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Noticia Privilegiada Tres días después de que el avión Carabelle II descendiera como un ave herida sobre las áridas Lomas de Baturi, el delegado de la PGR, Héctor Cruz Solórzano, se vio acorralado por el peso insostenible del secreto. Sin datos veraces que sustentaran la farsa, ni pruebas que iluminaran la oscuridad de los hechos, extendió una invitación velada al periodista Porfirio Sarabia Pacheco. Lo convocó al epicentro del suceso, proveyéndolo con migajas de información adulterada, para que, desde ese germen envenenado, comenzara a torcer el rumbo de la investigación. Era una táctica recurrente en las mafias de abogados, un arte siniestro para blindar a los clientes de fortunas opacas, tejiendo redes de impunidad con hilos de mentiras. Héctor Cruz Solórzano intuía la alianza turbia entre el comandante Rafael Stanley y Tirso Molina, un pacto sellado en las sombras del poder, pero carecía de evidencias sólidas para desatar un proceso penal. Desde las oficinas centrales de la PGR había llegado la directriz implacable: abstenerse de toda indagación. El caso Baturi sería manejado por una fiscalía especial, en un laberinto de coordinación con Asuntos Internos, inteligencia militar, la Policía Federal de Caminos y el Instituto Nacional para el Combate a las Drogas. Un enjambre de siglas que devoraba la verdad en su vorágine burocrática. Una verdad maquillada vio la luz en las páginas de El Sudcaliforniano. Al privilegiar esa exclusiva, se avivó la envidia profesional entre los reporteros, un fuego que la PGR alimentó con sobornos y versiones contradictorias. Unos juraban que el delegado estaba en la inopia absoluta. Otros apuntaban a narcotraficantes de Nuevo León como los artífices. El más osado, rozando el velo de la realidad, susurraba que los implicados vestían uniformes que remedaban los de la Federal. La confusión se erigió como un muro infranqueable en la integración de la averiguación previa, pero el pueblo, con su instinto ancestral, no se dejó engañar. Formaron una cortina de humo espesa, por donde se escabulló la verdad como un espectro. Y no faltó un ocioso, un trovador de las calles polvorientas, que les obsequió un corrido, eco de la indignación popular: *"Yo sé que me andan buscando y amenazado lo estoy por descubrir algo grueso en una investigación. La culpa no tengo yo que haya bajado un avión. Procedían de Colombia, en Baturi aterrizaron un cinco de noviembre; Nueva York era el tratado, era de coca el negocio pa’l consumo americano. Era de marca francesa la nave que ahí bajó en los llanos de Baturi; ahí se desmanteló, enterrando evidencias que a un grande protegió. Publicada la noticia del hallazgo perpetrado, se descubrió que el negocio era un negocio de estado, porque el pueblo se dio cuenta quiénes lo habían realizado. Eran agentes corruptos comandados por el yanqui, un federal de caminos y también municipales, judiciales del estado. ¿Dónde están los principales? Unos están en Chametla, otros están con los güeros; para no hablar me despido, el corrido es verdadero. Mi nombre ya lo conocen: yo soy Jacinto Romero."* —Pa’ que la juegan —estalló el Cabezón Ceseña, un convicto recién liberado de las rejas, marcado por su rol en un embarque de droga que descendiera en el rancho Los Laureles. Su voz resonó en el yonque de carros desmantelados, un cementerio de hierros oxidados bajo el sol implacable—. Son los mismos judiciales federales los que están en el pedo de Baturi. Los presentes se miraron a los ojos, un intercambio de complicidades mudas, cargadas de temores no pronunciados. —Hum —intervino Lupercio Méndez, con un gruñido que olía a tabaco rancio—. De eso precisamente estábamos hablando Jacinto y yo. —Así es —aseguró el reportero, Jacinto Romero, con la determinación de quien camina sobre brasas—. Lo que sí puedo afirmar es que si detienen a Inocencio Deivid, voy a correr desnudo por el malecón. —Si está metido —añadió el Cabezón, su rostro surcado por cicatrices de batallas pasadas—, de lo contrario ya hubiesen reventado el asunto. Que no se hagan pendejos los de la federal: el Tirso y el yanqui son los jefes de este asunto. Nosotros sabemos qué ondas, y ni modo que no, ¿verdad, Lupercio? —Claro, qué chingados te van a platicar a ti, que conoces a todos los mañosos —replicó Lupercio, antes de volverse hacia Jacinto—. El que anda muy asustado es el Almanza, porque les estaba arreglando los carros chocolates. En su taller tiene varios vehículos que aún no entrega. Es más —dijo, clavando la mirada en el reportero—, si le caes ahorita, fácil le sacas una feria. —No, ese jale no lo acostumbro —respondió Jacinto, con la integridad de un lobo solitario—. Tú sabes: lo que investigo lo publico. No me gusta feriar a ningún cabrón. —De acuerdo —terció el Cabezón—, pero así nunca saldrás de jodido. Ahí está Juan Plata Medina: tiene una residencia cerca del hotel Posadas, y eso que no es de aquí. Cuando llegó a estas tierras se andaba muriendo de hambre, pero se alió a los mañosos y le dieron mucho dinero. —Aún así, prefiero la libertad de escribir lo que me da la chingada gana y no tener que depender de lo que ordene el gobernador en turno —replicó Jacinto, resentido, sin percatarse de que ese