Preparativos en Baturi (12)

Capítulo III Preparativos en Baturi La noche se había tragado La Paz como un manto de brea espesa, y el viento salobre del desierto susurraba secretos entre las ruinas de la ex pista aérea, ahora un baldío olvidado donde las sombras jugaban a ser fantasmas. El Chicle Hirales irrumpió en la penumbra, blandiendo un paquete de cocaína como un estandarte de promesas rotas, hasta detenerse junto al Grand Marquis de Jacinto, ese coloso americano que ronroneaba como un felino herido. "¡Pónganse abusados, carnales! —gruñó con la urgencia de quien negocia con demonios—. Dice la doña que si le hacemos un paro, nos regala una línea pa' volar." En el asiento trasero, el Aceituna se removió como un náufrago en su balsa, el sudor perlando su frente bajo la luz mortecina de un farol lejano. "No, no vámonos —cortó Jacinto, su voz un ancla en la deriva—. Es bronca de ella, no tenemos por qué meternos en asuntos ajenos. Que se las arregle con sus propios diablos." El motor rugió a vida, y el Marquis rodó sobre el asfalto agrietado de la pista, devorando la oscuridad hasta toparse con el palenque de gallos: un improvisado coliseo de apuestas y sangre, erigido en los días de carnaval panista —así lo bautizaron en burla al Ayuntamiento, entonces en manos del Partido Acción Nacional, con sus promesas blancas como yucas blanqueadas—. Al doblar hacia la avenida J. Múgica, Jacinto soltó el hilo de una anécdota que se enredó en el aire viciado del coche: "La última noche de palenque, dejé al Temo y al Grillo con los hijos del dueño. Esa misma velada secuestraron a uno de los chamacos de Raúl Olachea. Los plagiarios —entre ellos ese hijo de perra, José Luis Esperanza Ricart— pidieron veinte millones de pesos, limpios como lágrimas de víbora. El trueque fue un susurro en la niebla: el dinero lo depositaron al día siguiente en El Molinito, ese monumento raquítico a la salida de la carretera a Pichilingue, donde el mar lame las rocas como un ladrón insaciable." Entre las sombras que se alargaban como dedos acusadores, se recortaron siluetas: el Cóndor Real, con su porte de águila herida, y Palas Leyva, un espectro de trajes baratos y ojos hundidos en pozos de cinismo. "¡Uta madre! —interrumpió el Chicle, su risa un graznido nervioso—. Contigo no se puede, cabrón. Conoces un chingo de mugres donde andan metidos los judiciales. ¿No te cae bronca con ellos?" "No todos los judiciales son ratas de alcantarilla —replicó Jacinto, el volante firme en sus manos callosas—. La mayoría se traga el veneno de lo que saben porque el hambre aprieta más que las esposas. Algunos jefecillos le han advertido a la palomilla que no suelten prenda conmigo, pero les vale verga. Hablan porque el silencio es un lujo de cobardes." Cortó la charla como un cuchillo romo, virando hacia el bar California, ese tugurio de neón parpadeante donde las almas perdidas se ahogaban en cerveza y remordimientos. Un pericazo en el estacionamiento —ese ritual de maniobras torpes bajo la luna indiferente— y ya estaban adentro, saboreando la cerveza helada que goteaba como rocío de olvido sobre las mesas pegajosas. El aire olía a humo rancio y perfume barato, un cóctel que ahogaba los suspiros. Al fondo, el jefe de custodios de la cárcel pública reía con sus compinches, una jauría de uniformes raídos y miradas torvas. Un organista aporreado intentaba domar el ambiente con acordes que sonaban a lamento de gato callejero, pero el bullicio lo devoraba todo. La Madona —así la llamaban, con esa devoción pagana por la reina de las meseras— se acercó serpenteando entre las mesas, su falda ceñida como una segunda piel. "¡Qué milagrooo! —canturreó con esa tonadilla lasciva de las damas del oficio, un eco de burdeles olvidados—. ¿Y tú, Jacinto, con estos cabrones? Algo se traen entre manos, no