La muerte del Periodista (14)
La muerte del periodista
Al enfilar la serpenteante carretera hacia el puerto marítimo de Pichilingue, en Baja California Sur, Inocencio Deivid Villa encendió un cigarro y, entre bocanadas de humo que se perdían en el aire salobre, comenzó a desgranar la intriga que buscaba hundir a Jacinto en el abismo. Todo giraba en torno a la muerte del corresponsal de El Heraldo de México, José Agustín Reyes Agustín, orquestada por las sombras de Clodomiro Verdad Legaspy.
—Resulta que este cabrón —exhaló una nube densa, como si expulsara veneno— nos ha jodido varios jales. A mí no, pero a los jefes los trae de los huevos. A un primo de Juan Diego casi lo denuncia por las casi cinco toneladas de cocaína que decomisaron en abril del 93, en esa bodega mugrienta detrás de Embarcaciones Díaz. —Volteó hacia el asiento trasero, donde Rulesindo masticaba un chicle con desgano—. ¿Te acuerdas, carnal?
—Claro —respondió el aludido, con voz ronca, como si el recuerdo le arañara la garganta.
—Jacinto se salvó de puro milagro porque aquellos ya habían liquidado al periodista. Dos o tres meses antes —continuó Inocencio, mientras abrían cervezas frías de un six pack comprado con el Quiyiqui, el metal helado condensando gotas en sus dedos—. Mari Carmen, la viuda del finado, se dio cuenta de que almacenaban la merca en la bodega de Adalberto Higuera Espinoza. Se lo soltó a Jacinto para que se ayudara, como pago por haberle cubierto las espaldas cuando eran compadres en El Madrugador.
—¿Es la vieja que quieren encerrar con su secretaria? —interrumpió el yanqui, Rulesindo, con su acento gringo cortante como un cuchillo.
—Sí —asintió Inocencio, y prosiguió, la voz tejiéndose en la penumbra del auto—. El Cinto es un pendejo o le faltaron huevos para investigar de quién era la coca. O lo hizo y se cagó. Lo que sé es que los jefes ordenaron desaparecerlo, pero se acobardaron cuando el agente Cornelio Cota le filtró un informe al periodista de La Extra, Pancho Sánchez: que Clodomiro Fuentes Galas había recibido órdenes del Malcriado y del Ringo para golpear y volatilizar a Jacinto Romero. Días después, Mari Carmen, desesperada porque el Cinto no movía un dedo, le contó todo a Reyes Agustín. El cabrón, sin pensarlo dos veces, le sacó cincuenta millones a Adalberto por el silencio.
—¿Pero por qué lo mataron? —insistió Rulesindo, inclinándose adelante, los ojos brillando con curiosidad malsana.
—Espérate, pinche ansias —replicó Inocencio, riendo entre dientes—. José Agustín olió más billete y voló a la Ciudad de México. Se juntó con otro reportero, pero el idiota no sabía que era cuate de John Chapa, de Juan García Ábrego y de los Arellano Félix. Les preguntó de quién era la droga. Básicamente, le puso el dedo al muerto. Ordenaron matarlo ipso facto. Para eso, Adalberto ya había enganchado al militar Armando Salas como novio de Ruth, la secretaria de Mari Carmen.
—¿Y cómo fue el homicidio? —repreguntó Rulesindo, la voz temblando de impaciencia.
—Tranquilo, carnal —dijo Inocencio, sorbiendo su cerveza—. Una noche, mientras el militar se la cogía a Ruth en las oficinas del periodista, llegó este por unos papeles olvidados. Los vio en plena faena y gritó: ¡¿Qué chingados hacen, cabrones?! Lo obvio, pero como Salas lo había retado a golpes días antes, quiso desquitarse. Con los calzones a media asta, el soldado agarró su pistola y le metió tres balazos. Para no salir por las escaleras, la parejita saltó por la ventana, cruzaron el Parque Revolución a toda prisa y acabaron en casa de Mari Carmen. Armando dejó a la novia y fue a reportar. A medianoche volvió, encontró a las mujeres hechas un ovillo de nervios, y les explicó: llevaría el cadáver a la carretera Los Planes, lo enterraría para que pareciera secuestro, y al día siguiente lo reportarían.
—Puta madre —irrumpió Rafael Stanley, con una carcajada ronca—. ¡Esto es material para guión de película, ja ja ja!
—No, espera, aquí viene lo bueno —continuó Inocencio, los ojos centelleando—. Mari Carmen se prestó a ir con el matón y Ruth; el traslado sería en el Newyorker del muerto. No le fiaron, pensaron que la vieja se lo robaría, que tanto le gustaba. El pedo ya estaba hecho; lo hubieran mandado al carajo. Sacaron el cadáver en una bolsa negra, lo metieron a la cajuela y pa'l monte. En el arroyo El Ancón, Armando lo roció de gasolina, pero solo del ombligo pa'bajo, para que pareciera crimen pasional. Le prendió fuego, luego les dijo a las viejas que se largaran, no fueran a verlas con la lumbre. Ellas mordieron el anzuelo. No notaron que solo se quemó la mitad inferior; la cara quedó intacta, reconocible. Esa era la jugada: armar el complot pasional.
