Dos preliberados (7)
Capítulo II: Dos preliberados
El sol de marzo de 1982 se alzaba perezoso sobre La Paz, tiñendo de dorado las calles polvorientas y los muros descascarados de la penitenciaría. Armando Cambres González, conocido en los bajos fondos como el Cambres, había recuperado una libertad a medias en 1981, tras purgar parte de su condena por un delito común. La Ley de Normas Mínimas le había abierto las puertas de la celda, pero lo ataba aún con cadenas invisibles: cada viernes, sin falta, debía estampar su firma en el libro de control del penal, un ritual que le recordaba que su deuda con la justicia no estaba saldada.
Aquel primer viernes de marzo, en el privado de Trabajo Social, el aire olía a papel viejo y café rancio. Allí coincidió con el Charritas Duarte, otro preliberado que, como él, cargaba el peso de la vigilancia estatal. Ambos compartían la misma cuerda floja, balanceándose entre la redención y la tentación.
—Quiubo, compa —saludó el Charritas, con una sonrisa torcida que dejaba entrever unos dientes maltratados por el tiempo y el tabaco—. ¿Sigues chambeando en la Dangel’s?
—Ahí sigo, Charritas —respondió el Cambres, con un dejo de hastío—. Pero ya no aguanto al pinche negrero de don Cuasimodo Luján. Nomás me faltan dos semanas de venir a firmar esta mierda.
El Charritas cerró la puerta del privado con un golpe seco, como si quisiera sellar el mundo exterior. Se acercó, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo cómplice.
—Vente pa’ fuera, tengo un jale pa’ ti, si quieres.
El Cambres alzó una ceja, su mirada brillando con una mezcla de curiosidad y codicia.
—A ver, dime. Sabes que me gusta el jambo en grande.
—De eso se trata, mano. Es facilito.
—Órale, compa. Espero que sea cierto, porque me quiero largar pa’ Mazatlán. Allá está mi vieja… la extraño, ¿sabes?
El Charritas asintió, pero su atención ya estaba en otro lado. Señaló con un gesto rápido hacia la ventana.
—¡Mira! Ahí va el teniente Real. Le voy a pedir un raite pa’l centro. Es mi amigo. ¡Hey, teniente, un raite!
El teniente Real, un hombre de rostro curtido y ojos que parecían perforar el alma, se acercó con paso lento, su uniforme impecable contrastando con el aire desaliñado de los preliberados.
—¿Qué ondas, palomas? ¿Y ahora qué hicieron? —preguntó, con un tono que oscilaba entre la burla y la sospecha.
—Nada, mi teniente —respondió el Charritas, con una sonrisa que intentaba ser inocente—. Estoy trabajando en Importaciones Mundo, portándome bien, ya me regeneré.
El Cambres, desde el asiento trasero, añadió con rapidez:
—Ni yo, jefe. Estoy haciendo méritos pa’ que el profe Valdivia me dé chance de ir a Mazatlán a ver a mis críos.
El teniente soltó una risa seca, como si no creyera una palabra, pero los invitó a subir a la patrulla. Mientras el motor rugía y la ciudad comenzaba a desplegarse ante ellos, el oficial comentó, casi al descuido:
—¿No saben quién llegó de fuera? Nos están pegando en el centro. Justo estoy en unos cursos de actualización con la palomilla.
El Charritas y el Cambres intercambiaron una mirada fugaz, pero ambos negaron con vehemencia, como si la sola idea de estar al tanto de los chismes del bajo mundo los ofendiera. La patrulla los dejó en la esquina de Independencia y Serdán, donde el bullicio del centro los envolvió como un manto. Agradecieron al unísono al teniente y, apenas la patrulla se alejó, caminaron por la acera de Independencia, el aire cargado con el aroma de tortillas fritas y el murmullo de los transeúntes.
El plan comenzó a tomar forma mientras doblaban hacia la calle Revolución, donde la joyería El Brillante relucía bajo el sol como un anzuelo dorado. El Charritas, con la astucia de un lobo, señaló la entrada.
