Accidente arreglado

Capítulo I Accidente arreglado El sol del mediodía caía a plomo sobre la carretera federal, un hilo negro y recto que se perdía en el horizonte polvoriento de Baja California Sur, como una vena abierta en la piel reseca de la península. El aire temblaba con el calor, cargado de salitre y el aroma acre de los mezquites que flanqueaban el asfalto, testigos mudos de tantos dramas invisibles. —¡Tío, acelera! ¡Esos cabrones vienen apuntando hacia nosotros con un rifle! —gritó Salvador, su voz un hilo de pánico que se quebraba contra el rugido del motor. Sus ojos, dilatados por el terror, captaron el destello siniestro de la boca oscura de un cañón, un ojo ciego y mortal que los acechaba desde el vehículo perseguidor. —¡Pues agáchense, carajo! —aulló el tío, Jacobo Romero, con la mandíbula apretada y las manos blancas de tanto aferrarse al volante. Sus palabras se ahogaron en el estruendo de un disparo seco, un trueno que rasgó el cielo sin nubes. ¡Pum! La bala mordió la llanta trasera como una víbora en acecho, y el pick-up se encabritó en una danza mortal. Dio una voltereta perezosa sobre el pavimento, un giro grotesco que levantó una cortina de polvo y grava, como si la tierra misma escupiera su rabia. El vehículo aterrizó con un crujido sordo, el guardafango y la puerta del conductor aplastados contra el suelo pedregoso, más allá de la cinta asfáltica. Jacobo murió al instante, su cráneo un cascarón roto contra el salpicadero, los ojos abiertos en una eternidad de sorpresa. Dentro de la cabina, los chamacos —Salvador y su compañero de escuela— rodaron como hojas en una tormenta, magullados por el metal retorcido. Pero la fortuna, caprichosa como el viento del desierto, les concedió solo rasguños superficiales, moretones que sangraban como promesas de supervivencia. "No les pasó nada grave, nomás unos raspones", murmurarían minutos después los curiosos, atraídos por el eco del desastre como moscas a la miel rancia. Los caballos y vacas que pastaban en los potreros cercanos, guardianes indiferentes de aquel rincón olvidado, se espantaron con el estruendo. Huyeron en una estampida desordenada, sus cascos levantando nubes de tierra roja, resoplando furiosos mientras volteaban la cabeza una y otra vez hacia el caos, como si intuyeran la sombra de la muerte que acababa de posarse allí. —No vayas a decir nada a los federales de caminos —siseó Salvador a su amigo, el rostro pálido bajo el polvo, mientras se arrastraba fuera de la cabina destrozada—. ¡Tira el perico por entre el monte! —ordenó con voz entrecortada, el corazón latiéndole como un tambor de guerra—. ¡Bájale la esclava al ruco, porque los feos de por sí se la van a robar! —Parecían de la gente del Malcriado los que dispararon —murmuró el chamaco, los ojos fijos en el horizonte donde el vehículo atacante se desvanecía como un fantasma. —¡Cállate, idiota! Ahí viene un carro. No abras la boca ni para respirar. El polvo se arremolinaba aún, un velo fantasmagórico que el viento del Pacífico empezaba a disipar con lentitud perezosa. Un sedán polvoriento se detuvo con un chirrido de frenos, y de él descendió Nicolás Ojeda, un hombre de piel curtida por el sol y las mediciones eternas del terreno. —¿Qué pasó aquí? —preguntó, su voz calmada como la de un topógrafo que mide no solo distancias, sino también las grietas del alma humana. —Nos volteamos, creo que se ponchó una llanta —balbuceó Salvador, fingiendo una serenidad que se deshilachaba en sus manos temblorosas. —Me fijé que venían muy recio —intervino una mujer desde el asiento del copiloto, su hija aferrada a su falda—. Le dije que parecía como si los vinieran siguiendo desde El Pescadero. El viento traía un rumor de persecución en el aire. —¡No que va! —replicó el chamaco, demasiado rápido—. El otro carro que venía cerca se quedó en la Garita, ese restaurante de paso entre San Pedro y Todos Santos. Varios vehículos más se congregaron entonces, como cuervos atraídos por el cadáver fresco. De entre el espeso tapiz del monte —lomboyes de frutos morados como labios hinchados, mezquites retorcidos como dedos acusadores, pitahayas erguidas en su armadura de espinas, ciruelos y higueras cargados de promesas dulces, jícamas ocultas en la tierra y cardones centenarios que vigilaban el silencio— emergió un tipo moreno, un espectro salido de las entrañas del desierto. Un hilillo de sangre surcaba su frente como una lágrima carmesí, pero nadie le prestó atención; era solo otro borrón en el lienzo del caos. Llegó sigiloso, como una sombra que se desliza entre las dunas, y se desvaneció igual, tragado por el follaje, sin que su paso dejara huella. —Estos lugares son un nido de víboras —comentó Nicolás, ajustándose el sombrero con gesto de quien conoce los secretos del suelo—. Parece que no tiene riesgo por lo recto de la carretera, pero ya se han accidentado varios. El desierto no perdona errores. —Por aquí queda cerca el rancho La Campana —terció otro curioso, un ranchero de manos callosas y ojos entrecerrados—. Cada fin de semana se arma un pedo con algún trabajador. Son curvas traicioneras, y el monte se traga a los descuidados. Los comentarios se entrecruzaban como balas perdidas: "¿Vieron la