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En contra de Lupita (13)

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Capítulo III: La embestida feroz contra Lupita En las sombras de la justicia torcida, los medios de comunicación comenzaron a tejer una red de distorsiones, manipulando la verdad como marionetistas en un teatro de marionetas macabro. Incitaban a la población a revelar cualquier rumor, cualquier sombra de lo que pudieran haber visto o sabido sobre el brutal asesinato de aquella madre de familia, Edith. Al mismo tiempo, filtraban supuestos "avances" de la investigación: insinuaban que Guadalupe de la Peña —Lupita— sabía más de lo que había confesado, y hasta sembraban la semilla venenosa de que tenía inclinaciones lésbicas, como si eso bastara para manchar su nombre y convertirla en el chivo expiatorio perfecto. Fue entonces cuando Blanca González Rodríguez se presentó ante el fiscal investigador, convocada por la policía judicial. Alegó que su testimonio era vital para esclarecer el caso. Con voz medida, declaró que el viernes 28 de julio, alrededor de las seis y media de la ...

Enderezan el móvil (12)

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Enderezan el móvil En las oficinas de la Procuraduría, bajo la presión de un interrogatorio que olía a prejuicios y titulares sensacionalistas, Silvia Manríquez de la Mora rindió su declaración. Originaria de La Paz, Baja California Sur, con treinta años y residencia en Cabo San Lucas, en el fraccionamiento Acuarios, manzana 31, lote 17, habló con voz entrecortada sobre su amistad de dieciocho años con Edith, a quien había apadrinado en el bautizo de su primera hija. El domingo 29 de julio —o quizá el 30, los días se confunden en la memoria del dolor— amaneció con una inquietud que no presagiaba nada bueno. A las diez de la mañana, Imelda tocó a su puerta, ansiosa, preguntando por Edith. “La llamo y llamo al celular, y nada. Me voy a la Ciudad de México, pero quería despedirme”. Charlaron un rato de nimiedades; Imelda se fue cerca de las once. Silvia se duchó, preparó desayuno para sus hijas, separó ropa para la costurera, visitó a su madre alrededor de las dos de la tarde. Media hora...

Manoseo del expediente (11)

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Manoseo del expediente En las sombras de la justicia, donde las inferencias tejen una red implacable a partir de las declaraciones de los testigos, la interpretación meticulosa de la escena del crimen, el perfil psicológico del asesino y las evidencias irrefutables, se llega a una conclusión que hiere como un cuchillo oxidado: el doctor Acosta, Sebastián Romo y Ricardo Araos fueron los artífices de una conspiración siniestra para torturar a Edith Agúndez. Pero al ejecutor se le escapó el control, la mano se pasó, y lo que era un tormento calculado devino en muerte inevitable. Entonces, la Dirección de la Policía Judicial del Estado, con la frialdad de quien obedece órdenes superiores, comisionó al comandante Inocencio Deivid para que sembrara evidencias falsas, un velo protector sobre el Delegado municipal de Los Cabos, Sebastián Romo, y el presidente municipal suplente, Ricardo Araos. Todo ello, sin duda alguna, por indicaciones directas del gobernador de Baja California Sur, Dante...

Confirma la caída de la coartada (10)

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Confirman la caída de la coartada (Declaración ministerial de Samantha Acosta Ruiz, hija del doctor Acosta, 3 de agosto) La coartada del trío se derrumbó también por la boca de una menor: Samantha Acosta Ruiz, diecisiete años recién cumplidos, toluqueña de nacimiento pero ya con sabor a sal de Los Cabos. Vive en la casa número 54 de la calle Abasolo, conjunto Banamex, aunque la muchacha, por un resto de pudor o de soberbia heredada, se negó a pronunciar el nombre real de la colonia: Matamoros. Contó que a Sebastián Romo lo conoce «desde chiquita». A Edith también la conoció; a ratos la cuidaba, como quien dice que la quería sin quererla del todo. Era amiga de su mamá (esa «persona de confianza» que aparece en el perfil criminalístico y que ahora suena a burla cruel). Con Sebastián, sin embargo, la amistad es más honda: es amigo de su papá, comparten al «Bito», conviven. Sabe que Sebastián anduvo con Edith, que desde Año Nuevo anda con Paloma, que Paloma nunca le confió sus tormento...

