La víspera (13)
La víspera
Los hermanos Leal Quintero ardían en impaciencia, ansiosos por desentrañar hasta dónde había hurgado Jacinto en las sombras del secuestro de Armando, para trazar su contraataque con precisión quirúrgica. Si el yanqui se ocultaba entre los plagiarios, invocarían la amistad de un alto funcionario de la PGR para arrastrarlo ante la justicia penal. Si solo eran los lacayos de Tirso Molina y los mañosos de Tijuana, se confirmaría que habían alzado al capitán de barco para despojarlo de su fortuna; y en tal caso, los liquidarían sin piedad. Si exclusivamente los de Tijuana habían actuado, quedaría al descubierto que venían a saldar una deuda de sangre: la gente del Güero Sol había acribillado a unos jovencitos en el canal de Tijuana por fallar en la distribución de la droga.
Para no enredarse en el pantano de los problemas, el periodista, con astucia felina, hizo llegar un manuscrito el 28 de octubre al secretario general de gobierno, a través de su secretario particular Hugo Puente. En esas páginas amarillentas, delineaba con pulso firme quiénes se enredaban en el secuestro, quiénes en el tráfico de droga, y la telaraña que unía a unos con otros. Detallaba la alianza de Auspicio Lobato Memorio con el federal de caminos Sergio Arestegui, a quien había obsequiado las tapas de las copas de la Van verde metálico, que este colocó en los rines de una camioneta negra, intercambiada luego por una Jeep modelo 1995 color verde pistache, manejada por Ariel Appel.
Los días se arrastraban como serpientes perezosas, y las demandas de los hermanos Leal Quintero apremiaban a Jacinto, quien aguardaba una señal del secretario general como un náufrago espera el horizonte. El primero de noviembre, al no recibir eco, se presentó en el despacho de Clodomiro Verdad Legaspy. Lo atendió una dama de mirada distraída que, sin sospecharlo, confirmó los temores que acechaban al reportero como fantasmas en la penumbra: ¡el secretario general de gobierno era uno de los autores intelectuales que orquestaban a los grupos criminales!
—El secretario particular del señor anda para Loreto, me dijo que lo supliera unos días; el señor secretario general tampoco va a estar aquí el fin de semana —informó la dama con voz monótona.
—Pero en su casa sí va a estar, ¿verdad? —insistió Jacinto, tejiendo su cuestionario con el hilo sutil de las inferencias.
—No, saldrá fuera de la ciudad.
—Gracias, entréguele estas fotos, por favor —extendió la mano con las transparencias del Güero Sol y de la Van verde metálico—. Dígale, por favor —añadió con un susurro conspirador—, que el federal de caminos no está en la polla, que solo le cambió la Explorer a Auspicio Lobato por la Jeep verde pistache.
—Oquei —respondió la dama, convencida de que el reportero era parte del selecto grupo de los Mastodontes—. Con gusto le haré llegar su recado.
Por la tarde, Jacinto buscó a un amigo dedicado al mantenimiento de jardines. —¡Compadre! —lo saludó como si el encuentro fuera casual—. Qué bueno que te encuentro. Hazme un favorzote: ve a la residencia del Ringo a ofertar tus servicios. Dile a la gente que te topes que el pasto tiene hongos; son más pendejos que la chingada y, por quedar bien con el jefe, te harán pasar.
—Pero esos cabrones están muy pesados.
—Mira —le dijo con el ingenio choyero que lo caracterizaba—, quiero que dejes este pajarito en el garage, donde suelen estar los guardias, o cerca de la piscina, en una de las sillas reclinables.
—¿Qué pinches broncas traes, compadre?
—Tú hazme ese jale y ya sabes: algún día te voy a regresar el favor.
—Le voy a hacer la lucha —respondió alegremente—. No porque espere que me pagues el favor, sino porque eres a toda madre con la palomilla.
En esos instantes, en el restaurante La Panga, Clodomiro Verdad Legaspy ultimaba detalles con Ramón Arellano Félix, definiendo, ante cualquier imprevisto, quién sería el enlace con los jefes de primer nivel. De allí, Ramón partió a reunirse con su compadre Tirso Molina, quien estaba con el grupo operativo. A lo lejos, el teniente de inteligencia militar Lepe Mendoza observaba cada gesto de la entrevista, como un halcón acechando en la bruma.