—Esa es, compa. La joyería. Los dueños llegan temprano, abren, y dejan sola a la muchacha. Es pan comido.
El Cambres asintió, sus ojos recorriendo la calle en bajada, donde el trajín de las tiendas —Tío Sam, Tacos DF, Mary Store— contrastaba con la quietud sospechosa de El Brillante. Entraron a la bodega de Importaciones Mundo, donde el contador Edmundo Escopinichi los recibió con un cigarrillo en la mano, su aliento traicionando un trago mañanero de tequila.
—Qué bueno que llegaste, Charritas —dijo Edmundo, con una voz que intentaba sonar autoritaria—. Te encargo unos minutos, voy con el jefe.
Los dos amigos se quedaron en la acera, observando el ir y venir de la calle como depredadores estudiando a su presa. El Charritas entró un momento por un vaso de agua, más para justificar su presencia que por sed. Desde allí, la joyería parecía un oasis de calma en medio del caos comercial.
—Vente mañana temprano —propuso el Charritas, con un brillo calculador en los ojos—. Desde la plaza vemos los movimientos. Los dueños llegan, abren, y se van. La muchacha se queda sola.
—Suena fácil —respondió el Cambres, aunque una sombra de duda cruzó su rostro—. Esta semana me dan el permiso pa’ Mazatlán. Necesito el boleto de avión, y luego nos aventamos el jale.
Caminaron por Revolución hasta Reforma, y de ahí a Serdán. El Cambres se detuvo en la esquina.
—Espérame aquí —le dijo al Charritas—. Necesitamos un carro pa’ que me dejes en el aeropuerto después del jambo.
—No te apures. El Chico Hirales me va a prestar uno que están pintando.
—Y un socio más, pa’ que nos eche aguas mientras tú estás en el carro.
—Le dije al Güero Pacífico, pero se rajó. No te preocupes, ya saldrá alguien.
El 8 de marzo, el plan ya estaba en marcha. Bajo un cielo plomizo, el Charritas esperaba al Cambres en un Ford destartalado que había conseguido prestado con su compadre José Francisco Hirales. En el asiento trasero, un tercer hombre, el “socio” que echaría aguas, fumaba nervioso, sus ojos saltando de un lado a otro. Armando subió al auto, y el motor gruñó mientras tomaban la avenida Belisario Domínguez, luego Constitución, hasta estacionarse bajo la sombra de un frondoso árbol de la india.
—¿Quieres un toque? —ofreció el Charritas, sacando un cigarrillo liado con marihuana.
—Claro, compa —respondió el Cambres, con una sonrisa que no ocultaba su nerviosismo—. Un mañanero siempre me pone tranquilo.
El Charritas lo miró de reojo, como si midiera sus palabras.
—Sabes qué, compa. Cambio de planes. Este bato —señaló al hombre en el asiento trasero— se va a aventar el jale. Tú te quedas de poste, echando aguas.
—¿Y esa onda? —preguntó el Cambres, su voz teñida de inquietud.
—Cosas que pasan —replicó el Charritas, cortante—. No la hagas de pedo. Te damos tu parte pa’ que te vayas tranquis a Mazatlán. Solo préstale el boleto de avión al compa pa’ que haga el paro.
El Cambres apretó los labios, pero asintió.
—Órale, soy macizo. Ni modo.
El cómplice pidió más marihuana, y tras una ronda rápida, el Ford enfiló hacia Revolución. El semáforo en la calle 5 de Mayo les dio luz verde, y un policía motorizado, conocido como el Tío, los vio pasar sin sospechar nada. Estacionaron en la esquina con Independencia, donde un taxista reconoció al Charritas.
—¿Qué ondas, compa? ¿No traes nada?
—Nomás pregunta, vale —respondió el Charritas, señalando a sus amigos con una risa—. Traigo de la que hizo toser al diablo.
