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Mostrando entradas de octubre, 2025

Muerte por negligencia (17)

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Capítulo IV Muerte por negligencia El aire de aquella noche de octubre de 1987 era un velo denso, impregnado del salitre del mar y del aroma a jazmín marchito que se colaba por las ventanas abiertas de la casa en la colonia Juárez. Vicente, con el rostro bañado en sudor y lágrimas, se arrodillaba junto al cuerpo inerte de Ibeth, su novia, esa mujer de ojos vivaces que horas antes había reído celebrando su flamante título de ingeniero en computación. — ¡No, Dios mío! —gritó, su voz un eco roto en la penumbra de la recámara—. ¡Suban, por favor! Sus manos temblorosas presionaban el pecho frío de ella, mientras su boca, en un ritual desesperado de respiración artificial, buscaba insuflar vida donde ya no quedaba. —¡No me la quites, Señor! —suplicaba entre sollozos que rasgaban el silencio, un llanto que era puro desgarro, impotencia encarnada en un hombre joven que veía desvanecerse su futuro en un instante. La puerta se abrió de golpe. El padre de Vicente, un hombre curtido por el sol de...

El contactó (16)

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El Contacto En las calles polvorientas de La Paz, donde el sol del Pacífico quema como un hierro al rojo y el aire huele a salitre mezclado con el hedor de secretos podridos, Félix Crespo divisó a Jacinto Romero entre la multitud de transeúntes. Era un encuentro fortuito, como tantos en esa ciudad donde el destino teje sus hilos con la crudeza de un lazo corredizo. —¡Qué bueno que te encuentro! —saludó Félix, con la voz ronca por el tabaco y la urgencia, extendiendo una mano callosa—. No sabes el favorzote que me harías si me pasas las fotos de la Explorer verde del Deivid, cuando la iba jalando la grúa. Jacinto, con el rostro curtido por años de perseguir sombras en los callejones de la corrupción, lo miró extrañado, sus ojos entrecerrados como rendijas en una persiana oxidada. —¿Para qué las quieres? —preguntó, su tono un eco de desconfianza que flotaba en el aire cargado de calor. Félix se acercó un paso, bajando la voz hasta convertirla en un susurro conspirador, como si las pared...

.noticia privilegiada (15)

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Noticia Privilegiada Tres días después de que el avión Carabelle II descendiera como un ave herida sobre las áridas Lomas de Baturi, el delegado de la PGR, Héctor Cruz Solórzano, se vio acorralado por el peso insostenible del secreto. Sin datos veraces que sustentaran la farsa, ni pruebas que iluminaran la oscuridad de los hechos, extendió una invitación velada al periodista Porfirio Sarabia Pacheco. Lo convocó al epicentro del suceso, proveyéndolo con migajas de información adulterada, para que, desde ese germen envenenado, comenzara a torcer el rumbo de la investigación. Era una táctica recurrente en las mafias de abogados, un arte siniestro para blindar a los clientes de fortunas opacas, tejiendo redes de impunidad con hilos de mentiras. Héctor Cruz Solórzano intuía la alianza turbia entre el comandante Rafael Stanley y Tirso Molina, un pacto sellado en las sombras del poder, pero carecía de evidencias sólidas para desatar un proceso penal. Desde las oficinas centrales de la PGR ha...

La muerte del Periodista (14)

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La muerte del periodista Al enfilar la serpenteante carretera hacia el puerto marítimo de Pichilingue, en Baja California Sur, Inocencio Deivid Villa encendió un cigarro y, entre bocanadas de humo que se perdían en el aire salobre, comenzó a desgranar la intriga que buscaba hundir a Jacinto en el abismo. Todo giraba en torno a la muerte del corresponsal de El Heraldo de México, José Agustín Reyes Agustín, orquestada por las sombras de Clodomiro Verdad Legaspy. —Resulta que este cabrón —exhaló una nube densa, como si expulsara veneno— nos ha jodido varios jales. A mí no, pero a los jefes los trae de los huevos. A un primo de Juan Diego casi lo denuncia por las casi cinco toneladas de cocaína que decomisaron en abril del 93, en esa bodega mugrienta detrás de Embarcaciones Díaz. —Volteó hacia el asiento trasero, donde Rulesindo masticaba un chicle con desgano—. ¿Te acuerdas, carnal? —Claro —respondió el aludido, con voz ronca, como si el recuerdo le arañara la garganta. —Jacinto se salvó...

La víspera (13)

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La víspera Los hermanos Leal Quintero ardían en impaciencia, ansiosos por desentrañar hasta dónde había hurgado Jacinto en las sombras del secuestro de Armando, para trazar su contraataque con precisión quirúrgica. Si el yanqui se ocultaba entre los plagiarios, invocarían la amistad de un alto funcionario de la PGR para arrastrarlo ante la justicia penal. Si solo eran los lacayos de Tirso Molina y los mañosos de Tijuana, se confirmaría que habían alzado al capitán de barco para despojarlo de su fortuna; y en tal caso, los liquidarían sin piedad. Si exclusivamente los de Tijuana habían actuado, quedaría al descubierto que venían a saldar una deuda de sangre: la gente del Güero Sol había acribillado a unos jovencitos en el canal de Tijuana por fallar en la distribución de la droga. Para no enredarse en el pantano de los problemas, el periodista, con astucia felina, hizo llegar un manuscrito el 28 de octubre al secretario general de gobierno, a través de su secretario particular Hugo Pue...

Preparativos en Baturi (12)

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Capítulo III Preparativos en Baturi La noche se había tragado La Paz como un manto de brea espesa, y el viento salobre del desierto susurraba secretos entre las ruinas de la ex pista aérea, ahora un baldío olvidado donde las sombras jugaban a ser fantasmas. El Chicle Hirales irrumpió en la penumbra, blandiendo un paquete de cocaína como un estandarte de promesas rotas, hasta detenerse junto al Grand Marquis de Jacinto, ese coloso americano que ronroneaba como un felino herido. "¡Pónganse abusados, carnales! —gruñó con la urgencia de quien negocia con demonios—. Dice la doña que si le hacemos un paro, nos regala una línea pa' volar." En el asiento trasero, el Aceituna se removió como un náufrago en su balsa, el sudor perlando su frente bajo la luz mortecina de un farol lejano. "No, no vámonos —cortó Jacinto, su voz un ancla en la deriva—. Es bronca de ella, no tenemos por qué meternos en asuntos ajenos. Que se las arregle con sus propios diablos." El motor rugió...