Los nervios devoraban a los noveles participantes choyeros como ratas en la oscuridad. —Ya quedé con el Ringo —le dijo su compadre Ramón a Tirso—. Los sucesos de la bajada serán notificados al yanqui para que este hable contigo y luego tú a nosotros.
El yanqui desconfiaba del Ringo: si surgía un incidente, este no sería tocado por ser el protegido del cártel de Tijuana. Para congraciarse, Rafael Stanley decidió participar directamente en el operativo de tierra. En esa reunión se pactó que la bajada ocurriría en Lomas de Baturi, pues el periodista Jacinto Romero ya había desvelado parte del plan, como un velo rasgado por el viento.
Más tarde, Tirso Molina citó a sus corifeos de la prensa para que anunciaran que estaría fuera de la ciudad, en un curso de capacitación en San Diego, California.
Por su parte, el Ringo se refugiaría en el rancho Jesús María, donde se hallaban los agentes de la DEA. Uno de estos, porque así tienen controlado al país como marionetas en hilos invisibles, había sido el enlace del Pentágono con la presidencia de la República en el complot que segó la vida de Luis Donaldo Colosio Murrieta.
Mientras los autores intelectuales de la media península tejían sus acuerdos en salones perfumados de traición, la escolta de la carretera San Pedro-Todos Santos devoraba carnitas al caer la tarde en el restaurante del expolicía de tránsito conocido como el Peluquín. —¿No es el Moreno Acevedo el que va en ese picap? —preguntó el Gordo Osuna a su pareja, entre bocados grasientos.
—Sí, tiene varios días pasando por la carretera; pensé que ya te habías dado cuenta, por eso no te decía nada —contestó Trinidad Rodríguez—. Ojalá no nos ponga el dedo con los militares.
—Eso ya está arreglado —respondió el Gordo con seguridad de bulldog—. No hay tos, pero de todos modos vamos a pararlo para saber a qué se dedica.
La picap Datsun modelo 1980 fue alcanzada por la Cherokee gris modelo 1989. —¡Párate! —gritaron—. ¡Bájate de la carretera! El Moreno reconoció al Gordo Osuna; de lo contrario, le habría descargado balazos con el rifle de alto poder que portaba para los imprevistos. Acarició el arma como a un viejo amigo, parqueó al borde de la cinta asfáltica.
—Hace días que te vemos pasar —dijeron—. Estás poniendo algo; dinos qué es.
—No la jueguen; estoy trabajando con el ingeniero Alcidez. ¿Ustedes saben si los llevo con él? —Los judiciales fingieron no oír el nombre del pariente del subdirector de la corporación policíaca—. Pero aparte, tú estás surtiendo a la rancherada; ya te conocemos.
—Ja ja ja —rió alegremente—. No te cuelgues —le contestó al Gordo, que había tomado las riendas de las preguntas—. Ustedes son los efectivos. ¿Por qué traen armas largas? Que yo sepa, no son federales. ¿A quién cuidan? ¿A quién están esperando?
Los judiciales prefirieron retirarse, superados por el más vivo al que querían acorralar. —Nos vemos —advirtieron—. Mucho cuidado. El Moreno optó por el silencio para no avivar controversias, pero clavó la mirada en el acompañante del Gordo, escudriñando sus facciones en busca de un conocido, sin hallarlo.
Por la noche, el Moreno se encontró con Jacinto Romero en una yarda de venta de vehículos, donde le relató el incidente bajo la luz mortecina de los faroles. —Fíjate que el pinche Gordo Osuna y otro güey tienen días recorriendo la carretera de San Pedro a Todos Santos. A mí se me figura que le están dando protección a alguien que baja avionetas en los Laureles o San Marcos, o en cualquier otro rancho. Ya ves que estos nuevos funcionarios públicos se están haciendo de ranchos como lobos en corderos.
—Estoy esperando un asunto grueso —respondió el reportero, con el pulso acelerado—. Está a punto de reventar. Creo que el Ringo, si no cayó por lo de la cocaína de la bodega atrás de Embarcaciones Díaz, con esto sí va a caer. Andan enredados la gente del Cochi Loco, los del Güero Palma, de García Ábrego y de los Arellano Félix —aclaró—. No sé dónde están bajando la coca, ya que andan por Las Cruces, Los Planes, San Pedro, como dices tú, en Todos Santos, en Jesús María; en fin, hasta en Loreto y Guerrero Negro. Más bien, creo que va a haber un pedo grande.
