Muerte por negligencia (17)
Capítulo IV
Muerte por negligencia
El aire de aquella noche de octubre de 1987 era un velo denso, impregnado del salitre del mar y del aroma a jazmín marchito que se colaba por las ventanas abiertas de la casa en la colonia Juárez. Vicente, con el rostro bañado en sudor y lágrimas, se arrodillaba junto al cuerpo inerte de Ibeth, su novia, esa mujer de ojos vivaces que horas antes había reído celebrando su flamante título de ingeniero en computación.
— ¡No, Dios mío! —gritó, su voz un eco roto en la penumbra de la recámara—. ¡Suban, por favor!
Sus manos temblorosas presionaban el pecho frío de ella, mientras su boca, en un ritual desesperado de respiración artificial, buscaba insuflar vida donde ya no quedaba. —¡No me la quites, Señor! —suplicaba entre sollozos que rasgaban el silencio, un llanto que era puro desgarro, impotencia encarnada en un hombre joven que veía desvanecerse su futuro en un instante.
La puerta se abrió de golpe. El padre de Vicente, un hombre curtido por el sol del desierto bajacaliforniano, entró con su hija, la hermana menor, pisando fuerte sobre el suelo de loseta que crujía como huesos viejos. El calor opresivo de la noche se transformó en un frío glacial que les erizó la piel, como si la muerte misma hubiera exhalado su aliento helado sobre ellos.
—¿Qué pasa, hijo? —preguntó el padre, su voz grave teñida de un temor que no quería admitir.
Vicente levantó la vista, sus ojos vidriosos perdidos en el infinito, fijándose en una pantaleta tirada junto a la cama, manchada de un rojo oscuro que gritaba verdades mudas. Aquella prenda íntima, arrugada y abandonada, parecía susurrarle al caos de su mente una respuesta cruel, un enigma que revoloteaba como mariposas negras en su cerebro.
— ¡Está muerta! —respondió, su voz un hilo quebrado, el recién egresado del Tecnológico Regional de La Paz, Baja California Sur, sintiéndose de pronto un náufrago en un mar de absurdos.
El padre palideció. —¡Pero… cómo! —balbuceó, recordando las palabras del doctor Villafuerte: “Se pondrá bien, solo es un malestar pasajero”. Su mirada se cruzó con la de su hijo, y ambos se volvieron hacia la pantaleta ensangrentada, un detalle que colgaba como una sombra acusadora en la habitación iluminada por una bombilla mortecina.
Vicente se sobrepuso al dolor como un soldado herido que se niega a caer. —Voy a avisarle al tío Eduardo —dijo, su voz firme a pesar del temblor en las piernas—. Ahorita regreso. Llamen a la ambulancia y al ministerio público.
Bajó las escaleras del segundo piso con pasos pesados, cada escalón un recordatorio de lo ingrata que era la vida. Esa noche, Ibeth le había preparado una fiesta modesta pero llena de amor: pastel casero, risas con la familia, promesas de un futuro compartido. Ahora, todo se desmoronaba como castillos de arena ante la marea.
Al llegar al domicilio de Eduardo Delgado, respiró hondo, el pecho oprimido por el peso de la noticia. “Ojalá el tío no se ponga mal con la glucosa”, pensó. “Está jodido, pero me dijo que le hablara para cualquier cosa”. El ruido de su carro ya había alertado a los moradores; el timbre resonó como un lamento en la quietud nocturna.
—¿Quién? —preguntaron desde dentro, la voz teñida de sospecha.
—Yo, Vicente. Abra, por favor.
Eduardo reconoció la voz de su sobrino político y abrió la puerta con premura. —¿Sigue mal Ibeth? —preguntó, nervioso, el rostro demacrado por la diabetes que lo carcomía.
—Tómelo con calma —avisó Vicente, tragando saliva—. Falleció.
Un escalofrío recorrió la espina dorsal del juez de lo civil, como si un viento ártico hubiera irrumpido en su sala. Se llevó la mano derecha al corazón, que latía desbocado, y buscó un sillón donde recostarse. Su esposa, alertada por el revuelo, se acercó. —No puede ser —murmuró Eduardo, hablando en forma mecánica, como un autómata—. La acabamos de dejar bien. Mi señora subió a la recámara antes de salir para acá, la vio bien, incluso platicó con ella. No hace ni media hora…
La impresión los impulsó a actuar. Salieron rumbo a la residencia de la familia Medina Hallal, en la colonia Juárez, al oeste de La Paz, donde horas antes habían departido inquietos por la repentina enfermedad de Ibeth: vómitos súbitos, fiebre, un malestar que el doctor Villafuerte había atribuido a una indigestión y tratado con inyecciones y jarabe.
