Sombras en el malecón (3)
Sombras en el Malecón
En el abrasador agosto de 1995, cuando el sol de Baja California Sur devoraba las sombras como un depredador insaciable, Armando Leal Quintero, capitán de barco con el alma curtida por mares traicioneros, atracó en La Paz procedente de Tijuana. Su llegada no era un mero fondeo, sino un acto de salvación: arreglar los papeles del Benigno Quintana, saldar deudas con una tripulación fantasma que aún acechaba en sus recuerdos, y rebautizar la nave con el nombre de 200 millas II, un susurro de libertad en un océano de sospechas. Habían teñido su casco blanco de un gris plomizo, como el velo de una viuda que oculta sus lutos, porque los sabuesos antinarcóticos, con colmillos afilados por denuncias anónimas, no les daban tregua. La traición había venido de la competencia, esos lobos de Mazatlán que olfateaban el aire salobre y rugían: todo lo que apestara a cartel debía evaporarse como niebla al amanecer. El barco, inocente bodega de camarones, había sido señalado como mula de la muerte blanca, y ahora navegaba bajo un alias, huyendo de sus propios ecos.
A principios de septiembre, como ecos separados de un vendaval norteño, desembarcaron en La Paz Ariel Appel Escutia, César Romano, Martín Beta —el 29, apodado por su fecha de nacimiento como un código de barras criminal— y Héctor Omega —el 5, por el día que lo marcó el destino—. Venían de Tijuana, cuna de autopistas robadas y noches perfumadas con gasolina y pólvora, dedicados al arte oscuro del hurto vehicular, donde un motor rugía como un corazón robado. Ariel, el cerebro con ojos de halcón, había sido jefe de grupo en la policía judicial de La Mesa, Tijuana, un nido de víboras donde combatía —o fingía combatir— los robos ajenos mientras tejía su propia red. Enlace con aseguradoras gringas durante la era de Ernesto Ruffo Appel, distribuía nieve cocaína a los viciosos del norte, esos fantasmas pálidos que cruzaban la frontera en busca de olvido. En aquellos días febriles, había forjado lazos con Tirso Molina y su sombra inseparable, el "Deivid", un lazo que el tiempo, caprichoso como el monzón, volvía a anudar en 1995, bajo el cielo implacable de La Paz.
El 8 de septiembre, un viernes que olía a marisma y a secretos rancios, Martín el 29, Héctor el 5 y César el Abogado —así lo llamaban, por su labia de tiburón en salas de juicio clandestinas— se deslizaban por el malecón paceño en una Van 1994 verde metálico, robada en las arenas de Nevada como un trofeo de casino perdido. La bestia mecánica ronroneaba con la gracia de un felino salvaje, sus curvas relucientes reflejando el Pacífico como un espejo empañado. Al doblar por el callejón Esquerro, cerca del vetusto estacionamiento de La Perla —esa reliquia del siglo XIX, con sus vitrinas de encajes y esencias que susurraban promesas de otro tiempo—, divisaron a Armando al volante de un sedán azul claro, un alquiler humilde que contrastaba con su Grand Charger blanco-gris, idéntico al del exgobernador de BCS, embestido tres días antes contra un caballo errante en la carretera a Pichilingue. Ese choque había sido presagio: el barco zarpaba ese jueves, pero el destino, con su humor negro, lo había anclado a tierra.
—¿No es el pinche Güero Sol el que lleva ese carro? —preguntó Martín el 29, con la voz ronca como grava bajo las llantas.
—¡Sí es! —confirmó Héctor el 5, los ojos entrecerrados como rendijas de un shutter criminal.
—¡Ponle cola! —ordenó César el Abogado, su mandíbula tensa como un resorte—. ¡Háblale al Appel!
Martín extrajo el celular integrado en la Van, un artefacto exótico que vibraba como un insecto atrapado, y marcó el 901-118-62130. El aparato pitó como un ave de presa.
—¿Bueno? —gruñó una voz al otro lado, cargada de humo y desconfianza.
—Digan —fue la réplica escueta.
—Oye, compa, le estamos poniendo cola al Güero Sol, el bato de El Rosarito —dijo Martín, el pulso acelerado por la caza.
—¡Pónganse abusados! Aquí anda mucha palomilla del cartel de Mazatlán —advirtió la voz, un torrente de urgencia—. Le voy a decir al “Deivid” que te preste a un chavalo para que le saque plática al Güero mientras lo montan. ¿Dónde andan?
—Por aquí, por el Banco de México, por la... aquí dice La Perla de La Paz. ¿Te ubicas?
—Oquey, no lo pier... —La línea se cortó como un latigazo, al oír el zumbido de la trampa cerrándose.
—¡Párate! Se está estacionando en la esquina — exclamó Martín, el sudor perlando su frente como rocío salino.