Otro mentiroso

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Otro mentiroso El salón de la procuraduría olía a cloro barato y a sudor viejo. Las lámparas fluorescentes zumbaban como insectos atrapados. Allí, bajo esa luz enferma, compareció Ricardo Araos Gamiño, cuarenta y cuatro años, comerciante, nacido en el Distrito Federal, domicilio conocido en la esquina de Hidalgo y Lázaro Cárdenas. Habló con la voz lenta y bien aceitada de quien está acostumbrado a que le crean. Dijo que a Edith la conocía “como a cualquier persona del pueblo”. La frase quedó colgando en el aire, redonda, desdeñosa, casi una bofetada. Con ese solo latigazo se reveló entero: un hombre que se siente por encima del polvo que pisan los demás. El domingo, aseguró, había ido a pescar con el ingeniero Sebastián Romo. No recordaba si la invitación fue viernes o sábado por la mañana. La memoria, cuando miente, siempre se hace la distraída. El sábado en la noche, según él, andaba ansioso por ver a Sebastián para concretar la salida pesquera. Extraño afán para alguien que al día...

La coartada se desmorona (8)

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La coartada se desmorona En las oficinas del fiscal, bajo la luz cruda de un foco que parpadeaba como un mal presagio, citaron a Paloma Anahí Araos, la menor de edad cuya voz, apenas un susurro de diecisiete años, iba a derrumbar todo el castillo de naipes. Le recordaron con solemnidad que mentir ante la autoridad acarrea penas severas. Ella, con la serenidad de quien ya no tiene nada que perder, habló sin titubear. Contó que conocía a Sebastián Romo desde hacía cuatro años; que dos años atrás se lo habían presentado formalmente; que hablaron de sus planes de estudiar inglés en la Unión Americana y que, al volver él, se lo topó en las oficinas de gobierno. En agosto del 94 se hicieron novios, sabiendo ambos que él ya tenía un hijo con Edith. Paloma lo aceptó sin drama; incluso una vez, en San José del Cabo, ayudó a cuidar al pequeño. Nunca tuvo broncas con Edith. Ni siquiera aquella noche en la fiesta del Club de Leones, cuando ella bailaba con Sebastián y Edith lo hacía con otros, co...

Conspirador principal (7)

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Capítulo II El conspirador principal Cuando el nombre del doctor Alberto Acosta Ruiz apareció por primera vez en la declaración de Sebastián Romo Romo Carrillo, el fiscal no dudó. Invocó de un solo tirón los artículos 21 de la Constitución, 74 y 75 del Código de Procedimientos Penales y las fracciones precisas de la Ley Orgánica del Ministerio Público de Baja California Sur. Era 2 de agosto de 1995. La cédula de citación urgente salió esa misma mañana. Acosta se presentó sin abogado, con la tranquilidad de quien cree que aún controla la historia. Declaró ser médico cirujano, nacido en el Distrito Federal, avecindado en Cabo San Lucas, Abasolo 54, conjunto Banamex, colonia Matamoros. Conoció a Edith como paciente; después, por la relación sentimental que ella sostenía con su “gran amigo” Sebastián. Dijo que Edith era agradable, moderada en el beber, una mujer sin excesos. Y entonces, con la naturalidad de quien repite un guion ensayado, reconstruyó el domingo 30 de julio como si fu...