Minutos después, llegaron al umbral familiar, ahora teñido de tragedia. Entraron junto a los paramédicos de la Cruz Roja, que subían los escalones a grandes zancadas, sus botas resonando como tambores fúnebres. El ministerio público ya hacía su trabajo, pero al reconocer al juez, lo llamó en privado, apartándolo en un rincón sombrío.
—¿Estaba enferma? —preguntó el agente, su tono profesional pero cargado de curiosidad malsana.
—No —respondió Eduardo, la voz entrecortada—. Esta noche se sintió mal durante la fiesta por el novio. Empezó a vomitar. El doctor Villafuerte la recetó, ordenó inyectarla, le dio jarabe. Estuvimos pendientes hasta las doce y media o una. Nos retiramos pensando que ya estaba bien.
—Tendremos que practicarle la autopsia de ley —dictaminó el agente.
— ¡No! —se oyó un grito apagado desde la recámara, un eco de dolor que perforó el aire.
El agente subió a dar fe del cadáver y los objetos en la habitación: la cama deshecha, la pantaleta ensangrentada, un frasco de jarabe a medio vaciar. Ordenó trasladar el cuerpo al hospital Juan María de Salvatierra para la necropsia.
Mientras tanto, el juez Eduardo habló por teléfono con el presidente del Tribunal Superior de Justicia, Adalberto Higuera Gaxiola, quien le indicó esperar el resultado médico forense. La maquinaria de la justicia, aceitada por influencias, ya comenzaba a girar.
A las cinco de la mañana, bajo las luces frías del anfiteatro, los médicos Francisco Aguilar Vonborstel y Sergio Carrillo Izáis iniciaron el estudio del cadáver, auxiliados por los peritos químicos Ismael Álvarez Trasviña y Yolanda Villegas. Tras un par de horas de disección meticulosa, dictaminaron: “Estrangulamiento probablemente manual”. Los químicos agregaron un detalle escalofriante: líquido seminal en la vagina, con ausencia de espermatozoides.
El procurador Ariel Cortéz Arvallo fue notificado de inmediato y, sin dilación, avisó a su amigo Adalberto Higuera Gaxiola, primo hermano del gobernador Juan Diego Gaxiola Jaques. Desde las lujosas oficinas del tribunal de alzada, se dio la línea: culpar, a como diera lugar, al novio de la occisa. Ibeth había sido secretaria en la notaría pública número uno, titularidad de Higuera Gaxiola; su muerte convenía a oscuros intereses.
Sergio Porras Hinojosa, director de la policía judicial del estado, acató con gusto la orden superior. Sus “muchachos” retuvieron con engaños al novio, al suegro y a la cuñada en oficinas separadas, disfrazadas de celdas improvisadas, paredes húmedas y olor a cigarro rancio.
—Sabes qué —le dijeron los de homicidios al recién egresado, sus rostros endurecidos por la cinismo—. Nos acabamos de enterar: tu novia murió estrangulada.
Vicente los miró fijamente, el mundo girando en un vórtice de incredulidad. —Es más —agregaron—, fue violada antes de matarla.
—Pero qué chingados —murmuró entre dientes, la ira burbujeando—. ¿Qué traen ustedes? ¿Qué pinche historia quieren inventar? —preguntó con claridad, su mente de ingeniero rechazando la lógica torcida.
—No te hagas pendejo, tú la mataste.
— ¡Pérense! ¿Qué diablos dicen? —cortó Vicente—. Mi novia fue atendida por el doctor Antonio Villafuerte. Él les puede decir qué pasó.
—Chinga a tu madre —lo interrumpieron. Uno a uno, los judiciales desalmados le suministraron suposiciones grotescas, entraban y salían como sombras en un teatro de crueldad, obedeciendo un patrón de influencia psicológica que rompía voluntades.
—Sabemos que te acostaste con ella antes de matarla.
—Tu papá también andaba tras ella; por la tarde se les vio juntos en las tiendas.
—Fue tu papá, porque no le encontraron esperma en la vagina.
—Sí, fue él. No lo defiendas. De que se muera tu abuelita a que te mueras tú, mejor que se muera tu abuelita, ¿no crees?
—En el otro privado, tu papá acaba de confesar que fue tu hermana la que la ahorcó.