—Lo raro es que no se han visto los militares.
—Mejor, como dice el pariente Jacobo: más vale no saber nada.
—Oye, y ese cabrón, ¿dónde está?
—Está en San Lucas, vendiendo la droga del delegado de la PGR.
El viernes 3 de noviembre, por la noche, todos los hilos del operativo estaban atados con nudos invisibles. —Si se les atraviesa algún soplón, no duden en dispararle —ordenó el yanqui a sus más allegados, con voz que cortaba como navaja—. Tú, Deivid, dile a tus muchachos que cuentan con el apoyo de la presidencia de la República; que nadie haga otra cosa que no sea lo acordado. Nosotros vamos con los uniformes de la federal; con Ariel irán los señalados por la DEA.
—Oquei, el Abogado ya me dijo que habían llegado los del norte.
—¡Sht! —lo reconvino el comandante de la PGR—. No te metas en eso; ese jale nosotros lo controlamos.
—Yo nomás quería ser amable —respondió Deivid.
—No, déjalo así. ¡Toma! —extendió la mano con una onza de cocaína—. Pa' que le des a la palomilla; no quiero errores, no se vayan a pasar.
La familia Espinoza, ajena por completo a los murmullos que rodeaban la bajada del avión, se preparaba para la pesca furtiva de caguama en las playas de Todos Santos. Javier, el padre, acordó que su hijo mayor saliera por la mañana con los Clementones, y que el domingo iría él con el otro. Los fines de semana, traficar con los quelonios era pan comido: los vigilantes de pesca se perdían en botellas con sus familiares.
Javier Espinoza se hizo a la mar con los Clementones el sábado por la mañana, rumbo a los bajos frente a Migriño. Pescaron pargo, robalo y curbina. Con casi media tonelada de captura, regresaron a las 3 de la tarde al paraje. Depositaron la carga en cajones improvisados como cuartos fríos, la cubrieron con hielo molido y ataron una lona con soga. Se tiraron sobre las redes, donde el sueño los venció como una ola suave.
Por la noche, recorrieron la playa en busca de algún quelonio que emergiera a desovar. No tuvieron suerte. Pasada la medianoche, decidieron dormir un rato para zarpar antes del alba. —Antes de que salga el sol —dijo Clemente Ortiz—. Si nos va bien, con quebrada y pillamos una caguama de siete filos. —Haciendo planes, el sueño los atrapó en sus redes.
Mientras los pescadores caían en los brazos de Morfeo, los moradores del rancho Tierra Blanca no pegaban ojo; el desfile de carros último modelo los hacía cuchichear que algo colosal se gestaba en Lomas de Baturi. —Creo que va a caer otro avión —comentó el jefe de la familia, con voz ronca de preocupación—. Cada vez se pone más peligroso por estas tierras. De seguir así, tendremos que dejar estos parajes. Acuérdense del hijo de mi compadre Nicolás: todavía está en la cárcel por encontrarse un paquete con ese polvo blanco, cuando dijeron los de la PGR que habían tumbado a balazos la avioneta aquella. ¿Se acuerdan? —evento de 1991, eco de balas en la noche.
—Se llama cocaína, apá, no polvo blanco. ¡Oye! Hasta camiones grandes traen estos güeyes; parecen de la Conasupo. Ya ni chingan estos políticos.
A orillas de la pista clandestina, Inocencio Deivid se daba un pericazo con su escolta, el polvo blanco danzando en sus narices como nieve traicionera. —¿No se ve ningún verde? —preguntó por radio al comandante Leyva.
—Espérame, voy a preguntarle al Gordo. —Enlazó con los vigilantes de la carretera. Contestaron que el cielo estaba despejado, virgen de amenazas.
Los minutos se estiraban como goma masticada. La tensión entre los grupos era un cable a punto de romperse, pero la cocaína inhalada los mantenía en jaque, controlando explosiones nerviosas. Así esperaron hasta que, tras dos horas de agonía, se oyó: —¡Ahí viene, ahí viene!
