Por fin libre (10)

El reconocimiento en la penumbra En el polvoriento verano de 1991, las páginas de El Sudcaliforniano se llenaron de tinta y reconocimiento. Era el Día de la Libertad de Expresión, y entre las columnas del periódico, un colega exaltó la pluma incisiva de Jacinto Romero: “Por su forma distinta de tratar la nota roja, es un buen investigador”, sentenció la nota, como si las palabras pudieran capturar el alma de un hombre que husmeaba en las sombras de la verdad. Aquel mismo año, frente a la mirada escrutadora del comandante de homicidios, José Antonio Nieto, y el jefe de la policía preventiva, José Zavala Álvarez, un locutor de Canal 10 dejó caer, casi sin querer, un elogio que resonó como un desafío: Jacinto Romero no era solo un reportero, era un sabueso de la verdad. El eco de esas palabras no se desvaneció. Por el contrario, se enraizó en Jacinto, alimentando una obsesión que había nacido nueve años antes, el 6 de marzo de 1982, cuando la joyería El Brillante se convirtió en el epicentro de un misterio que aún palpitaba en las calles de La Paz. Ese año, Camilo Cruz, un hombre marcado por el exilio forzado tras los oscuros eventos de aquel robo, regresó como un espectro del pasado. Su retorno fue el chispazo que encendió en Jacinto el propósito de desentrañar los hilos de aquella historia. Los anaqueles de la verdad Cada amanecer, antes de que el sol abrasador de Baja California Sur lamiera las calles, Jacinto se sumergía en el Archivo Histórico. Allí, entre el crujir de los anaqueles polvorientos y el aroma a papel añejo, revolvía expedientes criminales como quien busca un tesoro enterrado. Pero no fue en los legajos oficiales donde halló las primeras pistas, sino en las páginas amarillentas de La Extra, El Sudcaliforniano, El Tiempo y La Voz del Sur. En esas crónicas olvidadas, entre titulares sensacionalistas y relatos fragmentados, encontró el hilo conductor de un caso que se resistía a ser olvidado. En una yarda de compraventa de automóviles, donde el olor a gasolina y óxido impregnaba el aire, Jacinto conoció a Fano Osuna, un taxista del sitio Triángulo Verde. Con la voz curtida por años al volante, Fano le confió retazos de lo que sabía, como quien entrega un mapa incompleto. En ese mismo lugar, el contador Edmundo Escopinichi, con la mirada cargada de recuerdos, añadió su propia pieza al rompecabezas. Cada conversación era un paso más hacia la verdad, pero también un riesgo mayor en un mundo donde los secretos pesaban como cadenas. Los murmullos de la justicia Con las versiones del taxista, del excontador de Importaciones Mundo, del comandante Camilo Cruz y las pistas de los periódicos, Jacinto se presentó ante los jefes de la policía judicial del estado. Estos, con cierta reticencia, lo conectaron con dos agentes que conocían el caso de primera mano: el Borrayo y Fernando Cota. Bajo la mirada atenta de la Leona Winckler, testigo silenciosa de la escena, los judiciales “soltaron la sopa”, como diría ella, sin necesidad de los métodos rudos que solían emplear. Sus palabras, dichas con la cautela de quien sabe más de lo que confiesa, apuntaron hacia un secreto a voces: el hijo del gobernador era el verdadero culpable. Jacinto no se conformó. Buscó a Arturo Borrego Ulloa, su antiguo compañero de redacción, cuyo lápiz había trazado más que caricaturas; su relato añadió sombras al cuadro. Luego, en los pasillos de los servicios periciales, los peritos, con la voz baja y la mirada esquiva, le confesaron que el detenido no era el delincuente. Por órdenes superiores, habían manipulado las pruebas para sostener una verdad fabricada. El subdirector de la corporación investigadora lo confirmó: el “júnior” era el tercer hombre, el cómplice del Charritas y del Cambres. El candado en la celda El jefe de custodios le entregó la última llave. En una celda de la cárcel de La Paz, Jacinto y él confrontaron a Armando Cambres González, quien purgaba una condena menor por robar una motocicleta a un canadiense que traficaba cocaína en San José del Cabo. La conversación, cargada de tensión, fue un juego de verdades a medias. Cinco días después, como si las paredes de la prisión hubiesen escuchado demasiado, Cambres salió libre bajo el pretexto de un “beneficio legal”. Más tarde se supo que su hermano, un empleado de la PGR, había movido los hilos para silenciar la investigación que Jacinto había destapado. La crónica que ardió En junio de 1992, las prensas de El Guaycura escupieron la crónica que Jacinto había tejido con sudor y audacia. El tiraje se agotó en horas, como si la ciudad entera clamara por la verdad. Pero la secretaria, en un descuido que olía a complicidad, no guardó ejemplares para el archivo. Entre los reporteros corrió el rumor de que Dante Navarro Prieto, entonces candidato a la gubernatura, había comprado cada copia para enterrar la historia que amenazaba su campaña. Seis meses después, Navarro perdió las elecciones, aunque un pacto entre el presidente de la República y los líderes del PAN torció el destino electoral. Las sombras que no mueren El tiempo trajo noticias amargas. Desde Tijuana llegó el rumor de que el Charritas Duarte había sido asesinado en la zona de tolerancia de Coahuila, y de Mazatlán se dijo que Cambres había caído en un enfrentamiento entre policías y delincuentes. Pero Jacinto, con su olfato de sabueso, descubrió que eran cortinas de humo. Cambres estaba vivo, preso en Veracruz por traficar dos kilos de cocaína. El Charritas, por su parte, había muerto en una riña callejera, no en un operativo heroico. La verdad, como siempre, era más prosaica que el mito. Aun con las pruebas en la mano, el caso no se reabrió. La clase política, herida en su orgullo, desató una cacería contra Jacinto. Lalo Molongo, Clodomiro Verdad Legaspy y Raúl Alberto Legaspy Borbón se convirtieron en los perros de presa que lo hostigaban. El teniente Lamentación Real, con la arrogancia de quien se cree intocable, juró acabar con el periodista. Pero el gobernador, con un susurro de prudencia o temor, le ordenó detenerse: Jacinto ya sabía demasiado. La libertad al final del camino Meses después, Jorge Luis Pérez Gómez, el hombre señalado injustamente, salió libre. Hoy vive en paz, abrazado por su familia, mientras las calles de La Paz guardan en silencio los ecos de una verdad que Jacinto Romero, con su pluma y su valentía, logró desenterrar. La crónica de 1992 no solo liberó a un hombre, sino que dejó una cicatriz imborrable en la memoria de una ciudad que aprendió a mirar con desconfianza a quienes ostentan el poder.

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