voltereta? Parecía un toro enloquecido". "El pobre conductor, Dios lo tenga en su gloria". "¡Ahí viene la ambulancia!", gritó alguien al fin, y el aullido de la sirena cortó el aire como un lamento profano. Junto a los socorristas, con sus uniformes impecables y rostros impasibles, llegaron uno tras otro el agente de la policía federal de caminos y el ministerio público del fuero común, como actores tardíos en una obra ya consumada. Sergio Aristegui, suboficial de mirada afilada como un machete, escudriñó la escena con la rapidez de quien ha visto demasiados finales prematuros. Concluyó que el accidente lo había ocasionado la pinchadura de una llanta —un veredicto tan limpio como el polvo que se asentaba—. Los paramédicos, por su parte, asentaron en el informe que la muerte de Jacobo Romero se debía a un politraumatismo craneoencefálico, un término aséptico para describir cómo la vida se escurría como arena entre los dedos. El ministerio público, con la indiferencia de la rutina, determinó que no había delito que perseguir; solo otro giro caprichoso del destino. Al día siguiente, los medios de comunicación social de La Paz, Baja California Sur, escupieron la noticia como un eructo indiferente: un ganadero más había perdido la vida en un fatal accidente, un titular efímero en la crónica de un lugar donde la muerte es tan común como el cactus. Sin embargo, en el velorio, bajo el techo de palma del rancho y el humo acre de las velas que parpadeaban como ojos acusadores, los comentarios brotaron como veneno lento. En diciembre de 1995, Jacobo había sido detenido por agentes del comité antidrogas, pillado en las sombras de Cabo San Lucas vendiendo cocaína a los viciosos del puerto —sobre todo a los gringos, con sus narices ávidas y bolsillos repletos—. Pero salió libre a los pocos días, porque el asunto estaba "arreglado" con el jefe antinarcóticos, un pacto sellado en billetes y silencios. En esa ocasión, esposado aún, les había escupido a sus captores una amenaza velada: "Se lo voy a chivar a mi primo, el periodista Jacinto Romero, a quién le pertenecía la droga que se esfumó de Lomas de Baturi". Aquel suceso, apenas un mes antes, era un fantasma que rondaba las conversaciones: un cargamento desaparecido en la niebla del desierto, un robo que olía a traición interna. Un amigo de Jacinto, que había llegado al velorio con el polvo del accidente aún en las botas, se acercó al periodista en un rincón sombreado. "Entre los curiosos vi a un oaxaqueño que sangraba de la frente —le susurró, la voz baja como un secreto de confesionario—. Pero cuando llegó la ambulancia, se evaporó como humo. Nadie lo notó, o fingieron no hacerlo". Aquel detalle quedó como un eco en el aire cargado de incienso, un comentario más en la sinfonía de murmullos. Lomas de Baturi es una extensión de tierra plana que la naturaleza esculpió como una pista aérea larguísima, un secreto grabado en la región de El Carrizal, rumbo a Todos Santos, al sur de La Paz. Esa superficie lisa, besada por el sol implacable, es el altar de los narcotraficantes: un lugar donde las avionetas desde Colombia besan la tierra para reabastecerse de combustible o trocar su carga por vehículos o barcos, según el capricho de los vientos y las rutas ocultas. El sitio es un paraíso del crimen, con caminos de terracería que se ramifican como venas hacia Todos Santos, El Carrizal, los ranchos dispersos, y las carreteras que serpentean a Cabo San Lucas, La Paz o Ciudad Constitución. Mil escondrijos a elegir, un laberinto verde que infunde al traficante una confianza arrogante, el lujo de desaparecer si el cerco se cierra. Y si eso no bastara, Baturi abraza el mar: desde su punta de playa, la mercancía puede surcar olas hacia cualquier puerto de la República o del mundo, evocando los viejos refugios de las Naos de Filipinas, donde los galeones huían de piratas o cargaban agua dulce. Baturi, en suma, es un lugar único desde el alba de los tiempos, un edén torcido para los hijos de la noche. Baja California Sur, por su lejanía con el macizo continental —una isla atada por un hilo de tierra—, por su pobreza industrial y su población escasa y salpicada como gotas en el desierto, es un olvidado en los planes sexenales de desarrollo. Décadas de negligencia han cebado a los jefes de la droga, que han plantado sus reales en la entidad gracias a una vigilancia policíaca y militar tan laxa como el viento. Han expandido sus imperios porque los funcionarios soslayan el combate por carencia de recursos —económicos, humanos— o, como susurran algunos en las sombras, por pura falta de voluntad, un veneno más sutil que la cocaína misma. Dos meses después de la muerte de Jacobo, Job Higuera Blanco, otro distribuidor de cocaína con las manos manchadas de blanco, fallece en condiciones idénticas: un "accidente" que huele a pólvora y traición. Aquella coincidencia obliga a Jacinto Romero, primo del ganadero y pluma afilada en la prensa local, a indagar las sombras entrelazadas. Relaciona los hilos sueltos con lo que investigó a partir de los hechos que dieron origen a esta historia, tejiendo un tapiz de secretos que amenaza con deshilacharse en sangre.

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