Las lámparas de cada elemento se encendieron como ojos en la oscuridad. Un avión Carabelle II de fabricación francesa se deslizó suavemente, pero no contaron con la traición de un neumático desinflado: el lado derecho del tren de aterrizaje recargó el peso, quebrándose con un crujido ominoso. Tras minutos de deslizamiento incontrolado, la nave frenó bruscamente. El piloto y acompañantes se golpearon en la cabina como marionetas en tormenta.
—¡En la madre! —gritó el Patrón—. ¡Se pegaron en la madre los pilotos! Rápido, suban a ver qué les pasó... ¡Tengan cuidado, no se vaya a prender esa madre! Héctor Omega, Martín Beta, Ariel Appel, Sebastián Noriega, Juan Chaquira, Félix Amador, Antón Benavides e Inocencio Deivid intentaron escalar el fuselaje.
Una explosión en la cabina los obligó a retroceder, como si el infierno escupiera fuego. Esperaban que la conflagración devorara la nave entera. No fue así. Repuestos del shock y seguros de que no había llamas, subieron. —Uno de los pilotos está sangrando —informó por radio Juan Chaquira—. Aquí está otro, pero parece que no le pasó nada. —¡Ah cabrón! Aquí hay otro que parece quemado; se queja mucho... ¡Allá está otro! Se queja del pecho, tiene la mano ensangrentada. —La información fluía al yanqui, quien la retransmitía a Tirso Molina, pidiendo coordenadas para los heridos.
—Mira —respondió Tirso—, a los heridos tráetelos para La Paz; al rato te digo en qué clínica. En cuanto al avión, que lo vayan descargando. ¿No hizo mucho ruido esa madre?
—No, la explosión fue solo en la cabina.
Los pescadores, recién dormidos, despertaron bruscamente al estruendo del avión tocando tierra. Javier sacó binoculares. Alcanzó a distinguir el fuselaje hundiéndose en la pista. La madrugada era clara, y con las lámparas, todo se revelaba como en un teatro macabro. —Es un avión grandísimo; parece que va enterrando las llantas. ¡En la madre!, pegó de pico —explicaba a los Clementones—. ¡Vamos, a lo mejor necesitan ayuda!
—Mira, valecito —contestó Clemente Trasviña—. Aquí ocurren muchas cosas. ¿Tú crees que esos cabrones no tienen todo previsto? —Aseguró, volviéndose a su compadre—. ¿Verdad, tocayo?
—Sí, tocayo —respondió Clemente Ortiz—. Aquí al menos una vez por semana aterriza una avioneta.
—De acuerdo —insistió Javier—, pero no todos los días se accidentan. Además, esta no es una avioneta; es un pinche avión grandote.
—Más vale que no te metas en esos asuntos si quieres seguir vivo —sentenció Clemente Ortiz.
—¡Miren! Se ven un chingo de carros. Yo creo que les cayó la judicial y los soldados, porque se ven algunos camiones.
En el lugar del avionazo, el Abogado recibía nuevas indicaciones del yanqui. —Pasen la carga pa' los camiones. Orita estoy con ustedes pa' enterrar esa madre. Manda alguien con Leyva para que vayan buscando un operador de motoconformadora. —Luego preguntó—: ¿Con quién mandaste a los pilotos?
—Con el Félix y el Antón; llevan el radio de Inocencio para estar al tanto.
—Bien. Diles que a la entrada a la ciudad de La Paz les estará esperando un taxi, el número 34. Transbordan a los heridos; el taxista ya sabe para dónde los va a llevar. Los muchachos que le sigan de lejos hasta la clínica; de ahí se van para el lugar convenido. Ahorita voy por la desviación; en unos minutos estoy con ustedes. —En el trayecto, cambió de parecer. Llegó a Todos Santos para ayudar al comandante Kino en la búsqueda del operador. No tuvo que buscar mucho; lo encontró sobre la carretera.
—Quiubas —lo saludó—. ¿Ya encontraste al maquinista?
—No —respondió un tanto asustado por la falta de experiencia.
—Qué chingados, ¿de qué sirves pues?
—En el Ejido Plutarco Elías Calles hay un amigo que maneja esas máquinas.
—Vamos por él.
Ricardo Geraldo desayunaba frijoles refritos. En una tortilla de harina ponía un trozo de chopito, mordisqueando mientras sorbía café de talega, colado en bolsa de tela gruesa.
—Ahí es donde vive el compa —señaló la vivienda el comandante Pedro Leyva al yanqui de la PGR. Parqueó la Suburban azul marino; un perro salió moviendo la cola, pero al abrir la puerta ladró furioso.
