Sombras (6)
Sombras en el Ejido Chametla
Por Jacinto Romero
El sol abrasador de Baja California Sur caía a plomo sobre el Archivo Histórico de La Paz, un edificio polvoriento donde el tiempo parecía detenido entre legajos y recuerdos de otros días. Ahí, entre el aroma a papel viejo y el zumbido de un ventilador desvencijado, Camilo Cruz, excomandante de homicidios, se topó con Jacinto Romero. La charla, casual al principio, viró pronto hacia un murmullo conspirativo. Camilo, con esa mirada astuta de quien ha visto demasiadas cloacas, mencionó movimientos extraños en una bodega del Ejido Chametla, a unos 12 kilómetros de la ciudad.
—Algo raro pasa ahí, Jacinto. Tipos armados, movimientos a deshoras —dijo, bajando la voz como si las paredes tuvieran oídos.
Jacinto, con el instinto periodístico afilado, no lo pensó dos veces. Se subieron al Grand Marquis de Jacinto, un armatoste que crujía como si llevara el peso de mil historias, y enfilaron hacia el ejido. El camino, flanqueado por mezquites y polvo, parecía susurrar secretos. Al llegar, la bodega se alzaba como un monolito olvidado, con paredes descascaradas y un silencio que ponía los nervios de punta. Dos figuras emergieron de las sombras, rifles largos colgando de sus hombros, rostros curtidos bajo el sol sinaloense.
—¿No los conoces? —preguntó Jacinto, entrecerrando los ojos.
—Nunca los había visto —respondió Camilo, frunciendo el ceño—. Pero esos cabrones no son de por aquí. Tienen pinta de Culiacán.
Jacinto, con esa calma taimada que lo caracterizaba, le dio una palmada al excomandante.
—Como vives en el ejido, échale un ojo a esta bodega cuando puedas. Si ves a algún conocido con estos tipos, avísame. Aquí hay algo gordo.
Camilo asintió, pero ya había olfateado algo. —Desde hace días les estoy siguiendo la pista. Creo que vi al “Deivid” rondando, pero no estoy seguro. Andaban en una Toyota Land Cruiser, verde oscuro, vidrios polarizados.
Jacinto sintió un chispazo en la nuca. —¡Órale! Esa Toyota la vieron junto a una van verde metálico en el callejón Esquerro, casi esquina con 16 de Septiembre, tres días después del secuestro del capitán Armando Leal Quintero.
Camilo se quedó callado, con esa pausa de quien sabe que ha dado con una veta de oro. No preguntó más. En su cabeza ya estaba calculando la “feria” que podía sacar de ese dato.
De regreso a La Paz, el Grand Marquis traqueteaba por las calles de Fidepaz. Al pasar frente a una casa rosa, chillona como un grito en el desierto, divisaron un montón de bidones azules apilados en el patio.
—Esos tambos —dijo Camilo, señalándolos con un movimiento de barbilla— son los que usan para mover gasavión.
Junto a los bidones, una camioneta Jeep blanca relucía bajo el sol, y más allá, una panga con dos motores fuera de borda de 160 caballos descansaba como un depredador dormido. Pero lo que les heló la sangre fue un tipo que, fingiendo ser jardinero, regaba una palmera con una manguera. Al notar el auto, soltó el chorro de agua y se agachó tras una cortadora de césped, buscando algo. Jacinto alcanzó a ver el brillo metálico de un arma.
—¡Acelera, cabrón! —siseó Camilo.
Jacinto pisó el pedal, pero no sin antes girar la cabeza. En el otro lado de la calle, un albañil tiraba tirol a la barda de la casa. Sus ojos se cruzaron con los de Jacinto, y un destello de reconocimiento pasó entre ellos.
—¡Te fijaste, güey! —dijo Camilo, con la adrenalina a tope—. Ese no era ningún jardinero. Short, camiseta de raquetista… ese cabrón es el jefe, te lo juro.
—No seas pendejo —replicó Jacinto, con esa tonadita choyera que arrastraba las palabras como si las saboreara.
La noche cayó sobre La Paz como un manto de sospechas. Jacinto, incansable, localizó al albañil en una casa humilde cerca del panteón de los San Juanes, donde las sombras parecían más densas y los perros ladraban a la nada. Le ofreció 50 pesos y una grapa de cocaína a cambio de fotos si veía movimientos raros en la casa rosa.