Los amigos rieron, pero la tensión flotaba en el aire como un humo denso. Los dueños de El Brillante llegaron con la empleada, una muchacha de voz dulce y movimientos confiados. Minutos después, se marcharon, dejando la joyería en una calma engañosa.
—Llegó la hora, compa —dijo el Charritas, con un tono que no admitía réplicas—. Te espero en la farmacia de Seberiano, como quedamos. Tú —miró al Cambres—, te quedas enfrente, echando aguas.
—Ya sé, compa —respondió Armando, con un dejo de amargura.
El ladrón, un hombre de mirada fría y manos rápidas, bajó del auto y cruzó hacia Mary Store, perdiéndose en la acera hasta llegar a la puerta de la joyería.
—Buenos días —saludó, con una calma que desmentía la tormenta en su interior.
—Buenos días —respondió la empleada, su voz como un canto suave—. ¿En qué le puedo ayudar?
—Voy de viaje —explicó, mostrando el boleto de avión con un gesto ensayado—. Quiero unas alhajas pa’ mi esposa y mis críos. Y, quién sabe, unas más pa’ revender y sacar lo del pasaje.
La muchacha, confiada, desplegó un arsenal de joyas: aretes que brillaban como estrellas, cadenas que parecían susurrar promesas, anillos que capturaban la luz. El ladrón seleccionó una esclava para dama, dos anillos para niña, un corazoncito con cadena, un reloj para caballero, una medalla y tres diamantes que relucían como fragmentos de un sueño. Pidió un descuento, estudiando cada movimiento de la empleada con la precisión de un halcón.
Ella se giró para hablar por teléfono con su hermana, quien autorizaba las rebajas. En ese instante, el ladrón sacó una pistola de entre sus ropas, su mano firme a pesar del pulso acelerado por la marihuana. La tomó por la espalda, su voz convertida en un gruñido.
—¡Abre las otras vitrinas!
Temblando, la mujer obedeció, abriendo la vitrina donde reposaban las joyas de mayor valor. Intentó resistirse, pero el ladrón, robusto y drogado, la empujó contra el mostrador. El vidrio cedió bajo su peso con un estruendo que resonó en la calle. Un fragmento afilado se clavó en el vientre de la empleada, que dejó escapar un quejido antes de desplomarse, su vestido tiñéndose de un rojo alarmante.
El ladrón, con el corazón latiéndole en los oídos, recogió lo que pudo en una bolsa de banco que llevaba oculta. Al alcanzar la puerta, vio a la muchacha intentar sacarse el vidrio, su rostro pálido por el dolor. Corrió hacia la calle Revolución, donde un hombre desayunando huevos con machaca en Tío Sam pidió una ambulancia al escuchar el alboroto.
Más abajo, una mujer, Alicia González, paseaba de la mano con su hija cuando el ladrón, con su camisa color arena y cabello gris, pasó corriendo y pisó el pie de la niña. El llanto de la pequeña cortó el aire.
—No llores —le dijo Alicia, con una mezcla de enojo y ternura—. Es un cochino borracho.
Pero la fisonomía del hombre quedó grabada en su memoria. Días después, al contarle el incidente a su padre, Arturo González, este le advirtió que no lo mencionara. “Podrías meterte en problemas con los bandidos”, le dijo.
El ladrón alcanzó el Ford, jadeando.
—Me aventé el jale limpio —dijo, subiendo al auto—. ¡Pícale! Parece que la muchacha se cortó con un vidrio cuando la empujé.
El Charritas aceleró hasta Independencia, donde el Cambres los esperaba, nervioso. Le extendió un cigarrillo de marihuana.
—Toma, dale un jalón.
—Oí un puto ruido, ¿qué pasó? —preguntó Armando, con los ojos entrecerrados.
—Nada, compa —respondió el ladrón, seco—. Ten tu boleto. No preguntes nada, jálate con la mota pa’ que vayas bien hecho en el avión.
Las risas estallaron, nerviosas, mientras el Ford se perdía en las calles de La Paz, dejando tras de sí el eco de un robo que, aunque planeado como “facilito”, había teñido de sangre la mañana.

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