Un balcón (5)
Un balcón asoma la nariz
José Luis Esparza López se reclinó en la silla de la suite 301 del hotel Marina Palmira, con la mirada perdida en un horizonte que solo él veía. No estaba allí, no del todo. Mientras los demás discutían los detalles del operativo Bajada, su mente era un avispero de traiciones urdidas en silencio. No le importaban las palabras grandilocuentes de los oradores ni los planes minuciosos que se tejían entre el humo de los cigarrillos y el tintineo de los vasos de licor. Él tenía su propio plan: vender la información, destapar el avispero y ver cómo los perros se devoraban entre sí. En lo más profundo de su ser, la venganza contra Tirso Molina, el “Deivid” y el comandante Pedro Leyva hervía como un ácido que le corroía el alma. Un año atrás, aquellos hombres se habían burlado de su ignorancia, de su torpeza, como si fuera un perro callejero al que se le lanza una piedra por diversión. Ahora, cada palabra que captaba de la reunión era una astilla que avivaba su rencor. Se reía para sus adentros, con una risa amarga, mientras sus compañeros lo miraban de reojo, convencidos de que estaba perdido en una nube de cocaína.
—Ya saben para qué es esta reunión —bramó el comandante Leyva, con la voz rasposa de quien no admite réplicas—. El que abra la boca, lo juro, va a ver a sus hijos hechos pedazos, listos para los perros. ¡Ójalá que no tengamos que llegar a eso!
—Claro, puto —pensó José Luis, con una mueca disimulada—. Todos son unos putos. Cuando la verdad salga a flote, van a dejar un rastro de mierda en su huida, como coyotes asustados.
Miró al “Deivid”, que tamborileaba los dedos sobre la mesa, con esa arrogancia de quien se cree intocable. «A este güey lo van a encontrar torcido por puñetero», pensó, saboreando la imagen de su caída. «Tú serás el primero en dejar una estela de mierda, pinche Deivid».
La reunión, la primera con los “macizos” —los hombres de confianza del cártel—, desgranó a grandes rasgos el plan maestro. La organización, en contubernio con el cártel de Tijuana, había trazado una jugada audaz: en uno de los operativos de tráfico, todo debía orquestarse para que el rumor corriera como pólvora entre la población sudcaliforniana. El gobernador, ese intocable titiritero, debía quedar señalado como el capo choyero, el amo invisible de los hilos del narcotráfico. Si el plan funcionaba, si la sospecha se enraizaba en la mente del pueblo, el ejecutivo estatal sería una marioneta en manos del jefe tijuanense. Cualquier error, cualquier paso en falso, lo pagaría el secretario general de gobierno, un chivo expiatorio perfecto. Para ello, había que ensuciar a los judiciales del estado, a algunos federales de caminos, a un puñado de policías municipales y, si era posible, a algún militar de alto rango. La prensa, siempre hambrienta de escándalos, haría el resto.
Cuando la reunión terminó, los macizos salieron de la suite con el aire triunfal de quienes se saben dueños del tablero. José Luis, Martín Beta y Héctor Omega decidieron prolongar la noche en el Bachos, un antro donde el neón parpadeaba como un guiño cómplice. Se instalaron en una mesa cerca de la entrada, donde el bullicio de la noche sudcaliforniana se mezclaba con el olor a licor rancio y perfume barato. Pidieron dos whiskies y un tequila, y la conversación derivó hacia los vehículos robados que Ariel Appel tenía amontonados en un corralón en la Mesa Tijuana. Entre risas y tragos, Héctor, con los ojos brillando por el alcohol y algo más, soltó una anécdota que heló el aire.
—Estos cabrones se llevaron a tres chamacos —relató, sin un ápice de remordimiento—. Los llevaron al canal, les vendaron los ojos, les vaciaron las pistolas encima. Creyeron que los dejaron muertos, pero, ¿saben qué? Uno de esos plebes, un mocoso flaco, solo tenía un balazo de sedal en la sien izquierda. —Hizo una pausa, pidió otra ronda al mesero con un gesto teatral, como si estuviera contando un chiste—. El chamaco se desmayó del susto, y los pendejos de la banda, bien pedos, pensaron que estaba muerto. Por eso, siempre hay que dar el tiro de gracia, aquí, entre ceja y ceja. —Se llevó los dedos a la frente, imitando una pistola, y soltó una carcajada ronca—. Como el que nos echamos hace poco.
