Los mentirosos (8)

Epílogo: El Gran Final de la Niebla y el Ojo del Huracán La noche se cerró sobre la península. La mesa del privado quedó vacía, pero los hilos del teatro nacional necesitaban un gran cierre para que la amnesia fuera jurídicamente perfecta. El escándalo de Carlos Beltrán y los caóticos deslindes de Sinaloa no podían quedar flotando sin el toque maestro del aparato de limpieza del régimen. Fue entonces cuando entró en operación el mitológico escuadrón conocido en los pasillos de la simulación como "La Barredora". Este grupo —famoso por borrar de un plumazo bitácoras de vuelo, archivar expedientes incómodos y desaparecer de la conversación pública cualquier rastro de delincuencia organizada— recibió una orden directa del búnker central: "Limpien la península antes de que el agua regrese a las tuberías". La Barredora comenzó su trabajo descalificando de tajo las investigaciones sobre la fosa de Los Cabos, reduciendo el trágico destino del ex oficial mayor a un "ajuste menor ajeno al movimiento". Sin embargo, el verdadero reto para este aparato de limpieza no estaba en el desierto de Baja California Sur, sino en un citatorio judicial de carácter federal que tenía temblando a las estructuras de seguridad de la capital. Una jueza federal había osado citar a declarar a una de las figuras más poderosas y blindadas del sexenio anterior: el almirante [Rafael Ojeda Durán](https://www.google.com/search?q=rafael+ojeda+dur%C3%A1n&kgmid=/g/11gzr8yh_8), el exsecretario de Marina. El motivo era de dimensiones colosales: sus propios sobrinos consanguíneos, encumbrados en altos mandos navales gracias a órdenes directas desde el púlpito presidencial, acababan de ser recluidos en el penal del Altiplano, acusados de liderar la mayor red de contrabando de combustible y huachicol fiscal en la historia de los puertos nacionales. Ante el peligro inminente de que el exsecretario se presentara en un tribunal y el lazo familiar desenredara la red de complicidades institucionales, La Barredora ejecutó su obra cumbre de la física política: la transmutación del espacio-tiempo. Cuando los actuarios de la Fiscalía General de la República (FGR) llegaron a notificarlo, el domicilio oficial del almirante estaba desierto. No había rastros de él. Legalmente, la fiscalía se encogió de hombros ante la jueza y declaró de manera oficial el más absurdo de los decretos gubernamentales: "Nadie sabe dónde vive el exjefe de las Fuerzas Armadas del país". El hombre que coordinaba satélites, inteligencia naval y radares en los litorales se había vuelto invisible en una calle de la Ciudad de México. Mientras la prensa nacional e internacional publicaba editoriales preguntando en qué dimensión paralela se escondía el tío incómodo del huachicol, La Científica del Silencio daba su informe nacional en televisión abierta. Con su tono robótico e imperturbable, dedicó tres horas a hablar de la "humildad republicana" y el éxito de la transformación, sin mencionar una sola palabra del almirante ilocalizable, de los sobrinos en el Altiplano ni de la crisis que devoraba a Sinaloa. A miles de kilómetros, en su finca, El Oráculo del Alva miraba la televisión por última vez antes de irse a dormir. Al ver el reporte de la FGR que declaraba al exsecretario como "ilocalizable", soltó una carcajada final y apagó el aparato. El círculo de la simulación se había cerrado a la perfección: * * Los políticos de La Paz seguían culpando a las nubes de la falta de agua. * La comisión legislativa archivaba las fosas del sur. * Y el encargado de la seguridad nacional ahora no sabía dónde vivía él mismo. * La mentira literaria se había convertido en ley constitucional. En la gran novela de la transformación, el misterio no era descubrir quién había cometido el crimen o quién se había robado el agua; la verdadera obra de arte consistía en lograr que, al final del día, absolutamente nadie estuviera enterado.

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