por mansos andan orejanos, con esas caras de coyotes en celo." "¿Qué pasó, Mam? —terció el Chicle, guiñando un ojo como quien negocia un alma—. Jacinto nos invitó unas ballenas como amigos, le vamos a tocar el día de su santo. Pura fraternidad de la calle." El salón exudaba un frío indescriptible, como si las paredes transpiraran el aliento helado de traiciones pasadas. "No te creas esa pendejada —replicó la Madona, su sonrisa un filo envuelto en miel—. Es vacilada de estos pillos." Se sentaron en sillas de lámina que mordieron sus traseros como hielo forjado, y el sexoservicio se materializó en un parpadeo: tres mujeres con ojos de sirenas ahogadas, sentándose a horcajadas sobre las rodillas de los hombres. La Madona le hizo una seña discreta a Jessy, un gesto que era orden y complicidad: "Invítalo a la cama, nena. Hazlo volar." Tras un intercambio de palabras que flotaban como humo de cigarro, Jessy se inclinó hacia Jacinto, su aliento cálido contra su oreja. "Eres a toda madre —murmuró, sus dedos trazando senderos invisibles en su brazo—. La Mam dice que te trate bien, como a un rey." "Pensé que era por iniciativa propia —replicó él, acariciándole la mejilla con la ternura de quien toca un fuego prohibido." "Tú sabes —susurró ella, deslizando la mano por su entrepierna como una caricia de serpiente—. Aquí se hace lo que la jefa ordena, pero en esta ocasión... me gusta de verdad. Eres diferente, no como los otros buitres." "¿No te has enterado de asuntos jugosos en estos últimos días? —cambió él el rumbo, aprovechando esa grieta de confianza que abre la primera impresión, como un ladrón en la penumbra." "No, yo no —negó rápido, sus ojos un velo de precaución—. Pero la jefa a lo mejor. Casi no vengo por aquí; estoy en el Hotel Marina, limpiando los pecados de los ricos." "Ahí se ven cosas, ¿verdad? Cosas que queman la lengua." Insistió, su voz un anzuelo en aguas turbias. "Con decirte que, a los días de que chingaron al cardenal Posadas Ocampo —confesó con mayor fluidez, como si el vino desatara nudos—, en uno de los cuartos se escondió un matón de los suyos. Decían que era Mike Tyson, ja ja ja, y que no nos asomáramos porque era bien culiao, que había violado a una negra que iba pa' Miss Universo." "Más bien la dejó de ser miss, ja ja ja." Rieron bajo, un eco de complicidad frágil. "Órale, vengo en un rato —le susurró el Chicle al oído de Jacinto, como un conspirador en las catacumbas—. Voy a hacerle un paro a la jefa; quiere un poco de perico pa' endulzar la noche." "Mucho ojo con los chotas —advirtió ella, su mano un lazo en su muñeca—. Ya ves cómo son, lobos con placa. Te tragan entero." "No te apures —la calmó Jacinto, entregándole la llave del auto al levantarse para el mingitorio—. Con un gallo jalan parejo." En el baño, el hedor a orines y desinfectante lo golpeó como un puñetazo. Sintió una presencia a sus espaldas: "Hola, es muy peligroso quedarse solo —ronroneó José Carballo, su aliento alcohólico un sudario—. Yo siempre ando con mis muchachos, como un rey con su corte." "¿Quiubo, cabrón? —giró Jacinto, fingiendo despreocupación—. Hace rato que te estamos camelando. El Chicle salió por la palomilla." El jefe de custodios olió la trampa, su instinto de sabueso olfateando la fama de maldito del reportero. "Ya me dijeron que te gustan los trompos cuando andas pedo." "No, no, no —se escabulló Jacinto, el pulso un tambor de guerra—. Estoy pasando un rato a gusto. Ahí nos vemos." Salió sin orinar, el alivio un bálsamo amargo. La impaciencia tallaba surcos en el rostro de Jacinto cuando asomó la cabeza el Chicle, sus ojos brillando como carbones. "Qué ondas —dijo con fingida laxitud, acercándose a la mesa—. Nos quedamos afuera; la Madona se está dando una polveada con un cliente." Bajó la voz a un susurro conspirador: "¡Fíjate que tiene