—¿Y luego? —volvió Rulesindo, desesperado.
—Puta, este güey es un ansias —rió Inocencio, tragando cerveza—. Al día siguiente, para joder a Jacinto, dijeron que el arma era una .38 Súper. Sabían que Mari Carmen le había dado una .38 a Jacinto para venderla y pagar la escuela de sus chamacos. El Cinto la ofreció a los judiciales, pero Tirso sugirió rifarla para sacar más lana. Ya lo tenían empapelado, pero el fierro apareció con un hotdoguero que se la compró al comandante Escopinichi. Ahí se les cayó el teatro. Jacinto mismo aclaró el homicidio: entrevistó a dos viejas persignadas que vieron saltar al soldado con Ruth, y a un chamaco puñetero de enfrente que vio sacar el cadáver. Para calmar aguas, detuvieron a las mujeres; al soldado le dieron chance de pelarse.
—¿Y por qué no quiebran a Jacinto? —insistió el yanqui—. Un tipo así es veneno para todos.
—No, el Ringo no quiere. Le está armando un cuatro para que la familia lo deje. Usa a líderes universitarios para voltearle a la mujer, la hacen creer que es autosuficiente nombrándola secretaria de un sindicato fantasma de obreras textiles.
Como si el destino hubiera cronometrado el relato, al terminar llegaron a la palapa de Pichilingue. Saludaron con palmadas en la espalda y tomaron una mesa al borde del agua, donde la brisa marina lamía sus rostros. El sol se hundía en el horizonte, tiñendo el mar de oro y sangre, magnificando la belleza salvaje de esas playas. Pidieron una botella de Buchanan's.
—Por favor, traiga también almejas rellenas para botanear —exigió René, con voz autoritaria.
Tras unos tragos que quemaban la garganta, ordenaron langosta al termidor, camarón a la plancha y sopa de aleta de tiburón. Comían con avidez, pero hablaban de sexo y droga, sin saborear los platillos; era mero ritual, para presumir que sabían elegir lo fino. La radio del yanqui cortó sus risas cabareteras.
—Jefe, me informan que a la Cherokee accidentada le dejaron las placas. El comandante municipal ya las reportó para La Paz.
—¡Pero qué chingados! —Rafael Stanley se mesó los cabellos, furioso—. Otro error de mierda. Sáquenla ya, y chequen si ese güey terminó de enterrar el avión.
—Jefe, el director de aprehensiones del INCE se dio cuenta del operativo. Pasó por Todos Santos esta mañana, iba a San Lucas.
—¿El pinche Ricardo Cordero?
—El mismo, jefe. El visitador dice que vino por la lana, no hay bronca.
—OK, nada de nombres por radio. Nos vemos pronto. —El yanqui les hizo seña a los comensales para regresar.
En otro rincón de la ciudad, José Luis Esparza López, Álvaro Félix y Alfredo Rojo departían en un antro humeante, el dinero evaporándose como humo. Decidieron rodar por la carretera a Los Planes.
—Casi seguro los jefes están en las playas de El Sargento —indicó José Luis.
—¡Vamos! —propuso Álvaro, entusiasmado—. Ojalá vea al Tirso, me debe una.
Ya entrada la noche, merodearon cerca de las casas veraniegas de los capos políticos hasta avistar una residencia con vehículos afuera.
—Ese carro es del Tirso —señaló Alfredo—. Aquí nos hacemos piedra hasta que salga un cabrón. —El exceso de perico y alcohol los mantenía en pie, pero el sueño los acechaba—. Ya saben cómo son, no les gusta que los jodan. —José Luis se durmió primero—. Con un buen billete y un perico nos vamos con las viejas del Bachos, ¿no? —miró a sus compas, pero ya roncaban. Alfredo se recostó y cayó.
Desde una cabaña cercana, brotaron llamadas como veneno: a Tijuana, Mazatlán, La Paz —sobre todo a las oficinas de la PGR, centro del caso Bajada—. Contactos en Chula Vista, Los Ángeles, La Mesa, San Diego, y finalmente al restaurante El Molino, con César Romano y Luis Ojeda Navarro.
—Todo tranquilo —informó el Ringo, con sorna—. Pueden salir sin bronca. No está de más pedirles —añadió, irónico— que vayan con cuidado. La noche es peligrosa, hay bandidos asaltando parejitas por la carretera, ja ja ja.

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