La mesa estalló en risas, pero José Luis apenas esbozó una mueca. Su mente estaba en otra parte, tejiendo su traición, mientras Héctor seguía hablando, ajeno al destino que lo acechaba. De pronto, una rubia despampanante irrumpió en la escena, robándose la atención de los tres. Era Maribel, con una sonrisa que prometía paraísos y pecados. Martín, siempre rápido para el galanteo, la invitó a sentarse.
—Venimos de Tijuana y queremos pasarla bien —dijo, con un guiño que destilaba confianza.
—Están en el lugar indicado —respondió Maribel, mostrando una dentadura perfecta, mientras sus ojos recorrían la mesa como un depredador evaluando a su presa—. ¿Tú eres de aquí, verdad? —le preguntó a José Luis, inclinándose hacia él con un brillo juguetón en la mirada.
—Trabajo en la judicial —respondió él, con un tono que pretendía ser nonchalant pero que dejaba traslucir un dejo de orgullo.
—¡Uuuuy, qué emocionante! Me gustan los hombres atrevidos —dijo ella, con una risa que era puro terciopelo—. ¿Y ustedes? —preguntó, girando hacia Martín y Héctor.
—No —dijo Martín, cortante.
—¡Sí! —soltó Héctor, casi al mismo tiempo, con una risita ebria.
Martín lo fulminó con la mirada. —No, lo que pasa es que somos de un grupo especial del estado norte. Trabajamos de enlace con la DEA y la PGR.
Maribel alzó una ceja, intrigada. —¡Qué interesante! Mis papás son de Mexicali, nunca me dejaron hacer lo que quería. Me gustaría trabajar con ustedes, ¿saben?
Martín la interrumpió con una sonrisa lobuna. —Si quieres, te vienes con nosotros unos días. A ver si aguantas el ritmo.
Una hora después, los cuatro abandonaron el Bachos, tambaleándose entre risas y promesas etílicas. Maribel, con esa habilidad de quien conoce las reglas del juego, aún no decidía con quién pasaría la noche. En el camino al vehículo, José Luis, audaz por el alcohol, le pasó el brazo por la cintura. Ella respondió acurrucándose contra su pecho, y los dos amigos tijuanenses intercambiaron una mirada que lo decía todo: el juego ya tenía ganador.
—¿Dónde te vas a quedar? —preguntó Martín, con un tono que mezclaba resignación y desafío.
—Déjame en Legaspy y Guillermo Prieto. Pasan por mí en la mañana —respondió José Luis, con la seguridad de quien sabe que la noche le pertenece.
—Oquey —masculló Martín, mientras Héctor soltaba una risita.
Al llegar a la casa que José Luis rentaba como refugio tras los “trabajos especiales”, la pareja entró en un silencio cómplice. Él encendió la luz de la sala, revelando un espacio desolado: tres sillones vacíos, una alfombra salpicada de colillas y un cenicero de concha de abulón que desbordaba descuido. Calcetines y zapatos yacían desperdigados, testigos mudos de noches sin fin. Pasaron a la recámara, donde una cama deshecha parecía esperarlos con la promesa de un caos íntimo.
—Ahí está el baño —susurró José Luis al oído de Maribel, mientras el sonido de la regadera comenzaba a llenar el aire con un siseo hipnótico: sphus, spush, spush.
—¿Qué es eso? —preguntó ella, con un dejo de curiosidad.
—¿Quieres? —respondió él, con una sonrisa que escondía más de lo que revelaba.
—Ven, báñate conmigo —lo invitó Maribel, mientras el vapor comenzaba a envolverlos.
Bajo la regadera, los cuerpos se rozaban con la urgencia del deseo y el jabón. —Ahí tengo un pase para que te pongas bien —dijo José Luis, señalando con un gesto vago hacia la habitación.
—No lo necesito —respondió ella, con una voz que era un susurro cálido—. Quiero dormir un rato, me voy a las cinco. Vivo a dos cuadras.
—¿Pero…?
—No te preocupes, tonto —rió Maribel, con una dulzura que desarmaba—. Quiero estar contigo. Me gustas.
—Déjame llevarte a la cama —murmuró él, levantándola sin esfuerzo, con el agua aún resbalando por sus cuerpos—. Así, sin secarte. ¡Uf! No pesas nada.
La noche se cerró sobre ellos como un telón, mientras en la penumbra de la casa, las colillas apagadas y los vasos vacíos parecían murmurar los secretos de una traición que aún no había visto la luz.

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