El contactó (16)
El Contacto
En las calles polvorientas de La Paz, donde el sol del Pacífico quema como un hierro al rojo y el aire huele a salitre mezclado con el hedor de secretos podridos, Félix Crespo divisó a Jacinto Romero entre la multitud de transeúntes. Era un encuentro fortuito, como tantos en esa ciudad donde el destino teje sus hilos con la crudeza de un lazo corredizo.
—¡Qué bueno que te encuentro! —saludó Félix, con la voz ronca por el tabaco y la urgencia, extendiendo una mano callosa—. No sabes el favorzote que me harías si me pasas las fotos de la Explorer verde del Deivid, cuando la iba jalando la grúa.
Jacinto, con el rostro curtido por años de perseguir sombras en los callejones de la corrupción, lo miró extrañado, sus ojos entrecerrados como rendijas en una persiana oxidada.
—¿Para qué las quieres? —preguntó, su tono un eco de desconfianza que flotaba en el aire cargado de calor.
Félix se acercó un paso, bajando la voz hasta convertirla en un susurro conspirador, como si las paredes de las casas bajas tuvieran oídos.
—Tú sabes que los pinches militares nos traen jodidos por el pedo de Baturi. A ti no te puedo engañar: ellos creen que la Explorer del Deivid es la misma que se accidentó el día en que cayó el avión. Tú sabes que eso no es cierto. Por eso, ahorita que te vi, me acordé de las fotos. Si me las pasas, les voy a demostrar a esos putos que yo no tuve nada que ver en eso de la droga.
Jacinto se rascó la barbilla, sintiendo el roce áspero de la barba de dos días. El sol pegaba fuerte, y el sudor le perlaba la frente como gotas de traición.
—Déjame ver —respondió el reportero, su mente ya calculando ángulos, como un ajedrecista en un tablero manchado de sangre—. Se las voy a pedir a José Luis Leal Quintero. Cambió de tema con astucia felina, ofreciendo carnada por carnada: Como debes saber, ellos son los que traen el asunto del secuestro de Armando. Mintió con la fluidez de quien ha navegado mares de falsedades; los Leal Quintero, al enterarse de que los judiciales eran los narcos del estado, habían huido a Culiacán por precaución, como ratas abandonando un barco que se hunde. Si me las consigues, te va a ir bien —añadió Félix, apelando a la pobreza extrema que envolvía a Jacinto como una niebla espesa, un recordatorio cruel de la brecha entre el hambre y la ambición.
—Sólo quiero que me digas quiénes traían la Van verde metálico. ¡Es más! —añadió Jacinto, con un brillo calculador en los ojos—. Vamos al carro, ahí traigo unas fotos de la camioneta. El Grand Marquis estaba cerca, un monstruo de metal oxidado bajo el sol implacable. Estas son —dijo, enseñando el set fotográfico proporcionado por la compañía aseguradora, antes de que el vehículo fuera robado como un secreto arrancado de las entrañas.
Félix reconoció el vehículo al instante, y un escalofrío le recorrió la espina dorsal, como el roce de una navaja fría.
—Esta Van la traían unos federales de Tijuana —respondió, su voz teñida de un recuerdo vívido—. Un día estábamos en la gasolinera de Polanco cuando el Enano me hizo señas, apuntando hacia la camioneta verde metálico. Le pusimos cola, pero estos se dieron cuenta y tres cuadras más adelante se pararon. Recordaba perfectamente el episodio, el pulso acelerado, el olor a gasolina y miedo: Ahí por las calles Abasolo y Márquez de León, el chofer, con acento de chilango, nos dijo: "Somos federales de Tijuana". Luego otro cabrón que iba en el asiento trasero bajó el vidrio y nos enseñó una placa de la PGR, diciendo: "Somos compañeros". Por nuestra parte, no contestamos; nos fuimos.
—¿No eran Héctor Omega y Martín Beta?
—No sé, no los conozco. Solo te puedo decir que el chofer era así como el comandante Miguel Ángel Carrola, ¿te acuerdas? Pero con un bigotito muy chico. Al otro no lo vi; te digo que sólo sacó la charola.
—¿A esos compas no los viste después en el restaurante El Molino?