—¡Ricardo! —gritó Pedro.
—¿Quién? —respondió desde la cocina, terminando la enésima tortilla con queso.
—Yo, el Palas. Queremos que nos hagas un jale.
—No puedo —dijo desde el umbral—. Estoy saliendo a Cabo San Lucas; en cuanto termine de desayunar, me voy.
—Hay un buen billete; te conviene —dijo el comandante. El yanqui, en voz baja, le indicó ofrecer 1000 dólares—. Quinientos dólares ahorita y quinientos al terminar. ¿Qué ondas, te animas?
—Ni por todo el dinero del mundo; ya te dije que voy a Cabo San Lucas.
—Vamos —invitó el yanqui—. Te vamos a llevar a San Lucas y así regresas más rápido.
Ricardo confiaba en su paisano Pedro Leyva. Subió a la Suburban ante los ladridos del perro. Frente a sus ojos brilló una pistola calibre 45. —¡Vas a jalar, hijo de tu chingada madre! —amenazó el comandante de la PGR.
—No, pos así sí baila mija con el señor.
—Discúlpanos, compadre, pero es un asunto de la federal. Queremos enterrar un avión porque viene atrás de este otro con cocaína; lo estamos esperando desde anoche para partirles en su madre a los narcos.
—A mí no me tienes que decir nada; mi trabajo es mi trabajo y no le pido explicaciones a nadie. ¿Cuánto dicen que me van a pagar?
—Un quinientón ahora y quinientos al terminar.
—Vamos pues. ¿Dónde tiene la máquina?
—Orita la va a traer Víctor Castillo en la cama baja.
Cuando llegaron a Lomas de Baturi, los camiones de la Conasupo salieron con la carga. —Se la llevan al rancho Jesús María; el Veintinueve y el Cinco ya saben dónde queda —ordenó el yanqui. Dirigiéndose a Juan Chaquira y a Rubén Fierro—: Ustedes les ponen cola; que vayan con ustedes solo gente nuestra. No quiero broncas; la carretera está despejada. Vayan con confianza.
A lo lejos, los Clementones suplicaban a Javier que no se expusiera. —Agarra la onda —dijo Clemente Ortiz—. Anda mucha gente y no parece que sean muy amistosos; además, nos traerían en vueltas las autoridades. —Entre dientes, a su compadre—: Y luego este cabrón trae ese aparato para tomar películas; luego, si enseña ese cine, nos van a chingar.
—Déjalo; si acaso nos llaman las autoridades, les vamos a decir que nosotros no andábamos con él.
—Pero ha estado volteando la cámara para todos lados; de seguro ya estamos en la película.
—¡Vámonos, Javier! —gritó enojado Clemente Trasviña—. Ya son las siete de la mañana y no tarda en llegar tu papá. ¿Qué le vamos a decir si no tenemos la caguama que le prometimos? —Siguió hablando solo—. Se va a enojar con nosotros. —Se acercó, tomándolo del brazo—. Estamos perdiendo el tiempo.
—¡No! Déjame. He reconocido a un cabrón que anda con los judiciales. Esta película costará una feria; siempre que hacen un decomiso, se quedan con la mayor parte. De aquí salgo de jodido.
—O muerto —sentenció Clemente Ortiz, con síntomas de desesperación—. ¡Vámonos a la chingada! ¿Tú crees que ahorita no caerán los militares? Esos cabrones espían todos los lugares, rancho por rancho. —Lo convenció—. Vámonos a pescar y así no nos encontrarán cerca del paraje.
Cuando salían los camiones con la carga blanca, llegó Víctor Castillo con un tráiler transportando una motoconformadora, conseguida por el director de Obras Públicas, Santos Martínez. En las maniobras de desembarque ayudó Ricardo Geraldo, quien luego cavó un pozo en la parte delantera del avión. Cuatro horas más tarde, lo dejaron solo.
—¡Vámonos! —invitó el yanqui—. Hay que despejarnos con unas chelas.
Ricardo se quedó perplejo. A él le habían dicho que esperaban otro avión de Colombia. Prefirió callar; la verdad irrumpió en su cerebro como un rayo. —Con razón no están los marinos y los militares —pensó—. Estos cabrones lo tenían todo arreglado.

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