La sombra de la injusticia (9)
La sombra de la injusticia
En las entrañas de una ciudad donde el polvo y el calor se confabulan con la corrupción, el teniente Real comandaba su legión de sombras: una quintilla de policías desalmados, cada uno con un apodo que destilaba crueldad y leyenda. La Hiena Borrayo, con su risa afilada y sus conexiones en el bajo mundo de Mazatlán, era el enlace perfecto entre los narcotraficantes y los políticos de Baja California Sur. El Chacal Moldrano, curtido en los callejones de Tijuana, llevaba dos décadas traficando marihuana y cocaína hacia el norte, con la frialdad de quien ha visto demasiadas traiciones. El Deshuesador Díaz, un hombre que se jactaba de descender del mismísimo Porfirio Díaz, cargaba en su mirada el peso de una genealogía inventada y una brutalidad real. El Cerote Cota, venido de Culiacán, soñaba con ejecuciones de traidores como si fueran trofeos, mientras que el Chilango Avilés, con su pasado en un grupo paramilitar de la capital, presumía de haber aplastado revueltas estudiantiles con saña. Esta pandilla de fieras era la mano oscura del teniente para los "asuntos especiales", esos que no se mencionan en los informes oficiales.
En medio de ese lodazal de ambición y violencia, apareció el Charritas Duarte, un soplón con la lengua suelta y los ojos vidriosos por la codicia. Se pavoneaba en los círculos del teniente, asegurando que tenía el dato preciso: el Piticuy Ojeda y el Güero Pacífico eran los culpables del robo de las joyas de la joyería El Brillante. Con su voz rasposa, el Charritas insistía:
—Tengo el dato bueno, jefe. Déjeme un billete para soltarles mota y coca a esos cabrones, y los hago cantar como canarios.
El teniente, atrapado entre la presión del fiscal de la Colina —a quien todos temían y despreciaban— y la promesa de una recompensa del dueño de la joyería, no tuvo más remedio.
—Dame chance de hablar con el joyero para que suelte la lana —respondió, mientras su mente calculaba los riesgos.
Esa noche, el Charritas, con el dinero en el bolsillo y una pistola al cinto, se perdió en la zona de tolerancia, donde el neón parpadeante y el olor a licor barato marcaban el ritmo de la vida. En el cabaret El Ranchito, se encerró con la Berta, una mujer de mirada cansada que conocía los secretos de todos. Al salir, ebrio de lujuria y poder, trepó a la patrulla que le habían asignado. El motor rugió, la reversa chirrió y, en un descuido, golpeó un carro estacionado. Sin inmutarse, pisó el acelerador a fondo, levantando una nube de polvo que parecía engullir la noche. La patrulla voló por la carretera, derrapando en frenadas bruscas que dejaban marcas negras en el asfalto. El Charritas reía, borracho de adrenalina, mientras repetía la maniobra una y otra vez, como un niño jugando con un arma cargada.
La judicial Leona Winckler, con su voz firme pero cargada de hastío, reportó por radio:
—El Charritas anda como loco, dando vueltas y derrapando. Necesito apoyo para pararlo.
—¡Que lo detenga él mismo, el culero! —bramó el comandante Camilo Cruz por la frecuencia, su paciencia al límite.
—Está armado, disparando a lo pendejo —insistió la Leona.
—Okey, dile que ya vamos —cedió el comandante, aunque su tono destilaba desprecio.
Cuando el apoyo llegó, encontraron al Charritas en un estado de frenesí, con el cuerpo saturado de marihuana y cocaína. Disparaba al suelo, al aire, blandiendo una segunda pistola que nadie sabía de dónde había sacado.
—No te acerques, culero —gritó, apuntando al vacío, mientras su mano temblorosa recargaba el arma oficial.
—¡Dame los fierros! —ordenó el comandante Cruz, intentando calmarlo—. Te juro que te llevo a tu casa, estás bien pedo.
—Nel, el jefe me dijo que me traes entre ojos —balbuceó el Charritas, paranoico.
Mientras Cruz lo distraía con palabras suaves, el Chacal Moldrano se deslizó entre las sombras como una alimaña. En un movimiento rápido, golpeó al Charritas en la nuca con la cacha de su pistola. El soplón cayó como saco de papas, y cuando despertó, estaba en una celda húmeda y oscura, con el eco de sus propios gritos resonando en las paredes.
A la mañana siguiente, el teniente Real escuchó el informe con el ceño fruncido. El Charritas, aún aturdido, se defendió con una mezcla de mentiras y súplicas:
—Jefe, el pinche Camilo me quiere joder porque le voy a sacar el caso del Brillante. No andaba derrapando, ni disparando. ¡Fueron ellos! Se encabronaron porque no los saludé. ¿Cómo iba a hacerlo si traía al Piticuy conmigo? Lo estoy trabajando, jefe, pero así no voy a poder.