data de la Van y sus tripulantes! Pura dinamita." "¡Dile que venga! —apuró Jacinto, el corazón un martillo—. Esos cabrones custodios me quisieron acorralar en el baño. Les salió el tiro por la culata, ja ja. A José Carballo le solté que habías ido por la palomilla." Su risita era más de pánico disfrazado que de valentía, un velo sobre la angustia de haber quedado solo con el Aceituna, ese cobarde que se derretía ante el primer trueno. Al terminar de hablar, irrumpió la Madona, su presencia un torbellino de perfume y secretos. "¡Oye! —bajó la voz a un hilo, como quien confiesa en un confesionario sucio—. Me dijo el Chicle que andabas husmeando sobre unos batos en una Van verde metálico. Aquí estuvieron, pero mejor platicamos mañana en mi casa del ejido Chametla. Voy a armar una carne asada; es mi cumpleaños. Trae hambre y orejas abiertas." "Oquey, pero esta noche cena pancho —aceptó él, un pacto sellado en humo." "No te apures —rió ella—. Ya le dije a Jessy que fuera contigo. Nos vemos, porque ese güey de Carballo nos clava la mirada como un puñal." A las dos de la madrugada, Jacinto salió del brazo de Jessy, sin despedirse de la Madona para no despertar serpientes entre los compinches del custodio. Fue en vano: uno de ellos se descolgó tras la pareja como una sombra pegajosa. Sin que lo notaran, el Chicle y el Aceituna lo arrinconaron en un reservado, donde un gancho certero en la barbilla lo mandó al limbo de los sueños rotos. Jacinto lo olió en el aire cargado y esperó afuera, el pulso un río desbocado. "¡Vámonos! —apuró el Chicle, jadeante—. Descontamos a un güey que te seguía como perro rabioso." "Me di cuenta; ya lo esperaba —replicó Jacinto, sacando de la chamarra una pistola calibre .25, ese talismán de metal frío que cargaba como un rosario profano." Subieron al Marquis riendo, un coro de hienas en la noche, y minutos después se despidieron en la casa del Chicle, un cuchitril de paredes descascaradas. "Nos vemos mañana pa' ir al sitio donde chamuscaron la Van —dijo Jacinto, la voz un lazo tendido." "¡Ah sí, de verdad! —balbuceó el Chicle, el ventajoso músico con resaca en potencia—. Déjanos pa' la cruda, ¿no?" "Toma, con un tostón se hace mientras llego." Le alargó un billete de cincuenta, arrugado como un secreto, y dio vuelta en U por la calle Márquez de León. Al llegar al bulevar Padre Kino, dobló izquierda hacia la avenida 5 de Febrero, donde la mano de Jessy ya serpenteaba por su pierna, un fuego lento que avivaba la sangre. Para cuando encararon la calle Abasolo, sus dedos ya exploraban los vellos del pecho de Jacinto, un mapa de cicatrices y anhelos. Tomaron la carretera transpeninsular, devorando kilómetros hasta la meta de los pilotos de Off Road —las Mil Millas, esas carreras de polvo y locura—, y doblaron izquierda al portón del Hotel Desert Inn, un oasis de neón en el erial. "Deme un cuarto —pidió Jacinto al administrador nocturno, un buitre de turno con ojos somnolientos." "Pásale al ocho —gruñó el hombre, embolsándose la paga como un ladrón discreto." En el baño, Jessy —experta en los ritos del cuerpo— llamó a su compañero con voz de miel envenenada: "Mi amorrr —deslizó el arrullo para avivar la llama—. ¿Quieres venir a restregarme la espalda?" Sus tetas exuberantes aguardaban erguidas, la piel erizada como cuero de gallina bajo la ducha tibia. Se besaron en la boca, lenguas danzando un tango salvaje, manos deslizándose por curvas y planos como cartógrafos ciegos. De allí a la cama, un altar de sábanas revueltas. La dama se llevó una sorpresa: su amante la elevó al éxtasis con sexo oral, un bálsamo de lengua que la desarmó. "Papacito, eres fenomenal —jadeó, el cuerpo un arco tenso—. Me has hecho terminar dos veces... Quiero que te subas... por favor." La penetró lentamente, un vaivén que la llevó por senderos ignotos: ora en el cielo de nubes algodonosas, ora en el limbo de vértigos sin fondo. El clímax la engulló como un pozo negro: "¡Aggh! —despertó bruscamente, el sudor perlando su frente—. Papi, qué feo sentí... Parecía que me tragaba la tierra, que caía a un abismo sin luz." Se inclinó al buró por un cigarrillo, dos caladas profundas antes de pasárselo: "Fíjate que la Madona salió con los cuates de la Van verde. Llegaron una noche buscando al Palas Leyva; después de platicar, se fueron a comprar coca. Pura rutina del infierno." "Mañana hablamos de eso —cambió él el rumbo, como quien cierra una puerta entreabierta—. Recuéstate en mi hombro. ¿Dices que te llamas Jessy, verdad?" "Sí, en el bar soy Jessy, pero en casa me pusieron Elvira. Elvira Domínguez. ¿No conociste al Lagartijas Campos? Como eres periodista, tal vez... Ese señor que chingaron atropellándolo frente al Centro Comercial Californiano, hace años. Quedó tirado como un trapo, mientras el asesino huía en la niebla. Ahora es senador, quiere ser gobernador. Se llama Juan Carlos Moro Buendía." Una lágrima traicionera surcó su mejilla izquierda, un río salado de memorias enterradas. "No le recuerdes si te hiere —la consoló, sus dedos trazando senderos en su cuello, oreja, hombro. Pasó los labios por el pezón izquierdo, luego el derecho, un rosario de besos que descendió al ombligo. La sintió temblar, un junco en la tormenta. Bajó más: un gritito ahogado escapó de ella, las piernas abriéndose como pétalos en la lluvia. Bajó aún: una descarga eléctrica la sacudió, un relámpago en las venas. El sol los sorprendió abrazados, un nudo de carne y suspiros. En la ducha, los cuerpos jóvenes respondieron con furia renovada: ella lo tomó en la boca, un ritual lento, sin prisas, evocando en Jacinto la película Garganta Profunda, un eco pornográfico de placeres prohibidos. Cuando sus dedos rozaron los testículos, contuvo la marea: "Ven, vamos a la cama —la urgió, jalando suavemente sus cabellos como riendas de potro salvaje." La penetró con lujuria brutal, como un macho cabrío en celo, pero ella se revolvió: "Espérate —suplicó, el dolor un eco agudo—. Me duele mucho; mejor me los como." "Bueno —cedió él, el caballero en su armadura de deseo—. Si es de tu agrado." "El Palas —confesó ella tras encender otro cigarrillo, el humo un velo sobre sus ojos— andaba con los cuates de la Van. Traían a la Flaca; ella sí sabe qué ondas, la muy zorra." "¿Por qué quieres ayudarme en este lío? —preguntó Jacinto, su voz un puente sobre el abismo—. ¿Alguno de esos batos de la Van te hizo daño?" "¡No, pa' nada! —negó con vehemencia, pero el resentimiento brotó como pus de herida vieja—. Mi papá murió atropellado por un cabrón que se dice impartidor de justicia. Nuestra infancia fue un desierto de privaciones, un festín de migajas." Las lágrimas traicionaron su armadura: "Ahora soy una puta, un eco de lo que fui." Era catarsis, un torrente que lavaba el alma sucia. El 27 de octubre de 1995, en la casa de la Madona, la pachanga estalló en un festín de costillas de res chisporroteando sobre las brasas, devoradas con salsa mexicana picante como venganza, guacamole cremoso como consuelo, tortillas de harina calientes y crujientes, rábanos y pepinos que cortaban el fuego. Los niños correteaban como diablillos en carnaval, sus risas un contrapunto inocente al humo y las sombras adultas. El ambiente familiar —ese tapiz de ollas borboteantes y abrazos efímeros— inquietaba a Jacinto, removiendo el fantasma de sus propios hijos abandonados, ecos lejanos en su subconsciente. "Ya supe, banquillo —le espetó la Madona, sacándolo de su trance con una palmada en el hombro—. Le hiciste un buen jale a la Jessy; está que no cabe en sí, la muy consentida. Trabaja de mucama en el Dinghy, ¿no te lo dijo? Va al California solo pa' codearse con