La balconeada (8)

La balconeada La mañana del 6 de marzo de 1982, bajo el cielo plomizo de La Paz, el teniente Lamentación Real, director de la Policía Judicial del Estado, se erguía como un caudillo frente a sus agentes. Su voz, rasposa y autoritaria, resonaba en el cuartel desde las siete de la mañana, desgranando órdenes y reproches en una reunión que parecía eterna. Los agentes, alineados en sillas desvencijadas, escuchaban con desgana, mientras el aire cargado de sudor y tabaco barato se volvía más denso. De pronto, la operadora irrumpió, su voz cortando el monólogo como un cuchillo: —Jefe, disculpe, acaban de hablar del Centro. Hubo un asalto en la joyería El Brillante. Lamentación Real frunció el ceño, sus ojos pequeños destellando fastidio. —Que se esperen, orita terminamos —replicó, alzando una mano como si detuviera el tiempo mismo. El subjefe Wilfredo Meza, un hombre de rostro curtido y gestos contenidos, intercambió una mirada con el comandante de homicidios, Camilo Cruz. Una seña discreta, un parpadeo que decía: "aguanta". Pero la operadora, insistente, volvió a interrumpir minutos después, su tono ahora teñido de urgencia: —Jefe, dicen que es grave. Necesitan a los agentes ya. —¡Ah, cómo chingan! —estalló Lamentación, su rostro enrojecido, los puños apretados contra la mesa—. Ya les dije que ahorita terminamos. ¡Ni que fuera el fin del mundo! Un murmullo recorrió la sala. Los agentes se removieron en sus asientos, incómodos, como perros oliendo el peligro. “Pinche teniente, se cree muy chingón”, susurró uno, mientras otro lanzaba una mirada furtiva al subjefe, buscando en su rostro alguna señal de rebeldía. Pero Wilfredo Meza, siempre sumiso, bajó la cabeza, su silencio gritando cobardía. “No tuvo agallas”, dirían después los subalternos, con desprecio. La tensión se rompió cuando el comandante de guardia asomó la cabeza, su rostro pálido como la cera: —¡Teniente! Ora sí se calentó el asunto. Hay un herido sangrando por la panza. ¡El canal 10 ya está metido, filmando todo! —¡Ah, cabrón! —masculló Lamentación, su autoridad tambaleándose—. Vayan pues, a ver qué chingados quieren. Camilo Cruz, un hombre de mirada afilada y movimientos precisos, subió a la patrulla J-8 junto a su ayudante. La radio crepitó mientras aceleraban por las calles polvorientas de La Paz. Una voz anónima anunció: “El herido murió en el trayecto al hospital”. —¡En la madre! —susurró Camilo, apretando el volante—. Esto se pone cabrón. Al llegar a la joyería El Brillante, el caos los recibió: una muchedumbre de curiosos pisoteaba la escena, las huellas del crimen borradas bajo sus pasos torpes. Camilo maldijo por lo bajo al ver a don Pancho King, el magnate local de la radio y la televisión, y a su camarógrafo grabando sin pudor. Lo que no sabía era que don Pancho, al notar la ausencia de la policía, había decidido filmar la escena intacta, un acto de arrogancia disfrazado de ayuda. “Con esto podré trazar el perfil del criminal”, pensó el viejo comunicador, convencido de su astucia. Pero los judiciales, con su soberbia de siempre, desecharon el material sin siquiera mirarlo. Furioso, don Pancho desató una cruzada mediática, denunciando en cada noticiero la ineptitud policial, sus métodos rudimentarios y su desdén por las evidencias. Mientras tanto, Camilo, ajeno a las críticas, recorría la escena con ojos de cazador. Encontró un vidrio alargado, afilado como una daga, con sangre coagulada en su borde. Sin ceremonias, lo guardó en el neceser donde llevaba su pistola, un gesto tan descuidado como su investigación. En la puerta de la joyería, Antonio López, el dueño, aún temblaba. Dos testigos, un hombre y una mujer, le contaban cómo habían visto al ladrón huir. Antonio, con el rostro desencajado, se acercó a Camilo. —Comandante, ahí afuera hay dos personas dispuestas a declarar. —Quiero verlos —ordenó