—No, no voy a ese lugar. No sé si los que tú dices van ahí. Félix pareció sincero, y Jacinto, oliendo la verdad en el aire viciado, decidió ayudarlo con las transparencias.
—Bueno, te voy a conseguir esas fotos porque me estás demostrando que no tienes nada que ver en el asunto de Baturi.
—Tú sabes —respondió el policía judicial, con una sonrisa torcida que revelaba dientes amarillos—. Uno es bandido, pero no a ese nivel. A los malandrines les bajamos una feria, pero hasta ahí nomás.
—Okey, pero ¿cómo te enteraste de que los militares andan tras los huesos de la palomilla? —preguntó Jacinto, su curiosidad un gancho afilado.
—Todos los días nos citan —respondió Félix—. Al Deivid no lo dejan en paz. Le trabajó el cerebro antes de añadir: Y así a toda la palomilla, al Auspicio Lobato.
—Ese bato está en el secuestro de Armando Leal Quintero.
—¿Cómo está ese rollo? —preguntó rápido Félix, para no caer en contradicción—. Yo no he podido agarrar la onda. Mintió para no echar de cabeza a su compañero, su lealtad un escudo oxidado.
—Auspicio fue visto en la Van el día del secuestro —dijo el reportero investigador—. Lo reconoció un compa que trabaja en McTortas, que está cerca de La Perla de La Paz... ¡Ah! De pronto recordó el vehículo en que llegó Auspicio a la cita con los federales de Tijuana. También quiero que me pases el dato de una Toyota Land Cruiser color verde oscuro.
—La trae Auspicio.
El reportero confirmó lo que ya tenía investigado, un rompecabezas encajando con un chasquido siniestro.
—Con eso tengo. Gracias. Nos vemos en la tarde para darte las fotos.
—Ponte abusado —advirtió Félix, su voz un murmullo grave—. Un familiar del periodista Felipe Méndez está metido en el secuestro, el que anduvo de madrina con los Carrola, ¿te acuerdas? No sé qué pedos, no me metas en broncas.
Jacinto no advirtió que el dicho de Félix Crespo era parte del complot, una semilla plantada en tierra fértil de paranoia. Querían que se enfrentara con su jefe en el periódico, para después utilizarlo en su contra como un peón sacrificado.
—¿Cómo? ¡Ese güey!
—Luego te digo —le cortó la reflexión Félix, para que se anidara bien en el cerebro la duda—. Se nos quedan viendo muy feo aquellos chivas —dijo, señalando a los agentes de asuntos internos, sombras acechantes en la distancia.
—Nos vemos pues... —se despidió titubeante Jacinto Romero.
El reportero se dirigió a su casa en el conjunto habitacional El Pedregal del Cortés, con la fijación en mente de la participación de un sobrino de su jefe en el secuestro. El camino era un laberinto de pensamientos turbulentos, el asfalto caliente reflejando el calor de su ira como un espejo distorsionado.
—Con razón —racionalizó, su voz un eco interno—. Los datos no me checaban; la palomilla de ese cabrón me daba información diferente. El propio Felipe me pedía que no siguiera investigando. Recordó la entrevista de su jefe con el director de la policía judicial en el restaurante Samalú, un lugar apartado donde las sombras se alargaban como dedos acusadores. ¿De qué platicaron? Hurgaba en sus métodos de inferencias, el pulso latiéndole en las sienes. ¿Por qué, si Felipe estaba enojado con Tirso, se vieron en un lugar apartado y sin que yo estuviera? ¿Por qué le regaló el Toyota? ¿Me vendió?
Al llegar a su departamento, un vecino lo sacó de sus cavilaciones, como un balde de agua fría en medio de un incendio.
—¡Hey, Jacinto! —gritó suavemente Felipe Cabrera, con una bebita en los brazos, su rostro una máscara de súplica desesperada.
—¿De qué se trata? —respondió Jacinto, confundido por el pensamiento fijo que le estorbaba en el cerebro como una espina clavada.
—Resulta que mi mujer aún no sale de la cárcel, y pos se acerca Navidad, y los niños quieren que ella esté aquí con nosotros.
