Los mentirosos (4)
Capítulo 4: El Evangelio del Lujo Austero (La aparición del Tribuno del Megáfono)
La conferencia de prensa conjunta entre El Patriarca del Cártel de la Tinta y El Profe del Desierto transcurría bajo el libreto habitual del deslinde mutuo, cuando las puertas del salón de la capital peninsular se abrieron de par en par. El aire acondicionado pareció flaquear ante la entrada de El Tribuno del Megáfono, Gerardo Fernández Noroña.
El Tribuno no caminaba, marchaba; no hablaba, decretaba. Vestido con su tradicional chaleco que pretendía evocar la lucha obrera, pero calzando unos zapatos de diseñador que contradecían cualquier manifiesto comunista, avanzó hacia el presídium desplazando a La Alcaldesa del Oasis Seco, quien intentaba en vano salir en la foto oficial.
El Tribuno tomó el micrófono principal con la naturalidad de quien se sabe el bufón sagrado del régimen: el encargado de justificar lo injustificable mediante el escándalo y el insulto.
—¡Es un honor estar con la transformación! —bramó El Tribuno, haciendo retumbar las bocinas—. He venido a esta hermosa y reseca península para poner en su lugar a la prensa sicaria y a los paniaguados conservadores que se atreven a cuestionar al compañero Rubén Rocha y al compañero Víctor Castro.
Un reportero local, armado con más valor que agua en su colonia, levantó la mano y lanzó la pregunta incómoda:
—Senador, estamos hablando de una narcofosa en Los Cabos donde apareció un ex oficial mayor vinculado al gobierno de Sinaloa, y de que los gobernadores juran que "no sabían nada". Además, el gobernador Rocha llegó aquí en un jet privado de lujo. ¿Dónde quedó la austeridad republicana que tanto pregonan?
El Tribuno del Megáfono infló el pecho, enrojeció de indignación ensayada y apuntó con el dedo flamígero al periodista.
—¡Miren nada más la audacia de este provocador! —gritó El Tribuno, gesticulando con teatralidad—. ¡Qué ignorancia tan supina! A ver, licenciado de la mentira: el compañero Rubén no viaja en un jet de lujo por placer burgués, viaja en un pájaro de hierro del pueblo porque su vida corre peligro defendiendo la soberanía sinaloense. Es un transporte táctico de la transformación. ¿O querías que se viniera nadando por el Golfo de California para satisfacer tu morbo neoliberal?
La comitiva oficial respiró aliviada detrás de él. El Patriarca del Cártel de la Tinta sonreía con cinismo, mientras El Profe del Desierto asentía con la cabeza, maravillado de cómo un vuelo privado de miles de dólares podía ser transformado mágicamente en un acto de heroísmo proletario.
—Y sobre el muchacho Beltrán y el "no sabía" —continuó El Tribuno, subiendo dos tonos el volumen de su voz—, ¡por supuesto que no sabían! Los gobernantes de la transformación están ocupados gobernando para los pobres, no haciendo espionaje. Si un funcionario decide portarse mal en su vida privada, ¿qué culpa tiene el movimiento? ¡Faltaba más! Nosotros somos limpios, somos puros. Exigirle a un gobernador que sepa lo que hacen sus subalternos es una táctica fascista para distraer al pueblo de lo verdaderamente importante: ¡que ya no hay corrupción porque el líder supremo ya lo decretó en la mañanera!
Abajo, entre el público, los asistentes acarreados —que habían recibido un vale para una pipa de agua a cambio de asistir a aplaudir— vitorearon el discurso. El Tribuno del Megáfono se limpió la saliva de la comisura de los labios, satisfecho de haber cumplido su cuota diaria de distracción mediática.
Mientras bajaba del templete, se acercó al oído de El Patriarca de la Tinta y, con una sonrisa cómplice lejos del micrófono, le susurró:
—Oye, Rubén, terminando este circo de la austeridad, ¿a qué restaurante fifí me vas a llevar a cenar? Que tanto gritar por los pobres me ha dejado un hambre de langosta imperial que no te imaginas.

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