veneno interior lo alejaba de la raza humana, como un exiliado de su propia especie. —Hay otra cosa —interrumpió el Cabezón, bajando la voz como si las paredes tuvieran oídos—. Si escribes lo que ocurrió en Lomas de Baturi, te van a dar de balazos. —¿Y quién dice que voy a escribir eso? —contestò Jacinto, molesto, su pulso acelerado por el eco de amenazas invisibles. —Por ahí se sabe que andas investigando a Inocencio Deivid y al Auspicio Lobato Memorio. —Pero no por lo de Baturi. Los ando investigando por el secuestro de Armando Leal Quintero. —Ese pinche bato está metido con el cártel del Cochi Loco. —No hay pedo —respondió Jacinto, imprudente como un toro en la arena—. A mí me pagaron por sacar ese jale y lo voy a sacar, así esté metido el Ringo. Es más —reaccionó con fuego en los ojos—, casi estoy seguro de que ese cabrón te mandó para acá para ver qué chingados ando haciendo, porque sabe que tengo unas fotografías de las casas de seguridad y del choque del Deivid. —No, no fue él —cortó el Cabezón Ceseña, su voz un filo cortante—. Pero sí me preguntó un compa muy pesado qué ondas contigo. La llegada del dueño del yonque, quien también dirigía el periódico donde laboraba Jacinto, truncó la plática como un portazo en la noche. —¿Qué se te ofrece? —le preguntó al Cabezón. —No nada, pasaba por aquí y al ver a Jacinto me bajé a saludarlo —respondió el Cabezón, con una sonrisa que no llegaba a los ojos—. Luego nos vemos. —Que no se haga pendejo este güey —explicó el director de El Triturador una vez que el Cabezón se retiró, su tono teñido de falsa honestidad—. Qué casualidad que en cuanto salió del bote cayó un avión con droga. Él, junto con un ingeniero de la SARH, bajaban avionetas en el rancho Los Laureles. No lo quiero ver por aquí: nos puede meter en problemas. Sólo que venga a comprar algo del yonque; sino, que se vaya a la chingada. Aparentaba virtud para manipular el ánimo de los presentes, ansioso por sonsacar lo que sabían del avionazo. Esa noche se entrevistaría con Tirso Molina en el restaurante Samalú; a cambio de actualizarlo sobre las indagaciones de Jacinto, recibiría una pickup Toyota, un soborno envuelto en metal brillante. En esos días turbulentos, el Secretario de la Defensa Nacional despachó una veintena de militares, uniformes que irrumpían como una tormenta. El Instituto Nacional Contra las Drogas envió otros tantos. La Secretaría de Comunicaciones y Transportes desplegó un equipo de inteligencia para escrutar a sus propios elementos de la Policía Federal de Caminos. La Secretaría de Marina no se quedó atrás, ni Seguridad Nacional, la PGR o el Estado Mayor Presidencial. En esa intromisión caótica, la averiguación previa se diluyó en una cortina de humo impenetrable, por donde escaparon los políticos de primer nivel, intocables como dioses corruptos. Las calles se convirtieron en pistas exclusivas para los investigadores traídos del centro de la República. Un camión del ejército rugía por las avenidas, manejado con la arrogancia de un junior. Suburbanas con vidrios polarizados surcaban el asfalto, infundiendo terror a los transeúntes como sombras vivientes. Loreto, Todos Santos, Los Cabos, Ciudad Constitución y La Paz eran los escenarios de sus cacerías fingidas. Los grupos se turnaban para arrastrar a Ricardo Geraldo a oficinas centrales, bajo el pretexto de interrogarlo. Al juez mixto de Todos Santos también se lo llevaron. Secuestraban a inocentes no para indagar, sino para sembrar miedo, un veneno que silenciaba lo visto y lo sabido. Los periódicos —El Sudcaliforniano, La Extra, El Peninsular, el B.C.S.— llenaban sus planas con especulaciones grandilocuentes. Columnistas, periodistas y corresponsales nacionales acechaban la verdad del caso Baturi, no para iluminarla, sino para extorsionar dinero fácil de las instituciones investigadoras, buitres en un festín de carroña. —¿Qué vamos a hacer con Jacinto Romero? —preguntó el Ringo al alto mando, su voz un susurro conspirativo. —Que lo trabaje el Deivid; es su pedo. Si no lo puede atorar, que sea Tirso Molina el que lo quiebre —propuso Dante Navarro Prieto—. Háblale al Tirso para que se encargue de eso. Tras pactar en las tinieblas, Tirso Molina e Inocencio Deivid comisionaron a Félix Crespo Cruz. Su misión: localizar a Jacinto con el señuelo de comprarle las fotos de la Explorer remolcada por la grúa del yonquero el Chino. Luego, un arreglo: donarle un par de carros y, si se ponía a modo, asegurarle una mensualidad fija, un lazo de oro que atara su pluma. —Le dices que las fotos las quieres para echarle pa’ bajo la investigación a inteligencia militar, porque no deja en paz a Deivid —ordenó Tirso Molina—. A quien le quieren echar la culpa por la Cherokee que se accidentó en el vado La Víbora el día que cayó el avión. Y tú sabes que Deivid se accidentó en una Explorer antes de caer el avión. —Pues es cierto —confirmó Félix, ajeno al grupo del operativo Bajada. —Con las fotos en la mano, no podrán implicar a nadie de aquí —externó ufano el director de la policía—. Acuérdate que todos los lunes, muy temprano, viene ese cabrón por aquí. —No se preocupe, jefe —contestó Félix, con una sonrisa cómplice—. El bato cree que somos amigos.

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