—Tu hermana dice que tu papá se acostaba con ella.
—Que tú la ahogaste con la almohada.
—El licenciado Eduardo dice que tú gritaste que no le hicieran la autopsia.
Desvelado, emociones confusas como un torbellino, aturdido por el bombardeo de mentiras, José Vicente Medina Hallal fue presentado por la noche ante el agente del ministerio público del fuero común, Juan Calderón Villafán, un hombre que llegó al edificio con la indicación clara: consignarlo.
—Yo te voy a ayudar —le dijo Calderón, suavizando la voz para ganarse la confianza del atormentado pasante—. Te lo juro, como masón que soy, te libraré de estas imputaciones que dañan a tu familia. —Con sutil inteligencia, añadió—: Dices que en una de las veces que entraste a la recámara, te recostaste sin querer en el cuello de la enferma, y eso le ocasionó la asfixia y el rompimiento de la traquea.
—Pero señor —respondió Vicente, sorprendido por lo absurdo—, aún no se sabe qué le causó la muerte a Ibeth. Es más, los propios judiciales dicen que al parecer tomó veneno, o que la inyección o el jarabe estaban caducos. No se sabe ni qué fue.
—No te pases de vivo —replicó Calderón con tono altanero, el aliento apestando a alcohol—. Si no te declaras culpable, será tu papá el que cargue con la muertita.
Al no ceder, lo bajaron a las celdas húmedas y fétidas. Otro día, firmó una declaración dictada por un Calderón desvelado por el exceso de bebida. Al entrar el nuevo turno de secretarias, llamaron al encargado del aseo: la borrachera del ministerio público se había quedado en la taza del escusado, con olor a fierro, óxido y putrefacción.
Por la tarde, el aturdido Calderón firmó la consignación al juez, solicitando todo el peso de la ley contra el presunto responsable. Una vez más, con métodos maquiavélicos, la justicia obsequiaba a la sociedad un culpable inventado.
Eduardo Delgado, desde su despacho en el Tribunal Superior de Justicia, llamó al procurador Salvador Vidaurri para que no defendiera al detenido. Lo mismo hizo con otros abogados deudores de favores. La familia Medina Hallal vivía una pesadilla: el aparato judicial en contra, una aplanadora de impunidad rodando sobre ellos. Amigos que creían en la inocencia de Vicente no podían ayudar. La Procuraduría seguía el capricho de Delgado, dolido por pasiones ocultas; de Higuera Gaxiola, molesto por la muerte de su secretaria favorita; del secretario general de gobierno Daniel Sánchez Cataño; y del gobernador Juan Diego Gaxiola Jaques, ciego ante las palabras de su primo.
—No puedo creer que haya muerto estrangulada —meditaba el reo en su celda, el eco de las rejas como un coro de condenados—. ¿Quién podría perjudicarla? ¿Y por qué? Solo la mujer de Eduardo podría ser capaz… ¿Por qué murió? ¿A quién beneficia? —Una luz se encendió en su mente—. A Adalberto Higuera Gaxiola le conviene por los documentos que puso a nombre de sus familiares. Ese cabrón pudo mandar a alguien para asesinarla. ¿Se pondría de acuerdo con la magistrada Esmeralda Doring para quitarla de en medio? ¿Por qué no aparece su nombre en el expediente si estaba en la casa el día de la fiesta? ¿No sería veneno, como dijeron los judiciales? ¿O una sobredosis de cocaína? Dicen que encontraron polvo blanco en su bolso… ¿Coca o veneno?
Toda la noche planteó líneas de investigación, el sueño acechando como un ladrón, pero la conciencia lo despertaba bruscamente. Al día siguiente, recibió visita familiar.
—Papá —rogó—, ¿buscaron bien los judiciales? ¿No sería veneno lo que encontraron en la polvera, y con el medicamento la reacción fue adversa?
— ¡Espera! —cortó el padre—. Ahora que lo recuerdas, Ibeth compró un bote de veneno para ratas en la tienda La Purísima después de estar contigo en el negocio. Voy a pedirles a mis amigos de la marina que me recomienden buenos médicos legistas para revisar la autopsia. Al rato nos vemos.
Salió de la cárcel con un brillo esperanzador en los ojos, la hipótesis como un faro en la tormenta.
De la prisión estatal se dirigió a la zona naval, donde encontró a su amigo Mariano Migriño. —¡Quiubo, compadre! —saludó—. Te ando buscando como oro molido. Fíjate que mi muchacho me dio la clave: el mismo día del festejo, ella compró veneno para ratas. Ayúdame, contáctame con médicos legistas.
