, no algo que se sufre. Tenía treinta y tres años, la piel curtida por el sol del trópico y una voz que pretendía serenidad pero que se quebraba apenas en las consonantes. —Originario de La Paz —dijo—, pero aquí en Cabo vivo en la esquina de Cabo y Niños Héroes. El ministerio público, con la rutina de quien ha leído demasiadas tragedias, le informó sus derechos. Sebastián escuchaba como quien oye llover sobre lámina: sabía que caía, pero no lo mojaba todavía. No tenía abogado. Le asignaron a Antonio Díaz Pérez, defensor de oficio, un hombre flaco y de mirada cansada que aceptó el cargo con la resignación de quien ya no espera cambiar nada. Y entonces habló. La conoció hace más de cinco años. Primero fueron amigos; después, amantes...

Crímen con tintes políticos (5)

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Crimen con tintes políticos El crimen olía a marisma podrida y a poder recién estrenado. En Cabo San Lucas, donde el desierto besa al Pacífico con lengua de fuego, una mujer había muerto de manera tan brutal que hasta los escorpiones parecían retroceder. Porque la víctima no era cualquiera: Edith mantenía una relación íntima con el delegado municipal, Sebastián Romo Carrillo —el Bito para los amigos, el amo para muchos—, y eso convertía un homicidio cualquiera en un terremoto político. El gobernador no dudó: ordenó al procurador que enviara desde La Paz a sus dos mejores sabuesos periciales. Que no quedara duda de quién mandaba. A las once de la noche del domingo 30 de julio de 1995, cuando la mayoría dormía la mona de fin de semana, llegaron al domicilio los licenciados de la capital: Raymundo Flores Aguilar, jefe de criminalística, y el doctor Salvador Gamboa Villegas, titular de servicios periciales. Entraron con esa solemnidad que da saber que uno escribe la historia que otros ...

Evidencias (Para el caso Edith -4-)

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Evidencias En la penumbra de aquel 30 de julio de 1995, cuando el reloj marcaba las 19:00 horas, los médicos legistas José Manuel Castro Castro y Andrés Flores Gómez cruzaron el umbral del domicilio de Edith Agúndez Márquez. Allí, en el suelo frío y desnudo, yacía el cuerpo en posición decúbito ventral, como un sacrificio olvidado. Sus manos, atadas cruelmente hacia atrás con el cable de una plancha —ese humilde artefacto doméstico convertido en instrumento de tormento—, se elevaban en un arco siniestro que ascendía por la espalda hasta anudarse alrededor del cuello, estrangulando no solo la vida, sino la dignidad misma. Los peritos, con la frialdad de su oficio, añadieron que una segunda atadura ceñía el cuello: una media femenina de nylon, delicada en su origen, ahora sustentada en la llave de la regadera, un detalle grotesco que evocaba la intimidad violada de un baño cotidiano. La vestimenta del cadáver se reducía a una camiseta rayada, empapada en humedad y salpicada de manchas...

Fe ministerial (3)

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Fe ministerial Cabo San Lucas, domingo de angustia, 19:00 horas. El licenciado Carlos Urrutia, agente del Ministerio Público del fuero común, entró a la casa blanca con la resignación de quien ya sabe que la noche será larga y el olor a sangre no se irá nunca de la ropa. Apenas cruzó el umbral, la escena lo golpeó como un viento caliente: la sala-comedor en completo desorden, como si alguien hubiera querido borrar a golpes la vida que allí había. Sobre los cojines, dos cintos —uno café, otro negro— parecían serpientes dormidas. En el asiento principal, un florero volcado y, fuera de él, una rosa roja que ya no era símbolo de nada. Una tele pequeña, dos mesas de juegos infantiles —futbolito y billar miniatura—, seis sillas en hilera y, en la última, una solitaria zapatilla de niña que parecía esperar a alguien que nunca volvería. A la derecha, la cocineta y el refrigerador. Al fondo, el pasillo angosto que llevaba a las tres recámaras. La del lado derecho era un campo de batalla: ro...

La amiga (2)

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La amiga En la mañana soleada de aquel domingo 30 de julio de 1995, Lupita de la Peña Riecke, con la diligencia que la caracterizaba como hija de Miraflorense, frotaba con ahínco los rincones de su departamento 301 en el edificio B2 de los Condominios Coromuel. Aquel complejo, enclavado al extremo opuesto de la colonia Arco Iris —donde horas antes se había consumado un homicidio que aún nadie sospechaba—, se erigía como un oasis de concreto en el camino hacia la zona exclusiva de hoteles y campos de golf, rumbo a San José del Cabo. La hacendosa mujer aguardaba con impaciencia a Edith, su amiga de confidencias y risas compartidas, para deleitarse con un desayuno humeante de chicharrones en salsa verde, aroma que ya impregnaba el aire con promesas de picante y calidez. Pero cuando el reloj marcó las 13:00 horas y la invitada no aparecía, una sombra de inquietud se coló en el pecho de Lupita. Bajó presurosa al hotel Villa la Paloma, donde solicitó en renta el teléfono a la recepcionista ...

Edith y Romo (1)

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Capítulo I Edith y Romo Edith Agúndez Márquez lo supo en cuanto cruzó la mirada con aquel hombre: era un animal suelto, un perro de presa con la orden ya dada. Intentó correr hacia la recámara donde dormía su hijo; el corazón le latía en la garganta como un pájaro atrapado. El tipo la alcanzó en dos zancadas y le estrelló el puño cerrado justo en el centro de la frente. El mundo se volvió negro por un segundo; cuando regresó, Edith estaba sentada en el sillón de la sala, medio aturdida, con un zumbido de campanas dentro del cráneo. —Esto es pa’ que te quede claro que con la señorita Paloma no te metes —le escupió él, la voz pastosa de alcohol y cocaína. Edith soltó un gemido gutural. Intentó ponerse de pie, tambaleante, y cruzó el pasillo como pudo. El segundo golpe llegó seco, preciso: crac. Sintió los huesos de la nariz hacerse trizas, la sangre caliente le bajó en dos chorros gruesos que le empaparon el pecho y salpicaron la pared como si alguien hubiera lanzado un balde de pin...