Los mentirosos (7)
Capítulo 7: El Retiro del Gran Teatrista (El origen del mantra)
A miles de kilómetros de la península reseca, en el aislamiento de su finca tropical, El Oráculo del Alva observaba una pequeña televisión mientras mecía su mecedora al ritmo de los grillos. Su retiro era otra simulación perfecta: juraba estar completamente apartado de la política, pero mantenía una línea telefónica directa con el búnker de la capital y los hilos de sus discípulos aún bailaban bajo sus viejos mandatos.
El viejo líder sonrió al ver el reporte de las noticias sobre La Paz. Vio al Profe del Desierto titubear, a La Científica del Silencio activar sus algoritmos de frialdad autómata, y a Monreal tejer su enésimo laberinto legislativo.
—Ay, muchachos... todavía les falta escuela —murmuró El Oráculo para sí mismo, dándole un trago a su agua de pozo—. Le meten mucha técnica, mucha ciencia. No entienden que el pueblo no quiere explicaciones matemáticas de las tuberías. Al pueblo hay que darle una buena puesta en escena.
El Oráculo era, después de todo, el inventor de la gran patente nacional de la amnesia gubernamental. Durante años, frente a las crisis más agudas del país, él había perfeccionado las tres leyes de la mentira infalible, mismas que sus alumnos ahora intentaban replicar con torpeza en Baja California Sur.
## Las Tres Leyes de la Amnesia del Oráculo
* Primera Ley: El Pañuelo Mágico. Si la corrupción o el crimen salpican el círculo cercano, el gobernante solo debe sacar un pañuelo blanco, agitarlo frente a las cámaras y decretar que el problema se terminó por pura fuerza moral. La realidad se borra con el gesto.
* Segunda Ley: La Omnisciencia Selectiva. El líder debe presumir todas las mañanas que está enterado de hasta el último detalle del país ("el presidente lo sabe todo"). Pero si estalla una tragedia, un desfalco o una fosa clandestina ligada a sus aliados, debe transmutar instantáneamente en una estatua de sal que repite: "Yo no sabía, me estoy enterando por la prensa".
* Tercera Ley: El Monopolio de los Datos. No importa si las presas están secas, las tuberías vacías o las bitácoras de vuelo exponen las mentiras de un gobernador; el líder siempre tendrá en su bolsillo un universo paralelo habitado por "otros datos", donde el pueblo canta alegre y el agua fluye de forma espiritual.
El Oráculo se levantó de la mecedora, caminó hacia la ventana y miró la frondosa selva que lo rodeaba. Sabía que la novela de la transformación continuaría con éxito porque había logrado inocular en sus herederos el virus de la impunidad retórica. Mientras ellos controlaran el micrófono principal de la nación, las mentiras no serian vistas como engaños, sino como verdades alternativas de la revolución.
Se acomodó la guayabera, apagó el televisor y se dispuso a descansar, confiado en que al día siguiente, a las seis de la mañana, miles de voces repetirían al unísono en las estaciones de radio, en los congresos y en los mítines del desierto el catecismo sagrado que él les heredó: "No somos iguales, yo tengo otros datos, no estaba enterado". Y en la República de la Simulación, eso siempre sería más que suficiente.

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