—Mire, compadre —respondió calmado el comandante—. Tómese un café, anda alterado. Vamos despacio, como masca la iguana. Los que te recomiendo son de la procuraduría de Guadalajara. Por lo pronto, busca el expediente.
—No pierdas tiempo —insistió el padre—. Háblales para que nos pongan en contacto. Estoy seguro: se suicidó, o quiso asustar a mi hijo y se le pasó la mano.
Convencido, el comandante llamó. Los médicos, al conocer el caso de oídas, pidieron la necropsia y resultados de laboratorio.
Otro día, Vicente Medina padre voló a Guadalajara con el expediente en mano y la fe en Dios como escudo. Del aeropuerto, directo a la Procuraduría de Justicia. —¿Dónde encuentro a la doctora Norma Leticia Valencia Gutiérrez y al doctor Guillermo Enrique Juárez López? —preguntó a un agente.
—Por aquí —señaló Norberto Gallo—. Por esa puerta a la derecha.
Los médicos estudiaban huesos humanos hallados en una zanja de Tlaquepaque. —Perdón —interrumpió la secretaria—. Los busca alguien de La Paz, Baja California Sur.
—Pásalo.
—Señores, ustedes son mi esperanza —dijo Vicente a rajatabla—. Mi hijo sufre injustamente.
—No se preocupe —respondió Norma Leticia—. Si es inocente, se lo diremos; si los estudios de La Paz son reales, también.
Guillermo Enrique y Norma Leticia analizaron la abertura de la traquea: procedimiento inadecuado, posible rompimiento de cartílagos por los forenses locales. El químico no probaba violación; los esfuerzos por vomitar explicaban los hallazgos. Concluyeron: estudios mal practicados o deliberadamente erróneos para inculpar.
—No respetaron la medicina forense —dijeron—. Ibeth no murió estrangulada; fue una intoxicación severa.
— ¡Gracias, Dios mío! —lloró Vicente—. ¿Pueden certificar?
—Claro, pero necesitamos ir a La Paz.
—Vamos, no hay tiempo que perder.
El juez de primera instancia Ismael Icaza aceptó la certificación, ante la inconformidad de Rodolfo Casanova. —Déjalo así —le confió el juez—. Carecen de validez; no fueron solicitados en autos.
La inconformidad escaló. Los médicos de Guadalajara pidieron veredictos a colegas. Macario Susano Pompeyo y Vicente Zarate Noble coincidieron: necropsia mal practicada, posibles causas sicológicas de suicidio. Francisco Javier Gaxiola Valdez agregó: no descartar intoxicación aguda como causa principal.
Los agravios de la defensa eran sólidos, pero inútiles: la orden de sentenciar venía del presidente magistrado Higuera Gaxiola.
Casanova presentó conclusiones imaginativas, separando tiempos de testigos en 30 minutos fatídicos. El día de la sentencia, la familia nerviosa recordaba al Güero Pacífico, culpable inventado en otro caso.
— ¡Culpable! —sentenció el juez—. Veinticuatro años de prisión y setecientos treinta días de salario mínimo por reparación del daño moral.
El usía se retiró. —Si quieren apelar, pueden —dijo el secretario—. Yo me retiro; tengo un careo.
—Dios mío, qué injusticia —exclamaron los Medina Hallal—. ¿No bastó el diagnóstico de cinco especialistas?
—Hay que apelar —aconsejó el abogado—. Dejémonos de lamentos.
Contrataron nuevo despacho, añadieron jurisprudencia. Higuera Gaxiola animó a magistrados recordando: el gobernador era su primo; el puesto se ganaba obedeciendo.
El tribunal ratificó la sentencia. Familiares de la fallecida conformes; la contraparte, lamentando la obediencia perruna. Amigos se alejaron. El Eco de California denunció arbitrariedades; en vano. Amparo en Mazatlán, desfavorable. Vicente quedó solo, con 24 años por delante.
Una noche, tras cuatro años, compuso en su mente: “De las lunas, la de octubre es más hermosa”. Una lágrima rodó al recordar octubre.
Esa misma noche, en una casa humilde de las calles Guillermo Prieto entre Encinas y Navarro, el humo denso del tabaco se enredaba con el aroma a café recalentado y el sudor de los jugadores. Anunciación Trementino, una mujer de rostro curtido por el sol y los años, barajaba las cartas con dedos hábiles, como quien maneja secretos en lugar de naipes. La residencia de la familia Martínez Martínez era un refugio de risas contenidas y apuestas modestas, donde la malilla —ese juego choyero de triunfos y traiciones— dictaba el ritmo de la velada.
