Los mentirosos (5)

Capítulo 5: La Travesía del Pastor de los Laberintos (El tejido de Ricardo Monreal) La comitiva se trasladó discretamente al privado de un exclusivo restaurante frente al malecón de La Paz, lejos del aire acondicionado descompuesto de las oficinas públicas y del calor sofocante que derretía las calles. Ahí, rodeado de platillos de alta cocina pagados con el presupuesto del pueblo, ya los esperaba El Alquimista del Senado, Ricardo Monreal. El Alquimista no usaba chalecos de mezclilla como El Tribuno, ni guayaberas folclóricas como El Profe. Él vestía un traje sastre impecable, cortado a la medida de su verdadera profesión: el equilibrismo político. Frente a él tenía tres teléfonos celulares alineados cronológicamente, un rosario y las pruebas de galera de su libro número setenta y dos, una densa obra titulada El Tratado Constitucional sobre la Inocencia Presunta del Funcionario Público. Cuando El Patriarca de la Tinta, El Profe del Desierto y El Tribuno del Megáfono entraron a la sala discutiendo por los titulares de la prensa, El Alquimista ni siquiera levantó la vista. Con una pluma fuente dorada, firmaba de recibido un documento legislativo. —Sienten las pasiones, compañeros, asienten las pasiones —dijo El Alquimista con esa voz pastosa y pausada de quien ha sobrevivido a tres sexenios de purgas políticas—. En este negocio, el que se enoja, pierde, y el que se deslinda mal, termina desaforado. —¡Es que la prensa sicaria insiste en vincularnos con lo de Los Cabos! —bramó El Tribuno, dejándose caer en una silla de piel mientras pedía un vino de importación—. ¡Dicen que el "no sabía" ya no les cuadra! El Alquimista del Senado sonrió con la condescendencia de un viejo zorro de la política hacia un novato del micrófono. Guardó su pluma y entrelazó las manos. —El error de ustedes es que quieren convencer a la gente de que no sabían usando la lógica común —explicó Monreal, mirando fijamente a El Profe del Desierto—. La ignorancia no es una debilidad, Víctor; bien legislada, la ignorancia es un derecho constitucional del gobernante. De hecho, acabo de redactar un punto de acuerdo en la Cámara Alta para elevar el "No estaba enterado" a rango de fe pública. Si el gobernante dice que no sabía, legalmente el hecho deja de existir. El Patriarca de la Tinta se inclinó hacia el frente, vivamente interesado. —A ver, Ricardo, explícame eso. Porque a mí me quieren citar a declarar por unas bitácoras de vuelo que mis propios asistentes firmaron. —Muy fácil, mi querido Rubén —asintió El Alquimista, dándole un sorbo a su copa—. Vamos a aplicar la técnica del Laberinto de San Lázaro. Mañana mismo instruyo a nuestra bancada para que declare la creación de una "Comisión Especial de la Verdad Virtual" para investigar el caso de Carlos Beltrán y los hilos entre Sinaloa y Baja California Sur. El Profe del Desierto se alarmó. —¿Una comisión, Ricardo? ¿Estás loco? Eso nos va a exponer más. —Al contrario, Víctor —rio Monreal con suavidad—. Una comisión en nuestro argot significa sepultura. Nombraremos a diez diputados que no sepan distinguir un tubo de agua de una manguera de jardín. Sesionarán una vez al mes en Cancún o Huatulco para "analizar el entorno". Pediremos informes detallados a las fiscalías locales, informes que tardarán tres años en redactarse debido a la burocracia. Para cuando la comisión emita un dictamen dictaminando que "no hay elementos determinantes", tú ya habrás terminado tu sexenio, Rubén estará en una embajada en Europa y el pueblo de La Paz seguirá esperando que el tandeo de agua traiga algo más que aire. El Tribuno del Megáfono soltó una carcajada estentórea. —¡Eres un genio del cinismo, Ricardo! ¡Puro derecho constitucional transformador! —Se llama gobernanza, Gerardo —corrigió El Alquimista del Senado, acomodándose los lentes—. El Oráculo del Alva nos enseñó el camino: la realidad no importa, lo que importa es quién controla el cronómetro de la discusión. Mientras nosotros tengamos la mayoría para decidir qué día es hoy y qué ley aplica mañana, nuestra ignorancia siempre será jurídicamente perfecta. Justo en ese momento, uno de los teléfonos del Alquimista comenzó a parpadear con una luz roja. Era una videollamada directa desde el búnker de La Científica del Silencio en la capital. Monreal miró a los tres gobernantes con una sonrisa enigmática. —Silencio, caballeros —susurró—. La jefa quiere saber si ya aprendimos a decir que no sabemos nada de manera unánime. Juren ante el rosario que ninguno de los presentes conoce a nadie de los que están sentados en esta mesa

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