—¿Tienes los papeles del terreno de Buena Vista? —preguntó ahora sí con el cerebro despejado, el instinto de supervivencia tomando el timón.
—Sí, es nomás un papel firmado por la dueña donde dice que le cede los derechos a mi esposa —respondió contento el señor Cabrera, intuyendo que había influido en el reportero, ya famoso por su don de gente en un mundo donde la bondad era un lujo peligroso.
—No le hace, a ver cómo le hacemos —añadió Jacinto—. Enseguida bajo; vengo a buscar unos documentos importantes para mi tranquilidad emocional.
—Aquí te espero para ir al Cereso —respondió jubiloso Cabrera, con la bebé en brazos mientras un segundo niño colgaba de sus piernas. El cuadro no podía ser más conmovedor en este mundo donde el bandido vive de la buena fe del honesto, un contraste cruel bajo el sol poniente.
Subió los 27 escalones que separaban la banqueta de la puerta de su departamento a grandes zancadas, el corazón latiéndole como un tambor de guerra. Sacó las llaves; la desesperación le hacía perder la verticalidad.
—Respira hondo. Calma, calma —se dijo, dándose ánimos en un susurro entrecortado.
Al fin pudo abrir. Buscó entre sus papeles el sobre que contenía las fotos tomadas el día que andaba con el Chicle y compañeros. Abrió el primero, el segundo... hasta que por fin dio con las transparencias.
—¡Estas son! —exclamó en voz alta, la voz quebrada por la emoción—. Con estas fotos podré estar en el proceso que se les sigue a estos güeyes. Ahora sí van a saber quién es Jacinto Romero. Con estas fotos me van a pagar el daño moral que me causaron con la muerte de José Agustín. ¡Pinche Ringo!, al fin te tengo, hijo de la chingada —decía con lágrimas en los ojos, calientes como lava. Todo el resentimiento que sentía afloró en forma de llanto, un torrente que lavaba años de impotencia. Todas esas noches que pasé llorando de impotencia, todas esas noches que no pude dormir por el daño que le hicieron a mis hijos y a mi esposa... ¡Me las van a pagar! ¡Al fin, Tirso Molina! Vas a caer junto con Inocencio Deivid.
Su omnubilado pensamiento le generaba visiones grandiosas: influir en los militares del estado mayor presidencial, en el procurador, en el presidente de la República. Desvariaba en un delirio febril, sin saber que todos ellos se convertirían en cómplices por seguridad nacional, un velo de silencio tejido con hilos de poder.
Luego de bajar de su departamento, acompañó al vecino con el juez de lo penal, Bernardo Lizárraga Beltrán, quien, después de reducirle la fianza a la señora, le dijo:
—Esto lo hago por ti, Jacinto. Cóbrales una feria a estos cabrones; son unos bandidazos. Ya me platicó mi secretaria: son sus familiares.
—No te preocupes; luego que Felipe Cabrera cobre su parte como socio de los camiones urbanos, me dijo que me iba a alivianar.
—No les creas, pero en fin, no cabe duda de que eres de buen corazón, porque sabes bien que no te van a pagar —se despidieron, con un apretón de manos que olía a complicidad.
Al salir del privado del juez, pasó otro amigo de Jacinto, dueño de una afianzadora, a quien le pidió de favor que aceptara el papel que amparaba un predio en la población turística de Buena Vista. Con la póliza depositada en el juzgado, la señora salió libre bajo caución. Los niños se pusieron felices, sonrientes le agradecieron a Jacinto que su mamá estuviera con ellos en la Navidad que se celebraría en dos días más, un milagro efímero en un pantano de traiciones.
Por la tarde, el reportero se presentó en las oficinas de la Policía Judicial del Estado, un edificio gris como el alma de sus ocupantes.
—¿Se encuentra Félix Crespo? —preguntó al comandante de guardia.
—Un momento —contestó este, desconfiado. Tenían órdenes de no facilitarle nada al pinche periodista, como le decían a sus espaldas. A los minutos salió Félix. Se fueron al estacionamiento, donde había parqueado su carro con las fotos a bordo, el sol ya hundiéndose en el horizonte como una bala en el mar.