Mientras repartía, Anunciación empezó a platicar, su voz ronca teñida de un cinismo que ocultaba compasión. Hablaba de la desgracia de un amigo de su hijo Gabriel, ese joven ingeniero atrapado en las redes de la justicia.
—Desgraciadamente, en ese asunto se manejó distribución de cocaína —dijo, dando una profunda bocanada al cigarrillo, el humo exhalado como un suspiro de verdades prohibidas—. También se dice de unos terrenos que Adalberto Higuera puso a nombre de sus hermanos.
Acomodó cuatro cartas a su izquierda, una seña sutil para que su compañero contara los triunfos transferidos, un código silencioso en medio del caos verbal.
—Ibeth se enteró de los dos asuntos —continuó, alargando el pie derecho bajo la mesa, rozando apenas la pierna del compañero en un gesto que era más advertencia que coqueteo—. Otra secretaria de la notaría le puso el dedo con el patrón.
El compañero frunció el ceño, sin captar la seña; el juego seguía su curso implacable.
—Para mí que le dieron una sobredosis con la intención de que no hablara —concluyó Anunciación, sus ojos brillando con la certeza de quien ha visto demasiadas sombras.
Rubén Martínez, el anfitrión, dejó sus cartas un momento. —Todavía se le puede conceder el indulto —dijo, optimista, barajando con más fuerza.
—No, ya no se puede hacer nada —replicó ella, otra seña fallida a su compañero por el error en las cartas, un gesto que disfrazaba frustración.
Jacinto Romero, invitado entre los jugadores, terció con voz firme, su ego picado como una espina. —Les hago una apuesta: investigo la verdad y la publico para influir en la Suprema Corte de Justicia de la Nación, una vez que promuevan algún incidente criminal.
—No creo —respondió Anunciación, ufana, apagando el cigarrillo en un cenicero abarrotado—. Abogados y médicos chingones no pudieron hacer algo a su favor. Sin ofenderte, el director de El Eco de California ya lo intentó con nulos resultados. En este asunto hay línea, y tú sabes: contra los deseos del gobernador o del presidente del Tribunal Superior, no se puede hacer nada.
—Aún así —insistió Jacinto, sintiendo el pinchazo en el orgullo—, aquí, delante de todos —señaló con el dedo índice a la mesa entera, un gesto desafiante—, les doy mi palabra: investigaré sin recibir nada a cambio. Ya me picaron. Si lo que escribo influye o no, se lo dejaremos al Creador.
— ¡Capote! —exclamó Rubén de pronto, riendo burlonamente, su voz un eco estruendoso en la sala—. ¡Por estar platicando se descuidaron, ja ja ja ja!
La malilla, ese juego socorrido entre los choyeros, premiaba al ganador con todo el pozo y el derecho a mofarse de los perdedores. El capote era la humillación suprema, un golpe de gracia en naipes.
A la semana siguiente, Jacinto Romero, reportero investigador de mirada afilada y pluma incisiva, se sumergió en el caso como un buzo en aguas turbias. Visitó al ministerio público adscrito que había conocido el expediente de primera mano. Indagó con el personal que auxilió al representante social en la escena del crimen, reviviendo el hedor a muerte en esa recámara fatídica. Se emborrachó con judiciales en cantinas oscuras, donde el tequila soltaba lenguas y confesiones a medias. Se acostumbró al expediente como a un viejo enemigo, consultando con abogados penalistas que olían a café y derrota. Empezó a armar su versión, pieza por pieza, un rompecabezas de corrupciones. En mayo de 1992, la dio a conocer en su revista Cárcel Propia, primera época, un panfleto que olía a tinta fresca y rebelión.
El ingeniero en electrónica —Vicente Medina Hallal— conoció del reportaje en la cárcel de Los Mochis, Sinaloa, un traslado pedido por él mismo para huir de los infundios que la prensa local descargaba como balas pagadas por el tío de la difunta. Decían que era un reo privilegiado, con acceso a la computadora del director del Cereso, un privilegio que solo avivaba el odio. Como en el caso de la joyería El Brillante, la prensa arreglada jugaba un papel siniestro en estas desgracias institucionales.