gente común y corriente. Allá llegan puros de lana, aunque algunos son más vulgares que los del tugurio. Una vez me contó que, a los días de chingar al cardenal Posadas Ocampo, se escondió un tipo en el hotel: decían que era Mike Tyson, ja ja ja, un toro enjaulado." "Oye, pues sí que sabe mucho tu amiguita —comentó Jacinto, guardando para sí las confidencias de la noche—. No le quise decir que ya me soltó algunas perlas." "Sí, pero me pidió que yo te platicara, porque a ella le da un cague de miedo. ¿Qué sabes de la Van verde metálico?" "Ya has de saber quiénes andaban, ¿verdad? El Chicle es más mitotero que la chingada. Verás: la noche que la chamuscaron, yo andaba trabajando a un bato en el monte cuando llegaron tres carros. Dejaron la camioneta en medio del arroyo y le echaron gasolinazo. Pensé que era pa' limpiarla, pero no: le prendieron fuego. ¡Hubieras visto, ja ja ja! Los bandidos andaban como posesos, griterío que helaba la sangre. Reconocí al 'Deivid' y al Lobato; venían otros cabrones que no ubico de nombre: tres güeyes a quienes les decían Abogado, Veintinueve o Treinta y Nueve —no recuerdo bien—. Uno les quitó las tapas de las llantas, como si el 'Deivid' les diera señas mudas en clave. Como una semana antes, esos mismos —los que no ubico— llegaron al California con el Cóndor Real, buscando al Palas. Bebieron un rato y de ahí nos fuimos a comprar coca con el Marrufo, por el Santuario. Pura danza con el diablo." "¿Has visto a este compa por el bar?" —interrumpió, mostrándole la foto del Güero Sol, un rostro borroso en papel gastado. "No, a este bato nunca le he visto. Cara nueva en el infierno." "Bien, no me acordaba." Aprovechó el hueco para escabullirse; el griterío infantil le arañaba el alma, un recordatorio punzante de ausencias. "Quedé con el Chicle pa' pasar por ellos e ir al sitio de la Van. ¿No sabes si es el mismo donde chamuscaron al periodista?" "Sí, ten cuidado, mijo. Ya no es como antes; desde que se chingaron a Colosio, el aire huele a pólvora y traición. A ti te traen un chingo de ganas: la Jessy oyó en el Dinghy que a un periodista Romero le iban a poner un cuatro, y si no caía, lo quebraban de volada. ¡Cuídate, por Dios!" "Oquey. Dile a Jessy que nos vemos más tarde." Se despidió con un beso en la mejilla, un afecto genuino que la Madona devolvió como un bálsamo. En la casa del Chicle —un nido de ratas con radio a todo volumen—, lo esperaban como lobos hambrientos: el Grillo, el Aceituna, Ernesto Cota, Rubén Riecke, Darío Ojeda, Simón Guzmán. Todos ansiosos por "ayudar" en la pesquisa, pero con ojos puestos en cervezas gratis y, de ser posible, una dosis de coca que les pintara el mundo de colores falsos. Salieron en el Grand Marquis, deteniéndose por un cartón de veinticuatro chelas que apilaban en una hielera con hielo molido, como un sudario refrescante. "Hay que llevar un seis aparte pa' la sed —dictaminó el Chicle, voz cantante de la jauría." En el lugar del siniestro —ese cráter de cenizas y remordimientos—, Simón, autoproclamado perito supremo de Baja California Sur, hurgó entre los escombros como un sabueso ciego. "Ya pasaron días —concluyó, frustrado—. Imposible determinar qué carajos pasó; la escena está más alterada que un alma en quiebra." "¡Cállate, güevón! —estalló el Chicle, desatando carcajadas que rodaron como piedras por el cañón." Ja ja ja, un coro que ahuyentaba demonios. Se tendieron bajo las sombras de mezquites centenarios, que tejían un dosel verde sobre el panorama árido. El viento serrano, un susurro fresco entre cañones rocosos, los invitaba a recostarse, a sorber cervezas y fingir que la naturaleza borraba pecados. La tarde caía como un velo púrpura cuando partieron rumbo a Todos Santos: el Grillo había soltado el chisme de que el "Deivid" Villa había estampado una Explorer contra