—¡Sigan de frente! —sugirió Ariel desde el otro extremo, antes de colgar, su mente un tablero de ajedrez donde las piezas eran almas en jaque.
Armando, ajeno al cerco invisible, maniobró el sedán en zona prohibida, casi en el cruce de Mijares con Agustín Arreola, donde el asfalto se fundía con el aroma a pan recién horneado y salitre. Un muchacho flaco, de esos que lavan autos con sueños de billetes fáciles, se acercó con la cautela de un cangrejo.
—Se lo va a llevar la grúa, jefe —advirtió, señalando el letrero desvaído.
—¡Toma, cuídalo! —Armando le tendió un billete de veinte pesos, un óbolo por la paz momentánea—. Orita vengo, voy a comprar boletos de avión al otro lado.
—No se preocupe, jefe —replicó el chavo, el billete arrugado en su puño como un talismán—. Aquí se lo cuido, es más, se lo voy a lavar para hacerle el paro con la chota.
—Como quieras —masculló Armando, alejándose sin voltear, su sombra alargada como un presagio en el pavimento caliente.
La Van se estacionó a veinticinco metros, frente a Mc Tortas, un oasis de tortas grasientas que exhalaba vapores de cebolla y chile. Inmediatamente, surgió la tropa del “Deivid”: dos figuras envueltas en el polvo del camino.
—Buenas, somos las personas que venimos de parte de Inocencio “Deivid” Villa —anunció el mayor, con voz de mercader de sombras.
—Bien... ¡tú! —señaló César al más joven, un pajarito inexperto—. Vete al malecón con este pajarito —le pasó un microtransmisor, diminuto como un secreto susurrado.
Un minuto después, una Suburban blanca se pegó a la Van como una sanguijuela. Del interior bajó un malandrín, empleado de Mc Tortas que acababa de entregar un pedido, y sus ojos se posaron en Auspicio Lobato Memorio, uno de los hombres del “Deivid”. “Nada bueno andan haciendo estos cabrones por aquí”, pensó, mientras cruzaba la puerta de servicios, el corazón latiendo al ritmo de un tambor lejano.
Los de la Van, frustrados por el zumbido estático en las bocinas, rodaron hacia el malecón. Alcanzaron la altura del muelle fiscal cuando las palabras flotaron como niebla: “Hola, compa, ¿no se te ofrece una plebe?”. El enviado, con la frescura de un novato en el infierno, había acorralado a Armando detrás del mostrador de una agencia de viajes, donde el aire acondicionado luchaba contra el bochorno exterior.
—Tenemos gueritas, pelirrojas, morenitas, son del Paraíso —insistió el chavo, señalando hacia el Mogote, esa lengua de tierra que fingía ser isla en el abrazo del mar—. ¿No has oído hablar del lugar? Parece isla, ¿verdad? Dieciséis, diecisiete años, la que quieras.
Una brisa traicionera les azotó el rostro, cargada de yodo y promesas de tormenta, mientras el Pacífico rugía su indiferencia.
—No, compa, gracias. Ando saliendo fuera de la ciudad —rechazó Armando, los ojos fijos en el horizonte de boletos y escapes.
—Pero si quieres, orita te la traigo. ¡Mira! —El joven desplegó un set fotográfico, damas de servicio envueltas en poses de revista, curvas que prometían olvido efímero. El encargado de la agencia los miró de reojo, su prudencia un muro más alto que la curiosidad.
—No, de veras, gracias. Orita voy por mi hermano al hotel, salimos a las doce para el aeropuerto. Faltan veinte minutos —dijo Armando, desandando el camino, el malecón un laberinto de palmeras susurrantes.
—¿De casualidad no estás hospedado en el Hotel Acuarios? —lo siguió el chavo, como una sombra pegajosa.
—Sí —admitió Armando, extrañado, el instinto erizándose como escamas de pez.
—¿A poco eres el Güero Sol?
La desconfianza brotó en Armando como un manantial amargo, pero el novato del chavo la disipó con su torpeza. “¿Quién eres tú?”, preguntó, la voz un hilo tenso.
—Soy amigo de tu hermano José Luis —mintió con claridad cristalina—. Lo conocí en Pichilingue, me dijo que su hermano era el dueño del barco... no me acuerdo del nombre. Me ofreció jale, pero ya no lo volví a ver. Creo que se fueron para Mazatlán hace dos días.
—Sí, el barco zarpó el jueves. ¿Pero jale de qué te ofreció mi hermano?
—No po’s, yo soy macizo, tú sabes —calló el chavo al cruzar la taquería Hermanos González, donde el siseo de la carne en la plancha ahogaba confidencias.