Principal sospechoso (6)

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Principal sospechoso La sala de declaraciones olía a café rancio y a sudor nervioso. Sebastián Romo Carrillo, delegado municipal en funciones de Cabo San Lucas, se sentó con la espalda recta, como quien todavía cree que la autoridad es algo que se ejerce, no algo que se sufre. Tenía treinta y tres años, la piel curtida por el sol del trópico y una voz que pretendía serenidad pero que se quebraba apenas en las consonantes. —Originario de La Paz —dijo—, pero aquí en Cabo vivo en la esquina de Cabo y Niños Héroes. El ministerio público, con la rutina de quien ha leído demasiadas tragedias, le informó sus derechos. Sebastián escuchaba como quien oye llover sobre lámina: sabía que caía, pero no lo mojaba todavía. No tenía abogado. Le asignaron a Antonio Díaz Pérez, defensor de oficio, un hombre flaco y de mirada cansada que aceptó el cargo con la resignación de quien ya no espera cambiar nada. Y entonces habló. La conoció hace más de cinco años. Primero fueron amigos; después, amantes...

Crímen con tintes políticos (5)

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Crimen con tintes políticos El crimen olía a marisma podrida y a poder recién estrenado. En Cabo San Lucas, donde el desierto besa al Pacífico con lengua de fuego, una mujer había muerto de manera tan brutal que hasta los escorpiones parecían retroceder. Porque la víctima no era cualquiera: Edith mantenía una relación íntima con el delegado municipal, Sebastián Romo Carrillo —el Bito para los amigos, el amo para muchos—, y eso convertía un homicidio cualquiera en un terremoto político. El gobernador no dudó: ordenó al procurador que enviara desde La Paz a sus dos mejores sabuesos periciales. Que no quedara duda de quién mandaba. A las once de la noche del domingo 30 de julio de 1995, cuando la mayoría dormía la mona de fin de semana, llegaron al domicilio los licenciados de la capital: Raymundo Flores Aguilar, jefe de criminalística, y el doctor Salvador Gamboa Villegas, titular de servicios periciales. Entraron con esa solemnidad que da saber que uno escribe la historia que otros ...

Evidencias (Para el caso Edith -4-)

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Evidencias En la penumbra de aquel 30 de julio de 1995, cuando el reloj marcaba las 19:00 horas, los médicos legistas José Manuel Castro Castro y Andrés Flores Gómez cruzaron el umbral del domicilio de Edith Agúndez Márquez. Allí, en el suelo frío y desnudo, yacía el cuerpo en posición decúbito ventral, como un sacrificio olvidado. Sus manos, atadas cruelmente hacia atrás con el cable de una plancha —ese humilde artefacto doméstico convertido en instrumento de tormento—, se elevaban en un arco siniestro que ascendía por la espalda hasta anudarse alrededor del cuello, estrangulando no solo la vida, sino la dignidad misma. Los peritos, con la frialdad de su oficio, añadieron que una segunda atadura ceñía el cuello: una media femenina de nylon, delicada en su origen, ahora sustentada en la llave de la regadera, un detalle grotesco que evocaba la intimidad violada de un baño cotidiano. La vestimenta del cadáver se reducía a una camiseta rayada, empapada en humedad y salpicada de manchas...

Fe ministerial (3)

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Fe ministerial Cabo San Lucas, domingo de angustia, 19:00 horas. El licenciado Carlos Urrutia, agente del Ministerio Público del fuero común, entró a la casa blanca con la resignación de quien ya sabe que la noche será larga y el olor a sangre no se irá nunca de la ropa. Apenas cruzó el umbral, la escena lo golpeó como un viento caliente: la sala-comedor en completo desorden, como si alguien hubiera querido borrar a golpes la vida que allí había. Sobre los cojines, dos cintos —uno café, otro negro— parecían serpientes dormidas. En el asiento principal, un florero volcado y, fuera de él, una rosa roja que ya no era símbolo de nada. Una tele pequeña, dos mesas de juegos infantiles —futbolito y billar miniatura—, seis sillas en hilera y, en la última, una solitaria zapatilla de niña que parecía esperar a alguien que nunca volvería. A la derecha, la cocineta y el refrigerador. Al fondo, el pasillo angosto que llevaba a las tres recámaras. La del lado derecho era un campo de batalla: ro...

