Principal sospechoso (6)
Principal sospechoso La sala de declaraciones olía a café rancio y a sudor nervioso. Sebastián Romo Carrillo, delegado municipal en funciones de Cabo San Lucas, se sentó con la espalda recta, como quien todavía cree que la autoridad es algo que se ejerce, no algo que se sufre. Tenía treinta y tres años, la piel curtida por el sol del trópico y una voz que pretendía serenidad pero que se quebraba apenas en las consonantes. —Originario de La Paz —dijo—, pero aquí en Cabo vivo en la esquina de Cabo y Niños Héroes. El ministerio público, con la rutina de quien ha leído demasiadas tragedias, le informó sus derechos. Sebastián escuchaba como quien oye llover sobre lámina: sabía que caía, pero no lo mojaba todavía. No tenía abogado. Le asignaron a Antonio Díaz Pérez, defensor de oficio, un hombre flaco y de mirada cansada que aceptó el cargo con la resignación de quien ya no espera cambiar nada. Y entonces habló. La conoció hace más de cinco años. Primero fueron amigos; después, amantes...
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