Camilo, seco. Luego, bajando la voz, añadió—: Creo que la muchacha murió en el hospital. La noticia golpeó a Antonio como un martillo. —¡No! —gritó, su voz quebrándose. Se recargó contra la pared, el mundo desmoronándose a su alrededor—. Mi mujer… es su hermana. A 200 kilómetros de allí, en Cabo San Lucas, Jorge Luis Pérez Gómez, conocido como el Güero Pacífico, dejaba a un grupo de turistas en el hotel Finisterra. Conducía una camioneta de la empresa López y Bustos, pero su sueldo, como él mismo confesaba en sus borracheras, apenas alcanzaba para sobrevivir. Para redondear, compraba marlines y dorados que los pescadores gringos dejaban tras sus fotos de trofeo, revendiendo los filetes entre conocidos. Aquel día, tras dejar a los turistas, se dirigió al muelle, donde llenó dos hieleras con pescado a cambio de unos carrujos de marihuana que había comprado al Piticuy Ojeda en la colonia Esterito. De regreso a La Paz, a las tres de la tarde, una patrulla lo detuvo frente a la Casa de la Juventud. Entre los judiciales estaba Camilo Cruz y un agente apodado la Leona Winckler, un hombre de mirada fría y fama de astuto. —¿No traes nada? —preguntó la Leona, escrutándolo. —Nada —respondió el Güero, tranquilo—. Lo cambié por pescado para la reventa. ¿Por qué este retén? —Mataron a una muchacha en el Centro —dijo Camilo, estudiando su reacción. —¿A poco esperan que el asesino llegue de fuera? —replicó el Güero con un dejo de burla, sin imaginar la tormenta que se cernía sobre él. Esa noche, en la penumbra de La Tinaja del Diablo, un tugurio donde los borrachos ahogaban sus penas, el Piticuy Ojeda hojeaba El Sudcaliforniano. Al llegar a la sección policíaca, su grito resonó entre las mesas grasientas: —¡En la madre! ¡Este güey es el Güero Pacífico! Los parroquianos, acostumbrados a las fanfarronadas del Piticuy, apenas alzaron la vista. Pero él siguió, señalando el retrato hablado del asesino: —Se embroncó con este jale. Yo no quise entrarle porque está bien pirata el güey. Días después, el Cabo Peña, un viejo conocido de Camilo Cruz, lo abordó en la calle. —Fíjate que el Piticuy anda diciendo que el del Brillante fue el Güero Pacífico. —¿Quiénes son esos? —preguntó Camilo, sus ojos brillando de interés. —Al Güero no lo conozco, pero el Piticuy se la pasa en La Tinaja. Si quieres, mañana te lo señalo, pero no me metas en broncas. —Órale —dijo Camilo, sacando un billete de diez pesos—. Para un toque. Si sale bien, te aliviano. Camilo informó a Lamentación Real, solicitando permiso para “apretar” al Piticuy. Exageró, diciendo que había dado cien pesos al Cabo Peña. El teniente, sin inmutarse, le reembolsó el dinero y autorizó el interrogatorio. El Piticuy no necesitó mucho para hablar. Sin tehuacán ni golpes, vomitó su verdad: —Yo no participé, pero el Güero me invitó al jale. Creo que fue él porque se perdió estos días. Nadie lo ha visto. Mi hermano lo buscó, pero anda fuera. —¿Dónde está tu hermano? —preguntó Camilo. —Se fue a Zacatecas —respondió el Piticuy, sudando. Con ese soplo, los judiciales montaron guardia en la casa del Güero, en una ladera del cerro Colina de la Cruz. Allí, entre callejones polvorientos, Jorge Luis vivía desde que el ciclón Liza, en 1976, le arrancó a su primera esposa. Aquel desastre, que anegó La Paz con más de 600 milímetros de agua, dejó un rastro de muerte: más de mil víctimas, niños, ancianos y mujeres atrapados en casas de cartón. Los sobrevivientes, olvidados por la federación, aún cargaban el luto, mientras los funcionarios se enriquecían con la tragedia. En las calles, se murmuraba que el Congreso debería honrar a los héroes anónimos de 1976, pero el pueblo sabía que la justicia era un lujo inalcanzable. Tras dos días de vigilancia, el Güero regresó de un viaje al norte. Un conocido lo interceptó: —Los feos andan tras tus huesos, compa. —¿A mí? ¿Qué