A los meses de la publicación, quizás por un milagro envuelto en justicia tardía, Vicente fue beneficiado por la Suprema Corte de Justicia de la Nación, que ordenó la reposición del proceso penal desde el Auto de Formal Prisión. Un rayo de luz en la oscuridad carcelaria.
Con copias de Cárcel Propia bajo el brazo, una chamarra color miel cubriéndole la mano derecha como un escudo discreto, el inculpado —por el capricho de un juez apasionado— pasó al lado de Jacinto Romero, a quien no conocía, ingresando a la cárcel de La Paz. Allí, se le daba una oportunidad a los juzgadores para enmendar su error. La llegada del Güero Desmadre, como lo apodaban sus amigos, causó malestar entre los funcionarios del Poder Judicial de Baja California Sur, ahora bajo un nuevo presidente magistrado.
Dante Prieto Navarro, gobernador en turno, invitó a su amigo Ignacio Burgoa Orihuela —el rey del amparo, un constitucionalista bohemio de verbo afilado— para presentarlo entre sus colegas y lucirse. Burgoa, dejándose querer como un gato en una alfombra persa, comentó en charla con abogados colegiados: el Güero Desmadre debería ser absuelto. De lo contrario, en amparo ganaría el pleito, y el estado pagaría de oficio el daño moral por el tiempo encerrado. Si no, acarrearían un problema social de graves consecuencias. Fue convincente, su voz un martillo en la conciencia.
Al día siguiente, el gobernador comisionó al ahora asesor Adalberto Higuera Gaxiola para influir en Vicente. A través de compinches, el exmagistrado prometió libertad a cambio de silencio: no pedir nada contra nadie, no informar al periodista Jacinto Romero. Ofreció apoyo incondicional para el amigo de El Eco de California.
Con esos acuerdos turbios, se reinició el proceso solo para llenar formalidades. A la familia Benavides Delgado le pidieron nuevos elementos probatorios de culpabilidad. Jugaron con la desgracia de la madre de Ibeth, un dolor revivido. A los médicos de Servicios Periciales les ordenaron ratificar la necropsia errónea. Otra vez, se demostró que los peritos de La Paz estaban equivocados. El ministerio público premiado, Rodolfo Casanova —por sus agravios imaginativos—, asesoró al nuevo fiscal.
Durante la reposición, Jacinto siguió publicando en El Guaycura, reclamando la inocencia de José Vicente. Especificaba la negligencia del doctor Antonio Villafuerte: recetar Primperam a una paciente vomitando veneno para chantajear al novio, causando homicidio por imprudencia —aunque no contemplado en el código penal estatal.
Otra línea: posesión de cocaína, conseguida con un amigo desconocido en taxis del sitio Salvatierra. Y la presencia de la magistrada Esmeralda Doring en la fiesta, ausente del expediente. Pretendió influir para exhumar el cadáver y determinar intoxicación por veneno o cocaína. Vano, pero apresuró la absolutoria con argumentos sólidos.
De inmediato, El Sudcaliforniano se llevó la exclusiva: “Un asesino anda suelto”, a ocho columnas en policíaca. Luego, la nada, el olvido. La sociedad no protestó; partidos callaron, pese a la inconformidad del ministerio público.
Jacinto, por su atrevido reportaje, fue amenazado de muerte por El Che Delgado —familiar de la muerta, hermano del juez de lo civil—. En las afueras del IX Ayuntamiento, junto al teléfono público, le espetó:
—Si sigues escribiendo sobre mi sobrina y mi hermano, te voy a matar a uno de tus hijos.
Jacinto, sentado en la jardinera, le puso la mejilla izquierda, desafiante. El Che tembló; el coraje y la impotencia ante el adversario —seis pies de estatura, 250 libras— le generaron pánico cerebral.
Jacinto se puso de pie: —Hazle como quieras. —Se retiró, sin aprovecharse de un hombre paniqueado.
De nueva cuenta, Jacinto demostraba la corrupción de narco-funcionarios. Todo eso recordó Adalberto Higuera Gaxiola al acompañar a Clodomiro Verdad Legaspy la tarde del 7 de febrero de 1993, día de elecciones fraudulentas. Tarde en que lo señalaron con dedo lamiscón en la casilla 186. Desde entonces, el criminal influyó en el Ringo para ordenar persecución que amenazó con minar la salud del reportero. No se doblegó; recordaba diariamente: El resistir es avanzar. Lo único que lo doblaba era ver que sus hijos no recibían lo merecido. Eso le trajo resentimiento, una fijación mental de cobrar la afrenta, aun contra su propia vida.

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