—Tráeme algo bueno y te doy otra ración, ¿oquey? —dijo, con un guiño.
El albañil, con una chispa de rencor en los ojos, respondió: —Ya sabes, compa, me cae gordo esa bola de riquillos que no hacen nada. Lo haré con gusto, sin paga.
Se despidieron con un apretón de manos, y Jacinto volvió al malecón costero, donde las luces de los Bachos titilaban como luciérnagas en la penumbra. Ahí, entre la brisa salada, vio a José Luis Esparza con dos desconocidos. “Mañana busco a Maribel”, pensó, mientras el motor del Grand Marquis rugía hacia la calle Márquez de León.
Su destino era la casa del Chicle Hirales, un músico cuya fama en el bajo mundo era tan grande como su colección de discos. El Chicle, con su sonrisa pícara y su red de contactos, era un nodo en la red de información del hampa. Los cuerpos de inteligencia lo buscaban cuando las pistas se les escurrían como arena. Una vez, hasta los militares recurrieron a él para dar con una pistola calibre 45, grabada con un águila devorando una serpiente, una reliquia presidencial perdida. En una semana, el Chicle la había rastreado.
En la puerta de la casa de los Hirales estaba Doroteo, el Aceituna Rivas, un tipo flaco y nervioso.
—Compa, ¿está el Chicle? —preguntó Jacinto, sin apagar el motor.
—Adentro —respondió Doroteo, señalando la puerta.
El Chicle salió con su habitual “¡Quiubo, cabrón!” y una cerveza en la mano. Jacinto fue al grano:
—Ando tras un jale. Un secuestro.
—¿El del hotel Los Arcos? —preguntó el Chicle, arqueando una ceja.
—No, ese es de unos compas de Nuevo León. Este es de un chaval de Sinaloa. Está metido un yerno de Federico Lamont y unos que le mueven la cola al Tirso Molina.
Sacó un set fotográfico de debajo del asiento: imágenes de una van robada y una foto del Güero Sol, proporcionada por su hermano con la promesa de un buen billete por cualquier pista. El Chicle las miró bajo el resplandor plateado de un foco mercurial. Doroteo, curioso, se acercó y señaló la van.
—Se parece a la que traía el Marqués Calderón —dijo, apuntando hacia la calle López Mateos—. Ahí subió a la Flaca.
—¿Quién es la Flaca? —preguntó Jacinto, con el pulso acelerado.
—Una puta de Cabo San Lucas. Esa van la quemaron cerca del rancho La Huerta. Desde entonces, el Marqués está escondido en Lázaro Cárdenas.
—¿Estás seguro? —intervino el Chicle, con tono serio—. Este pedo está grueso. No vayas a balconear a alguien por puro coraje.
—¡Claro que estoy seguro! —replicó Doroteo—. Mi hermano Chuy andaba con ellos esa noche. También estaba Pedro Mora. Se echaron un jambo en la casa de la Noemí, la de tránsito. Le robaron una tele, una video y unos casetes.
—¿Quiénes quemaron la van? —insistió Jacinto.
—No sé, pero es la misma del Marqués —repitió Doroteo, convencido.
Jacinto, oliendo que la pista era sólida, propuso: —Vamos por unas caguamas.
El Chicle, con un brillo codicioso en los ojos, añadió: —¿No traes para un perico? En la pista aérea hay unos compas con mercancía limpia, sin cortes.
El antiguo aeropuerto de La Paz, un terreno donado para campos deportivos que nunca se construyeron, era ahora un nido de sombras. Los políticos habían exprimido jugo de esas tierras, vendiéndolas a tiendas departamentales mientras los agentes antinarcóticos hacían la vista gorda con los vendedores de cocaína, siempre que les cayera su cuota.
Al llegar, el Chicle señaló: —Estaciónate más adelante. Ahí está la vieja del bato, y es bien culera.
—¡Uy, uy, uy! Ni que fuera la mía —rió el Aceituna, con una carcajada que resonó en la noche.
Jacinto, más serio, observó a Doroteo. Era de esos tipos que alardean de locos, pero cuya lengua suelta los traiciona. Una imprudencia como la suya, años atrás, había desatado una tragedia: el 6 de marzo de 1982, un rumor malintencionado llevó a un homicidio arreglado en la joyería El Brillante, en el corazón de La Paz. Las palabras, en este mundo, podían ser tan letales como las balas.

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