hice? —preguntó, incrédulo. —Están plantoneando la casa de tu nana. El Güero subió al cerro por un camino trasero, burlando a los judiciales. Encontró a su abuela, con las manos temblorosas secándose en el mandil. —¡Mijito! — exclamó ella—. El comandante Cruz viene cada rato preguntando por ti. Le dio un periódico a tu mujer, diciendo que te presentes para arreglar algo con un tal Piticuy. —¿Dónde está mi vieja? —preguntó, ignorando la advertencia. —Con tus suegros. Sin decir más, bajó a la calle Morelos, tomó un taxi y llegó a casa de su suegra. Allí, frente a sus hijos, que se le colgaban de las piernas, encaró a su esposa: —¿Por qué desconfías de mí? Sabes que no haría nada que te lastime o dañe a los niños. Ella, con los ojos duros, lo separó de los pequeños. —Ve a la judicial y arregla esto —dijo, tajante. El Güero sintió un vacío en el pecho, pero asintió. —Te voy a demostrar que no tengo nada de qué arrepentirme. Se presentó en el cuartel, donde Camilo Cruz, sorprendido, lo recibió. —¿Tú eres el Güero Pacífico? —preguntó, levantándose como si el suelo ardiera. —Soy yo. Me andaban buscando, aquí estoy. Camilo, aún incrédulo, lo llevó ante Lamentación Real, quien garabateaba el line-up de un partido de béisbol. —Jefe, aquí está la paloma del Brillante —anunció Camilo, triunfal. —¿Ya confesó? —preguntó el teniente, sin levantar la vista. —No le he preguntado nada. —Llévalo pa’l terreno. Que hable. Durante tres días, en un barranco del cerro Atravesado, el Güero fue torturado. Lo golpeaban con una toalla húmeda, luego a mano limpia, hasta que su cuerpo cedía. Vendado, le pusieron una pistola en la sien, disparando al aire para aterrorizarlo. —La siguiente va pa’ti, güey —le susurró el Borrayo, mientras el arma hacía click. El Güero, exhausto, recordó que el día del asalto estaba en Cabo San Lucas, a 200 kilómetros, con testigos que lo confirmaban. Pero no lo dejaban hablar. Lo arrastraron hasta el borde del barranco, simulando arrojarlo. —¡Agárralo! —ordenó el Borrayo, mientras Fernando Cota, alias el Cerote, lo sujetaba en un forcejeo teatral. —Oquei, jefe —cedió el Güero, roto—. Las joyas están en mi casa, la pistola con mi compadre. —No te pases —lo cortó el Borrayo—. Fue con una navaja, güey. —Está bueno, ya no me golpeen —susurró, derrotado—. Firmo lo que quieran. Pero don Pancho King, desde su canal, insistía: el Güero no era el culpable. Estaba fuera de la ciudad, y las descripciones no coincidían: el asesino era alto, atlético, de cabello gris; el Güero, regordete, chato, de pelo ensortijado. Servicios Periciales, con sus métodos primitivos, no podía sostener la acusación. Los testigos no lo reconocían. Finalmente, los judiciales lo liberaron, pero no sin antes torturar a otros dos sospechosos, todos inocentes, cuyas madres suplicaron en vano. La ineptitud policial era un escándalo. Don Pancho no perdía oportunidad de denunciar su brutalidad, su falta de profesionalismo, su desprecio por las evidencias. Nadie se atrevió a analizar el vidrio ensangrentado que Camilo recogió, ni a considerar que la muchacha pudo haberse herido accidentalmente. En los cafés, los rumores apuntaban al hijo del gobernador, al Cochi Loco, a nexos con el naciente narcotráfico. El gobernador, un hombre corroído por el alcohol, ordenó al procurador Ariel Cortéz Arvallo cerrar el caso a cualquier costo. —Caiga quien caiga —exigió—. No quiero que se descubra la verdad. —Nítido, señor —respondió Lamentación Real, prometiendo resultados. La verdad, como siempre, quedó enterrada bajo el peso de la corrupción y el miedo. La Paz, con su luto eterno por el ciclón y sus heridas abiertas, siguió adelante, mientras el Güero Pacífico cargaba las cicatrices de un delito que nunca cometió, y don Pancho, desde su micrófono, seguía gritando al viento una justicia que nunca llegó.

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