La amiga (2)

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La amiga En la mañana soleada de aquel domingo 30 de julio de 1995, Lupita de la Peña Riecke, con la diligencia que la caracterizaba como hija de Miraflorense, frotaba con ahínco los rincones de su departamento 301 en el edificio B2 de los Condominios Coromuel. Aquel complejo, enclavado al extremo opuesto de la colonia Arco Iris —donde horas antes se había consumado un homicidio que aún nadie sospechaba—, se erigía como un oasis de concreto en el camino hacia la zona exclusiva de hoteles y campos de golf, rumbo a San José del Cabo. La hacendosa mujer aguardaba con impaciencia a Edith, su amiga de confidencias y risas compartidas, para deleitarse con un desayuno humeante de chicharrones en salsa verde, aroma que ya impregnaba el aire con promesas de picante y calidez. Pero cuando el reloj marcó las 13:00 horas y la invitada no aparecía, una sombra de inquietud se coló en el pecho de Lupita. Bajó presurosa al hotel Villa la Paloma, donde solicitó en renta el teléfono a la recepcionista ...

Edith y Romo (1)

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Capítulo I Edith y Romo Edith Agúndez Márquez lo supo en cuanto cruzó la mirada con aquel hombre: era un animal suelto, un perro de presa con la orden ya dada. Intentó correr hacia la recámara donde dormía su hijo; el corazón le latía en la garganta como un pájaro atrapado. El tipo la alcanzó en dos zancadas y le estrelló el puño cerrado justo en el centro de la frente. El mundo se volvió negro por un segundo; cuando regresó, Edith estaba sentada en el sillón de la sala, medio aturdida, con un zumbido de campanas dentro del cráneo. —Esto es pa’ que te quede claro que con la señorita Paloma no te metes —le escupió él, la voz pastosa de alcohol y cocaína. Edith soltó un gemido gutural. Intentó ponerse de pie, tambaleante, y cruzó el pasillo como pudo. El segundo golpe llegó seco, preciso: crac. Sintió los huesos de la nariz hacerse trizas, la sangre caliente le bajó en dos chorros gruesos que le empaparon el pecho y salpicaron la pared como si alguien hubiera lanzado un balde de pin...

Expediente cerrado (24)

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Expediente Cerrado En las sombras de un sistema judicial corroído por la complicidad, Tirso Molina Amador fue sentenciado por una cascada de delitos contra la salud: tráfico de estupefacientes, conspiración y lavado de fortunas ilícitas. Sin embargo, sus abogados, maestros en el arte de la dilación y la manipulación, hicieron que las evidencias se evaporaran como humo en el viento del desierto. Apelaciones interminables, amparos oportunos, reconstrucciones de hechos sesgadas, testimoniales falsos y, sobre todo, una averiguación previa deliberadamente mal integrada —un laberinto de omisiones y errores calculados— aseguraron que las investigaciones no ascendieran más allá del exjefe policiaco. Así, cerraron el expediente criminal, salvando de las imputaciones que Arturo Cordero, jefe de aprehensiones de la PGR, había lanzado como dardos envenenados contra el comisionado del INCD. El propio dirigente del Partido Acción Nacional, Carlos Castillo Peraza, denostó públicamente a Cordero, ti...

Detienen a Tirso Molina (23)

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Detienen a Tirso Molina El 18 de febrero de 1998, Tirso Molina, ahora erigido en coordinador de seguridad pública, recibió una invitación para un desayuno al día siguiente, en honor al Glorioso Ejército Mexicano en su día. El aire de la oficina olía a café rancio y a papeles amarillentos, mientras el sol de Baja California Sur se filtraba por las persianas polvorientas. —Ponte abusado —le murmuró el jefe a su amigo Armando Real, con voz ronca y ojos entrecerrados por la suspicacia—. Ya sabes cómo se las gastan estos cabrones. Si no regreso, acomoda las cosas que tengas que acomodar. —No te preocupes, jefe —respondió Armando, infundiendo una falsa calma en su tono—. Es un evento que todos los años festejan, como un ritual vacío. Apenas minutos después de entregada la invitación, un comando militar, fuertemente armado, irrumpió en las oficinas de Allende y Melitón Albañez como una tormenta de acero y botas. Arrastraron consigo al exjefe de la Policía Judicial del Estado, acusado de inmi...