Los mentirosos (6)

Capítulo 6: El Laboratorio de la Continuidad Autómata (La ingeniería de Claudia) En el búnker central de la Ciudad de México, el ambiente era radicalmente opuesto al desorden tropical de La Paz. Aquí no había guayaberas sudadas ni mariscos sobre la mesa. El despacho de La Científica del Silencio parecía un quirófano de la política: pantallas led con gráficas de pastel, analistas de datos monitoreando redes sociales en tiempo real y un silencio sepulcral que solo se rompía por el tecleo de sus asistentes. La Científica observaba la pantalla donde aparecía la videollamada desde el restaurante de La Paz. Su rostro permanecía completamente inexpresivo, con esa rigidez facial que se había vuelto su sello de identidad tras años de imitar minuciosamente la postura del Oráculo del Alva. —Ricardo, Víctor, Rubén, Gerardo... buenas noches —saludó La Científica con una voz monótona, perfectamente calibrada para no transmitir ninguna emoción humana—. He estado revisando los algoritmos de conversación digital de las últimas dos horas. El pico de indignación por el desabasto de agua en La Paz bajó un 4%, pero el caso del muchacho Beltrán subió un 18% debido a las fotos que filtraron los medios locales. —No te preocupes, mi Presidenta —interrumpió El Alquimista del Senado, acomodándose la corbata frente a la cámara—. Ya tenemos el diseño del laberinto legislativo. Vamos a congelar el asunto en comisiones. Legalmente, mañana nadie sabrá nada. La Científica del Silencio no sonrió. Cruzó las manos sobre su escritorio y miró fijamente a la cámara, directo a los ojos del Profe del Desierto. —El plan de Ricardo es técnicamente correcto para el Congreso, pero operativamente insuficiente para el territorio —sentenció con la frialdad de quien dicta una ecuación matemática—. La transformación no se defiende con leyes, se defiende con la Saturación de la Frecuencia. Mañana mismo, Víctor, vas a aplicar el protocolo de desvío de atención número cuatro. —Tú manda, jefa, que yo acato —dijo El Profe del Desierto, pegando la cara a la pantalla del teléfono. —Punto número uno —dictó La Científica, leyendo un documento digital—. Mañana a primera hora vas a inaugurar el Primer Simposio Internacional sobre el Impacto del Neoliberalismo en las Nubes de la Península. Vas a culpar al cambio climático global provocado por las corporaciones extranjeras de la falta de agua en La Paz. Si no hay agua en las tuberías de Milena, la culpa es del capitalismo industrial de los últimos treinta años, no de la falta de mantenimiento del SAPA. ¿Entendido? —Entendido. "Culpa cósmica del pasado". Anotado —asintió El Profe. —Punto número dos —continuó ella, girando la vista hacia El Patriarca de la Tinta—. Rubén, tú no vas a regresar a Culiacán en ese jet privado. Los analistas me dicen que el video del avión generó demasiados memes de "austeridad VIP". Mañana vas a abordar un vuelo comercial, te vas a tomar una foto en la fila de clase turista sonriendo con una señora del pueblo y la vas a subir a tus redes con el texto: "Viajando como un ciudadano más, con la conciencia tranquila". La bitácora real del jet la vamos a clasificar por razones de seguridad nacional durante los próximos doce años. —¿Y qué hago yo con la prensa que me espera abajo en el malecón, jefa? —preguntó El Tribuno del Megáfono, acomodándose el chaleco. —Tú vas a hacer lo que mejor sabes hacer, Gerardo: ruido —respondió La Científica del Silencio, y por primera vez sus labios esbozaron una mueca que intentaba parecer una sonrisa—. Vas a acusar a los reporteros de violencia política de género contra mi persona por atreverse a cuestionar las decisiones de mi gabinete. Si te preguntan por la fosa de Los Cabos, respondes que es un ataque misógino de la derecha contra el proyecto de la primera mujer presidenta. La genialidad de La Científica no radicaba en la improvisación, sino en la automatización del método del Oráculo. Mientras su mentor gobernaba con el corazón e instinto de un viejo líder social, ella gobernaba con la precisión fría de un software programado para el control de daños. Su misión no era resolver la crisis del agua ni aclarar los vínculos con Sinaloa; su misión era que la maquinaria del discurso siguiera girando, idéntica a sí misma, repitiendo el bucle infinito del "no somos iguales", sin importar cuántas evidencias flotaran en la realidad. —Los algoritmos ya están cargados —concluyó La Científica, apagando la pantalla táctil de su escritorio—. Mañana la verdad oficial será la que nosotros programemos a las seis de la mañana. Buenas noches, compañeros. Recuerden: en la Cuarta Transformación, la realidad no se analiza... se decreta. La pantalla se fue a negros en el privado de La Paz, dejando a los cuatro políticos en un silencio reverencial ante la fría eficiencia del nuevo centro del poder.

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