El teniente, convencido o simplemente cansado, apartó a Camilo Cruz del caso y lo desterró a San José del Cabo con un memorando que citaba “necesidades institucionales”. Pero la maquinaria de la injusticia ya estaba en marcha. Jorge Luis Pérez Gómez, el Güero Pacífico, fue detenido nuevamente. Esta vez, no hubo contemplaciones. En un cuarto maloliente, bajo la luz mortecina de un foco desnudo, el Chacal Moldrano y el Chilango Avilés lo torturaron sin piedad. Un palo le destrozó los esfínteres mientras le gritaban:
—Firma la confesión, cabrón, o le haremos lo mismo a tu esposa y a tu hijo. Di que mataste a la muchacha de la joyería, que el Piticuy Ojeda y su hermano Enrique fueron tus cómplices.
Entre alaridos y lágrimas, Jorge Luis, con el alma rota, memorizó las palabras que le dictaban. El Chilango, con una sonrisa sádica, agregó:
—Di que Enrique se llevó las joyas a Zacatecas y las vendió. ¡Y no se te ocurra abrir la boca de más!
Dos días después, en la enfermería del penal de La Paz, la enfermera Amelia Angulo, con el corazón encogido, solicitó una cirugía urgente para el detenido. Sus esfínteres estaban destrozados, su espíritu al borde del abismo. Pero la amenaza contra su familia lo mantenía en silencio, un silencio que pesaba más que las cadenas. En las noches, entre pesadillas, encontraba refugio en un dios al que imploraba, mientras el cariño de su esposa, su hijo y algunos desconocidos le daban un frágil ancla a la esperanza.
El proceso judicial fue una farsa orquestada. El agente del ministerio público armó un expediente impecable, respaldado por la investigación amañada de la policía judicial y los dictámenes de peritos comprados. El juez Héctor Luna, con un destello de dignidad, renunció al caso, incapaz de avalar la barbarie. Pero su reemplazo, el joven y ambicioso Fidencio Céspedes, no tuvo reparos. Con frialdad burocrática, sentenció a Jorge Luis a 28 años de prisión por homicidio y robo con violencia, mientras el Piticuy Ojeda y su hermano Enrique recibieron condenas menores.
Los testigos, Manuel Quirino y Leticia Espinosa, fueron manipulados. La víspera del reconocimiento, la policía obligó a una estilista a pintar el cabello de Jorge Luis para que se asemejara al retrato hablado. Bañado, maquillado y vestido con ropa que no era suya, fue presentado como el culpable.
—Se le parece —dijo Manuel, dubitativo, recordando al hombre que pidió una ambulancia aquel fatídico 6 de marzo de 1982.
—Se le parece mucho —añadió Leticia, confundida por sus propios recuerdos borrosos y su inestabilidad emocional.
La defensa presentó 34 testigos que juraron que Jorge Luis estaba en Cabo San Lucas, a 217 kilómetros de La Paz, trabajando como chofer de turistas el día del crimen. Incluso el comandante Camilo Cruz, al declarar, afirmó que las primeras investigaciones descartaban al acusado, pero que había sido torturado por órdenes superiores. Al salir de la audiencia, el teniente Real lo interceptó:
—Acabas de firmar tu sentencia de muerte, hijo de tu chingada madre.
Las palabras del teniente resonaron como un eco funesto. A pesar de las pruebas, la sentencia fue inapelable. Jorge Luis fue condenado, y la infamia se completó cuando lo trasladaron a otro penal, lejos de su familia. Los vecinos y compañeros de escuela de su hijo lo señalaban como el hijo de un asesino. La comunidad, envenenada por rumores, aisló a su familia.
Sin embargo, un destello de resistencia surgió en los medios. En Siempre, José Pérez Chowell denunció la injusticia con un artículo que ardía de indignación:
“Tormentos y 28 años de cárcel para un inocente. Las crueles autoridades amenazan a la familia de Pérez Gómez. Ante estos abusos, nadie puede hacer nada… ¿Y así quieren que creamos en las instituciones?”
Guillermo Ochoa, en su programa Hoy Mismo, dio voz al preso, pero el gobernador, herido en su orgullo, respondió con despidos y amenazas. La verdad, como un pájaro herido, aleteaba sin poder volar. Jorge Luis, desde su celda, cargaba el peso de una justicia torcida, mientras los verdaderos culpables seguían tejiendo su red de corrupción bajo el sol ardiente de Baja California Sur.

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