Los de la Van habían urdido el golpe: montarlo al llegar al sedán. Un agente de tránsito acababa de dejar una multa —clave 17: Prohibido estacionarse—, un papelito insignificante en el tapiz del caos. Al aproximarse la pareja, el mayor de la Van descendió, fingiendo escudriñar un maniquí en La Perla, su silueta un espectro en el vidrio empañado.
—¡Eh, tú! —gritó el chofer de la Van, apuntando como un verdugo.
—¿Yo? —balbuceó el chavo distractor.
—¡No, tú no, el Güero!
—¿Qué ondas? ¿Quiénes son ustedes? —preguntó Armando, acercándose con la cautela de quien pisa arenas movedizas.
—¡No te hagas pendejo, súbete!
—¡Pérense! —El canoso lo empujó hacia el asiento delantero, un torbellino de rudeza.
—¡No aquí no, súbelo para atrás! —ordenó el chofer, la Van un ataúd rodante.
—¡Ora hijos de su chingada madre! —maldijo Armando, mientras lo amarraban como a un fardo, el mundo reduciéndose a cuerdas y oscuridad.
La camioneta enfilaron por el callejón Mijares, dejando al chavo del lavado boquiabierto, un testigo mudo en el teatro de la calle. De ahí, el malecón Álvaro Obregón los escupió hacia Abasolo, arterias de asfalto que latían con el pulso oculto de la ciudad.
El muchacho del sedán se evaporó, sabio en su cobardía; nadie reclamó el vehículo ni al ausente ese día, como si La Paz hubiera tragado otro secreto en su vientre salado. Auspicio Lobato Memorio y el joven comisionado huyeron en una Toyota Land Cruiser verde oscuro de 1993, con la leyenda “Colosio” en la defensa trasera, un epitafio rodante para un candidato asesinado.
En el Hotel Acuarios, José Luis Leal Quintero, devorado por la impaciencia, marcó el 901-18-60133 del celular cautivo. El ring-ring resonó en las entrañas de la Van como un eco de libertad perdida, mientras cruzaban frente a la agencia Ford, a la salida hacia Ciudad Constitución.
—¡No vayan a contestar esa madre! —rugió César el Abogado, el sudor trazando ríos en su cuello—. Hay que volverle hablar al Appel para saber dónde dejamos a este güey.
—Oiga, compa —se atrevió Armando, la voz un murmullo de olas rompiendo—. Al menos dígame qué pedos.
—¡Tú cállate, cabrón! A nosotros sólo nos encargaron este jale —replicó el Abogado, los ojos fijos en el retrovisor como en un abismo.
—¡Párate ahí! Antes que otra cosa voy a hacer una llamada al jefe en Tijuana —decretó César.
La Van se detuvo en el estacionamiento del Jardín Yee, un remanso de neón y aromas a dim sum. César descendió justo cuando pasaba Félix Crespo Cruz, jefe contra robos de vehículos, en su pick-up judicial con el Enano como sombra. La Van les olió a fruta podrida —dudosa procedencia, pero las damas en el motel Puesta del Sol los desviaron, tentaciones más dulces que la justicia.
En la caseta telefónica, la voz de César cortó el aire: “¿Bueno? ¡Jefe! Soy César Romano, ya tenemos al Güero Sol en la camioneta. ¿Dónde lo dejamos?”.
—Dile al yanqui que me lo mande para acá, ¿oquey?
—Oquey —colgó, pagando con monedas que tintinearon como cadenas.
Se dirigieron a un departamento rosa en Fidepaz, un barrio de fachadas sonrientes que ocultaban pozos de veneno. Metieron a Armando en un cuarto-celda, paredes de concreto que sudaban humedad como lágrimas contenidas. Allí, en un aquelarre de humo y risas ahogadas, esperaban el “Deivid” Villa, Ariel Appel Escutia, Manuel Molina Núñez, Adán Garcés y otros espectros. Se daban un pericazo, la cocaína un relámpago blanco en narices inexpertas —novedad para judiciales al servicio de Tirso Molina, que aspiraban poder como si fuera oxígeno.
Entre chupadas y confidencias, los aspirantes al cartel de Tijuana diseccionaron al secuestrado, el Güero Palma del Norte, un apodo que flotaba como niebla tóxica. Emergió el rumor: orden presidencial para borrar del mapa a los de Mazatlán, venganza por negociar con el malogrado candidato acribillado en Lomas Taurinas, Tijuana. Los antinarcóticos, guardianes del orden, eran los verdugos encapuchados. Los oyentes, envueltos en el manto de la Van —agentes disfrazados de lobos—, se sintieron blindados, como si el diablo mismo les hubiera prestado su capa. Pero en el aire, más espeso que la bruma del mar, flotaba la certeza: en este juego de reyes caídos y mares encolerizados, nadie escapa al reflujo de la marea.

Comentarios
Publicar un comentario