Todos contra Jacinto (11)
Todo contra Jacinto
El 5 de abril de 1993, el aire en el Palacio de Gobierno olía a intriga y papel viejo. Con la toma de posesión del nuevo gobernador, un hombre forjado en los pasillos del H. Tribunal Superior de Justicia, se desató una cacería silenciosa. El blanco: Jacinto Romero, un reportero cuya pluma afilada había incomodado a más de un poderoso. Desde las sombras del poder, el secretario general tejió un plan artero: ofrecer una jugosa suma al dueño de El Informador para que denunciara a Jacinto por falsificación de documentos, abuso de confianza y cualquier delito que pudiera inventarse. Pero la rectitud del director editorial, un hombre de principios curtidos en la tinta y el plomo, frustró la maniobra. No solo rechazó el soborno, sino que, en un gesto de lealtad, buscó a Jacinto para advertirle.
—Compa, ándate con cuidado —le susurró en el estacionamiento de Palacio, bajo la penumbra de un farol titilante—. Mi papá estuvo con el Ringo y el Malcriado. ¿Sabes qué? Aparecieron cobradas esas facturas que denunciaste como robadas ante el Ministerio Público.
Jacinto, con el ceño fruncido y el corazón acelerado, apenas pudo articular:
—¿Cómo? —Su voz era un eco de incredulidad.
—Así es, compa. Parece que las cobraron dos veces: unas en marzo, otras en abril.
—¿Pero cómo? —insistió Jacinto, atrapado en un torbellino de asombro—. Solo si las falsificaron.
—Exacto —respondió el otro, bajando la voz como si las paredes de cantera pudieran escuchar—. Eso quieren hacer creer estos cabrones para fregarte.
Jacinto se irguió, su mente disparada. —¿A ver, a ver? Cuéntame bien.
El hombre se acomodó el saco, inflando el pecho con un dejo de orgullo. —Le pregunté a mi padrino, Aristóteles Brutus Lemus, el de comunicación social, cómo diablos se cobraron dos veces las mismas facturas. Me dijo que eso se hace cuando quieren joder a alguien. Pero, compa, como te conozco y sé que no eres de su calaña, preferimos cobrarlas al doble y no seguirles el juego.
—¿Entonces las pagaron cuatro veces? —preguntó Jacinto, con una mezcla de furia y desconcierto.
—Así es.
—¿Y por qué querrán fregarme? —Jacinto se rascó la nuca, buscando en su memoria algún artículo que hubiera encendido la ira de los poderosos.
—A lo mejor fue por lo de la joyería El Brillante —sugirió el otro, justo cuando César Angulo Mayoral, director de El Liberal, se acercaba con paso firme.
Al escuchar el complot contra Jacinto, César frunció el ceño. El sueño de un nuevo proyecto editorial, donde Jacinto sería socio, se tambaleó. Una semana después, pretextando problemas financieros, César le retiró el vehículo que le había prestado para moverse entre posibles clientes. La traición, aunque disfrazada de pragmatismo, dejó un regusto amargo en el aire.
Al día siguiente, Jacinto, con el peso de la conspiración sobre los hombros, acudió al Ministerio Público. Frente al representante social, un hombre de mirada esquiva tras un escritorio cubierto de expedientes, Jacinto descargó su verdad:
—Fíjese, licenciado, las facturas que denuncié como robadas aparecieron cobradas en las finanzas del gobierno. Pero lo grave es que el Ringo y el Malcriado le ofrecieron todo al director de El Informador para que me denunciara por falsificación y abuso de confianza.
Sacó de su bolsillo una minigrabadora, un talismán de periodista curtido, y la puso sobre el escritorio. —¡Escuche! —dijo, pulsando el botón.
La voz del informante, grabada sin su conocimiento en el estacionamiento, resonó en la oficina. El licenciado, con los ojos abiertos como platos, soltó un:
—¡Ah, cabrón! Con esto podrías denunciarlos. Pero, mira, mejor habla con el director de la policía judicial. Es muy amigo del Ringo.
Jacinto salió de la procuraduría con una idea fija: acudir a la recién creada Comisión Nacional de Derechos Humanos. “Si estos cabrones quieren inventarme un delito, ¿por qué tenerles consideración?”, se preguntó, mientras el sol calcinante de la calle le quemaba la nuca. Decidió visitar a su compadre, Rigoberto Collins, un hombre de risa fácil y licor generoso. Entre tragos de tequila, la conspiración empezó a parecerle un chisme de cantina.
—Toma, compa, te va a caer bien —dijo Rigoberto, llenando otra copa.
Cuando la botella quedó vacía, el complot se desdibujó en la bruma del alcohol. Pero la claridad regresó días después, cuando Jacinto se reunió con el jefe policiaco.
—No sé si Iván Van Scot te contó lo que trama tu amigo el Ringo —dijo, desafiante.
—No, no sé de qué hablas —mintió el jefe, con una sonrisa tensa. Toda la cúpula ya sabía de la grabación desde que Jacinto salió del Ministerio Público.
—Ten, escucha —insistió Jacinto, acercándole la grabadora, aún creyendo en la máxima de Tirso de Molina: “La verdad siempre vence”. Una risa burlona asomó en los labios del jefe.
—No, eso es mentira. El licenciado no es capaz de algo así —defendió a su cómplice, para luego añadir con tono conciliador—: Mira, como amigos, te recomiendo que hagas esto: ve con el secretario privado del gobernador, Lalo Molongo. Si le cuentas, él sabrá qué hacer. Pero no le digas que yo te mandé.
Con una denuncia redactada para la Comisión Nacional de Derechos Humanos en la mano, Jacinto se presentó ante Lalo Molongo. Al anunciarse, lo pasaron de inmediato al privado del secretario, un hombre de gestos estudiados y mirada impenetrable.
—Umm, estos cabrones ya saben a qué vengo —pensó Jacinto al entrar.
—Buenos días —saludó, extendiendo las tres cuartillas de la denuncia—. Antes de enviarla, quise mostrársela para que conociera el contenido.
—Haces bien. A lo mejor es un malentendido —respondió Lalo, con la calma fingida que los manuales del PRI le habían enseñado a perfeccionar—. Déjame ver.
Al leer, sus dedos se congelaron, un tic que Jacinto conocía bien. Lo había visto antes, cuando Lalo era secretario particular del ex presidente del Tribunal, ahora gobernador. Ese gesto traicionaba su nerviosismo: o estaba metido en un lío, o su grupo político estaba en jaque.
—No creo que el licenciado Verdad haya querido hacer esto —dijo Lalo, forzando una sonrisa—. Déjame una copia para investigar. Luego te llamo.
—Okey, confío en ti —respondió Jacinto, aunque la duda le carcomía las entrañas.
Al cruzar la calle Melitón Albañez, un Grand Marquis blanco, reluciente como el poder mismo, captó su atención. En el asiento trasero, el gobernador gesticulaba al chofer para que se detuviera, pero no lo hizo. Jacinto tropezó con una piedra, y al levantar la vista, alcanzó a ver a Lalo Molongo en el vehículo, hablando con urgencia:
—No, no, vámonos —le dijo al chofer, Chachito—. Jacinto Romero es el periodista que nos exhibió como ineptos en el Tribunal por no darle las estadísticas de procesos resueltos. Y escribió lo del Güero Pacífico, ¿te acuerdas? Tuvimos que comprar todos los periódicos. ¡Que se chingue el cabrón!
El eco de esas palabras resonó en la calle, mientras Jacinto, con la grabadora en el bolsillo y la denuncia en la mano, sintió el peso de un sistema que no perdona la verdad.

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