—Aquí están las fotos —mencionó Jacinto, entregándole el sobre con tres fotografías—. Te las voy a regalar; lo hago por ti. Pero dile al Deivid que no soy culero, que si quisiera lo podría balconear con los hermanos de Leal Quintero. Es más —añadió, reforzando parte de sus investigaciones—, yo sé que Auspicio Lobato Memorio traía la Toyota Land Cruiser cuando se entrevistó con los secuestradores, en las calles de 16 de Septiembre y Esquerro, después de que desde la Ciudad de México habían ordenado una profunda investigación. Luego, con respecto a las transparencias: Solo te voy a pedir un favor —no lo dejó hablar—. No les digas a los militares quién te dio las fotos.
—No, cómo crees; si nomás quiero enseñárselas —respondió Félix.
—Mira, para que te alivianes, esta es la fecha en que se revelaron las fotos —le mostró el lugar del sobre donde se leía: 31 de octubre de 1995—. Con esto les pegas en la madre a cualquier investigación. Si quieres, pa' que veas, diles que Jacinto Romero te las regaló. Cuando quieras, puedo ir a declarar —añadió, con la intención de convencerlo de su buena fe—. Tengo testigos y pos la fecha del revelado no miente. Para despedirse: Dile al Deivid que quiero platicar con él pa' que vea que no le guardo rencor por lo que le hicieron a mi familia y el cuatro que me pusieron en la Comisión de Derechos Humanos.
—Se lo voy a decir —respondió el comandante del grupo de Robo de Vehículos. Luego le cambió el rumbo de la plática, defendiendo a su socio Inocencio Deivid: Luego te paso el dato del comandante de la federal de nombre Adrián, el gordo aquel, ¿te acuerdas? El que vive atrás del seguro social.
—¡Ah, sí! El gordo que a veces maneja en una moto y otras veces un Bronco color verde pistache con blanco.
—¡Ese mero! —respondió alegremente Félix, al notar que Jacinto había mordido el anzuelo en el complot en su contra—. Ese es el contacto con el sobrino del periodista Felipe Méndez.
—Ah, ya caigo. Gracias.
Al día siguiente, Inocencio Deivid y Jacinto Romero se reunieron en las afueras de la cárcel pública, un lugar donde el hedor a desesperación se mezclaba con el de orina y humo de cigarro.
—Te trae entre ojos el Ringo —informó Inocencio a rajatabla—. ¿Qué le hiciste? —preguntó, tratando de demostrar que seguía la misma amistad que hacía cuatro años, cuando Jacinto le ayudó a pasar de simple judicial a comandante de aprehensiones, publicando un reportaje a su favor en el periódico El Madrugador.
—No lo sé —respondió el reportero—. Lo único que recuerdo fue que me señalaron con el dedo índice el profesor Alfredo Carballo, el doctor Rubén González Carballo, El Toño Bianchi y El Feyuco Villazana, el día 7 de febrero de 1993, cuando Navarro Prieto perdió las elecciones, ¿te acuerdas? Estos cabrones se habían acercado como moscas al pick-up robado que traía el Ringo, después del cierre de la casilla 186. Por cierto, ese día lo acompañaba Adalberto Higuera Gaxiola.
—Pues no sé qué pedos —agregó Inocencio—. El otro día escuché que Higuera Gaxiola te iba a chingar por lo de su secretaria. Ponte abusado —advirtió—. Aquí todos somos una misma familia. Lo del pedo de Baturi ya está arreglado; gracias por las fotos, me sirvieron de mucho. Les cambiamos todo el pedo a los militares —remató—. Ellos fueron los que quedaron mal; además, el jefe ya se había arreglado en oficinas centrales —agregó bondadosamente—. En San José del Cabo tengo una Toyota; cuando quieras, vas por ella.
—Vamos a ver —respondió Jacinto, como un buen perdonavidas—. Voy a consultar con el director del periódico; ya ves que él es el bueno pa' vender los carros chocolates.
—Ja ja ja —rieron alegremente al despedirse, un eco falso en el aire enrarecido. Alcanzó a ver a Marina Valtierra junto a Pedro Juárez, periodistas que saben vivir de las migajas de los mañosos de Baja California Sur, sombras alimentándose de las sobras de un banquete envenenado.

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