un caballo, "bien cocaíno, ja ja ja. No supe si con Rulesindo o con Auspicio Lobato Memorio". Antes de arrancar, un alto en el expendio de la colonia El Calandrio. Al bajar, una grúa del yonke El Chino pasó remolcando la camioneta verde agua que buscaban, un cadáver mecánico en cadenas. "¡Vamos tras ellos; les voy a tomar fotos! —invitó Jacinto, el instinto de sabueso avivado." Subieron a la carrera, dejando al despachador con su duda: "¿Y si me roban cigarros?" Las luces del bulevar Forjadores se encendieron como ojos de gato al llegar a la calle Sinaloa. Primera foto: un fogonazo que capturó el perfil oxidado de la presa. La grúa viró; ellos la siguieron. Frente al Consejo Tutelar para Menores Infractores, segunda toma. El destello alertó a los escoltas en un coche paralelo, sombras con colmillos. Dos cuadras adelante, Jacinto dio vuelta en U para encarar de frente al chofer y su compañero: allí, en el visor, el rostro del comandante de Robos de Vehículos de la PJ, Félix Crespo Cruz, un lobo con placa. Siguieron su rastro hasta completar el ritual inconcluso: las cervezas, frías como venganza. El resto de la noche lo devoraron en el departamento de Juan de Dios Lemus Ortiz, el abogado defensor de oficio de la federación —un refugio de guitarras desafinadas, mujeres de curvas tentadoras y drogas que pintaban arcoíris en las venas. El equipo, ebrio de adrenalina, se forjó allí en celosos investigadores de los judiciales estatales, ahora aliados con el yanqui federal y los grupos de élite: los Angelitos y los Mastodontes, bestias con insignias. Esa misma noche, en las oficinas de la Policía Judicial del Estado —un nido de serpientes bajo luces fluorescentes—, Inocencio Deivid recibía la noticia de las fotos como un latigazo. "¡Déjalo! —desechó el jefe, voz de trueno contenido—. A de ser algún pinche periodista que quiere un billete. Verás, el lunes lo tienes aquí, con las manos atadas." "El pedo es que parece el carro de Jacinto Romero." "¡Ah, cabrón!" —corrigió, un velo de duda—. "No creo que sepa algo del asunto. Es un mosquito zumbando." "Eso dice la raza, pero esta semana lo vieron en Chametla, San Pedro, Fidepaz. Hasta el Esparza jura que lo vio platoneando su casa." "Dile a ese pendejo que por ahí vive la mamá de ese cabrón; que no se imagine babosadas... Bueno, vámonos. Tengo que estar con Tirso y después con el Ringo. ¡Ah! Se me iba: avísale a Auspicio que Jacinto lo anda investigando por lo del secuestro del Güero Sol." "Ah, sí, de veras. José Carballo dice que los vio en el California; le pegaron unos chingadazos a uno de sus escoltas, ja ja ja. Y que la Madona le pasó data de la Van quemada." "¡Esa vieja no sabe nada! —tronó, el enojo un fogonazo de culpa—. La palomilla solo fue con ella a comprar coca pa'l Santuario; no hay pedo." Calmó el pulso: "De todos modos, encárguenme a Jacinto. Quiero saber por dónde se mueve el hijo de puta." En el restaurante El Molino —ese antro de tratos velados donde el aroma a mole y traición se entretejía—, se reunieron los intelectuales del operativo Bajada. Clodomiro Verdad Legaspy, con su labia de serpiente, recomendó a Tirso Molina filtrar por la prensa que saldría de la ciudad. "Por si pinta imprevisto el fin de semana —advirtió, voz un susurro de veneno—. Comunícate con el yanqui por celular; usen la clave cinco." Todos escuchaban, un círculo de sombras atentas: Pablo Abaroa Tinoco, Antonio Peñuñuri Escobedo, Santos Martínez, los hermanos Legaspy Borbón. Allí supieron que los dineros saldrían de la Secretaría General de Gobierno: "Con cargo al ramo 33 —expresó el jefe, un guiño a presupuestos fantasmas." "Ja ja ja ja ja" —rieron todos, un coro de hienas en la penumbra, celebrando el festín de corrupción que devoraría almas antes del alba.

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